SALVADOS EN EL BIBEY


 

       El río Bibey, que surca el valle de las Ermitas, alimentado por las avenidas de agua procedentes del pantano del Bao, nos  servía de piscina natural durante el verano, en aquellos campamentos que interrumpían nuestras vacaciones en el hogar, aunque para algunos eran las verdaderas vacaciones, pues, en casa, más que vacar era trabajar hasta dejar las manos heridas o llenas de burras.

       Procedíamos, la mayoría, de aldeas rurales dedicadas a la agricultura y ganadería, por lo que, en el verano nos convertíamos en mano de obra barata para la familia.

       Y sucedió en el verano del 60, uno de aquellos días de calor, que bajamos a la presa que frenaba al Bibey antes de estrellarse contra las monstruosas rocas.

       En un remanso del río y al final de aquella lengua de arena, hacíamos pinitos un grupo de amigos del 59, y hete aquí que este penitente osó zambullirse en el agua cual nadador avezado y, sin previo aviso ni bando del Sr. Alcaide, el agua comenzó a subir de nivel y este osado nadador de charca del río de su pueblo comenzó a hacer el termómetro, subiendo y bajando, pero sin moverse del sitio ni poder zafarse de aquel juego macabro.

       Durante unos minutos repasó su corta vida y milagros, se confesó a sí mismo y se creyó morir.

       Pero unas manos salvadoras tiraron del náufrago y éste se asió como una lapa a aquel salvavidas de 4º, un tal José Antonio…? Claro, a ello contribuyeron los colegas que, impotentes, observaban el espectáculo y pidieron auxilio.

        Nunca tragó tanta agua gratuitamente, por lo que, ya en la arena, la devolvió a su legítimo propietario. 

••• 

 

       Pero esta faena no encerraba mayor peligro, si se acudía a tiempo.

       La que verdaderamente amenazaba con un desenlace fatal, tuvo lugar por aquellos días.

       Todo estaba tranquilo un día soleado, espléndido. El alumnado disfrutaba del baño en la gran bancada. De pronto, comenzó a subir el nivel de las aguas del tramposo río y se aceleró la corriente por el centro.

       Por razones inexplicables o por fatalidad, un compañero llamado Sergio se vio envuelto en la corriente central y era arrastrado hacia el despeñadero o precipicio de la catarata.

       Todo el mundo enmudeció, se temía lo peor, y, de repente, se produjo un vocerío de alarma: “¡Agárrate, agárrate!”

       Sergio consiguió asirse a una peña y, colgando hacia el Averno, aguantó el furor de las aguas.

       Así las cosas, (sic rebus stantibus), surgió de la orilla un salvador, desafiando a la corriente y a la posible parca.

       Era Don José Rego, aquel cura y profesor conocido por su carácter exigente y duro y de quien no esperaba una decisión tan osada y arriesgada ante lo sinuoso del lugar. Ganó el centro del río y se dejó llevar por la corriente hasta acercarse al borde de la sima y, cuando creíamos que se despeñaría, consiguió agarrarse a las peñas, justo al lado de Sergio, y entre los dos aguardaron la ayuda.

       Un grupo de los mayores consiguió unas largas sogas en el pueblo,las tendieron a la corriente y consiguieron que ambos se asieran a las maromas y fueran devueltos a la vida normal. “No se desburrallaron las murallas”, como dijo aquel.

       Esta hazaña me impresionó, sobre todo por quien se convirtió en héroe para mí. No esperaba de él tanto valor, exponiendo su vida por salvar a uno de nosotros, sabiendo que los peñascos podrían saltar o que las manos resbalasen y podría darse un desenlace fatal.

       Todavía, hoy, le doy las gracias.


 VR.