Sintonía: Swing low, sweet chariot (Etta James)

 

 


RECORDANDO A BUJAN Y OTROS



Previamente, quiero hacer alusión a la “Carta de un Cascarrabias” publicada en la revista con fecha 6-2-14:

Encantado en saludarte, Cascarrabias, aunque no tengo el gusto de conocerte y la única referencia que tengo de ti es la que Almanza nos transmite en su última publicación, referente a que “no tiene un pelo de tonto”, aunque en esa referencia tampoco queda claro que tengas pelo; pero este perfil a nuestra edad puede corresponder a muchos.

Repetimos: Cascarrabias hay varios y El Calvo Rota no es el autor de la bendita carta.

 

Por tu comentario, que para mi constituye un honor, deduzco que “miras con muy buenos ojos” lo que hasta ahora he publicado en Telemarañas. Esto, que por otra parte no puedo más que agradecer, no sé si me estimula o si, en cambio, me produce vértigo. Cuando uno se sube o lo suben muy arriba lo único que puede suceder es que empiece a bajar lentamente o de súbito se desplome, dándose un batacazo. Todo lo contrario a lo que, como dirían “los expertos” le puede pasar a la economía de nuestro país, una vez que ha tocado fondo, si es que lo ha tocado ya.

Bueno, yo, de hecho, voy a procurar seguir a mi aire como hasta ahora.

 


 

Y paso ya al tema que nos ocupa.

 

En mi catálogo de recuerdos Buján aparece como un amigo. Esta amistad está asociada especialmente a los primeros cursos, momento que me evoca más recuerdos sobre él, al principio de nuestra convivencia en Astorga, antes de unirnos a los de Las Ermitas, y sobre todo en segundo de latín.

Esos recuerdos van asociados a varios profesores, entre los que especialmente incluyo a don Urbano, que a la vez era párroco de Valdeviejas, y que para mí fue de los mejores profesores que tuvimos. Nos daba latín y castellano. A mí creo que me daba mucho más castellano que a los demás, porque yo estaba bastante necesitado de ello, ya que en mi pueblo natal, Lamalonga, no teníamos ocasión de practicarlo, porque el idioma habitual había sido siempre otro.

Aunque creo recordar que José Manuel era al menos un año más joven que la mayoría, era de los más sobresalientes de la clase, por no decir el número uno. Ya sabemos que entonces el sistema educativo recomendaba o imponía unas valoraciones a los alumnos a través de los puestos que el profesor asignaba a cada uno en clase. Don Urbano era muy propenso a cambiarnos de puesto con mucha facilidad. Había días en que el cambio era constante. No recuerdo por qué tipo de complicidad entre Buján y yo cuando uno de los dos, el que estaba detrás, alcanzaba al otro, era fulminado automáticamente a la cola con el objeto de que no estuviéramos juntos, ni siquiera cerca. Acaso esa complicidad fuese por habérsenos ocurrido un día llenar de papeles nuestras mangas, bajo el guardapolvos, para que unos suaves pellizcos, que a veces nos correspondían, pasaran totalmente desapercibidos para nosotros. Tal vez pensábamos que esos papeles constituirían para nosotros un “as bajo la  manga” pero no fue así y enseguida nos vimos obligados a “poner las cartas boca arriba”.

 

Entre otros profesores de aquel curso de segundo estaba don Lorenzo, que nos daba matemáticas.

Especialmente recuerdo a un profesor que nos daba religión, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, sino que no lo recuerdo con seguridad, aunque me atrevería a decir que era don Teodosio. Don Teodosio pretendía que todos sus alumnos nos convirtiéramos en unos eruditos en religión y que llegáramos a aprender de memoria y al pie de la letra el Catecismo, la historia de Jesús, los Evangelios y la Biblia completa. Además, si era la “Biblia en verso” todavía mucho mejor. Creo que ese profesor era partidario de la teoría pedagógica de que “la letra con sangre entra”. Teoría ésta que a mí nunca me convenció, únicamente por razones de espacio, ya que supongo que “la letra”, como cualquier otro objeto, entrará mucho más fácilmente sola que acompañada, de sangre o de lo que sea, sobre todo si en ese espacio hay que meter tantas letras como tiene la Biblia. A mí se me ocurrió muchas veces plantearle a este profesor un debate en clase sobre el método pedagógico a seguir para poder exponer mi teoría; pero no me decidí porque nunca encontraba el momento adecuado para ello y siempre pensé que sus argumentos iban a ser suficientemente convincentes y mi teoría no tendría ningún futuro.

 

Muchos son mis recuerdos sobre José Manuel, pero lo que realmente dejó impronta en mí fue su precocidad, o lo que yo entonces consideré como tal, en reivindicaciones de tipo social. En aquellos años en que estábamos convencidos de que era Dios quien había elegido a nuestros gobernantes y por ello no podían fallar, ahí estaba Buján, a sus 12 ó 13 años, para revelarse de alguna manera contra el orden establecido y reivindicar los derechos de los trabajadores. Supongo que la cuenca minera de donde él procedía era lugar propicio para ello. Esto no resultaba entonces fácil de entender para quienes pertenecíamos a una zona agrícola o ganadea. Ahí las reivindicaciones se reducían a plegarias o rogativas para que lloviera cuando tenía que llover, donde tenía que llover y justamente lo que tuviera que llover sin pasarse con inundaciones o pedriscos. En eso ya sabíamos que los gobernantes puestos “por la gracia de Dios” no tenían poder de decisión y, por lo tanto, no quedaba otra opción que puentearlos y recurrir directamente a instancias superiores. Cuando las cosas no iban bien en la Valduerna, por ejemplo, se sacaba a la Virgen de Castrotierra de “peregrina por los campos sedientos”. En mi pueblo, más ganadero, se recurría al responso de San Antonio para que éste mantuviera a salvo a los animales y protegiera el rebaño

 

JJ, por poco no sales en la foto...

 

Por circunstancias de la vida yo no volví a encontrarme nunca con Buján, después de los años del Seminario. Paradójicamente y, en cumplimento de la ley de Murphy, yo tenía algo que ver con una obra que se construyó hace casi treinta años al lado de un edificio en Oviedo al que, según algunos de sus inquilinos, podría afectarle esa obra. Si no estoy mal informado, ese era el edificio donde precisamente vivía él.

Me sorprendió mucho su muerte, porque además sucedió muy poco tiempo después de que yo conociera que estaba enfermo.

 

Quiero que esto sirva por mi parte de homenaje no sólo a José Manuel sino también a todos nuestros compañeros y profesores que ya nos han dejado. Además de los ya mencionados, también recuerdo, como no podía ser menos, a D. Esteban y D. Cayetano, así como a Cascallana, Hernández, Luengo, Novo y sobre todo a Desiderio, con quien tuve la suerte de compartir habitación en sexto y comprobar que a su lado no había sitio para penas, dado su humor y su carácter extrovertido y dicharachero.

 

A los familiares de todos ellos y de alguno que quizá no haya nombrado quiero trasmitirles mi afecto.

 

Abril de 2014

 

Juan José Feliz