A modo de presentación


 

 

Al no haber coincidido con ninguno de vosotros desde que dejé el seminario, ni asistir nunca a vuestras reuniones veraniegas, ya por trabajo ya por alguna otra razón (por lo cual os pido disculpas), permitidme que os salude a todos a través de la revista.

 

 

No he coincidido con ninguno, salvo con el añorado Desiderio, al que le deseo lo mejor por ahí arriba. Yo estaba en la mili en el campamento de El Ferral (León). Un día vino a verme a la compañía. Resultó que estaba en oficinas y tenía acceso a los nombres de los reclutas (ya sabéis: “el que vale, vale; y el que no a marcar el kaki”). Agradecí mucho su visita.

 

 

 

Pues bien. Soy José Antonio Fernández Barrio, “Barrio” por aquel entonces para todos vosotros y nuestros profesores.

 

Establecido el canal de comunicación a través de Telemarañas, os saludo a todos. También me gustaría compartir con vosotros las vivencias colectivas y personales de aquellos años que quedan ya tan lejanos en el tiempo, pero que siguen ocupando un espacio muy actual en mis recuerdos.

 

Para dejar claras las cosas desde el principio, os diré que en la fotografía que recibí de una de las reuniones veraniegas no conozco más que a Desiderio. No me lo toméis en cuenta, ya que en las fotografías que tenemos, tanto de Las Ermitas como de la Bañeza y Astorga, no me reconozco ni a mí mismo.

 

Comparto el perfil de la mayoría de los que fuimos a Las Ermitas: familia trabajadora, honesta, humilde y aferrada al terruño; niño un poco más espabilado que el resto (no mucho más, en mi caso) y una mano que, al descubierto o en la sombra, trataba de encauzar una posibilidad en ciernes. En mi caso esa mano pertenecía a don Francisco Vara, cura párroco de mi pueblo, Pedralba de la Pradería y de Lobeznos. Esto queda en Sanabria, provincia de Zamora. Don Francisco creo que casó a los padres de mi generación, bautizó a sus hijos (nosotros), enterró a sus padres (nuestros abuelos) y casó a todos mis quintos. Todos sus años de sacerdote los desempeñó en mi pueblo.

 

 

Yo desde muy niño fui su monaguillo. Tan pequeño era en edad y en estatura que no podía pasar el misal del lado de la epístola al del evangelio; lo intentaba para regocijo de todos, que veían que se me caía encima, hasta que don Francisco optó por ponerme siempre del lado contrario para que fuese mi otro compañero monaguillo, mayor que yo, quien trasladase el misal.

 

Quiero decir con esto que, desde temprana edad, crecí en un ambiente de misas, rosarios, bautizos, entierros, bodas y todo evento en el que la iglesia estuviera presente y bien sabéis que por aquel entonces era en casi todo.

 

Don Francisco fue moldeando la piedra y yo absorbiendo, creo que sin darme cuenta, sus enseñanzas. Así que, cuando un día me preguntó si me gustaría ser sacerdote, yo sin pensarlo, le dije que sí. Y empezó a rodar la máquina: Mi madre, muy religiosa, dio gracias a Dios porque tendría un hijo sacerdote; mi padre, más práctico, vio la posibilidad de sacarme del terruño; y mis hermanas creo que sintieron un poco de envidia de mis nuevos horizontes, pero, en el fondo, se mostraron contentas. A partir de este momento, don Francisco mueve los hilos a través de otro patrocinado suyo, ya sacerdote e hijo del pueblo, don José Barrio (don Pepe como le llamábamos en el pueblo), que fue profesor nuestro de latín en La Bañeza (3º A – 1961-62), y, según he leído en la historia del seminario escrita por don Gregorio (Q.E.D.), también Secretario.

 

No se dónde estaba él por aquellos días, pero fue él quien indicó mi nuevo destino: seminario Menor de Las Ermitas.

 

Empieza entonces la preparación intensiva del examen de ingreso... y llegó el día.

 

Mi padre, por indicación de don Francisco, sacó los tres billetes del tren en segunda clase, ya que la tercera (con los asientos de madera), no era la apropiada para un sacerdote y la primera clase era demasiado ostentosa. El tren nos llevó desde Pedralba a La Gudiña y allí cogimos el ... ¿autobús? que hacía el trayecto de La Gudiña a La Rúa. Aproximadamente a la mitad de ambos puntos, están Las Ermitas. Bajamos la cuesta, llegamos al seminario y allí os vi a muchos de vosotros, con cara de asustados igual que yo. Creo que aprobamos todos.

 

 

Así, casi sin saber cómo, nos montamos en un carrusel que debería habernos llevado al destino final que era el sacerdocio, pero del que la mayoría de nosotros bajamos en marcha y nos quedamos en el camino.

 

Muchas veces, posteriormente a mi salida del seminario, me he preguntado el porqué. Realmente fuimos escogidos al azar, pero ¿teníamos idea de lo que era la vocación?; ¿qué hicieron nuestros compañeros sacerdotes que nosotros no hicimos? Tal vez en nuestros primeros años de estudio se nos inculcó más el aprendizaje de las diferentes materias educativas, dando por sentado que, puesto que estábamos allí, teníamos vocación.

 

Me gustaría conocer alguna otra reflexión sobre el tema.

 

Por hoy nada más.

 

Para todos: ¡Salud y tranquilidad de espíritu!

 

J. A. Fernández Barrio