Recuerdos del pasado



 

I - Morfeo

 

Una tarde este verano

sentado estaba en mi hamaca

leyendo a  Antonio Machado:

("La tarde cayendo está"...)

a la sombra de un manzano.

 

Del agua de la piscina

sacaba el sol sus cristales

a la par que se escondía

por detrás de unos nogales.

 

Me fui quedando dormido,

quizá pensando en Machado,

y soñé que escribía en ripio

episodios del pasado.

 

Aquí traslado al papel,

aunque sea torpememte,

parte de lo que soñé.


De la niñez callaré

aquello que era lo mismo

para otro niño cualquiera:

juego, escuela y catecismo…

el sarampión… las paperas.

 

Así pues,comenzaré

mediada ya ni niñez,

cuando, después de un examen,

en el seminario entré.


 

II - El adiós

 

Pasamos aquel verano

haciendo preparativos:

sábanas, colchón, las mantas

y demás prendas de abrigo;

camisas y camisetas,

calcetines,calzoncillos....

Así como la maleta.

Todo había que marcarlo

con un número asignado;

la lavandera así sabe

quién era su propietario.

 

Casi sin darse uno cuenta,

llegó el día de partida.

Mi madre, llanto en los ojos;

mi padre, gran alegría;

mis hermanas, a mi lado,

algo tristes las veía.

 

Los bultos bien preparados,

bien repleta la maleta,

de aquellas de cartón piedra,

atada con una cuerda.

 

Todos me besan y abrazan,

yo, alguna lágrima suelta.


 

III - El Viaje

 

Y por fin me subo al tren

que a la Gudiña me lleva.

 

Allí me estaba esperando,

con un carrito y su bestia,

un amigo de mi padre,

que transporta el equipaje a

donde el autobús espera.

 

El conductor, muy robusto,

subido en la escalerilla

del autobús, va cogiendo

los bultos y las maletas

que desde tierra le arriman.

En la baca los coloca

y los sujeta con cuerdas.

 

Ya todo esta preparado,

y con voz áspera grita:

¡al autobús todo el mundo

que ahora mismo nos marchamos!

 

Hasta Viana del Bollo

el viaje fue sin problemas,

salvo el polvo, que abundante,

por las ventanas se cuela. 

Allí se paró un buen rato

para estirar nuestras piernas,

para cambiar de viajeros:

los nuevos que van llegando

por aquellos que se quedan.

 

De Viana en adelante

la cosa es de otra manera:

una curva y otra curva,

una a izquierda, otra a derecha;

la carretera discurre

por mitad de una ladera.

Así, entre curva y curva,

entre pitido y pitido,

el morro del autobús

va rozando el precipicio.

Allá, al fondo, se ve el río

que divide a las montañas.

Sus aguas en torbellino

resbalan sobre las peñas.

 

Baja la sierra en terrazas

cultivadas de viñedos

ya con sus hojas doradas,

sin uvas ya sus sarmientos

y que, a modo de escalera,

en las piedras se cimentan

y descienden hasta el río.

 

En los pueblos del camino

se van subiendo más niños.

Sus equipajes demuestran

que compartimos destino. 

 

 

Por fin se ve el santuario

suspendido en el abismo,

bien agarrado a las rocas,

hacia el cielo bien erguido.

 

Y llegamos al Cruzeiro.

El autobús da un respingo,

como para sacudirse

todo el polvo del camino.

Se forma un gran alboroto

con tanto niño gritando:

eso es mío, aquello no...

 

Un hombre vino a ayudarnos:

¡tranquilos, niños, tranquilos,

que todo se irá arreglando…!

Yo bajaré el equipaje

con mi carro y mi caballo.


 

IV - La bienvenida

 

 

Bajamos al seminario.

Y allí estaban esperando

don Nicasio y don José

con un papel en la mano.

 

Cada uno dice un nombre

y nos vamos colocando

a un lado u otro, según

nuestro nombre van llamando.

Nos llevan al dormitorio

para la cama mostrarnos

y ahí empezó mi calvario:

“Número ochenta y seis

J. A. Fernández Barrio".

¡El número de mi  ropa

me habían dado cambiado!

Tengo el número catorce -dije yo,

mostrando, muy colorado,

la carta en la que decía

que era el número asignado-.

¡Pues alguien se equivocó!

- reflexionó D.Nicasio-.

- Y ahora… ¿qué hago yo?

- "No sé. Ya te las apañarás."

 

De sopetón comprendí

que había dejado atrás

los cariñosos cuidados

de una madre con su hijo

y tendría que afrontar

el chaparrón de la vida

sin el cómodo cobijo

del paraguas familiar.

 

Ya no había más que hablar...

yo era el ochenta y seis,

dos números retorcidos

difíciles de hilvanar.


Con lo poco que sabía,

que mi madre me enseñó,

-“por si acaso”- me decía,

(pegar alguna travilla,

zurcir unos calcetines,

o coser algún botón…)

por lo más imprescindible

comencé yo la labor.

Y hasta el fin de curso estuvo

el número ochenta y seis

marcado por estas manos

¡Vaya si yo me apañe!


Puede parecer cruel,

hoy le estoy agradecido:

fue mi primera lección,

que en la vida me ha servido

para afrontar situaciones

de difícil solución.

 

Ya todos hemos llegado.


A rosario y a cenar,

y después para la cama,

que mañana muy temprano

os tenéis que levantar.


 

V - Los gozos y las sombras

De la disciplina el yunque

nos empezó a moldear:

martillazo por aquí,

dos collejas para allá,

de los tirones de orejas

es preferible no hablar.

 

Aquí hago yo un inciso

sólo para atestiguar:

Lo narrado ya por otros

fue la pura realidad.

 

Cada cual… es una historia...

y yo tengo muy presente

lo difícil que es pulir

lo bruto del diamante.


¿Quién me enseñó a comer

con cuchillo y tenedor?

¿Quién me enseñó a distinguir

que una sardina no era

silbato del afilador?

¿Quien me enseñó a convivir,

quién me enseñó urbanidad,

quién me enseñó a compartir

quién me enseñó a estudiar?


Yo todo lo aprendí allí,

aunque tuve que llorar.

 

Alegrías también hubo,

yo no lo voy a negar:

el juego de las canicas,

de las chapas, del frontón

en la pared que tuviere

despejado su faldón.

 

Y los partidos de fútbol

que en las fiestas se jugaban

en el terregal que había

entre peñascos y jaras

allá arriba en la montaña.

Pocos tocan la pelota;

los demás todos corremos

(veinte o cuarenta chiquillos)

normalmente en pelotón,

de un lado al otro del campo

según donde va el balón.

 

Y los días de excursión,

en que, saliendo temprano,

íbamos a visitar

normalmente algún pantano.

Los vimos medio vacíos,

algunos en construcción,

y en las entrañas de otros

nos dicen con claridad

cómo de aquellas turbinas

sale la electricidad.

 

Y el paquete que recibes,

que, burlando los registros

de todos los fielatos,

trae un trozo de chorizo

camuflado en los zapatos.

 

Y aquel día en que, ¡por fin!,

tras osado desafío

de verbos irregulares,

se logra subir al podio

de ser primero de clase.

Aquello duraba poco

pero era una alegría

mirar desde allí hacia abajo

aunque fuera por un día. 

 

Y aquel otro en que, inspirado,

sin fallar vas contestando

todas las conjugaciones,

modos, tiempos y personas

según lo va señalando

don Nicasio en la pizarra

con la vara de laurel,

aquella que le servía

para cualquier menester.

(Pero esa ya es otra historia,

que, tal vez, cuente algún día).

 

Y los libros que leía,

normalmente, algún mayor,

que a la hora de comer

en vilo nos mantenían,

como el de Lope de Amez:

EL ROBO DEL ENCENDEDOR.

Como ejemplo pongo ésta,

sólo para no alargarme…

 

Y alguna tarde de cine…


Y las obras de teatro…

 

Quizás haya otras cosas

de las cuales yo me olvide...

 

Todo esto mitiga un poco

algunos días amargos

que, de una u otra forma,

todos nosotros pasamos.


 

VI - Llega la Navidad

 

Llegan las primeras lluvias

y, tras ellas, llega la helada.

Estudios, rezos y juegos...

correspondientes castigos...

¡ha llegado Navidad!

¡¡ya me espera la matanza!!

 

Ligero anduve el camino,

flanqueado por olivos,

junto a otros compañeros,

ansiosos ya por llegar

cada cual a su destino.

 

El autobús, por la fecha,

al completo ya venía

con el pasillo repleto;

no cabía allí ni un alma.

El cobrador,sin dudarlo,

nos va subiendo a la baca

y nos encaja en los huecos

que el equipaje dejaba.

Agarraos bien -nos dijo-

a las cuerdas y a las barras.

Comenzamos de esta forma

el trayecto hasta Viana.


Al dar la primera curva

desperté muy asustado.


Con alivio me di cuenta

que yo seguía en la hamaca

con el libro de Machado.


Pero nunca olvidaré,

de que, subido en la baca,

yo por dos veces viajé.

  

Agosto - Septiembre 2014

 

J. A. Fernández Barrio.