Saludo…, a modo de recuerdo.


 

 

El título bien podría ser al revés: ”Recuerdo…, a modo de saludo”. Porque se trata en este escrito de compaginar ambos conceptos básicos en la relación entre personas a través del tiempo y del espacio.

Saludo porque la entrada en algo en movimiento supone que o te estampas contra las vías o entras a compartir con los comensales.

Con alegría acepté el ofrecimiento que a través de J.J.F.F. me hizo la agrupación con llamadas y mensajes de H. Omaña. Y mi intención es que contéis conmigo, como yo cuento con vosotros.

Saludo porque me ilusiona volver a ver caras, que, en este caso, serán nuevas. Cualquiera recuerda la que teníais (teníamos) hace más de 50 años¡¡¡¡¡ Estaréis (estaremos) más guapos, más feos, más gordos; con bigotes, sin pelo… todo un mosaico. Pero bueno, lo importante no es lo de fuera, sino la ilusión del recuerdo (del que luego hablaré) de lo que se conserva por dentro. Y a primera vista, y dado el resultado de la lista publicada en “Telemarañas”, me parece de lo más apetitoso y reconfortante.

Saludo con mucho ensueño volver a oír hablar de personajes de entonces, que lo son de ahora, tales como (y que nadie se sienta olvidado) Fidel Vuelta, mi compañero de habitación en 6º. Amigos como Manuel Pérez Mayo, y/o los desaparecidos Desiderio, Buján…

También un saludo para las instituciones que tuvieron la osadía de admitirnos, alimentarnos, educarnos, instruirnos, hacernos más o menos personas útiles, y sobre todo imbuirnos de cultura, enseñanza, y, por qué no, religiosidad. Lo que bien se aprende mal se olvida. Es como andar en bicicleta.

Y por supuesto un saludo de lo más cordial a nuestros pasantes en Astorga (que aún eran seminaristas, estaban estudiando), y a todos los profesores que tuvieron la fuerza de aguantar nuestros primeros pasos por el mundo del estudio. Quizá algo salga en “recuerdo”.

 

Y el “recuerdo”.

Muchas vueltas le he dado al recuerdo. Etimológicamente significa, según la RAE: “memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló” (acepción 1). Pero ese significado tan abstracto me deja un poco apagado; me parece desaliñado, sin sal, sin sustancia. El recuerdo tiene connotaciones filosóficas y, sobre todo, sentimentales.

Si vives del recuerdo mal te va a ir; no avanzarás en la vida; todo será una mirada hacia atrás. La sociedad así no avanza. También es verdad que es imposible vivir sin “recuerdos”; hay que vivir con recuerdos, pero no de los recuerdos, ni para los recuerdos.

En mi caso, como creo que en el de todos, los habrá buenos y no tan buenos. Pero eso ya no tiene remedio. Lo pasado…, pasado. El recuerdo de los recuerdos sólo sirve para conseguir que se utilice como palanca de lanzamiento hacia el futuro. Y hacer sentir el modo de recuperar, si no el tiempo perdido, al menos el afán de no cometer los mismos errores. Bien es cierto que lo que se hizo, cuando se hizo, lo fue pensando que era la mejor forma de hacerlo, porque no había otra. Y además era la mejor según experiencia, formación personal, vivencias, etc.

 

Sentimentalmente la cosa tiene otros aspectos. Recordar es revivir de nuevo parte de aquella vida. No para quedarse, como decía antes, sino para relanzarse. Y revivir el pasado es reencontrarse con hechos y actos que no tuvieron importancia entonces (o sí), pero que, vistos desde la perspectiva del presente, cambian por completo su talante.

Voy a recordar algunos: Cuando allá por los primeros años de “Filosofía”, o incluso ya en 6º de Humanidades, a alguno se nos ocurrió echar mano de nuestro criterio interpretativo de los derechos individuales, que la mayor parte de las veces iban en contra de la normativa establecida, y dedicarnos a hacer cosas “prohibidas”, tales como comprar (¿¿¿???) paquetes de tabaco, o en las tardes de paseo hacerlo en torno a, o dentro de, los cines; o no acudir a actos que en teoría era obligatorios, como a actos religiosos, o programas de televisión “expresamente autorizados”; reuniones nocturnas en alguna habitación… Todo ello, digo, fueron unas experiencias únicas que en algún caso pudieron tener consecuencias nefastas, pero que gracias al buen hacer de los encargados de llevarnos por el camino recto, se quedaron en eso: un tropiezo, te perdono y a seguir. No olvidemos que la intención que nos mantenía allí, como premisa, tenía un fin muy concreto, e intentarlo era trabajo de nuestros formadores, profesores, y demás personal, conseguirlo era problema nuestro, de cada uno.

Y así, pasito a pasito, fuimos creciendo, y haciéndonos más o menos listos, serviciales, personas, y ahora, ya jubilados casi todos (supongo), nos encontramos otra vez con la ilusión de aquel primero de latín, que a algunos nos suponía ver por primera vez el tren y una ciudad que se antojaba espléndida y monumental, pero que aún tenía casetas del no mucho tiempo antes desaparecido “fielato”(1). Empezaba otra vida. Y que siga.

Y ya para terminar, poner a prueba vuestro tan estudiado latín (con el griego ya no me atrevo), que supone una verdad clásica: “Cupido dominandi cunctis adfectibus flagantior est”. Cita de Tácito, Annales, 15, 53,4. (2) (La ambición de dominio es más ardiente que todas las demás pasiones)

 

 

(1)     Oficina a la entrada de las poblaciones, en la cual se pagaban los derechos de consumo.

(2)     Del libro “La traición de Roma”. De S. Posterguillo. 

 

Un saludo-recuerdo cariñoso para todos.

 

 

 

Y, si no hay inconvenientes de mayor cuantía,

hasta el día 7 de Agosto.

 

Agustín A. J.