Ahí va este paquete.

Lo que en principio pretendía ser una simple felicitación, al fin se ha convertido en un sermón o en una especie de pregón navideño.

A ver si, una vez "envuelto de alguna manera", resulta un aceptable aguinaldo.



TIEMPO DE PAZ



Así es como una buena parte de los mortales, mayormente los nacidos en el autodenominado mundo civilizado, consideramos el tiempo de Navidad. Es la paz y el bienestar que se adueña de nuestros corazones a medida que nuestra mente se aproxima paso a paso, remontando los últimos peldaños del calendario, hasta el mítico santuario de Belén. Y, cuando ya estamos en el umbral, es como si se nos abrieran de par en par todos los sentidos para embriagarnos de gozo con aquel prodigioso escenario en medio de la noche.

Porque era de noche. María y José habían deambulado sin rumbo por el descampado en busca de cobijo, tras habérseles negado reiteradamente alojamiento en la ciudad, cuando, ya con las últimas luces del crepúsculo, alcanzaron a divisar una cabaña de ganado a la que se encaminaron sin demora. Así es como en unos instantes dejaron de ser un matrimonio de desahuciados para convertirse provisionalmente en una pareja de okupas. No eran, sin embargo, los únicos ocupantes del establo. La cabaña albergaba también a un buey, a la burra con la que se desplazaban y, muy probablemente, a unos cuantos ratones.

Poco después de haberse instalado, María, que se encontraba en avanzado estado de gestación, rompió aguas y, al cabo de unas cuantas contracciones, dio a luz a una hermosa criatura que, como cualquier neonato, prorrumpió en llanto al verse expulsado del nicho maternal. Los animales, que silenciosamente habían asistido a la escena, dieron señales de alborozo en una especie de murmullo prolongado. José no perdió la compostura; la situación requería su diligente intervención.

Sin vacilar un momento, buscó en el fondo de su bolsillo la navaja que llevaba consigo, y de un tajo certero cortó el cordón que unía la tierra con el cielo.

(Llama la atención que, entre tanta advocación de la madre, no haya ni una sola del padre que haga alusión a su inconmensurable papel de comadrón; lo de "obrero", aparte de impropio, no ha sido demasiado afortunado a juzgar por la situación en que se encuentra el pobre proletariado).

Al igual que José, también nosotros en nuestro tiempo, ¿os acordáis?, acostumbrábamos a llevar una navaja en el bolsillo, a veces amarrada con una cuerda o cadena a la presilla del pantalón para no perderla. Nunca vi a ningún superior que nos recriminara por llevarla. Y nunca vi tampoco que a nadie, ni grande ni pequeño, ni dentro ni fuera del internado se le pasara por la imaginación utilizarla para agredir a un semejante. Ahora, lo que no se nos pasa por la imaginación es llevarla en el bolsillo. Lo han prohibido.

¿Por qué será? -me pregunto.

Y hallo dos respuestas posibles: o bien porque los semejantes cada vez somos menos semejantes -lo cual es evidente si tenemos en cuenta que los ricos son cada vez más ricos a costa de que los pobres sean cada vez más pobres-, o bien porque la propia prohibición ha convertido a la humilde navaja en arma peligrosa. Un arma despreciable, por supuesto, pero lo suficientemente peligrosa como para poder acusar a alguien de ir armado. Supongo que la industria albaceteña se habrá venido abajo, pero ¿a quién importa eso? Lo verdaderamente importante es la frenética carrera armamentista, lo que salva de la quiebra al mundo "civilizado", esto es, al mundo militarizado y armado hasta los dientes. Las llamadas armas inteligentes son la expresión más refinada de la crueldad humana.

Las gentes de buena voluntad siguen anhelando y reclamando año tras año Paz por Navidad, pero sus reclamos apenas encuentran eco en los medios de comunicación y sus anhelos se ven frustrados una y otra vez porque los supuestos artífices de la paz son en realidad los señores de la guerra, los de la globalización del mercado armamentístico y la tiranía. No conformes con adoptar el "si vis pacem, para bellum", lo han elevado a su máximo grado de perversión convirtiéndolo en lo que han dado en llamar "guerra preventiva". Lo ilustraba muy bien un humorista gráfico con una viñeta en la que aparecía un niño palestino con un misil sobre su cabeza y un texto que rezaba: "este niño no participó ayer en el ataque a pedradas contra un blindado judío, pero podría participar mañana". Me horroriza ver cómo recientemente algún juez ha llevado la fórmula al terreno de la justicia aplicando penas de reclusión, no por delitos cometidos, sino por la simple sospecha de que se puedan cometer (sic). 

Quisieran las gentes de buena voluntad que la Paz que inundaba el establo en aquella gloriosa Noche alcanzara a toda la humanidad. Es un bonito deseo. Pero... ¿cómo pretender que esa paz alcance a la humanidad cuando no existe en la cuna misma de la cristiandad? Desgraciadamente la paz del Portal resultó demasiado efímera a causa de la campaña de exterminio decretada por Herodes en Belén y sus alrededores. Pero Herodes sigue vivo. Lamentablemente esa campaña de exterminio no sólo no ha finalizado, sino que se ha extendido por toda Palestina. En el mundo cristiano-civilizado seguimos celebrando y montando Belenes sin reparar en que Belén no se reduce a una humilde cabaña de ganado en la que nació Cristo hace un par de milenios.

En estas fechas no queremos que nada nos perturbe ni nos impida cargar carros de felicidad en los supermercados.Es realmente prodigioso observar cómo la burra del chocolate y los peces del río venden y venden y vuelven a vender...

 

 

Que El que acaba de venir nos traiga a todos un carrao de paz y de felicidad verdaderas. !Feliz Navidad!



Pamplona, 25 de diciembre de 2016

I. Almanza