PERDONE MI DESPISTE, DON GREGORIO



Cuando Herminio me mandó el correo anunciando la muerte de don Gregorio, no pude recordar, así de pronto, absolutamente nada sobre él.

 

Desde aquel día estuve estrujando mi memoria a fin de sacar algún recuerdo de este profesor. Hablando con ÁngelSM le pedí que me diese alguna referencia. Me explicó que era un cura muy joven al que le gustaba mucho la poesía; pero tampoco logré avances significativos en ese momento. 

 

No lo conseguí hasta que vi la fotografía del lápiz azul y rojo en el recordatorio que de don Gregorio hizo VíctorR (¡Salve, don Gregorio!). Fue entonces cuando mis recuerdos afloraron, como un chispazo, de lo más profundo de mi memoria. Con lo que me había dicho ÁngelSM y el famoso lápiz casi estaba seguro. Aún así, llamé a Herminio, que me confirmó la veracidad de estos recuerdos con sólo una palabra: “HAMBRE”.

 

Aquel lápiz puso delante de mí el cuaderno de las redacciones y poesías de su clase de literatura, lleno de correcciones en rojo y azul. Corregía los trabajos de una forma peculiar, a base de subrayados y anotaciones con esos dos colores, y los calificaba con “B” o “SB” (Bene o Satis Bene).

 

Con su innovadora iniciativa de leernos libros muy diferentes a los catalogados como aptos para nosotros en aquellos tiempos (Hambre – K. Hamsun; La perla – J. Steinbeck; Viento del Este, Viento del Oeste - Pearl S. Buck; los de R. Tagore; J. R. Jiménez; A. Machado, Azorín, G. Miró; etc.), sembró en mí el gusto por la lectura que me ha acompañado hasta el presente, proporcionándome una maravillosa abertura hacia el mundo.

 

Representamos una obra teatral de Tagore (El Cartero del Rey) en la que yo tenía un pequeño papel: El Quesero. Salía al escenario con una cestita y gritando: "¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos!”. Por una temporada, y con gran cabreo por mi parte, muchos de vosotros me llamabais "El Quesitos”. (Os perdono).

 

Años más tarde, volví a leer HAMBRE de Knut Hamsun. Al llegar al pasaje donde Widel Jarisberg, el protagonista, desabrocha con manos temblorosas los lazos de la blusa (o de la falda) de la mujer, pensé: ¡vaya valor que tuvo aquel cura al atreverse a leernos en clase este episodio! Episodio que ahora sería ''peccata minuta'' hasta para los niños de primaria, pero en aquellos tiempos y sobre todo en el lugar en que estábamos te catapultaba directamente al averno.

 

El día que finalizó la lectura de La Perla, paró en seco su paseo en medio de la tarima, y, mirando a la clase, preguntó: ¿Alguno de vosotros ha leído “El Viejo y el Mar”?

 

Yo había terminado de leerlo hacía algunas semanas y levanté la mano sin pensar que a continuación vendría otra pregunta: ¿Puedes decirnos las similitudes que hay entre las dos obras? 

 

 

Me quedé callado, sin saber qué contestar, pues no tenía ni idea. 

 

Él nos dio, más o menos, la siguiente explicación: "Tanto la perla como el pez son capturados en el mar. Los captores tienen la misma intención de enriquecerse con la captura y ninguno de los dos lo consigue. La perla es la causa de muchas desgracias antes de que el pescador la arroje de nuevo al mar y el pez es objeto de una lucha encarnizada entre él y el pescador y entre el pescador y el tiburón. La perla y el pez (aunque devorado) volverán al mar y ambos pescadores seguirán siendo pobres".

 


También he conseguido recordar estos días una poesía que escribí, creo que cuando don Gregorio nos explicó la sonoridad de los versos dodecasílabos que abundan en el poema “La Marcha Triunfal” de Rubén Darío (¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo! / Ya se oyen los claros clarines. / ¡La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!…)

 

Por desgracia todos los papeles y cuadernos, que yo guardaba en la casa paterna han servido para que mis sobrinos, en época de vacaciones con los abuelos, hiciesen barcos y aviones (o eso espero), por lo que no queda soporte ni recuerdo escrito de aquellos años.

 

Afortunadamente la poesía que escribí la he recuperado después de darle caña al caletre durante estos días. Don Gregorio me había corregido algunos versos. Puede que alguna rima no rime, puede que me hiciese más correcciones, pero éste es mi actual recuerdo. La calificó con un SB (Satis Bene).

 

Se la dedico a nuestro profesor para expresarle mi gratitud.

 

Gracias, don Gregorio, y perdón por haberle olvidado hasta su desventurada partida.

 

 

 

Camino de Castilla

 

Camino de Castilla, largo, sediento,

cubierto de pasos de gentes sencillas,

de viejas carretas, de grandes rebaños.

 

Abres horizontes a verdes sembrados, 

vas al infinito en busca de un árbol,

que en sombra cobije al viajero cansado.

 

Bajas por las cuestas, subes los collados

por ver si divisas algún campanario,

posada tranquila para tu remanso.

 

Lucen tus orillas los trigos granados,

rojas amapolas, blancas margaritas

y, de seto en seto, espinosos cardos.

 

Y allá en la colina, mirando, te espera                    

batiendo sus alas, moliendo su piedra,

el blanco molino.

 

Tú alargas el brazo y rozas su puerta

cubierta de harina, cerrado el postigo,

y sigues andando, pisando la estepa.

 

 
J. A. Fernández Barrio