¿Por qué este poema?


A los “fantasiosos” también se nos llama vulgarmente “grillados”, porque damos la impresión de tener un grillo gobernando permanentemente nuestra conciencia. El mío es un cansino y me está siempre interrogando:

- ¿A qué viene ahora este poema?

- Vos lo he de explicar, compañeros, no vaya a pasar que os lieis buscando los tres pies del gato loco, que tenía cuatro, pero cada uno quería tirar para un lado distinto, al caminar, y nunca llegaban a ninguna parte, ni juntos ni por separado. Pues el poema va de que resulta que he recibido un mensaje sin remitente, que no viene por teléfono, ni por correo, ni por un sueño. Pero es muy real y es verdad que me ha llegado, ahí lo tengo en mi calva mollera.

- ¡Rayos y truenos!

- Me temo que que esta confidencia os puede alborotar, pero os ruego ¡calma, compañeros! nadie me ha pedido que funde una nueva religión ni que emprenda una misión para salvar el mundo. Esta vez se trata, simplemente, de otro de esos mensajes crónicos que nos llegan con el calendario, cada año impar. Yo debería haber sabido que estaba a punto de llegar, como llega cada dos años por estas fechas; pero no lo esperaba tan pronto, como si no me apeteciera recibirlo, porque ya me temía que, tan pronto lo recibiera, me sentiría obligado a “espabilar” y hacer algo.

- ¿Y por qué te llegó a ti ese mensaje ahora y nos lo cuentas?

- Supongo que llegó porque "ya tocaba". Os lo cuento poque, aunque este mensaje me tiene a mí de receptor, sé que no soy su exclusivo destinatario. El mensajito, ¡tan mágico y majico él!, viene pidiendo ser compartido con “mis compañeros del 59 y muchos años más”, los que convivieron conmigo los acontecimientos de tantos días y tantas horas.

- ¡Ah, ya! ¿Y nos quiere decir algo concreto ese mensaje mágico?

- Pues, claro. Todos los mensajes dicen algo. Este viene a decirnos, a todos, no sólo a mí,  "que se acerca el tiempo de que ocurra un acontecimiento y que ese acontecimiento puede traer consigo una nueva gran ocasión de alegría que sólo podremos sentir plenamente en compañía”.

- ¡Qué bien, más que mágico, parece profético! No se puede negar que es alucinante.

- Por lo visto, ocurre que estas alegrías no viven en soledad, o, si nacen en soledad, viven vidas efímeras, pasmadas; no crecen ni se reproducen; se extinguen y mueren tal como nacen, recién nacidas, sin una sola risa que llevarse al ánimo, dejando un “sinsabor” de frustración, poco agradable, en el corazón.

- Ya. Por eso nos sales otra vez predicando alocadamente a los siete montes y ocho valles, levantando huestes para otra nueva "cruzada", ¿no es así?

- Bueno… Es que no quiero comerme yo solito este marrón. Porque, al parecer, ese acontecimiento debe ser previamente convocado y, luego, ritualizado conjuntamente. Y, si en verdad fuera posible que pudiera acontecer un acontecimiento tan positivo - yo sí lo creo posible -, sería muy triste que dejara de acontecer por culpa de uno solo, por mi culpa en este caso, tanto si yo me apresto a convivirlo como si no, o incluso si nadie se decide a arrancar el "procedamus".

- O sea: que arreas porque vienen arreando.

- Así es. Me limito a pasaros el recado: “ahí vos va la cachiporra, escondedla en una olla, sazonadla con cebolla y que vos aproveche dentro de medio año por ahora, o sea p'agosto”.

- ¿P'agosto? ¿No era para finales de julio?

- ¡Ah, sí! El día 30, el último viernes de julio.

- ¡Qué cosas, eh? ¡Cuánto devaneo! ¡Y cuántos pobres desafortunados han sido declarados "locos de remate" por motivos menos graves que este tuyo!

- Ahí, ahí le duele. Ya vas viendo, grillito de los demonios, por qué me estoy escociendo.

 

 


Mi almendro de nuevo ha florecido.


 

¡Flores, señores!

¡Flores, muchas flores!


Aparecieron repentinas, una a una, yemosas, las primeras.

Yo las vi tan increíbles, primicias de otra precoz estación

que nacían inesperadas, sorprendentes, por ser tan tempraneras,

para las dudas de este mi viejo, ya leñoso, corazón.


Vivieron días de cierzos, rachas de vientos y escarcha

en jornadas inclementes, seruendas de nieve helada.

Bañadas en llanto amargo, rociado por "sol de invierno",

penaron las largas noches, abrigadas en su hielo.


¿Podrían ser duraderas?

 

 

Hasta el día de hoy persisten, ya incontables, siemprevivas, luminosas,

una aurora tras otra, justo al pie de mi balcón.


Yo las miro y remiro ¡tantas veces cada día!, aun sin creerlas:

ora encendidas de brillos, blancas, rosáceas, gloriosas,

abiertos sus pétalos al cielo por ver de libar del sol; 

ora tristes y pasmadas, mortecinas y llorosas,

rasgadas por el golpe de otro nuevo chaparrón.


Son aquellas nuestras "aladas almas de las rosas”,

las de este mi amigo fiel, almendro compañero, leal sin fin,

que no planté, que nació solo, espontáneo en un rincón de mi jardín, 

él, que sigue creciendo cada año...


¿Veis qué cosas?

    

 

Al clarear la aurora cada día, encendida en un albor arrojado,

se exhiben confiadas, libres de incierta inquietud;

luego, al velarse la tarde en cenicientos nublados rasgados,

tiritan al aire, emitiendo su aroma de nata con sabor azul;

y, cuando, ya oscuro, transita los cielos el fantoche Orión,

al que acecha, achantado en el sur, el taimado, letal Escorpión,

les titilan guasonas, riendo, emulando destellos de no sé qué luz.


Otra vez este año, por sorpresa, han brotado

sin promesa de fruto, sin temor al granizo ni pavor de la helada,

decididas a cumplir el encargo de F Barrio

de "anunciar primaveras ante a mi ventana".


  

De nuevo, otro año, puntuales al tiempo, acuden a mí

para entonar, cigarras festivas, la canción de nuestro calendario:

"que a nuestra cita precitada nos quieren requerir".


¿Acudiremos?

¿Iremos?

¿Nos veremos allí?

 

¡Quién pudiera hoy, ya, saber si podremos!


Yo la escucho - la canción - y me siento convocado.

Bien quisiera, aún si inseguro, apuntarme al justo horario,

deseoso de que llegue, ella segura, la mañana de acudir

a remediar mi desmayo.

  

  

¿Recordáis?

 

Alumbrados por “sus lámparas de flores”,

llegamos, peregrinos, a aliviar nuestras quiebras en el ánimo 

con tantos gratos recuerdos de nuestros días mejores,

de correr, de soñar, de gozar sin reposo por un patio.


"¡Así sea! ¡Así tendría que ser!" - Nos vienen a decir.


Yo de ellas envidiaría

su candor almidonado,

su fervor almibarado,

pétalos para volar exultantes de poesía

y, más que nada, y, sobre todo,

esa inocencia al mirar el cielo tan estrellado

sin reclamar nada más que la luz de un nuevo día.

  

 

Quememos ya en su lumbre inútiles peleas y modorras,

que, si siguen, nos podrían deprimir.

Levantemos la vista al horizonte, mirad lejos, sobre el suelo,

mientras retuercen el cenit foscos buitres con su vuelo.

 

Y tan pronto los vencejos alocados nos chirríen fantasías,

pidamos cita al grato encuentro con la cura de alegrías.

Acudamos al rastreo de nuestras huellas dichosas

por praderas juveniles o por claustros sobre losas.

 

Reavivemos esa luz hasta que llegue aquel día,

que será, según se dice,

"otro día de reír".

     

 

¡Entonemos, pues, la canción

y esperemos!

 

¡Cuidaos, amigos míos y muy nobles caballeros!


¡Dios mediante, así será! ¡Y brindaremos,

“compañeros del alma,

compañeros”!

 




En año 2021 y días primaverales de tiempos de "pestymales".

 

==== Y, de propina: musiquilla muy apreciable ====