Viaje azaroso para las primeras vacaciones de Navidad.


 

El seminario de La Bañeza, al fondo

 

Pues veréis: tal día como hoy, hace 52 años, yo me quedé completamente afónico, tanto que, durante unas cuantas horas, no podía pronunciar una sola palabra con las cuerdas vocales. ( Vaya, y ¿cómo hacías para hablar?). Pues me las apañaba casi sólo a base de soplidos. (¡Ya! Y ¿puedes tener la bondad de explicarnos a los demás cómo haces para recordar esas cosas después de 52 años?).

Voy a ello. Sucedió en 1961, cuando cursábamos tercero en el Seminario de La Bañeza. Y el acontecimiento memorable, en que arranca este recuerdo, es el inicio de nuestras primeras vacaciones de Navidad.

Consultando el calendario perpetuo, calculo que debió ser el 21 de diciembre, jueves.

Nos habían concedido el maravilloso regalo de ir a pasar más de 15 días de vacaciones en nuestras casas. Cada grupo había organizado su viaje según la comarca de destino y en contacto con nuestros familiares. En concreto, nuestro grupo teníamos previsto que nos recogiera a media mañana, en la entrada principal del seminario, un autocar de la Empresa Ramos, que recorrería la Ribera del Órbigo y tendría su final de trayecto en Benavides. ¡Qué felices nos las prometíamos! 

Puente sobre El Tuerto, en La Corneta. Carretera hacia La Ribera

Mas hete aquí que la fortuna nos iba a poner una pequeña zancadilla a unos cuantos: amaneció nevando, no muy copiosamente, pero sí lo suficiente para colapsar el tráfico de carretera por aquella zona. Así que el autocar esperado no llegó a la hora prevista, ni en toda la mañana. Nuestros superiores hubieron de improvisar, junto con las hermanas que gestionaban la cocina, un almuerzo no previsto (ni apetecido por nosotros, que ya nos íbamos “relambiendo” con el sabor hogareño de las comidas que nos esperaban tras la ejecución de un sanmartino presuntamente provechoso).

Y, después de “apenas almorzar”, a seguir esperando, desesperadamente, porque, a pesar de que cesó de nevar y fueron saliendo paulatinamente distintas expediciones, según iban llegando los medios de transporte para cada destino, todo siguió incierto para nuestro grupo. Hubo algunos que, por su osadía o porque tenían un corto trayecto por delante, propusieron iniciar la partida a pie; pero éramos muchos los que teníamos por delante una larga distancia y nos veíamos obligados a esperar el medio adecuado.

Finalmente, a eso de las 16 ó 17 horas llegó nuestro autocar e iniciamos el viaje. Por la ruta se iban apeando los oriundos de poblaciones cercanas, y, una hora más tarde, nos apeamos en la parada final de Benavides los de la propia contorna y algunos “del más allá”, que todavía estábamos, por decirlo brevemente, en el punto de partida del trayecto más problemático de nuestro viaje. ¡Y la noche venía cayendo deprisa, deprisa!

Pero ¿qué pequeña dificultad podría oscurecer un viaje tan prometedor y tan ilusionante al ritmo de unos corazones adolescentes tan esforzados como el de Natal y el mío? ¿Qué era aquella minucia de viaje (de casi una veintena de kilómetros) comparada con La Odisea o La Eneida por ejemplo? ¡Na, hombre, na: un ratín! Y a más, a más… resulta que nos habían dejado en “La Taberna” un par de bicicletas, con las que, dejando allí las maletas, íbamos a volar raudos hacia el estrellado septentrión. ¿Alguien lo pondría en duda?

Pues quien lo hubiera puesto en duda, habría acertado: no volamos ni alto ni bajo. ¡No volamos en absoluto! Porque enseguida constatamos que a la bicicleta de Natal se le salía la cadena cada 100 ó 200 metros de marcha. Anocheció de inmediato y, careciendo de cualquier clase de prenda de abrigo (como mucho, vestiríamos una camiseta, una camisa y un jersey) enseguida notamos “cierto fresquillo”. Recorridos los tres primeros kilómetros (a carrerinas de 100/200 metros), dejamos en Palazuelo la carretera asfaltada para seguir por una de tierra y piedras apisonadas con unos baches amplios y profundos, rebosantes de chaparrina (mezcla de agua y nieve con carámbano).

Durante los primeros kilómetros persistía la euforia y el optimismo: cada metro recorrido era uno menos para llegar.

Pero, después de muchas decenas de intentos de meter y tensar la “maldita cadena”; de aciertos en meter el pie en lo más hondo del bache achaparrinado, mientras buscábamos una piedra para aflojar o apretar las palomillas del buje de la rueda; y de “vuelta a iniciar la marcha” para escuchar un instante después aquel “espera tú, que se ha vuelto a salir”… comenzó a cundir el desánimo: por cada metro recorrido nos restaban miles por recorrer.

No faltaron a la cita ni el frío (¡ni hablar ya de fresquillo!), ni el hambre (¡si hubiéramos aprovechado la comida del seminario en lugar de pensar en los chorizos de casa!), ni los temores más infundados (¿Recuerdas lo de aquel estudiante que venía de Astorga hacia la Omaña y murió congelado una noche como esta en el Alto de Valdevela, ya a la vista de las casas de Ferreras?), ni los temores un poco más fundados (accidentes, lobos, extravíos…).

Sólo las estrellas giraban con su ritmo silencioso desde nuestra derecha hacia nuestra izquierda, mientras nosotros transitábamos a saltos cortos en dirección a la Estrella Polar de la Osa Menor. No había ni un alma en todo el mundo, ni animales tampoco (no se oía ni un perro ladrar).

Y, bueno, ¿para qué enrollarnos en exceso? (¡Eso, eso! No te enrolles tanto que no viene a cuento). Después, digo, de unas dos horas de pedaleo, otra hora de mmcbN (meter la maldita cadena de la bici de Natal) y otra más de pfechiz (pisotear con fuerza para expulsar la chaparrina del interior de los zapatos), habíamos llegado a Riofrío de Órbigo y recorrido los primeros 15 kilómetros de esta segunda etapa del viaje. ¡Ay, no! El cálculo no debe ser correcto. Debieron ser unos 50 minutos de pedaleo, 70 minutos de mmcbN y otros 30 de pfechiz, porque serían las 8,30 de la noche cuando llegamos a Riofrío.

Ahora debo reconocer, para nuestro sonrojo, que, en este trayecto nos habían alcanzado AAller (compañero de segundo) y su padre, que cabalgaban una pequeña, pero noble, cabalgadura; y posiblemente nos podrían haber descolgado, si no hubiera intervenido la compasión del padre que decidió llevarnos a su casa para aplicar un remedio de choque a nuestra manifiesta “destemplanza” y una cura precautoria para los efectos de la pelona (helada que seca todas las hojas) que estaba cayendo.

Aquel “santo remedio” no era asimilable al “bálsamo de Fierabrás”, tampoco era un “sorbocaldo”, ni  unas “friegas de aguardiente por dentro”, ni tampoco… (¡Vale ya, hombre, dinos de una vez qué es lo que era!). Pues eran unos traguines de vino caliente con miel y un calentón al amor de la lumbre. Y tengo que dar fe de su eficacia, porque no tengo ningún recuerdo posterior concerniente al frío, ni al desánimo ni a los temores. 

¡Aléjate del jarro, Lázaro, que no te veo pero te huelo!

Los recuerdos subsiguientes me parecen “recuerdos poco cuerdos” y me dicen que subimos, cantando a voz en grito, los últimos tres kilómetros hasta Ferreras, caminando con las bicis de la mano, sin temor alguno ni sensación de frío. Todo era alegría y esperanzas ciertas. A falta de “ángeles a los pastores”, a nosotros nos acompañaban unas estrellas rutilantes que entonaban cualquier canción que se nos viniera a las mientes. Parecía que el camino se nos iba a terminar demasiado pronto y enseguida empezaron a oírse los ladridos de los perros del pueblo (entre ellos sonarían los de mi perro Misuri, que no sabía todavía que yo volvía a casa).

No sé a qué achacar aquel cambio de ánimo. Un “buen chico, bien enseñado", podría decir: “tal vez el estómago vacío, tal vez el frío prolongado, tal vez el calentón repentino, tal vez…”. (Oye, no, espera. Yo lo achaco al exceso de tientos al jarro, tal vez al vinín con miel, tal vez a su sabor en la boca, tal vez estabas sediento… ¿no te parece, Lázaro, que van por ahí los tiros? Ah, y no sé yo si lo del día siguiente sería una afonía menos grave o una resaca de campeonato. ¿Tú qué crees?). “¿Yo? ¡Y yo qué sey! ¿Qué sey yo? ¿Yo séilo?”. 

 

Mi aguinaldo. "Usáilo" contra las pelonas. Va con unas jicarinas dosificadoras "pa que no vos fiedes de la sede".


¡Hasta siempre en Navidad, amigos!

 

 

 

 

Telemarañas, 22 de Diciembre de 2013

Herminio