Recordad: LAS ERMITAS



 

 

¡¡Las Ermitas!!

 

¡¡¡Las Ermitas!!!

 

¿Recordáis?

 

Recordad: cercadas por grandiosas montañas, que casi tocan el cielo, y adornadas, al lejano fondo, por la frondosa barranca del despiadado río Bibey, cantante acuático que retumba con el fluctuante borboteo del agua contra las impermeables rocas.

 

Recordad que todo ello forma un pintoresco panorama, y recreaos al tiempo en la contemplación de sus bancales de viñas que trepan desde la profunda ribera hasta las achatadas cumbres… ¡Viñas, alimento profundo, que emborracha a la comarca y enriquece a los habitantes del pueblo!

 

Las Ermitas… una Aldea en un místico entorno: el de una antigua abadía y sus meditabundos sonidos. Casi en lo hondo, el Santuario de Ntra. Señora de las Ermitas, protectora de la Aldea, de sus gentes, de los estudiantes y de los peñascos de las laderas para que no temblasen y se desbocasen montaña abajo, causando la muerte o la ruina de las personas.

 

Pues allí, en aquel marco, estaba el Seminario Menor de las Ermitas, semillero de  sacerdotes del futuro, misioneros del mundo, predicadores de la palabra de Dios y ejemplo vivo  para el universo.

 

Y de un mundo diseminado en aldeas diminutas, incivilizadas y azotadas por la pobreza, se las ingeniaban los rectores del Seminario para extraer su materia prima – niños talentosos – para moldear esos futuros curas. Rememoro alguna de las preguntas que nos hacían:

Pregunta: ¿Cuál es el río más grande del mundo?

Respuesta: Eso es muy difícil de saber.

Pregunta: ¿Qué es una vocal?

Respuesta: …Que se come.

 

La incultura de los niños era debida, aparte de a la pobreza y retraso comunes a todas las comarcas de Orense, León o Zamora, a que los maestros que iban llegando no se asentaban en los pueblos, casi todos huían a la ciudad de forma inmediata.  Ello arrastraba al desconocimiento y al embrutecimiento de la población. Los niños no eran ni más tontos ni menos listos que los de la ciudad, pero carecían de formación. 

 

Como ilustración de aquella ignorancia, recuerdo que en los primeros días del curso 1959-60 nos tocó ducha a los de primero, nos mandaron entrar y cerrar la puerta, pasaron unos tensos momentos, ya que no sabíamos qué era aquello, soltaron el chorro de  agua y se oyó gritar a YEBRA do Seixo: “TIADOR, aquí chove, ¿qué hago?”. Teodoro era encargado y le explicó a YEBRA que aquello era una ducha, que se duchaba uno desnudo, etc. etc. Los demás no preguntamos, pero la explicación de TIADOR nos vino de perlas a muchos. 

 

Aliquando - la zorra, vulpes - alguna vez...Sí. Salíamos de un semillero mal abonado porque los maestros se iban a contar historias a otra parte, no porque los niños no fuesen talentosos. Con el tiempo, yo mismo he detectado chicos muy listos que se perdieron en hombres diligentes sin eruditos estudios ni prácticas universitarias. 

 

Recordad: Ya en el Seminario, levantarse a las siete, meditación, Misa, estudio colectivo, clases con nuestros tutores, durísimas y disciplinadísimas clases… Recordad de dónde y cómo venían los estudiantes… El sistema era clásico “al que no llegue, se le hace llegar; el método no importa”. El terror al profesor flotaba en el aire. Nadie murió, pero muchos “perecieron” en el intento.

 

La promoción del 59 vivimos en este entorno dos dificilísimos cursos,  guiados en el estudio por un severísimo Don Nicasio; en el orden general, por  un duro Don Gonzalo; y en cuanto al espíritu… lo escudriñaba y desentrañaba Don Amable. ¡Perfecto equipo para domar unos niños listillos, pero embrutecidos por el ambiente de unas aldeas perdidas en la Galicia campestre y unos pocos rastreados de otros lugares, como Benavides, Turcia... de León. Podemos dar fe de la perfecta jerarquía, armonía y efectividad de aquel magnífico equipo, siempre con Don Gonzalo al timón. 

Dado el ambiente descrito, me merece la pena tener un recuerdo para los “escapados”, sufridores de aquel embalaje de montañas, río y rejas. Parece todo un paisaje que Dios esculpió en un  ambiente cruel, según me contaban, para aquellos mimados niños que sufrían la lejanía - ¿morriña?- de su dulce hogar materno, del cariño y las escaramuzas callejeras con sus hermanos y del olor a pueblo que llevábamos todos dentro de nuestro espíritu. De esta jaula no era fácil escaparse, ya que de día estábamos vigilados, de noche encerrados y en los recreos rodeados de compañeros. Pues, aún así, se escapaban ¡de cierto que se escapaban!, saltando las rejas, lo cual implica ser muy osados, dado el recibimiento triunfal que esperaba la vuelta de los que pillaban o los retornaban sus padres, ya que había de todo, hasta de los que volvían solos. Se encargaba del reencuentro Don Gonzalo: los miraba  con petrificación estremecedora en público, para escarnio del escapado y ejemplo para futuros intentos, si los pillaban ellos. Si eran devueltos por los padres, el reencuentro era en privado: a algunos les reiteraba su valentía por hurtarse de aquella manera, a otros les daba un repaso de pelo, de orejas y un pequeño afeitado para que no se repitiera el intento. A veces el reencuentro tenía lugar en el salón de estudio, ante la muchedumbre que seguía el acontecimiento con la atención de un Santo meditabundo. Otras veces acontecía en su despacho, decían los interesados, y de vez en cuando les “hacía la cuenta” y los expedía al hogar materno.

 

La escapada era un camino de espinas. Dada la orografía de las Ermitas, se podían ir por el camino que sube a la carretera, donde los curas tenían chivatos por todo el territorio comanche. Aunque alguno llegara a la carretera, no tenía escapatoria posible. Estos solían tener el recibimiento de vuelta durillo, dependía de la familia a la cual perteneciera el sujeto escapado y del concepto que tuvieran de él los curas.

 

La segunda senda de escape era el camino de Soutipedre, por  el puente del Diablo (¿qué pintaría el Diablo por allí?), que era visible todo él desde cualquier mirador del Seminario o Santuario. Los que elegían esta vía eran devueltos como corderos escapados del matadero y Don Gonzalo les ajustaba cuentas. 

 

La tercera vía era la de seguir el río hasta el Vaho, por la orilla arriba, por lo que se veían desde el inicio hasta casi el Vaho. Solían ser  Seminaristas oriundos de aquellos pueblos, dispuestos a soportar la dureza del sendero hasta ser atrapados. A algunos los dejaban marchar, por considerarlos “desperfectos”, cáscara del árbol seminarístico. Este sendero estaba y está sometido a un silencio que resbala en los valles y tiene unos ecos retumbantes de monte a monte producido por el río con sus diminutas cascadas alimentadas por el ritmo tembloroso con sus acordes contra las eternas piedras acostumbradas al desgaste del líquido elemento.


Dejo otros recuerdos de aquel lugar y aquellos años, muy entrañados también, para otros ciclos futuros, como los de Navidad o Semana Santa.

 

Estas líneas sólo pretenden tener “in memoria” a los que en aquellos días y en aquel lugar vivimos y tratamos de aprovechar, con más o menos éxito, aquella oportunidad para iniciar años de estudio, de amansamiento de “brutitos”, de apartamiento del mundo, de aprendizaje de comportamientos sociales, de toma de conciencia de las desigualdades, de adaptación a la convivencia en comunidad y un sinfín de materias más… para formar unos niños listines, destinados a adoctrinar posteriormente al universo-mundo.

 

Yo me siento “contentísimo” de haber vivido esta experiencia. Aquella oportunidad me valió mucho en la vida, me clarificó que tanto sabes tanto vales. Aunque pudo haber sido de otra manera, lo acepto, lo apruebo y hasta lo aplaudo.

 

Un entrañable recuerdo a todos los que cursamos primero y segundo en las Ermitas en 1959 - 1961.

 

Luis Diéguez