LAS PEREMBRANZAS – Segunda parte
Recuerdos ingratos


 

  • Glu, glu.
  • Glu, glu, glu.

 

Una vez que nuestros cascarrabias han tomado ya sus dosis de “drogas” – de las de las droguerías, se entiende, no de las del mercado negro –, dejaremos que retomen el hilo de este rollo de “blablabla”, a ver si van terminando y podemos irnos a dormir a buena hora.

 

  • Bueno, Marañoso, pasemos a la segunda parte. Esto… aguarda, ¿cuál era la segunda parte?
  • La segunda parte era, si no recuerdo mal, era… ¡Pues tampoco yo me acuerdo!
  • Pues, anda que te estás hecho tú un buen secretario. ¡No se acuerda, no se acuerda…! Y, entonces, ¿para qué apuntas?
  • ¡Oye, tú, no empieces a meterte conmigo, que luego terminamos con bronca! ¿Dónde tienes tú los papelines esos que traías?
  • ¡Ah, es verdad… menos mal que tú te has acordado de los papelines, que, si no, ya empezábamos a pelearnos otra vez! A ver, aquí los tengo. Aquí dice: tres paquetes de servilletas, cinco rollos de papel de cocina y 32 rollos de papel higiénico. No, pues éstos no son los papelines que nos interesan ahora.
  • ¡Y tanto que no… busca otros, anda! ¡No digo yo nada… 32 rollos de papel higiénico! ¿Para qué tanto rollo?
  • ¿Qué pasa, hombre, tú no sabes echar cuentas? ¡Ocho por cuatro, hombre, ocho por cuatro…! Pero, si quieres cachondearte, échale valor al cachondeo y saca tú los papelines tuyos, a ver lo que dicen los tuyos. Pero sin trampas, ¿eh?
  • De acuerdo. Saco, y leo. Aquí dice: un cuarto de morcillas y un paquete de queso rallado.
  • ¡Puuufffff! ¡Un cuarto de morcillas! ¡Eso sí que tiene materia para un análisis metafísico y psicológico… Para un psicoanálisis casi!
  • ¡Anda, venga, a lo que vamos! Saca otros papelines y mira a ver si aciertas.
  • Sí. Éstos. Aquí dice: aceite, sal y vinagre.
  • ¡Pero, hombre de Dios, eso será para una ensalada, no para Telemarañas…!
  • A ver, un momentín, ten calma. No, éste tampoco es. Ni éste tampoco.
  • Pero, tú ¿cuántos papelines traes en el bolso?
  • Oye, ten un poco de paciencia, que uno ya no tiene tanta memoria como antes. Si te pones burro, colgamos el teléfono y ya no te pago la deuda de Telemarañas hasta dentro un año. Y la próxima vez que tomes las pastillas, haz el favor de no echarles gotinas de esas que te agrían el carácter, geniudo.
  • ¡Perdóname, Angelito! Pero que conste que no les eché gotinas de nada. Lo que pasa que yo siempre fui un poco nerviosillo, defecto del animal. ¿No te acuerdas?
  • Sí que me acuerdo, sí. Lo que no recuerdo es por dónde tendría que buscar yo esos papelines ahora…
  • Mira a ver si los dejaste donde tomaste las pastillas, a ver si allí.
  • Voy a ver.
  • Este rapaz… ¡Pelín distraído…! Pero es buena gente… y con paciencia infinita!
  • Eh, tú, que sí, que estaban allí los papelines.
  • “Possigamos”. ¿Qué viene ahora?
  • Aquí dice “recuerdos ingratos”. ¡Ah, sí, ya pesco el hilo! Te voy a contar ahora las partes más sufridas, las más dolientes de aquellas nuestras primeras experiencias, aunque no sé yo si tú y los que empezasteis en Astorga podréis, al menos, vislumbrar cómo de duros fueron aquellos comienzos en Las Ermitas.
  • Mira, querido sufridor, si es por cuestión de “mamolas” o de tímpanos “refervedores”, lo vamos a entender perfectamente, sabemos de qué va.
  • No. No es sólo por eso, ni, sobre todo, por eso. Igual os tengo que contar otra cosa antes, para que os hagáis una idea de hasta dónde pudo llegar aquel choque de nuestra infancia…
  • ¡Bueno…! Como empieces a “arrodear” otra vez, igual no terminamos en toda la noche. Pero venga, tira por dónde quieras, que el “negrillo este” cobra nocturnidad.
  • Pues vayamos de rodeo. Imagínate al Angelito con 23 años, varios años después de dejar el Seminario, intentando celebrar un día de Nochevieja, en Oviedo. Hazte a la idea de que, de pronto y sin aviso previo de síntoma alguno, me empiezo a sentir mal, muy mal, y se me dispara la fiebre. Después de fastidiarme la fiesta, las fiestas mejor dicho, porque aquello persistió días y días, varios meses, con fiebres altísimas y sin diagnóstico preciso a pesar de los reconocimientos y análisis preceptivos, las dolencias no sólo no iban a menos, sino que se agravaban.

    Y el susto sí que iba a más cada día. Tras la alarma debida a los indicios de “cáncer o linfoma de Hodgkin”, generalmente maligno, hubo quien dijo “se nos muere”. Y, así… hasta Abril. Pero, gracias a Dios y tras el recurso adicional a un facultativo de confianza y gran prestigio, mediante “recomendación”, otra vez de mi tío, no por vía pecuniaria, y después de varios reconocimientos y un estudio a conciencia, surgió la penúltima pregunta para encontrar otro posible diagnóstico: “¿Qué clase de vida, hablando en términos de salud, alimentación, bienestar… ha llevado este rapaz durante la infancia y la adolescencia?” Ahí, amiguitos, hube de relatar, entre otros períodos más gratos, aquellos años en La Preparatoria, Las Ermitas, La Bañeza… Y el resultado fue que mi relato llamó la atención. Yo no sé con qué grado de fidelidad y exactitud pude hacer aquel relato; pero me sorprendió cuánto llamó la atención, no sólo al doctor, también a mis padres. Recuerdo que mi madre me preguntó inmediatamente después: ¿Pero tú cómo nunca me contaste estas cosas a mí? Y, qué le iba yo a contar a mi madre, que ya bastantes problemas tendría… ¿No te parece?

  • No te cortes ahora, sigue, sigue contando, “aligera la mochila”.
  • Si es que no era fácil de contar, pero en aquel trance sirvió para iniciar un tratamiento adecuado y efectivo para mi recuperación. A vosotros os daré sólo algunas pinceladas:

    ¿Sabes tú la distancia a que están Las Ermitas de Turcia para un mocosín como era yo? Aquel viaje en tren desde Veguellina hasta La Rua… Bajarte allí y subir a aquellos coches de línea que tenían una escalera en la parte de atrás para subir las maletas a la baca… el viaje hasta Las Ermitas por aquellos montes y recovecos… Y luego, aquellos edificios del santuario y seminario, varios edificios separados entre sí, de forma que para ir de uno a otro tenías que salir a la intemperie, al raso, a la lluvia, al viento, al frío, de madrugada y de noche… Allí vivíamos encerrados entre rejas, como ermitaños, un día y otro día, un mes y otro mes, en otoño, invierno, primavera… O como presos en un campo de concentración, que así lo consideraban muchos, y del que intentaban escapar los más decididos con la misma obsesión que se adivina en los presos de esos otros campos… De hecho muchos escapaban, como ya nos ha contado muy bien Diéguez. Pero la vía de escape era tan poco prometedora… una única carretera, un único coche de línea… salvo que te echaras al monte… Los atrapaban en la mayoría de las ocasiones. En cualquier caso, la vuelta era segura y la llegada peor que la partida. Lo podrían confirmar muchos de los aventureros que se expusieron a la doble “untura del aparejo”, la que les daban en su casa, si conseguían llegar, y la que los recibía luego en el seminario, al regreso.

  • A ver, Ángel, respira, respira un poco.
  • Ya. Ya respiro, ya. Tampoco es cierto que viviéramos permanentemente encerrados, porque uno de mis recuerdos más vívidos - oye, fíjate tú qué palabritas uso ahora: "vívidos"- me sitúa en las filas de entrada a clase, sobre todo para entrar a clase. Allí me veo temblando, aterido, no sé si por causa del frío o por el pasmo de la que se me podía venir encima.
  • ¿Tanto como eso?
  • ¡Como te lo cuento! Y varias veces al día en aquella fila a la intemperie. Y es que yo, físicamente hablando, era muy poca cosa. Podíamos decir que era un tiquismiquis, un enclenque, incapaz de superar el miedo y las tiritonas. Claro, no comía…
  • Pues, yo diría que lo superaste. Está demostrado. Y ¿cómo era eso de que no comías? ¿De qué vivías, si no?
  • Mira, a mí mi madre siempre me llamaba “pitanguero”. Decía que yo era un pitanguero, porque comía muy mal, muy poco. Nunca me apetecía la comida y, cuando me hacían algo especial, a mi antojo, ya se me había escapado el hambre. Además, en Las Ermitas nos daban una especie de pote gallego o caldo gallego o lo que fuera, con unas berzas grandes y olorosas, que a mí no me llamaba el apetito en absoluto. Así que ni me apetecía comer ni me hartaba nunca de nada. Es como si tuviera ganas de comer, pero que se me espantaran… o que se me cerrara la boca del estómago… ¡qué sé yo! En cambio, recuerdo cómo comían otros, Dieguez por ejemplo, ¡tenía un saque!… Que daba gloria verlos comer, oye, aunque no creo que se empachara nadie nunca… Pero yo nada, siempre a media dieta. Casi lo único que me llamaba la atención era el pan. Tú fíjate que yo cambiaba la onza de chocolate que nos daban para la merienda por un trozo de pan, a ver si me llenaba algo más… Porque el pan sí me apetecía.
  • Y, claro, con lo lejos que te quedaba Turcia, tú, allí, de contrabando nada de nada. Imposible que te empacharas de chorizo, como le pasó a un amigo mío en Astorga.
  • ¡Hummmm! Algo de contrabando sí, hombre, de pascuas a ramos, es decir casi nunca; pero no te daba para nada. Con aquel régimen disciplinario tan estricto, en que todo estaba prohibido, allí era imposible que se empachara nadie con contrabando.
  • ¿No exageras un poco?
  • ¡Exagerar? No. Estaba prohibido hasta hablar en gallego, multaban a aquellos a los que se les escapaba alguna palabra en gallego. Y el contrabando terminantemente prohibido. Además había revisiones periódicas de las maletas y, si aparecía algo, era inmediatamente confiscado. Aunque yo recuerdo haberme metido en alguna ocasión debajo de la cama para morder un bocado de chorizo. Y después de aquel bocado subrepticio, para fastidiarte el deleite, tenías que compatibilizar el regusto en el paladar, el aroma delator en la nariz y la mala conciencia en el alma... y hasta alguna mirada de reojo de algún compañero, que no tenía catarro y que había llegado a husmear algo apetecible por el aire.
  • Sí, claro, porque el aroma del adobo ahumado se expandiría por todo el dormitorio igual que el incienso.
  • Sí, como un incienso colorao mismamente. ¡Mira a ver! ¡Como para que el miedo por sí solo te cortara la digestión! Lo poco que pillabas, no podías disfrutarlo, me cago en la burra de Balán. Tenías que comerlo de prisa, porque, a nada que te descuidaras... ibas a rebuscar en la maleta y no quedaba más que el sitio.
  • Se lo habrían comido los ratones...
  • Los ratones, no sé. Pero ratas sí que vimos alguna, que no eran como los ratones de las patateras y paneras de Turcia, no señor, eran mucho más grandes y te miraban con una cara de fieras... Un día José Antonio, el de Benavides, despertó con el morro tan hinchado que parecía un monstruo, daba miedo al susto, y sospechamos de ellas.
  • Pues sí. Ésta es una faceta que parece durilla.
  • No es la más dura. Puedes aguantar el hambre. Pero es mucho más duro el pánico. Es lo que yo no comprendo ahora: ¿por qué aquella dureza, aquella exigencia académica hasta el límite? cuando aquellos mismos profesores y superiores eran, en otros momentos, hasta cariñosos. Pero dentro de clase eran temperamentales hasta la exageración, no tenían paciencia ninguna. Yo vi a un profesor destrozar un libro en clase de pura rabia, porque no demostrábamos amor al estudio. Me temo que pasaba igual que con la comida, que se nos cerraba la boca del estómago “intellector” y ya no nos apetecía nada, así que tampoco creo que se empachara nadie con el estudio; mejor dicho, no creo que ninguno de nosotros experimentara nunca allí el placer de estudiar y aprender. Lo hacías, pero obligado. El placer de estudiar y aprender lo empezamos a percibir por primera vez en La Bañeza. Eso pienso yo; otros, tal vez, no piensen lo mismo; pero a mí me va a dar pie para asaltar la siguiente perembranza, la de las "benditas alegrías".
  • Pues muy bien, amigo. Tu columna del "haber" en la cuenta de este banco está aumentando de forma exponencial. Tal vez te apetezca hasta explicarnos aquellos cálculos de "ocho por cuatro treinta y dos rollos de papel higiénico"...
  • Seguro. ¡No se te ocurra ni dudarlo! Porque tendrá mucho que ver con el cuarto de morcillas tuyo. Si no, andando y viendo...

 Junio 2014

 

ÁngelP