Colaborando malamente

Amigo Herminio:

Se conoce que no tenía otra cosa más interesante que hacer y me he puesto a teclear sin ton ni son, simplemente por no perder el contacto con nuestra revista. Así es que, como la motivación no era muy abundante y el interés temático tampoco, me ha salido esta cosa insustancial que, de todos modos, te envío. Tienes plena potestad para mandarlo directamente a la papelera (no a la de reciclaje, sino a la otra) si te parece que no reúne el mínimo exigible de calidad, ¡sin ningún problema!



TAMBIÉN ME DIJO UN ARRIERO…

(Y que no se me ofenda el Pregonero)



Antes de que los rigores estivales se nos presenten en toda su crudeza y comiencen a agostar este hermoso paisaje primaveral que ahora disfrutamos, antes de que la galbana se apodere enteramente de nosotros, o que la “movilidad geográfica” arrastre nuestra senectud hacia cualquier recóndito lugar alejado de la civilización, sin redes que nos puedan conducir a Telemarañas, quisiera transportar hasta nuestro refugio digital siquiera algún breve retazo de aquel preludio vacacional, del que se cumplen tropecientos años y pico.

Ya me gustaría contar con la perspicacia de JBenito y su envidiable capacidad retentiva a la hora de enumerar detalles, así como con la agudeza intuitiva de AngelP para analizar y refundir las experiencias vividas.

 

   

Sin ninguna duda, los bocatas de mejillones de lata a media mañana eran parte esencial de ese preludio como refuerzo físico y mental para afrontar la dureza del calendario de exámenes ¡Qué portentosa energía! ¡Y qué sabor inolvidable! Yo aún lo conservo pegado al paladar, al igual que el del bocata de sardinas que nos zampamos a orillas del Torío, tras un gélido remojón, en aquella radiante jornada primaveral por las Hoces de Vegacervera. Para mí aquella inmersión, no sólo en las transparentes aguas del río, sino sobre todo en la montaña, fue una vivencia realmente sobrecogedora. Ahí nació muy probablemente mi admiración y respeto hacia las altas cumbres donde se albergan tantos y tantos secretos de la Naturaleza.

 

 

Ahora que lo pienso, creo que me estoy yendo por los cerros de Úbeda, lo cual tampoco es nada raro después de semejante declaración de amor a la montaña. Pero, si grande es este amor, no menor es la angustia que me produce la contemplación de un cauce disecado, especialmente si se localiza en zona montañosa. Por eso me cuesta entender que alguien sea capaz de bucear en cauce seco, tal como lo hace de modo magistral nuestro amigo AngelP a través de su reciente reflexión en Telemarañas. Preciosa imagen –amén de la belleza de la fotografía- la que nos ofrece el pregonero de Turcia. Preciosa y entusiasta para unos guijarros como nosotros, que en otro tiempo estuvimos sumergidos contemplando y cobijando la múltiple y variada fauna fluvial. Sin duda esos guijarros conservan su historia sumergida a la vez que protegen la humedad a la que se aferra todavía alguna especie de vida hasta que vuelvan a correr las aguas.

 

Pero si el estiaje se prolonga, muy probablemente el martín pescador tenga que resignarse a morir acurrucado entre las rocas.

Por más que queramos pintar a la “beata senectute” –ya lo hizo el gran autor latino-, este guijarro humilde (como diría el poeta) prefiere la imagen del río en su plenitud, preñado de vida, la imagen que se conserva en algún lugar singular de mi exigua corteza (también los robles se descortezan con el tiempo), la imagen de mis zambullidas en la masa acuática, tanteando bajo las raíces y acariciando alguna colina o el lomo de una trucha confiada en exceso. Aunque hoy suene mal, tengo que confesar que a más de una le retorcí el pescuezo.

Todo esto no sé si viene a cuento, pero así os lo cuento. El caso es que la atinada y contundente frase del de Turcia me trajo a la memoria la letra, ligeramente alterada, de la vieja canción ranchera: también me dijo un arriero que “no hay que se pasar”, “pero hay que saber llegar”. Tengo la impresión de que esta vez el que se ha pasado de revoluciones soy yo.


Por último, una recomendación final:

Ruego encarecidamente a toda la parroquia que a nadie, uséase a ninguno de los que vieren u oyeren o aquesto leyeren o entendieren, se le pase ni remotamente por la imaginación prestarse a colaborar con el “crecimiento vegetativo negativo”, pues anda el gobierno (en funciones) preocupao porque, al parecer, no le salen las cuentas del cuento ese de las altas y las bajas en la Seguridá social.

Un abrazo para todos y ¡feliz verano!