EL SILLÓN DEL SR. OBISPO

Capítulo III

 

UNA VISITA INESPERADA



I- La plaza

Durante las tardes de paseo, en las que me quedaba en la habitación leyendo a Isla o a Feijóo, había ratos en que, cansado de las disquisiciones de fray Gerundio o de las profundas reflexiones de Feijóo, me levantaba de la mesa para estirar las piernas y me asomaba un rato a la ventana de mi habitación.

 

Ésta estaba situada en la fachada, casi en la vertical izquierda de la puerta de entrada al seminario, por lo que tenía una gran panorámica de la plaza, presidida por el pedestal y la imagen de la virgen. No era una plaza muy transitada, salvo por aquellas personas que venían a nuestra casa (sacerdotes, profesores o alguno de nuestros compañeros mayores que iban o venían de cumplir algún recado).

Algunas mañanas veía la llegada a la plaza del pequeño autobús con el letrero lateral que le ponía nombre: "LA CEPEDANA" o “LA LORENZANA” (no lo recuerdo muy bien). Llegaba con la baca repleta de trastos (cestas de mimbre cubiertas con paños de colores, pequeños cajones, jaulas, maletas, atijos...) pero sobre todo mucho polvo. Los pasajeros ya venían provistos de una varita y, al bajar del autobús, se sacudían con ella la vestimenta de forma que se levantaba una nube marrón que ascendía o se desplazaba a merced del viento.

(El día 7 de agosto de este año vi cuánto había cambiado la plaza. Yo, iluso, aún esperaba encontrar la plaza recoleta que había dejado, cincuenta años atrás. La encontré encogida, minimizada por los edificios que la han acorralado).

También veía desde mi ventana la verja y el jardín de la casa que me dijeron que era la del poeta Leopoldo Panero. Hoy no lo tengo seguro de que fuese así, pero, en aquel entonces, lo daba por cierto y, como tal, sentía una gran atracción y me infundía un sentimiento de admiración y a la vez de extrañeza por no conocer más la obra de este poeta que, estando tan cerca, era tan poco difundido y explicado en nuestras clases de literatura. Con el paso del tiempo fui entendiendo las razones que pudieron influir en tal distanciamiento de nuestras aulas. Pero yo tengo la convicción de que un hombre que escribe el siguiente poema no puede ser un hombre malo, todo lo más, un hombre influenciado por compañías peligrosas.

 

 

Las manos ciegas

“Ignorando mi vida,
golpeado por la luz de las estrellas,
como un ciego que extiende,
al caminar, las manos en la sombra,
todo yo, Cristo mío,
todo mi corazón, sin mengua, entero,
virginal y encendido, se reclina
en la futura vida, como el árbol
en la savia se apoya, que le nutre,
y le enflora y verdea.
Todo mi corazón, ascua de hombre,
inútil sin Tu amor, sin Ti vacío,
en la noche Te busca,
le siento que Te busca, como un ciego,
que extiende al caminar las manos llenas
de anchura y de alegría.”


II.El desván.

Otras veces me daba un paseo por los pasillos.

En uno de estos paseos, me topé un día con una puerta, en el último piso, que no tenía el aspecto de pertenecer a una habitación de estudiante. (Tampoco la encontré en nuestra última reunión). Movido por la curiosidad, miré si podría abrirse. Para mi sorpresa, la puerta se abrió con un crujir que, en aquella soledad, me dio un poco de miedo. En la semioscuridad, una vez abierta, me topé con la estatua de un obispo con su mitra y su báculo y una mirada de reproche que casi me hizo retroceder. Pero, ya puesto, busqué, tanteando en la pared con la mano, la llave de la luz y tuve suerte. Al encenderla, me encontré en una especie de trastero o desván, donde se apilaban toda clase de cachivaches. Por el polvo que acumulaban, debía hacer mucho tiempo que nadie visitaba aquella estancia.

 

De lo que había, lo que más me llamó la atención fue un sillón enorme de color morado, que estaba situado justo detrás de la estatua del obispo, como si el hombre se hubiese levantado al oírme entrar. Consideré que aquel sillón, tras un buen cepillado, quedaría muy bien en mi habitación, por lo que, sin miramientos de dejar al obispo sin poder volver a sentarse jamás, me dispuse al traslado. El trasto tenía ruedas, pero aún así, la de trasladarlo a mi habitación no era tarea fácil para una sola persona, ya que había que bajarlo por las escaleras. Esto lo realicé unos días más tarde con la ayuda de un compañero que, a estas alturas de la vida, no recuerdo quién fue.

Aquella tarde sí bajé la mitra del obispo, que le quité fácilmente, ya que los tornillos que la sujetaban a su cabeza cedieron al primer intento.

También encontré otras cosas que me iban a ser muy útiles: una jarra-aguamanil de las que se ponían en los palanganeros y… ¡un infernillo! Éste me proporcionó agua caliente todas las mañanas, un lujo en los fríos despertares astorganos. Estos dos artículos los guardaba celosamente en el armario, al abrigo de miradas indiscretas.

 

La mitra la coloqué encima de la mesa de estudio, que estaba situada junto a la ventana; el sillón, que ocupaba lo suyo, enfrente de la cama, aprovechando el hueco que dejaba el armario.

En conjunto, la ya pequeña habitación perdió un poco de espacio, pero el sillón le daba más prestancia y, a veces, cuando el estudio no requería escritura, me sentaba en él, ya que era más cómodo que la silla.

 

III. Visita inesperada.

Como expliqué en el capítulo I, una inflamación de anginas me envió a la enfermería dos o tres días antes de la presentación del trabajo "Dos plumas y un mismo intento” en el teatro Gullón.

Pasados los días de estancia en la enfermería, me incorporé a la rutina diaria.

Una tarde, después de la merienda, estaba preparando las clases del día siguiente. Como casi todas las tardes, gastaba un rato de este tiempo mirando hacia la plaza, mientras fumaba un cigarrillo procurando, en lo posible, exhalar el humo por la ventana entreabierta. Al terminar, metí la colilla en la botella preparada a tal efecto con un poco de agua en el fondo, la puse debajo de la mesa y seguí con el estudio. Pasados unos minutos, alguien llamó a la puerta de mi habitación. Creí que sería alguno de los compañeros que, a veces, venían a por un cigarrillo "prestado''.

 

¡Cual no sería mi sorpresa al toparme de frente con el señor obispo, don Marcelo!

Me quedé clavado en la puerta sin acertar a decir palabra ni a moverme. Sólo un pensamiento me torturó por unos instantes: ¿Cómo podría yo explicar a don Marcelo el origen del sillón y de la mitra?
   - ¿Puedo pasar? - me preguntó con aquella voz tan peculiar, melodiosa, convincente, que tenía don Marcelo.

Sin decir palabra me aparté a un lado y él entró.

Lo primero en que se fijó fue en el sillón, pues casi tropezó con él. Se quedó mirándolo un instante y me preguntó:

   - ¿Y este sillón?

   - Es de un señor obispo -, acerté a contestar.

   - Y ¿cómo ha llegado hasta aqui?

No me dió tiempo a contestar, ya que también si fijó en la mitra.

   - Veo que al pobre obispo también lo has dejado sin mitra.

Llegados a este punto, consideré que sería conveniente explicarle la procedencia de ambos objetos, por lo que le pregunté si deseaba sentarse, ofreciéndole el sillón.

   - Prefiero sentarme en la silla. Siéntate tú en el sillón – me contestó.

Se sentó en la silla con el codo izquierdo apoyado en la mesa y mirando hacia mí.

   - Anda, siéntate tú también en el sillón del obispo.

Me senté y le expliqué de dónde había sacado el sillón y la mitra. Como si no le diese importancia me preguntó:

   - ¿Quieres un cigarrillo?

   - No, monseñor. No fumo. – Le respondí.

   - No me mientas, porque te vi fumando desde la calle.

Mi cara ardía. Debía tenerla como un ascua cuando le confesé:

   - ¡Perdóneme! Sí fumo, pero sólo algún cigarrillo, de vez en cuando...

Me alargó el brazo con el paquete de Camel. Y yo, tembloroso, cogí uno. Él encendió el suyo y me alargó el encendedor para que yo encendiera el mío. Duespués me preguntó de dónde era, si había comenzado en Astorga o en Las Ermitas, si estaba contento, cómo llevaba los estudios...

A medida que hablaba don Marcelo, yo me fui tranquilizando y contesté, creo que con aplomo, a todas sus preguntas.

Al mover el codo que tenía encima de la mesa, tropezó con el tocho de fray Gerundio que, por razones que ahora no recuerdo, yo no había devuelto todavía.

   - ¡Fray Gerundio! – dijo. Y me pregunto: - ¿Fuiste tú el que hizo el trabajo sobre la oratoria religiosa?

   - Si,señor. Servidor y los compañeros. - Le respondí.

   - Pero no lo presentaste tú, ¿verdad?

Le expliqué el problema de las anginas.

   - Pues el tabaco no es muy bueno para las anginas, - me dijo.- Y, a propósito, ¿dónde tiras las colillas?

Me levanté y saqué la botella de debajo de la mesa. Sólo tenía la colilla que me había fumado un rato antes. Él se sonrió.

   - El trabajo estaba bien en general, pero me gustó aquello de que “la oratoria estaba en las astas de la decadencia”.

   - Muchas gracias. - Le contesté, no sin cierto regocijo interior.

De este modo me enteré de que el trabajo se había leído y, encima, a nuestro obispo le había gustado “en general”.

Entonces se levantó y también me puse de pie de un salto.

   - ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Hasta entonces no me lo había preguntado, así que le dije mi nombre.

   - Bien, José Antonio, me tengo que ir.

Extendió su mano para que besara su anillo. Lo hice casi con cariño.

   - Procura no decir mentiras. -me recomendó al salir.

   - Se lo prometo. -Contesté.

 

Y se fue hacia las escaleras colocándose el solideo.

 

 

Nadie me llamó la atención. Supongo que don Marcelo no lo comentó con nadie y, desde entonces, yo seguí con especial atención su trayectoria hasta su muerte. Y nunca he olvidado este episodio de mi vida. Yo, por mi parte, creo que tampoco lo comenté con nadie, pues entendía entonces que nadie me creería. Aun hoy me sigo preguntando qué cúmulo de casualidades confluyeron para que don Marcelo viniese a mi habitación.

Así fue cómo fumé un cigarro con don Marcelo, sentados, él en mi silla de estudiante y yo en el sillón del señor obispo.



P.S. Quiero enviar un saludo a F. V. Colinas y agradecerle que se atreviese a leer un texto tan mal mecanografiado. ¡Gracias, compañero!


FBarrio.
Octubre 2015