“LAS PEREMBRANZAS - Primera parte”

 

 Telefonema número uno de ÁngelP.


 

Suena mi teléfono móvil. Se activa la agenda y me anuncia que me llama ÁngelP.

 

  • ¡Aleluya! ¡Angelito, qué alegría! ¿Estás bien?
  • Sí, perfectamente. ¿Y tú?
  • Bien también, muy bien. Cuéntame, ¿a qué se debe esta sorpresa?
  • Se debe a que quiero pagar esa deuda con el banco de Telemarañas que me reclamáis sin parar. Así que, si estás dispuesto, apunta y dispara, que yo echo mano a la “fardela” y ahora mismo vos la pago.
  • ¡Uy qué bien, Angelito! ¿Me estás anunciando una contribución tuya para nuestra revista?
  • Efectivamente. De eso se trata. Entre que vosotros no paráis de sacarme los colores en público y en privado, como si yo fuera un moroso, un mal pagador, y que yo mismo me siento un poco en déficit por retrasar tanto mi primera contribución, he decidido que ya es hora de saldar esa hipoteca y lo vamos a despachar ahora mismo entre tú y yo.  
  • Pues no me digas más. Yo para cobrar contribuciones a Telemarañas estoy siempre listo y, viniendo de ti, estos “cuartos” van a ser valiosísimos, de la más alta paridad. ¿Con qué piensas pagar?
  • A ver si es posible que lo haga con unos papelines que guardo por aquí.
  • ¡Uy, Ángel, Angelico del cielo, no me vendrás ahora con el timo de la estampita?
  • No, no, nada de eso. Voy muy en serio. Habías anunciado en los primeros días de la revista que se aceptaría cualquier clase de colaboración, que no se pondrían condiciones a la forma de las contribuciones, ¿cierto?
  • ¡Cierto! Así se anunció.
  • Por tanto, yo te voy a soltar mi rollo, sin más, y tú das las órdenes oportunas para que el “negro de redacción”, ese “negrillo” que tienes por ahí esclavizado, le dé la forma que mejor cuadre. ¿Vale así?
  • ¿Qué si vale, dices? ¡Gloria para la revista! Pero acuérdate de lo que te dijo don Gregorio aquella vez: Ángel, tan bien como tú hablas, ¿por qué no escribes eso mismo que dices? Así que siéntete a gusto, siéntate a tus “anchas”, y empieza a vaciar la mochila. Como dice VíctorR “Cuenta, cuenta, que contando / se aligera la mochila, / con las musas se espabila / y se camina cantando”. Pero ten en cuenta un detalle importante: no me lo cuentas a mí, nos lo cuentas a todos, al menos a todos los “telenmarañados”. ¿Vale?
  • Vale. Ya sabía yo que valía. ¡Allá voy! Lo primero que tengo que decir, tal vez lo más importante, es que para mí la experiencia que compartimos durante aquellos años en Las Ermitas, La Bañeza y Astorga es algo que marcó mi vida de forma trascendental e indeleble. Fue una experiencia trascendental porque ha seguido produciendo efectos, beneficiosos de verdad, durante toda mi vida. Y dejó en mí una marca indeleble porque nada ha podido borrarla, sigue en mi alma como un cúmulo de “sentires” que ni puedo ni quiero dejar de sentir. Es un activo muy valioso desde mi punto de vista. No sólo me permitió adquirir una formación que luego me ha abierto muchas posibilidades de trabajo y de promoción personal -al fin me he podido ganar bien la vida-, sino que dejó en mí una huella tan profunda que ni podría ni quiero, repito que no quiero, olvidar ningún aspecto de aquella vida y aquellos años. De toda aquella carga de vivencias, sobresalen, muy por encima, unos sentimientos tan gratos que me obligan a aferrarme a todos aquellos recuerdos. Y esos recuerdos los cuido, los protejo, los mimo, me deleito con ellos tan a menudo que hasta me hago llamar “pesado” por las personas que más padecen mi “projimidad”, léase familia y amigos. Y ya, el colmo de estos deleites es cuando tengo la suerte de “enganchar parola” con alguno de vosotros. Entonces es como si se me fuera “el santo al cielo”, se me pasan las horas con un regusto tan agradable que no lo puedo comparar con ninguna otra tertulia de amigos. Para que os hagáis una idea, dejadme que os cuente un par de experiencias personales al respecto; una la podríamos catalogar como de “ingratos recuerdos” y la otra de “benditas alegrías”. ¿Se me entiende?
  • ¡Con lo bien que tú hablas? El que no te entienda será muy mal entendedor.

  • Bien. Aunque antes de rememorar esas dos… vivencias, remembranzas… no sé cómo llamarles…
  • Llamémosles, por ejemplo y de momento, “Perembranzas”. ¿Te parece bien?
  • Sí. Me parece muy bien “Perembranzas”. Pues, antes de, de “Perembrar”, tendré que haceros una pequeña introducción para que me situéis bien, para aclararos quién es el Angelito y de dónde salió el Angelito. ¿Sigues apuntando?
  • Apuntando… Espérate, Angelito, espera un momento. Déjame que me haga cargo: ¿Es que me vas a dictar una introducción y un par de relatos?, o ¿me vas a dar unos apuntes sobre anécdotas personales tuyas para que yo las convierta en relatos?, o ¿prefieres que esta parlada se convierta en una especie de entrevista? ¿Prefieres que sea algo genérico, o más bien algo que tengo que transcribir, después, al pie de la letra? ¿En qué va a terminar esta parlada? ¿Va a ser otra más de tantas que tenemos, siempre “hasta las tantas”, y que yo termino siempre “abroncado” por mis familiares porque no los dejo dormir, además de con un dolor agudísimo de próstata a fuerza de tanto reírme?
  • Definirlo es cosa tuya. Tú guárdame el sentido fiel de lo que te voy a contar, di sólo aquello que yo te diga, que sean de verdad “Perembranzas”, y puedes arreglarte las formas como mejor te parezca. ¿Seguimos, entonces?
  • ¡Adelante, adelante!
  • Voy con la introducción: ¿Quién es el Angelito?, ¿de dónde sale esta criatura?
  • Eso “séilo” yo. De Turcia.
  • Pues sí. Busca Turcia en el mapa y elige cualquier casa de labradores de los años 50 del siglo pasado. ¡Dios mío, siglo pasado decimos! Una familia de dos padres, “buena gente”, nada ricos, cariñosos, pero “muy trabajados”, con seis hijos: chico, chica, chica, chica, Ángel y chico. ¿Entendido?
  • Entendido y apuntado en la columna del “haber”: familia numerosa, numerosa y “bienavenida”.
  • ¡Oye, qué rápido eres tomando apuntes y sacando conclusiones!
  • Es que esta parte me la sé de memoria, amiguito.
  • Pues sigamos. ¡Prosigamos! Como sucedía aquellos años en todas nuestras casas de aquella tierra nuestra, entre el arroyo Barbadiel y el río Órbigo, no pasábamos hambre de nada, pero sí ansia de todo. Sí, así era: cogíamos trigo para hacer pan y para hacer sopas; patatas, alubias, garbanzos, fréjoles y berzas para llenar el puchero; y lo justo de matanza para “untar” el puchero cada día con “la ración” -un poco de tocino y, algunos días, algo de chorizo, aunque fuera ”sabadiego”-. Así cada día, ni más, ni menos.
  • Vale, sumamos a la columna del “haber”: nada de hambre y muchas “poquedades”. Esto también me lo sé.
  • Pues sigamos. ¡”Possigamos”! Te daré un par de detallitos de mis recuerdos a este respecto: Un día de trilla, uno de aquellos días ¿los recuerdas tú también?, le oí decir a mi padre con cara de alivio: “ya tenemos trigo para todo el año”. ¿Qué te parece el detalle?
  • Me parece que me suena. Eso me suena. Y me parece un detallazo fantástico para el caso.
  • El otro detallito: recuerdo a este Angelito llorando casi toda una mañana de fiesta porque no iba a estrenar camisa. ¿Qué te parece este otro?
  • Me parece un detalle menos singular, más vulgar, y también que, al parecer, eras un poco “caprichosín”, rapazuco…
  • Qué va, qué va. Más bien era algo acomplejado de feucho y se ve que sentía la necesidad de disimularlo con algo.
  • Apuntemos entonces a la columna del “debe”: lujo ninguno.
  • ¡Así es, ninguno! Y puedes apuntar también a la columna del “debía haber” que, “habiendo poco” que heredar, “había que buscar” una salida para tanta prole. ¿Cuentas, contable?
  • ¿Que si cuento? Se decía, más o menos: Uno pa los "flaires", otra pa las monjas, otro y otra pa la casa, y los demás “a ganase la vida”. Y, si queda algo de “aquello”, uno pa los curas, a ver si después nos aporta algo”.
  • ¡Cómo te lo sabes! Pues yo tenía un tío, hermano de mi padre, cura en Oviedo. "Aquel mi tío", aparte de recoger a una hermana suya y a una hermana mía para “atenderle la rectoría”, me encaminó a mí primero a la preparatoria de Astorga y luego al seminario de Las Ermitas.
  • ¡Ya, ya! De eso ya tenía yo noticia, de tu enchufe con don Gonzalo, a través de don Paciano.
  • Sí, un enchufe que “no veas” tú, un enchufe que daba calambre, calambrazos, chispazos, rayos y truenos a menudo… y, llegado el caso, 33 “mamolas” de don Nicasio, tantas como compañeros de clase me fueron echando "p’atrás" en el método pedagógico de la famosa “culebra” o “serpiente maligna”, el famoso sistema de los “desafíos”.
  • ¡Vaya por Dios, hombre, nada menos que 33!
  • Así fue, ni más ni menos. Eso sí, endulzadas con aquellos apelativos cariñosos de “¡Perecito, vamos a ver, Perecito…!”. ¡Y el tímpano a freír cáscaras!, ¡una “refervedera” sempiterna que me regalaron aquel día!  Tres días más tarde reventó el tímpano, y, ¿sabes con quién convalecí en la enfermería? No, claro; pero te lo digo yo ahora: con Vicente Afonso, que padecía una infección de paperas - ¡de risa el despiste de los microbios que fueron a atacar al más veterano, al que menos le correspondería! Y, casi sin querer, estamos ya contando mi experiencia de los “recuerdos ingratos”.
  • ¡Uy, uy, uy…! ¿Tomaste ya la pastilla para la tensión? ¡No vayamos a tener algún disgusto, por Dios bendito!
  • ¡Ahí vaaaa! ¡Se me había “olvidao”! Espera un “istante”, hombre. Echa un “traguín” mientras tanto.
  • Sí, “echaréy un traguín” a tu salud. Y, para la mía, le “echaréy” la dosis correspondiente de Adiro y de Cardil también. ¡Hay que ver cómo andamos! Bueno, no andamos tan mal, es que nos da pereza morirnos “enseguida”.

 

 

  • Glu, glu.
  • Glu, glu, glu.

 

 

 

Dejemos ahora un “istante” a estos dos Cascarrabias que deglutan sus “melecinas”; pero no preocuparse, personal, que esto no queda aquí, continuará pronto.

           

Junio de 2014

 

ÁngelP