SOLILOQUIO DE OTOÑO




Dicen que lo prometido es deuda.

Y dicen que más vale tarde que nunca.

Y dicen que nunca es tarde si...

Y dicen que no por mucho madrugar amanece más temprano.

 

Y digo yo que los curas, nuestros curas de Astorga, con toda la razón me pusieron fama de tardón. Ya entré un poco retrasado al Semi (Aguirre, p.ej. era todavía un infante) y salí más "retrasado" todavía. La causa de mi salida -la verdad que no fue el único caso- consistió también en un pequeño retraso en el rezo del Avemaría: mientras que los demás ibais por "…y bendito es el fruto…", yo todavía andaba "…entre todas las mujeres…".

 

Pero todo esto sucedió cuando muchos de vosotros estabais afanados en la elaboración de vuestro curriculum vital (hasta es posible que algunos anduvieran ya haciendo "sus carreras" por el campus de la Complutense), mientras que yo todavía andaba enredado en mi ridiculum, dándole vueltas a la Teología y debatiendo con D. Mateo si los "retrasados" entran o no directamente en el reino de los cielos, y si, en caso afirmativo, ése sería un modelo a tener en cuenta (D. Mateo no hacía más que mirarme de reojo).

 

Alargando un poco más el argumentario, y actualizándolo de algún modo, podemos decir (le podíamos decir, p.ej. a S. Agustin) que, a pesar de la aparente secularización, nunca como ahora han estado tan compenetrados la Iglesia y el Estado, hasta el punto de que, de común acuerdo, se han intercambiado las funciones: mientras que la Iglesia, en su afán de gobernar cada día más este mundo, nos va alejando de sí, el Estado, en su empeño por "retrasarnos" del todo, nos va empujando irremisiblemente hacia el "fielato" de S. Pedro, donde podremos pasar sin necesidad de presentar papeles.

 

El caso es que desde aquellos buenos tiempos vengo arrastrando este "retraso" crónico, como muy bien lo demuestra esta anacrónica incursión en "Telemarañas".


Casi seguro que fui de los últimos en abandonar el restaurante del Vía de la Plata el pasado 3 de agosto. La gratísima compañía, que sin ninguna duda mejoró sustancialmente el cocido maragato, y el regalo final del mejor postre imaginable, el suculento "milhojas" del más grande poeta místico de nuestro tiempo, invitaban a prolongar el sabor de la convivencia. A la salida coincidí con Pedro Neira y decidimos ir a tomar un café en la plaza del Ayuntamiento. Allí, entre picotazos de abejas y un embriagador olor a néctar emanado de los rubios panales, le confesé que su imagen estaba totalmente borrada de mi memoria, y que su nombre (más bien su apellido) únicamente me evocaba unas grandes botas de cuero color marrón, que le conferían al andar un vaivén característico. Efectivamente, me confirmó que aquellas botas se las había encargado su padre a un zapatero de su pueblo. Con razón parecía que bailaban al andar...


Con esa conversación nos despedimos, y con la misma me despido aquí también deseándoos a todos que seáis moderadamente felices.

 

¡Un fuerte abrazo!

 

IAlmanzaR. 

 

P.D. El "asalto" al huerto del obispo y la "acogida" del gato Marcelino quedarán para futura(s) entrega(s).