Nuestro legado



 

 

Es opinión unánime entre los psicólogos el hecho de que los padres dedicamos una gran parte de la vida a dejar a la siguiente generación el máximo bienestar económico.

Sin embargo, los hijos, ya desde su más tierna infancia, se quedan preferiblemente con nuestros gestos, nuestros ejemplos y nuestras palabras. Ese es el auténtico legado que empieza con la vida.

Y hablando de legado, herencia… etc., (del latín haerentia), el diccionario de la RAE lo define en sus diferentes acepciones: “Es el conjunto de bienes, derechos y obligaciones que cuando una persona muere transmite a sus herederos o legatarios”. Es por tanto el derecho a recibir algo de una situación anterior. Biológicamente también se puede definir como: caracteres fenotípicos y del genoma que los seres vivos reciben de sus progenitores y que por lo tanto continúan advirtiéndose en los descendientes. Igualmente se entiende que se reciben en herencia rasgos de tipo moral e ideológico que caracterizaron a un individuo y luego se advierten en sus descendientes, así como rasgos o circunstancias de índole cultural, social, económica, etc… que tienen una gran influencia en determinado momento histórico procediendo de momentos anteriores.



¡¡Hola mis queridos compañeros de la quinta del 59¡¡

 

Al reflexionar sobre esta cuestión, se han atropellado en el diminuto cerebro de este servidor vuestro todas aquellas largas e inmensas horas que hemos compartido durante los primeros años de nuestra exposición al mundo de los adultos, aquellas horas y horas en que, amén del tiempo que dedicábamos al juego, reflexionábamos, cuchicheábamos y criticábamos todo lo que se podía reflexionar y criticar. También aquellas inacabables horas que dedicábamos al silencio –ejercicios espirituales cada inicio de curso- en las que ya no me acuerdo qué era lo que pensábamos pues quizás no pensábamos en nada. Sin embargo estábamos juntos, nos acompañábamos mutuamente disfrutando cada cual de sus aficiones, distintas para cada uno de nosotros, pero en general comunes a todos, tales como la música, la lectura, los juegos de mesa, los juegos al aire libre, pensamientos, ideas, tonterías…, pero en todo momento nos respetábamos y nos apoyábamos unos a otros. Nuestra convivencia se caracterizaba sobre todo por esa actitud siempre respetuosa, como factor integrador y que posibilita la vinculación entre personas en el umbral de la adolescencia.

Algunos de vosotros diréis: pero ¿cómo nos apoyábamos unos a otros si éramos unos críos? No es verdad, éramos ya adolescentes, unos muy buenos adolescentes que aprendíamos a tener paciencia cuando castigaban a alguno con motivo o sin motivo, aprendíamos a reflexionar y pensar las cosas tres veces antes de actuar y contestar, aprendíamos a desear y buscar el bienestar de nuestros compañeros, aprendíamos a amar la naturaleza y aprendíamos sobre todo una especial forma de ver la vida, de disfrutar de las cosas y de afrontar los problemas y dificultades. Existía una cierta complicidad entre camaradas y nos unían aficiones que nos permitirían a todos optar a unas metas más o menos comunes.

Por aquel entonces jugábamos todos juntos, desayunábamos, comíamos y cenábamos todos juntos. Nuestros fines de semana eran siempre juntos e incluso durante las vacaciones hacíamos un alto en común para pasar quince días juntos. Esa ha sido nuestra herencia, entre otras, por la que debemos estar agradecidos a nuestros profesores y compañeros, haber fomentado esa unión entre adolescentes tan distintos y procedentes de lugares tan diferentes. También por sus enseñanzas y ejemplos. ¿No es este un buen legado?


 

Nos inculcaron los principios éticos de moral, de justicia y equidad; valores como el respeto, la honestidad, la lealtad, la responsabilidad y otros que en la actualidad parecen haber prescrito por su caída en desuso.

Actualmente, nos dice F. Savater: “la educación ha perdido el norte y ha olvidado su objetivo principal: la formación de la personalidad”.

 

La mayoría de los padres se preocupan en exceso por dejar a sus hijos bienes materiales, centrando en la adquisición de dichos bienes toda su fuerza vital, olvidándose entre tanto de estar el mayor tiempo posible en contacto con sus hijos y por tanto disminuyendo la comunicación y transmisión de ideales y anhelos. Es por ello que la mayoría de los padres no serán recordados por los bienes materiales que han dejado a sus hijos, ni tampoco por sus éxitos o fracasos profesionales, pero sí lo serán por el tiempo que compartieron con sus hijos, por las conversaciones íntimas entre ellos, por las aficiones que desarrollaron juntos, por la confianza que se depositaron entre sí. En la memoria de los hijos permanecen imborrables sólo aquellas cosas que de alguna forma les impactaron de sus padres e irán imitando o alejando esas imágenes en función de la diferenciación que la personalidad de cada uno va formando. Esta personalidad se forma en un proceso de aprendizaje mediante apegos emocionales que se modelan en el trato continuado y en las conversaciones conjuntas en las que se habla tanto de las necesidades físicas como de las emocionales, constituyendo con ello un vínculo afectivo que es el que sienta las bases a través de las cuales los padres operan como ejemplos a seguir. Este vínculo se almacena en el cerebro del hijo desde su infancia y servirá para confeccionar la personalidad del futuro adulto ya que en ese momento se recordará toda la información recibida tanto positiva como negativa.

A los profesores les ocurre tres cuartos de lo mismo. Se centran exclusivamente en la enseñanza pura y dura en términos académicos. A la sociedad en general y a la española en particular le hace falta madurar desde el punto de vista cívico, nos hace falta más educación para convivir, para respetarnos unos a otros. Deberíamos orientar algo más la enseñanza hacia esa cultura cívica y democrática que hoy por hoy implica la convivencia.


 


El legado material que recibamos a la postre desaparece, pero los valores y conocimientos adquiridos y vividos nunca se pierden. Si dejamos como herencia a nuestros hijos todos estos principios que hemos recibido y fomentado, estamos hablando de un legado que se entrega en vida, siendo a la vez nuestros hijos el mejor legado que entregamos a la humanidad para el futuro; ellos serán la siguiente generación.

En esencia es cierto que esta transmisión de valores se está centrando casi exclusivamente en el ámbito de padres y profesores, ya que efectivamente juegan en ello un papel fundamental, pero está claro que no son los únicos responsables de los resultados buenos o malos que se obtienen en la sociedad. Cuentan también los políticos, los medios de comunicación y todos los agentes sociales que parece quieren llevar la pauta de cómo hay que comportarse en la vida, que quieren servir de modelo e intentan socializar a nuestros hijos durante la infancia y la adolescencia.

También cuentan para nosotros como transmisión de valores estas reflexiones que aporto humildemente a todos a través de nuestro medio íntimo de comunicación y que cada cual puede en su fuero interno aplicarlas y sobre todo mejorarlas, pues miremos hacia donde miremos, siempre hay cosas por mejorar. Siempre tendremos algún agujero que tapar, algún conflicto no resuelto, algo que arreglar. Ello no implica que siempre debamos ser perfectos, ya que esa perfección en si misma está cuajada de rigideces, produciendo en consecuencia personas demasiado estrictas, poco flexibles y con tendencia a imponer siempre su criterio marcando o tratando de marcar siempre el ritmo.


 


Para ello contamos en estos momentos con nuestra revista a la que deberemos aportar ideas para su continuación y supervivencia en el futuro. Nosotros solos nunca podremos hacerlo y ahora es el momento de aprender a delegar en otros. Esos otros tanto pueden ser compañeros como descendientes que ante el ejemplo recibido habiéndoles hecho partícipes de nuestras aficiones, decidan continuar con aquello que iniciaron sus padres creando así una nueva familia mucho más grande que se enorgullezca de lo que iniciaron sus predecesores. No debemos caer en el pensamiento de que sólo nosotros sabemos hacer cosas bien o mal. Tampoco debemos creernos mejores que los demás por el hecho de que aportamos más o menos que otro al conjunto. Hemos de entender que cada cual aporta lo que cree más conveniente o que le parece más adecuado, ya que cuando tú, que te crees el más importante, faltes, no por ello deberá dejar de funcionar lo que aquí dejas. Otros cogerán las riendas y quizás de otra manera, pero siempre con valores como el respeto, la humildad, la honestidad, la lealtad, la responsabilidad y otros. De esa manera volverá a crecer el huerto y volverán a florecer nuevas plantas que habían quedado enraizadas y que con tu ilusa perfección no dejaste crecer.

Con estos comentarios me viene a la mente un viejo cuento hindú que habla de un aguador que cada día cargaba con dos tinajas situadas en el extremo de un palo. El buen hombre se dedicaba a llevar por todo el pueblo el agua que transportaba. Una de las tinajas de barro tenía varias grietas (imperfecciones), mientras que la otra tinaja estaba perfecta. Cuando empezaba a repartir el agua, la tinaja perfecta estaba llena, mientras que la otra sólo conservaba la mitad del agua. Cada día y varias veces al día hacía el mismo trayecto con las dos vasijas. La vasija perfecta estaba orgullosa de conseguir calmar la sed a mucha gente y pensaba que cumplía el deber para el que había sido creada. En cambio la vasija agrietada se sentía avergonzada de su imperfección, pues pensaba que sólo podía realizar una parte del trabajo. Así pues, ya encontrándose vieja, la vasija imperfecta le dijo al aguador: ”Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo. Por culpa de mis grietas tan sólo puedes entregar la mitad del agua y por tanto recibes la mitad de lo que merecías ganar”. Pero el aguador, muy apesadumbrado, le dijo: “Cuando volvamos a casa quiero que te fijes en las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino que recorremos”. La tinaja imperfecta así lo hizo y en efecto vio muchísimas flores muy hermosas, pero a pesar de ello se seguía sintiendo apenada. El aguador le dijo: ”Siempre he conocido tus grietas y para poder obtener ventaja de ello fui sembrando semillas de flores a todo lo largo del camino y durante todos los días tú las has regado. Durante todos estos años he podido recoger estas flores para decorar mi casa. Por eso, si no fueses como eres con tu imperfección, ni yo ni mi familia hubiéramos podido disfrutar de su olor y de su belleza”.

 

Cuando salimos del seminario, cada uno de nosotros, iniciamos un viaje para crecer en otro lugar. Partimos todos con las maletas henchidas de incertidumbres y un enorme tropel de adioses. Adioses atropellados entre los que nos íbamos y los que se quedaban. Todos callábamos palabras que, si ellas solas hablaran, poblarían el paisaje de mensajes llenos de nostalgia. Llenarían los caminos, los valles, las montañas y las cubrirían de ilusiones, inquietudes, melancolías. Y lo peor no era el camino de ida. Lo más duro era pensar que tal vez nunca más podríamos desandar la distancia. Nunca pensamos que algún día podríamos compartir lo aprendido antes y después, compartir y reconocer el esfuerzo que cada uno tuvo que hacer a partir de la despedida. ¡Oh! Si las palabras entonces silenciadas por la distancia pudieran hablar, el cielo se llenaría de interrogantes, el océano sería todo una orilla sembrada de mensajes en botellas, cada recodo del camino andado, un buzón lleno de recuerdos.

Y ahora que nos hemos reencontrado, cada uno con sus imperfecciones, debemos mantener este nexo de unión y trasmitirlo a los nuestros para que puedan continuar la obra que entre todos estamos construyendo. No busquemos en ello la perfección ni pensemos que somos nosotros los que estamos en posesión de la verdad. Ello nos alejaría de nuestro objetivo. Tampoco se trata de conformarnos, sino que debemos aprender que todo está en proceso de perfeccionamiento. Vamos a aceptar nuestros errores, empecemos de nuevo. Ello no significa resignarse, ni siquiera ser indiferente. Al final de la vida cuenta más lo que no has hecho que los errores que hayas cometido, porque vivir es asumir que te puedes equivocar. Debemos estar siempre en paz con las cosas tal como son y no intentar cambiarlas para que sean tal como a nosotros nos gustaría que fuesen. No se trata de conformarse, sino de aprender a aceptar que todo está en su propio proceso de perfeccionamiento. En definitiva, que los demás también tienen derecho a buscar lo que ellos crean que es su perfección.

Cuenta (en uno de sus famosos cuentos) el escritor brasileño Eliardo Franca que el Rey de Casi-Todo lo tenía prácticamente todo. Tenía tierras, ejércitos y mucho oro. No obstante el Rey no estaba satisfecho con el casi-todo. Él lo quería todo. Quería todas las tierras del mundo, todos los ejércitos del mundo, y quería todo el oro del mundo. Entonces mandó a sus ejércitos a la búsqueda de todo. Sus ejércitos conquistaron más tierras, dominaron a otros ejércitos. En sus cofres ya no cabían más tesoros, pero el Rey todavía no lo tenía todo. Seguía siendo el Rey de Casi-Todo. Y siguió aspirando a más. Quiso también las flores, los frutos de los árboles y los pájaros del cielo. Quiso las estrellas y quiso el sol. Sus vasallos le trajeron todas las flores, todos los frutos, todos los pájaros. Apresaron las estrellas y hasta el sol perdió su libertad. Pero el Rey todavía no lo tenía todo, porque, teniendo las flores, no podía quitarles su belleza y su perfume. Teniendo los frutos, no podía quitarles el sabor. Teniendo los pájaros no podía quitarles su canto. Teniendo las estrellas no podía quitarles el brillo y teniendo el sol, no podía quitarle la luz. El Rey era aún el Rey de Casi-Todo. Y el Rey empezó a ponerse triste. En su tristeza empezó a caminar por sus reinos. Pero sus reinos eran ahora aún más tristes. Las flores y los frutos habían sido recogidos. La noche no tenía estrellas y el día no tenía sol. Y tan tristes como él estaban sus súbditos. Entonces el Rey de Casi-Todo no quiso nada más. Mandó que devolvieran las flores a los campos y que se entregasen las tierras conquistadas. Mandó que se plantasen árboles que dieran frutos y que se soltara a los pájaros. Mandó que distribuyesen las estrellas por el cielo y que liberasen al sol. Y el Rey se volvió feliz. En su inmensa alegría, sintió la paz, el Rey vio que no era más el Rey de Casi-Todo. Ahora lo tenía todo.

 

Vamos a revisar nuestras actuaciones hasta ahora. Es el momento de hacer un examen de conciencia. Una experiencia olvidada porque se la relaciona casi siempre con la religión. Esa relación la mayoría de las veces es falsa. Se trata ya de una antigua costumbre de los estoicos griegos y romanos y que en realidad es una necesidad de la inteligencia humana para no dejarse invadir por los ruidos externos.

¿Porqué digo todo esto? Habréis observado que desde hace algún tiempo trato más de mirar hacia el futuro que hacia el pasado. Hasta ahora, la mayor parte de las colaboraciones en la revista tratan sobre cosas del pasado, cosas que nos sucedieron y que recordamos con mayor o menor agrado y en las que aparecíamos como retratados. No debemos olvidarlas, pues son muy nuestras y forman parte de nuestro presente. No obstante, creo que debemos ya mirar más hacia el futuro y abrirnos a la realidad de los tiempos, sin olvidar de dónde procedemos; pero pensando siempre hacia dónde caminamos y teniendo siempre en cuenta que en este mundo la mayor felicidad está en el viaje y no en el destino.


 


Os quiere siempre a todos por igual,

Elio


Febrero de 2015