LAS ROCAS DE LAS ERMITAS


 


               I
Grises y peladas rocas
en la tierra sepultadas
como muelas de gigantes,
sostén de sierra escarpada
y sus terrazas colgantes.

Pasáis de un siglo a otro siglo,
veranos tras primaveras,
las heladas del invierno,
del otoño la tormentas
impasibles soportando.

 

 

Sólo estabais esperando
que el santuario se hiciera
para donar a La Virgen
lo mejor de vuestras piedras,
las de mejor resonancia,
las de mayor resistencia.


Manos recias de cantero
labraron vuestra dureza
-golpe de maza y puntero-
hasta encontrar la pureza
del corazón berroqueño.

 

 

A La Virgen dais morada
y le ofrecéis protección:
dos torres en la fachada,
como escudo protector,

una nave que recoge
la oración del peregrino,
y una gran roca colgada
que vigila el camerino
de la Madre del Señor.

Y en los palcos del teatro,
que forman altas montañas,
en éxtasis se quedaron
por siempre vuestras hermanas.


              II               
Me servisteis de escritorio
en tardes muy castigadas
cuando debía escribir
tres o cuatro mil palabras:
"a ver se escribe con uve",
"haber  con be y con hache",
en los días de paseo,
entre perfume de jaras.

Rocas que para mí fuisteis
motivo de admiración,
compañeras de alegrías,
testigos de indignación:

mientras  los demás corrían,
gritando tras el balón,
yo  sobaba vuestros lomos,
yo escribía y escribía

para cumplir los castigos
que intentaban corregir
mis faltas de ortografía.

No sé si lo han conseguido.

¡Peñascos de las Ermitas!
¡os llevo en el corazón!

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F.Barrio

Enero 2016