VIAJE DE SEMANA SANTA A LAS ERMITAS


 

Viajamos de Astorga hacia Galicia, guiados desde Ponferrada por el profundo y oscuro Río Sil, con llegada a un valle donde residen, desde tiempos inmemorables, O Barco de Valdeorras, tierra de exuberantes viñedos, y a unos doce kilómetros La Rúa, con extensiones considerables de viñas e íntegros vinos, algo garnacheros, aunque de excelente calidad y exquisito buqué.

Viajamos desde La Rúa y nos dirigirnos, por una empinada carretera, con dirección a Viana do Bolo. Después de Santa Cruz, llegamos a la dirección que nos marca, a nuestra derecha y al fondo, el pueblo de Las Ermitas, con su enfadado río Bibey.

Viajamos carretera abajo, durante un largo kilómetro, llegamos a un amplio Atrio, de fuertes rejas de hierro con hirientes puntas, a prueba de asaltadores, puerta abierta, introductora en la historia viviente desde 1.700, con un empedrado eminente vigilado por unas escaleras de acceso a la cruz central. Todo esto es testigo nocturno y diurno de las empinadas torres del Santuario, que, solitarias, contemplan el sol naciente, allá por las montañas de Cambela, aguantan el cruel calor del verano allá abajo, duermen las despiadadas noches invernales, sonríen a la luna llena y toleran las crueles heladas. Llevan desde 1.700 escuchando el roncar del río Bibey y miran, sin parpadear, al cielo de las Ermitas desde el siglo diecisiete.

 

Situados en el amplio y cuidado Atrio, a nuestra espalda, queda el coqueto pueblo de las Ermitas, con pendientes de bancadas, a nuestra izquierda, un esculpido paisaje, que nos destripa el corazón al mirar hacia abajo, una serpiente de agua al fondo, el río Bibey, y un estampado de empinadas montañas a las que desde su falda trepa una tortuosa carretera en dirección a Soutipedre. De frente nos quedan las altivas torres del Santuario, con sus tres puertas, sus adornos, sus columnas picadas con el sudor de los “canteiros galegos” que, golpe a golpe y gota a gota de sudor, han destartalado su férrea estructura y las han convertido en obra de arte. A la derecha la Administración y lo que fue el Seminario de las Ermitas, con su sala de estudio, su comedor, su capilla, sus dormitorios y un pasadizo directo desde la puerta de la Administración a la parte alta del Santuario, por donde los seminaristas y los profesores entrábamos a rezar y cantar los Salmos del Viernes de Semana Santa.

 

Pues aquí, desde este Atrio y desde este profundo valle, asumiendo este rompedor silencio, y con esta situación, quiero recordar cualquier Semana Santa de la época.

 

Recuerdo de forma especial dos fechas clavadas en las humildes gentes de la zona: Semana Santa, cuando toca cada año, y la romería del Rosario en Octubre.

 

Debemos saber que la Semana Santa cae ya en primavera, días más blancos, sol escurridizo, que de vez en cuando se apaga, con su especial verdor primaveral y muy frecuentes lluvias rocieras, propias de la Galicia profunda, cuando sus gentes salen de la invernación pueblerina donde no había ni luz, ni agua corriente, ni televisión, sólo oscuras noches y charlas de “fiadeiros”. Por estas fechas el campo cambia, la gente se alegra, el espíritu es más aventurero, los árboles reviven, asoman algunas flores y, en medio de ese verdor y de las alegrías primaverales, surge la feliz idea de ir a las Ermitas a tomar parte en la Semana Santa, eso sí, con enorme recogimiento y la creencia en Dios a flor de piel, confesados, comulgados y un que ¡que Dios te bendiga!

 

Las gentes de la comarca de O Bolo, Viana y A Veiga, Manzaneda, San Miguel, etc, caminaban de noche hasta veinte kilómetros, muchas de ellas descalzas, durante unos veinte kilómetros, con descomunales heridas ensangrentadas, se presentan unas en el Atrio y otras dentro del Santuario de las Ermitas convirtiendo el Viernes Santo en día de dolor. Con su merienda, unos conocidos o amigos y otros sólo caminantes guiados por los curas, que llevaban grupos de la gente más religiosa de sus pueblos al VIA CRUCIS del Viernes Santo. Un Viernes Santo lleno de actos de la Vida de Jesús, que nos explicaba un elocuente, persuasivo, conmovedor, erudito y perspicaz predicador desde el balcón central de la fachada del Santuario con poderosos altavoces, con voces convincentes que reproducían Palabras Bíblicas, hirientes y encadenadas, que contraían el corazón y retumbaban contra las casas del pueblo de las Ermitas, contra los peñascos amenazantes de derrumbe y se clavaban en los oídos de aquellos creyentes campesinos agotados de caminar, llegados de todas partes para ver a Dios clavado en la Cruz, y asistiendo a los eruditos sermones del VIA CRUCIS, sermón y meditación del huerto de Getsemaní, Huerto de los Olivos, sin olvidar el de la Siete Palabras.

 

Veamos el VIA CRUCIS:

Toda persona significativa de las Ermitas y del entorno, los poderes fácticos (farmacéuticos, médicos, alcaldes, alcaldesas, militares y demás gentes de poder), tomaba parte ese día en el VIA CRUCIS. Y ascendían desde la primera estación, en el Atrio central del Santuario, hasta la catorce, al lado del cementerio, en la carretera, rezando y oyendo primero al persuasor y conmovedor predicador principal, cuya voz temblorosa y acentuada, se mitigaba lentamente en la lejanía del Santuario y después pasaba al guía del VIA CRUCIS, otro sacerdote rezador al pie de las estaciones, viendo las estatuas de cada capilla, que reproducen cada momento de la Crucifixión, ajustando sus palabras a los hechos de la pasión, con fervor destartalante; el cuerpo de Jesús seriamente magullado, hecho bíblico que impregnaba de conmoción y dolor sus lecturas sobre el suplicio de Jesús, sus tres caídas, los azotes, la corona de espinas, el estropicio de su cuerpo, la agotadora angustia sufrida por JESÚS, sabedor de que el premio al llegar al final era la muerte. La impresión sobre María, Pilatos, Judas, el Gólgota, el peso de la Cruz, mirando las estatuas en las oscuras capillas, era muy hiriente. El que no quedaba convenido se daba por perdido.

 

Como se sabe, cada estación del VIA CRUCIS tiene una capilla, con su tejado, su entrada y, dentro, las figuras que representan la Pasión. Son unas sesenta imágenes únicas en su género, que simulan con alto grado de fidelidad la ascensión de Jesús desde el palacio de Pilatos hasta el Gólgota, donde, como en las Ermitas, había una empinada cuesta, más o menos de la misma distancia. Todo ello lleva al corazón su similitud, sus figuras, sus pasos, el dolor en ellas representado, aunque haya dos mil años de distancia.

 

Doy fe de que la Semana Santa de las Ermitas rompía el corazón de aquellos tipos duros de los pueblos. He visto gente no creyente, que, después de la Semana Santa en las Ermitas, rezaba el Rosario por la noche con los brazos en cruz, hasta que se les pasó el efecto.

Terminado el VIA CRUCIS, las gentes se agrupaban por familias, por pueblos, por amistades o por cualquier otra relación, dando todo ello lugar a una entrañable comida de campo, donde la comida era comunitaria. Compartían lo que llevaban y reponían fuerzas, porque debían volver a sus pueblos, normalmente caminando, cargados de más fe -que la fe pesa mucho-, de recuerdos, de amistades, de comentarios sobre el día y el deseo de volver el próximo año, que será aún mejor, y rememorar los sentidos recuerdos de la pasión.

 

Yo he visto los pies de esas gentes sangrando, machacados por las heridas, ya que el ofrecimiento era, para muchos de ellos, caminar descalzos, de noche, unos quince kilómetros, y algunos hacían lo mismo a la vuelta. Se había de tener fe, creo yo.

 

Sucede parecido en el Rosario. Pero eso ya lo veremos.

 

Los Seminaristas teníamos otras faenas: de estudio, de lecturas de las escrituras, de charlas con el padre espiritual, de canto de Salmos en el Santuario y en nuestra capilla. Pero eran cosas concretas y nuestras, por lo que no estábamos con la gente, cantábamos los salmos de la Sagrada Escritura, nos encerraban en nuestra meditabunda vida, y, por las tardes, salíamos a pasear. De esto se solía encargar Don Amable. El resto de los curas iban a predicar a los pueblos. No nos dejaban estar con el público, aunque lo veíamos.

Yo fui una vez de niño.

No sé si esta Semana Santa sigue existiendo de alguna manera, pero impresionaba por sus pasos, sus estatuas, por el realismo, por los bien trenzados sermones de Don José Barrio, de Don Felipe y otros, siempre consecuentes, emocionantes y grandes predicadores.

 

Estas líneas sólo pretenden tener “in memoria” a los que vivimos, con más o menos éxito, esos años de estudio, de amansamiento de brutitos, de encerramiento de niños listillos, de aprender comportamientos sociales, de ver las desigualdades intelectuales, de compartir cosas, de adaptación a los demás y un sin fin de hechos.

Yo me siento contentísimo de haber vivido esta experiencia. Me valió mucho en la vida. Me clarificó que “tanto sabes tanto vales”. Aunque pudo haber sido de otra manera, lo apruebo, lo acepto y hasta lo aplaudo.

 

Un entrañable recuerdo al primero de las Ermitas y de Astorga de 1959-60.

Luis Diéguez (Marzo de 2015)