LAS REDES SOCIALES EN 1959



Ojeando el historial de mi intervención en Telemarañas, veo que hace más de un año que no colaboro en la revista. No sé si es mucho o poco, pero, como además veo que hace más de dos meses que nadie lo hace (*), me atrevo aportar ya mi granito de arena, intentando que no dejemos desaparecer algo que, a mi entender, fue recibido con agrado e ilusión ante la iniciativa de algunos que se atrevieron a su creación.
(*) - He de rectificar lo de "más de dos meses que nadie lo hace". A punto de finalizar esta redacción, veo dos intervenciones recientes en la revista.

Estoy convencido de que el correo electrónico, WhatsApp, Facebook, Twitter o Instagram, así como los mayores avances de Internet, son propios del tiempo en que vivimos y no del principio de los años 60 por causas imputables a nosotros, "la cosecha del 59". Su creación y difusión en aquellos años 60 pudieran haber influido considerablemente en nuestra formación, haciéndonos distintos a lo que ahora somos, algo que seguro que no nos perdonaríamos y sería una carga que llevaríamos a cuestas toda la vida. Hoy en día ya hemos madurado y ya no pueden influir excesivamente sobre nosotros.

Aquellos primeros años añorábamos muchas cosas de nuestra vida anterior a la entrada en el Seminario, aunque no recuerdo que nadie de nosotros hablara nunca de que echaba de menos el móvil. En lo referente a los medios de comunicación, entonces nos conformábamos con una radio-galena, que adquiríamos furtivamente, y con lo poco que podíamos ver en televisión, que era tan poco que yo ahora mismo no recuerdo más que algún capítulo de Bonanza, aquella serie del oeste americano.

No podemos, no obstante, meter la cabeza debajo del ala, no queriendo pensar en lo útiles que en ocasiones estos medios de hoy nos podrían haber sido en aquel tiempo. Algunos de nosotros pasábamos todo el curso sin ver a nuestra familia y solamente contactábamos por carta, recibiendo una cada veinte días o cada mes más o menos,  pero además esa carta tardaba cerca de 10 días en llegar, con lo cual las noticias podían ser de cualquier tema menos de actualidad.

 

En aquellas circunstancias nos hubiera venido muy bien el WhatsApp para conectar al momento con nuestra familia, conocer cómo se encontraban y saber a qué dedicaban el tiempo libre, aunque en aquellos días el tiempo libre tampoco existía todavía, sobre todo para muchos de nuestros padres. Nos hubiera servido para saber algo de aquel amigo que no veíamos hasta junio y que había cambiado tanto en nueve meses que ya no se parecía en nada a aquel amigo nuestro de toda la vida. También incluso nos valdría para saber algo de aquella niña que habíamos pensado que quizá podría llegar a ser nuestra novia hasta que el padre espiritual y otros ayudantes suyos nos hicieron cambiar de idea, posiblemente como prevención ante algún posible pecado de pensamiento o de palabra, ya que de obra no era probable.

El WhatsApp también hubiera sido un medio de comunicación habitual entre nosotros, ya en grupo ya individualmente, porque nos podríamos conectar manteniendo aquel silencio sepulcral que siempre nos exigían nuestros educadores. Hubiera sido bonito que el último de la clase hubiera cambiado impresiones con el primero sobre la materia que el profesor estuviera impartiendo. También para abrir un debate entre todos nosotros sobre dicha materia, todo en plena clase. Durante un partido de fútbol quizá podríamos whatsapearnos para que aquel compañero que no parecía muy espléndido ni solidario con algunos del equipo decidiera pasarnos alguna vez el balón

 

No nos olvidemos tampoco de lo que hubiéramos podido colgar en Facebook. Seguro que hubiéramos empezado por hacer un selfi para nuestra foto de perfil, intentando sacar lo mejor de nosotros, para que fuera vista por cuanta más gente mejor, especialmente, de acuerdo con nuestro subconsciente, por la niña aludida anteriormente, aunque esa foto hubiera sido hecha vestidos con sotana, ilusionándonos con vernos ya ordenados, aunque fuera de subdiáconos. Hubiésemos puesto, como se hace ahora, la foto de aquel día de campo que nos quedó para el recuerdo, incluyendo, como también se hace ahora, lo que ese día comíamos e incluso lo que bebíamos.

 

También hubiéramos compartido las fotos sacadas exprofeso para la ocasión, fuera cual fuera la ocasión, las frases hechas que colgaran nuestros profesores o superiores e incluso los compañeros más eruditos, un video de aquella obra de teatro en la que actuamos, de aquel partido de fútbol que tanto hizo crecer nuestra autoestima...

Algún profesor quizá hubiera podido llegar a colgar, aunque fuera motivado por un lapsus, las preguntas del próximo examen.

Los más aventureros o de mente más abierta hubieran compartido todo lo que pillaran sobre el Congo, las misiones, los misioneros, los cambios del Concilio Vaticano II, la guerra fría y las relaciones entre la URSS y los USA, la guerra de Vietnam...

Sobre temas políticos referidos a España no creo que en Facebook pudiera caber mucho más que la Eurocopa ganada a Rusia o las cinco copas de Europa del Real Madrid, aunque sí posiblemente también la inauguración de algún pantano.

Pondríamos "me gusta", además de a todo lo que colgaran nuestros profesores o superiores, a todo lo que pusieran nuestros ídolos, que, a falta de Di Stefano, Gento o Kubala, serían obviamente nuestros compañeros que sabían jugar mejor al fútbol. Los que supieran muchas matemáticas o incluso "supieran latín" sólo recibirían el "me gusta", igual que la mayoría, de su primo, de aquel amigo de su pueblo, del compañero de pupitre…

Facebook hubiera podido, no obstante, fomentar una rivalidad entre nosotros en cuanto a ver quiénes serían capaces de conseguir más amigos. Algunos pedirían amistad incluso a quienes día a día no formaban parte de su grupo de amigos ni casi de conocidos, lo mismo que ocurre ahora. En cambio otros, para no ser calificados de presuntuosos, prepotentes o soberbios, se verían obligados, también como ahora, a aceptar la solicitud de amistad de cualquiera que se lo pidiera. Esto último también sabemos a quiénes les habría pasado.

En aquellos momentos nos hubiera venido bien que existiera Twitter para que, incluso aunque la mayoría de nosotros no tuviéramos ningún seguidor (¿para qué?), sí pudiéramos seguir y ver cercanos por ejemplo al obispo Marcelo, al cardenal primado de España, al Papa y, por qué no, quizá también a Franco, además de a nuestros verdaderos ídolos que siempre eran los mimos, Di Stefano y compañía. Podríamos ver todo lo realmente excepcional que esos ilustres twiteros transmitieran y difundieran a través de sus twits; pero, a la vez, también nos serviría para ver las ocurrencias que twiteara aquel profesor que aparentaba una autoestima que quizá no estaba basada en hechos objetivos.

 

Qué bonito hubiera sido, por ejemplo, poder enviarle a un compañero por email cómo veíamos nosotros el teorema de Pitágoras, el análisis gramatical o la traducción de latín para la siguiente clase. También nos sería útil cara a aquel profesor que, como alguna vez ya he indicado, pretendía no sólo que supiéramos todo el catecismo y toda la vida de Jesús, sino también la "Biblia en verso". Nos hubiera sido útil para poder decirle cuando nos preguntara algo sobre la Biblia: “Lo siento, yo de la lección de hoy sólo sé lo que ya le he dicho. Si usted quiere saber más, le envío por email un archivo en word o en pdf del resto de la Biblia.”

Si entonces pudiéramos haber recurrido a Google o a Wikipedia, quizá podríamos haber prescindido de los libros de texto e incluso, por qué no, de los profesores. ¿Habría algo que no pudiéramos encontrar en Google?

Hubiera sido muy fácil, por ejemplo, traducir “La guerra de las Galias” de Cesar o “La Catilinaria” de Cicerón y conocer todo aquello que quisiéramos sobre cualquier materia. A poco estimulados que nos sintiéramos para aprender, podríamos haber alcanzado un alto nivel de conocimientos, rayando incluso en la erudición.

Los aficionados a la música hubieran podido pasar de “Radio Galena” a Youtube. Se oirían  todas las canciones de los Beatles y todas las canciones pop de la época aprovechando el tiempo de marchas en filas de unas estancias a otras, como es obvio con unos auriculares, ayudando así a guardar el silencio exigido, pero con música.


A pesar de lo expuesto anteriormente, veremos a continuación algunos motivos por los que el destino, la ley de Murphy o quien fuera no hubiera autorizado entonces el uso de las redes sociales:
1.- Podríamos haber ido absortos con el móvil en las filas, sufrir un resbalón o tropezón y provocar una caída en cadena, que incluso podría ser al asomarnos a las escaleras. Entonces ningún seguro hubiera cubierto estos accidentes.
2.- La mayoría de nuestros padres no podrían comprarnos, no ya un iphone o una tablet, ni siquiera un móvil cualquiera. Sería una forma de sacar a relucir las diferencias económicas y sociales entre nosotros, lo que de hecho apenas notamos en aquel tiempo.
3.- Las normas de urbanidad que entonces nos inculcaban no indicaban nada sobre el uso del móvil: si lo correcto era tenerlo en la mano, en el bolsillo, ponerlo a la derecha o a la izquierda del plato en la mesa; cuándo se consideraría o no falta de urbanidad cogerlo para entrar en Facebook o para contestar un whasap. Además, claro está, habría de influir la personalidad o categoría de quien lo hiciera.
4.- Nadie podría asegurarnos que no hubiéramos sido nosotros los pioneros en ser protagonistas de esa foto de un encuentro de jóvenes, todos ellos con el móvil en la mano, la cabeza inclinada hacia adelante, la mirada perdida hacia abajo y ajenos absolutamente a todos los que les rodean, que además se suponen sus amigos. Yo estoy convencido de que a estas alturas no nos hubiéramos sentido muy orgullosos de aparecer en esa pose tan habitual.

Si estos medios hubieran existido en aquella época, no nos hubieran permitido aprender, por falta de tiempo y tal vez por falta de educadores que supieran transmitírnoslo, lo que entonces aprendimos y que transcribo de mi primera participación en Telemarañas:

  • “Aprendimos ética, solidaridad y a vivir en comunidad. Y esos conocimientos ya no se olvidan nunca.

  • Aprendimos a pensar, a discernir, a criticar, a leer, a elegir…

  • También aprendimos algo de la filosofía de Santo Tomás o de Aristóteles.

  • Con el tiempo llegamos a entender mejor la teoría filosófica de la “relatividad” o la del “pragmatismo”.


J.J. FELIZ

30-3-2016


P.D.
Dicho lo dicho, sería un honor para mí poder compartir algo con todos los que tengáis una cuenta en Facebook.