PESCANDO - peces y palabras - EN EL FREGADERO

Reflexiones al hilo de experiencias compartidas.


 

 


Hace un rato, mientras fregaba los cacharros –en esta casa todavía se friega al estilo tradicional, mal que le pese a la “llétrica”- me dio por pensar.

No quiero decir que el pensamiento sea el mejor modo de enjabonamiento, pero lo cierto es que a mí los platos me quedan relucientes, supongo que será por la de vueltas y vueltas que le doy al estropajo de las ideas. Ciertamente es un buen momento para pensar. En realidad cualquier momento es bueno para pensar, aunque sólo sea por aquello de que “mientras pienso, existo”, la famosa sentencia cartesiana, que tiene su réplica en la no tan famosa “pienso, luego es posible que no me dejen existir”.

 

"Relampieja" pensando en los riesgos de pensar

 mientras anden sueltos rapacines por la Valdería


El caso es que, en cuanto le abrí el portillo al pensamiento, éste fue disparado a posarse en nuestra conversación telefónica del otro día y enseguida empezaron a aparecer remiendos de la misma.

Los primeros: los ríos donde bebimos, nos "bañemos" y "pesquemos" a mansalva. ¡Cuantísimas horas de relación con el río de la vida (no es una metáfora) y con la vida del río, rebosante y generosa! Principalmente los rapaces, desde que empezábamos a ir a la escuela, casi podíamos decir que éramos una especie acuática más entre las ranas, las relampiejas, los fuseros, los escallos, las bogas, los barbos, las truchas…, una especie depredadora, sin duda, pero a la vez integrada en la cadena trófica (como las nutrias) y asumida por el vigor y la vitalidad del río.

Hoy los que hemos formado parte de esa rica fauna fluvial no podemos por menos que llorar la muerte de nuestros ríos sin la esperanza de que nuestras lágrimas los hagan resucitar. Un desarrollismo salvaje, unido a una falsa idea de progreso han acabado con el bien más preciado de la naturaleza. Los ríos son el espejo de la sociedad, y lo que hoy se refleja en ese espejo es su fracaso. Sí, el río ha muerto. Para que no haya ninguna duda, ahí está la esquela mortuoria de la depuradora anunciándonos que esa muerte no ha sido precisamente una muerte natural. Ha sido violenta, muy violenta.

 

 

Y, si el río es el espejo de la sociedad, la lengua es el alma de los pueblos. Puede parecer una afirmación grandilocuente porque no admite demostración. Al menos para mí es una intuición indubitable y entiendo la lengua en el más amplio sentido, incluida la mímica que la acompaña y hasta la forma de la respiración. Cuando una abuela le dice a un niño sollozante (no necesariamente nieto): “ven, gudo, ven, que te acocho” y lo recuesta en su regazo, sin duda está expresando el alma de un pueblo.

Como te dije, me sorprende la coincidencia de vocabulario entre regiones tan distantes (La Valdería - La Cepeda), aún contando con que los usos y costumbres venían a ser las mismas. Por ejemplo, me llamó mucho la atención lo del “maragatín”, pero más aún lo de la “mundilla”, que siempre lo consideré un localismo de mi zona.  Llegado a este punto el nivel de coincidencia, supongo que no te sonarán raros los verbos “amuciar” o "amorgar", por ejemplo, referidos a técnicas de pesca.

...

El capítulo de los vaivenes del ánimo, frecuentemente asociados a los del físico (que más bien va que viene), mejor lo dejamos para otra ocasión. Ahora me voy a desenganchar del trasmallo por unos días en el pueblo.

 

¡Vale! 

¡Un abrazo!

28 de abril de 2018

I. Almanza R.

Continuación en "Saludo primaveral"