Sermón del 3 de Agosto de 2013



Una vez más nos encontramos en este recinto sagrado, La Capilla del Seminario, que tantos recuerdos nos trae a la memoria, la mayoría positivos, alguno quizás no tanto; pero, al fin y al cabo, todos quedaron grabados en la retina de nuestro corazón.

 

Quiero saludar en nombre de todos nosotros, a nuestro querido profesor, don Gregorio, que tanto nos aportó en nuestros primeros pasos literarios. Al leer en Telemarañas sus sonetos, de tanta profundidad de pensamiento como riqueza expresiva, me venían a la memoria aquellos nuestros primeros escarceos intentando componer un poema, en soneto o en cualquier otra estrofa.

 

Pero igualmente podemos recordar a todos nuestros queridos profesores y superiores, que tanto nos aportaron. Algunos descansan ya en la paz del Señor: don Esteban Carro, don Fernando Yebra, don Jacinto, don Cayetano, etcétera.

 

También recordamos con todo el cariño, echando de menos su compañía, a los compañeros que igualmente descansan en la paz del Señor. Queriéndolos a todos por igual, nos resulta inevitable recordar más a menudo a alguno que pudo compartir más aficiones o proximidad física con cada uno de nosotros.

 

En estos tiempos que vivimos, de una cierta apatía religiosa, quiero resaltar un par de ideas que nos presentan las lecturas que hemos escuchado hoy:

 

La primera idea nos pone de manifiesto el relativismo de las cosas que nos rodean, de las cosas que atesoramos, incluyendo nuestras posesiones materiales y también nuestra sabiduría o inteligencia. Se nos advierte: donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Pues bien, deberíamos ser muy conscientes del valor relativo y efímero de los bienes materiales, ya que no alcanza más allá de los cortos límites de nuestra propia vida. Y, recapacitemos: ¿de qué depende nuestra vida, de nuestra sabiduría, de nuestras posesiones…? A la luz de la mera razón, depende sólo del azar.  A la luz de la fe, nuestra vida depende de Aquel que nos la ha regalado; pero, claro, esto sólo es plenamente comprensible desde el punto de vista de nuestra propia fe, que, a su vez, también es un regalo, que, éste sí, debemos proteger con todo nuestro corazón.

 

La segunda idea se manifiesta en la invitación que El Señor nos hace a mirar por las cosas de arriba, restando importancia a las cosas de abajo que desvían nuestra atención y que son: la codicia, la idolatría, la envidia, los malos deseos, el egoísmo, el odio, las groserías, etcétera. ¿Cómo haremos para dirigir nuestra atención y cuidado a las cosas de arriba? Revistiéndonos del hombre nuevo, que se va forjando en el trabajo, en los buenos modales, en la generosidad, en el servicio, en la ayuda compartida con tanta gente que necesita de nuestra escucha, de nuestro apoyo, de nuestro acompañamiento… Personalmente, donde más he ido profundizando en la vocación religiosa ha sido en la cercanía y apoyo al enfermo, al que se encuentra viviendo momentos de incertidumbre y de miedo.

 

Si realmente queremos ser seguidores de Jesús, hemos de leer y releer su Evangelio, sus parábolas, que están llenas de sabiduría. Así, la del Evangelio de hoy, de San Lucas, que acabamos de escuchar, nos alerta de lo poco que vale atesorar riquezas por el día, si por la noche te arrebatan la vida. Pero no hagamos una lectura simplista, sobre todo si se aplica la lección a familias que carecen de lo imprescindible o que apenas tienen para subsistir, para comer y cubrir sus necesidades primarias. Lo que realmente nos enseña esta parábola es que lo importante no depende del tener; sino del ser. Lo que tenemos, nuestras posesiones en orden al mundo, se quedarán aquí. En cambio lo que lleguemos a ser, enriqueciéndonos en orden a Dios, trascenderá nuestra vida y permanecerá en nosotros para siempre.

 

Queridos hermanos, que El Señor ilumine nuestras mentes y que La Virgen, a cuyos pies tantos y tan buenos deseos depositamos en esta capilla, colme nuestro corazón de anhelos positivos y de esperanza en unos momentos nada fáciles.

 

Disfrutemos de este día que es un regalo para todos los que hoy nos encontramos aquí como compañeros y como amigos.

 

P. Mayo