PERVIVENCIA DE LA NAVIDAD


 


Atiendo al oportuno llamamiento de nuestro querido director para que no se apague la llama de la Navidad en Telemarañas, y subrayo en Telemarañas, no porque sea el lugar de celebración más importante, sino al contrario. La verdadera celebración sigue y seguirá estando en el corazón de los seres humanos de buena voluntad, de los seres humanos que aman la paz. Por eso no puedo menos de estar en desacuerdo con algunos voceros que extienden la alarma del acoso a la Navidad como si la Navidad no fuera más que un simple Halloween, un producto de importación tardío. Lo menos que se me ocurre es calificar a esos voceros como timoratos (aunque no creo que sea el calificativo que mejor los define), pues suelen ver enemigos por todo alrededor: desde los que conciben la religión de otra manera (sin tanto teatro), hasta los que prestan ayuda a los refugiados que huyen de las bombas. A propósito, ¿por qué se empeñan en llamar "refugiados" a esas caravanas de seres humanos maltratados en busca de refugio, caravanas a la deriva tanto en el agua como en la tierra, a las que sistemáticamente, y una tras otra, se les van cerrando todas las fronteras?

La Navidad -nosotros lo sabemos mejor que nadie- no es un Belén más o menos ni un árbol más o menos (mejor menos que más, con una rama sería suficiente), ni un Belén más o menos bonito ni un árbol mejor o peor decorado. No, la Navidad es un sentimiento profundo, y ese sentimiento no todo el mundo lo tiene, pues surge de unas vivencias muy especiales. Las nuestras fueron ciertamente muy especiales:

Pasamos las 10 primeras Navidades de nuestra infancia en un hogar de los de antes (bastante más parecido al establo de Belén que los pisos que habitamos ahora), en un pueblo de los de antes, muy humilde, pero lleno de vida (la que aproximadamente intentan reflejar los Belenes), en un clima de los de antes (de crudo frío invernal que trasladábamos automáticamente al portal de Belén), en un mundo sin vías de comunicación ni medios de transporte más que los lomos de las bestias (los Reyes Magos tenían forzosamente que viajar encaramados en las jorobas de sus camellos, esos animales majestuosos y fuertes, capaces de soportar tanto los rigores del desierto como los de la fría estepa).

Luego vinieron nuestras vivencias en el que fue nuestro segundo hogar, vivencias tanto gozosas como represivas, que precisamente por ser "nuestras" son las que nos mantienen unidos. A medida que se aproximaban las fechas de la Navidad, se nos encogía el ánimo sólo de pensar que las pasaríamos alejados de la familia. Menos mal que los curas, sensibles a nuestra tribulación, trataron de suplir la ausencia del hogar familiar con un hogar de juegos de mesa, con decoración de serpentinas en algunas dependencias y con menús especiales que incluían la dulcería típica de esas fiestas, logrando de ese modo que la morriña no se adueñase completamente de nosotros. Lo más evocador para mí de esa vivencia navideña es el canto de los villancicos en la capilla, y más concretamente, la portada de aquel librillo con su cielo azul tachonado de estrellas y su cuna en el centro, tan evocador, que es uno de los objetos de los que no me he querido desprender hasta la fecha.

 

Pero lo que no recuerdo es que hubiera Belén en el seminario, aunque me cueste creerlo. Desde luego, hoy esta carencia sería inconcebible, dada la proliferación del invento.

Hace unos cuantos años tuve una sonada polémica con una compañera de instituto porque estaba empeñada en montar un Belén en el centro. Afortunadamente mi negativa se ha ido manteniendo a lo largo de los últimos años, pero dudo que se siga manteniendo en el futuro, pues la carrera belenística parece imparable tanto en los centros privados como también en los públicos. Razones ideológicas aparte, ¿alguien es capaz de explicar el sentido de montar un Belén en un edificio que va a estar vacío durante todas las Navidades?

Pero la proliferación no afecta sólo a los centros escolares; la podemos encontrar en cualquier parte: en los parques, en las plazas, en los barrios, en los hospitales, en los ambulatorios, en los ayuntamientos, en los cuarteles, en los supermercados, en los teatros, en los escaparates de las tiendas...

No creo que la institución eclesiástica tenga mucho que ver en esta promoción, pero en el caso contrario, yo le diría que se equivoca: esa proliferación tiene más de profanación que de devoción, y más que servir a la religión, a quien sirve es a los intereses del mercado.

En nuestra casa pasamos de Belén, pero lo que no falla nunca es la entonación del "Rorate" en la Nochebuena, seguido del consabido repertorio de villancicos de toda la vida. Es nuestra celebración y nuestra devoción de siempre. ¡Que perdure!

 


  • Mientras que no se derrita el firmamento bajo la presión del efecto invernadero, habrá Navidad.
  • Mientras que haya un mendigo calentándose al amor de la lumbre bajo las estrellas, habrá Navidad.
  • Mientras que exista sobre la faz de la tierra alguien que sepa rezar, habrá Navidad.
  • Mientras que no se apague la última estrella por el soplo de satélites, sondas y naves espaciales, habrá Navidad.
  • Mientras que los pastores electrónicos no reemplacen definitivamente a los de carne y hueso, habrá Navidad.
  • Mientras perdure algún establo (con buey o sin él) que ofrezca su techo a un vagabundo, a un desahuciado, a un exiliado, habrá Navidad.
  • Mientras que la mortífera cortina de humo de reactores, misiles y antimisiles nucleares no nos impida ver la última constelación, habrá Navidad.
  • Mientras se encuentre a una madre que no haya sido embarazada por el Espíritu Santo, habrá Navidad.
  • Mientras quede una organización defensora de los derechos humanos universales, especialmente de los más débiles y desamparados, habrá Navidad.
  • Mientras que un zapato en la ventana aguarde cautelosamente la llegada de una mano dadivosa, habrá Navidad.
  • Mientras que no nos inunde la marea de los desechos del progreso, habrá Navidad.
  • Mientras haya un abuelo que no acabe sus días exiliado en un asilo, habrá Navidad.

 
¡Felices Fiestas a todos y a todas vuestras familias!

I.Almanza
Siero, 24 de diciembre de 2015