Las peras al cuarto



Ante Data: 

1.- ¡Bravo! por el pregonero de Turcia. Bueno es que las generaciones jóvenes conozcan sus orígenes, enraizados en la reciente historia de los pueblos (aunque parezca prehistoria). Historia viva en la memoria de nuestra generación, historia hecha de gentes y animales más o menos notorios, pero también de paisajes diversos y de múltiples tradiciones. Y si es bueno mantener viva esa memoria histórica, no es por la consabida razón de evitar que se repita ¡No haya cuidado! Nadie va a lograr resucitar al ti Tal o a la ti Cuala, ni devolver al campo a Platero ni a Canela ni a los frustrados padrinos de la nonata criatura. Hoy afortunadamente todavía podemos hablar de historia de los pueblos, mañana tal vez tengamos que hablar de pueblos sin historia, yermos como el campo yermo. Malo es andar sin rumbo por un camino que no se sabe a dónde va, o que no va a ninguna parte, como me está pasando a mí en este momento… La foto en el balcón municipal, genial; genial e impresionante. Solamente faltaban tres tricornios más para que el pregonero pareciera “un legítimo Camborio”.

 

2.- De Minito el de Ferreras, ¡qué vamos a decir! No es precisamente un “simpapeles”, sino que está forrado. Con ese curriculamen me atrevería yo a presentarme hasta en el tribunal del Juicio Final, tras haber superado la barrera de san Pedro sin tener que escalar ninguna valla. ¡Vaya que si maduraste! ¡A golpes! Pero con golpes o sin ellos, estoy seguro que habrías madurado de la misma manera, aunque de manera diferente. 

En mi pueblo “sin pretensión” (mi pueblo también tiene mucha historia), cuando los rapaces salíamos de la escuela, aproximadamente por estas fechas, solíamos planificar el asalto a algún “güerto” a llenar los bolsillos (que llegaban, como los pantalones, hasta la rodilla) de peras, manzanas… Éramos unos “saltagüertos”. Muchas veces la fruta estaba todavía “roya”, pero no nos importaba, la madurábamos a puñetazos encima de una piedra "planeta". A esa operación le llamábamos “machucar”. Y el resultado era que la fruta sabía más dulce, como si estuviera realmente madura. La gente mayor nos reprochaba –ellos habían saltado güertos antes que nosotros- que no dejábamos madurar la fruta. Hoy, ¡qué pena!, ocurre que la fruta se queda en los árboles muerta de risa… Así que Minito y algunos más somos frutos “machucados”.

 

3.- El topo Cascarrabias parece que sigue desaparecido. Malo será que entre tanto comisario no demos con él. Igual habría que poner una recompensa (¡vivo o muerto!) de unos cuantos milloncejos de dólares al primero que grite “Eureka”. Por mi parte, creo que mi capacidad heurística se agotó en el primer intento. Valete.



 

Las peras al cuarto

Antes de que se “momien”, como dicen los cepedanos, os voy a dar a probar las famosas peras del obispo. Seguro que se os está haciendo la boca agua desde que os las prometí hace ya algún tiempo. A nosotros también se nos hacía la boca agua a los pies del muro que separa el feudo episcopal del patio de la muralla. 

 

Las habíamos descubierto aquella misma mañana durante el recreo acechando por una rendija de la puerta del huerto. Estaban diciendo ¡cómeme!, y en ese mismo instante juramos hacerles una visita sin dilación. Planificamos el asalto para después de la cena, pues era evidente que había que hacerlo con nocturnidad y alevosía…

Ya habíamos franqueado sigilosamente el portalón de acceso al patio, evitando en la medida de lo posible el chirrido de los cerrojos, y nos encontrábamos a los pies del muro del huerto, un muro que no lo salta un gitano, y menos aún tres payos como nosotros, por más que nos encontráramos en la flor de la juventud rozando los veinte abriles. El caso es que no recuerdo quiénes eran los otros dos integrantes del comando.

Había llegado la hora de la verdad y no había vuelta atrás. Alguien tenía que escalar el muro, provisto del fardel para la recolección. Utilizar la puerta era impensable, pues además del cerrojo, se hallaba sujeta con una gruesa tranca de hierro por detrás. Forzosamente había que trepar. No hubo necesidad de echar a suertes. Casi siempre, en estos casos, suele haber alguien un poco más decidido u osado que exime del compromiso a los compañeros. En esa ocasión ese alguien no era otro que el que suscribe, que unía a su experiencia infantil de “saltahuertos” el hecho de ser el que mejor podía escurrir el bulto por tratarse del menos voluminoso de los tres.

 

Los otros me auparon por la esquina, al lado derecho de la puerta, y sus manos me hacían de tentepié. En la pared no había ni un triste hueco donde poder afianzar siquiera la puntera. Una vez arriba del muro, exploré las posibilidades del descenso con la ayuda perentoria de una humilde bombilla en el paseo de la muralla. La débil luz se colaba tímidamente por la celosía del decorado de ladrillo en lo alto de la pared (recordaréis que ese decorado era una especie de punto de cruz como el utilizado por nuestras madres y hermanas para marcarnos la ropa. Yo aún conservo alguna de aquellas prendas con el “pin” B-76 bordado en rojo). El descenso se presentaba más complicado de lo que suponíamos. La distancia al suelo del huerto era mayor que al suelo del patio y saltar desde aquella altura era una verdadera temeridad. Así que decidí explorar toda la pared a lo largo de la muralla tratando de encontrar un lugar idóneo para el aterrizaje. La estrecha repisa en el lado interior de la ornamentación del muro apenas permitía colocar un pie detrás de otro, como cuando sorteábamos los equipos en los partidos de fútbol. Habría llegado poco más o menos a la mitad del recorrido cuando descubrí en la penumbra del paseo las siluetas de dos hombres que avanzaban lentamente en dirección contraria a la mía. Traté de escurrir el bulto acurrucándome como buenamente pude tras uno de aquellos puntos de cruz. Los hombres caminaban muy lentamente; se notaba que o bien estaban muy centrados en la conversación, o simplemente trataban de prolongar el disfrute del paseo. Cuando al fin llegaron a mi altura se detuvieron, como si el interés de la conversación hubiera entrado en fase de máximo nivel. Se habían quedado allí clavados y no había forma de que avanzaran un milímetro. Por mi cabeza empezaron a desfilar entonces las más negras elucubraciones: si habrán observado algún movimiento extraño, si avisarán a la policía, si serán ellos mismos policías… Esto, unido a la incomodidad que estaba soportando, hizo que me empezaran a temblar las piernas. Yo trataba de contrarrestar el sufrimiento pensando en la recompensa de las peras.

 

Al cabo de un rato aquel par de mostrencos se decidieron a avanzar. Cuando se hubieron alejado lo suficiente, yo continué con la investigación. En todo el recorrido hasta el final del muro no se me ofreció ninguna posibilidad. Justo al final, en la propia esquina, había una escultura de un obispo a tamaño natural. Pensé que esa podía ser mi oportunidad. Pero no hubo tal. La estatua se quedaba demasiado baja y lo más que lograba era rozar con la puntera de mi pie el pico de la mitra episcopal. Así que no tuve más remedio que volver sobre mis pasos hasta el punto de partida, donde me aguardaban ansiosos los colegas.

-Nada, no hay manera de bajar al huerto – les dije. En un último intento de lucha contra la frustración, decidí arriesgar el físico ensayando el descenso por el propio muro de la puerta. El riesgo era más que evidente, pues la cima se hallaba protegida con cristales de botella incrustados en el cemento.

-Si consigo encontrar un pequeño hueco en la pared, donde poder afianzar la puntera–les dije-, puede que consiga saltar. Coloqué con sumo cuidado las manos sobre los cristales, dejé deslizar lentamente el cuerpo y con el pie comencé a tantear cuidadosamente el muro. Y el hueco apareció, pero era tan exiguo que en cuanto presioné un poco para dar el salto, el zapato resbaló y yo acabé en el suelo hecho un ovillo y con una mano empapada.

 -Tirarme pacá un moquero, que me acabo de cortar –les grité con sordina-. Con el moquero hice una especie de torniquete y, sin prestarle mayor atención, me dispuse a hacer la recolección. Al llegar al primer peral me encontré una pera “reviyida” que no quise ni probar, pensando en las que vendrían a continuación. Pasé al siguiente peral y no encontré ni una. Pasé al otro, y tampoco. Al otro, y tampoco. Los recorrí todos y no encontré ni una triste pera. ¡Qué mala sombra! Las habían vendimiado esa misma tarde y no habían dejado ni señal. La única señal, la que yo conservo indeleble en mi mano izquierda.

 

"Destranqué" la puerta, "echemos" unas cuantas maldiciones y con las manos en los bolsillos nos fuimos a dormir. Al día siguiente, a la enfermería, a curarme la herida que me había hecho "con la cerradura de la maleta".

 

¿Y qué me decís? ¿Estaban o no estaban buenas las peras del obispo? Buenas no. Cojonudas.

 

 

 



 

P.D. A parte de esta aventura juvenil, otro recuerdo imborrable (éste mucho más tierno, eso sí, pues se remonta a nuestros primeros años en Astorga) es el de la práctica del futbol en cualquier lugar del claustro dándole patadas a la borla de un bonete. Para algunos de nosotros, esos fueron nuestros primeros pasos/es en el mundo del balompié, que más tarde nos llevarían a la categoría internacional (yo jugué más de un partido en el Hyde Park de London). Como recordaréis, esas borlas daban mucho juego: lo mismo valían para el fútbol, que para el frontón, que para el balón-tiro, que para quitarle el polvo a los zapatos.

 

Septiembre 2014

I. Almanza