EN LAS ERMITAS. UN MARTES DE CLASE, EN 1960-61


 

 

Cuando a las seis treinta de la mañana grita una chicharra de pico corto y voz rocosa (sigur “timbre”), pasados sesenta segundos, la magia de la luz quiebra el abrazo de la noche en el dormitorio de los seminaristas de las Ermitas de las quintas 1959, 1958, 1957 y 1956.

Entramos todos en el resplandor del nuevo día por la magia del interruptor de la luz. Con la rapidez del viento. Es media hora envenenada. El nuevo día no admite perezosos, son mal vistos, y todo cuenta en las Ermitas. Hay una guardia permanente sobre los seminaristas desde las seis treinta.

Los dormitorios son unos rectángulos de unos diez metros por treinta, poco iluminados, de descanso, de sueños ilustres, de íntimo erotismo, de recuerdos maternales y amatorios y de toda variedad imaginable de lozanos curillas. No recuerdo que nadie, que yo sepa, se quedara en la cama jamás, lugar éste de placer a esa hora. Los perezosos eran expulsados.

Lavados, peinados, vestidos, calzados y despiertos, ya somos aptos para el nuevo día, cuyo destino de principio es la capilla. A las siete, todos de rodillas en la capilla, rezamos unas “matutinae laudes”, dando gracias al Señor por el nuevo día. Estas gracias las solían dirigir los del curso 1956. “Padre Nuestro…. Amen”.

El éxtasis llegaba cuando don Amable, padre espiritual, o don Gonzalo, subían el escalón cercano al altar, miraban las juveniles almas de futuro prometedor, cogían un pasaje bíblico y, con el látigo de sus palabras, revitalizaban la antigua Biblia. Recuerdo: “SACERDOS EST HOMO EX HOMINIBUS ASUMPTUS”. Hacían “estremecerse nuestras sensibles almas”. Nos indicaban, según ellos, el SENDERO SABIO y provechoso para la vida eterna. Y así estaban treinta minutos con su filosofía y teología. Es que éramos, a nuestra corta edad, “elegidos”, porque decían “el Señor os quiere, sois escogidos, pero ¡ay de vosotros como falléis!, el castigo será el llanto y el crujir de dientes hasta la eternidad”. ¿Quién se resiste?

Unos minutos de rompedora soledad, alguna cabeza entre las manos escudriñando lo escuchado. Entonces  era cuando un cura subía capilla arriba, con el paso firme, y, taladrando el silencio, se ponía a decir Misa. Esto era el remanso que tornaba a nuestras conciencias, la relajación del reo perdonado. Algunos retornaban al éxtasis, con el Divino Sacrificio.

Relajados, perdonados, realizados y alegres, volvíamos a hacer nuestras camas, a dejar cada cosa en su sitio, a hacer unas camas, impecablemente bien hechas. De no conseguir la conformidad, habría que repetir la tarea durante el recreo, hasta que resultara a gusto del “vigilador”.

A continuación: el desayuno, rápido, escaso y con lectura bíblica, que hacía un alumno que se quedaba sin almorzar y sería corregido por el “vigilador”, si existía el más mínimo supuesto error. Todo en medio de un respetabilísimo silencio.

Desde allí, cuatro hileras llenas de curitas congelados marchan a clase de “latín”, primera aula a la derecha, puerta abierta. Dos horas. Aula muy fría. Pupitres de madera caduca. Atril del profesor elevado treinta centímetros sobre el piso.

Allí se colocan según el resultado de los “desafíos” de clases anteriores, los más listos en los primeros lugares, con digna separación entre todos ellos para que él se pudiera “pasear”, airear la mano derecha a contactar con algún alumno que no dijera lo que él quería. Después volvería a subir al atril. Si no sabías, bajaría de nuevo, se recolocaría frente de ti, en posición desafiante. En distancias cortas ajustaba mejor las cuentas.

Al fondo de la clase, desde donde se podía ver todo, todos los alumnos esperaban aterrados, pensando si nos tocaría traducción, teoría o salvación. ¡Que espera! Hasta que, al minuto, entraba don Nicasio, cura él fornido, cual camionero vestido de negro, algo feo, no tanto como los pecados, voz bronca, acongojante y profunda, cara algo esferoide, de mirada penetrante e inquisidora, hombre exigente hasta con él mismo y algo engreído. Él creía en lo que hacía.

Nosotros éramos juveniles almas de futuro prometedor, curillas en formación, llevábamos en nuestra mente la ilusión por norma, sin complejos ni condiciones; pero humanamente éramos sometidos al enorme estrés de la espera, de si te toca la lección, a ver el humor de aquel día… yo lo pasaba mal.

Siendo la primera hora de la mañana, sin calefacción, las viñas de Las Ermitas se veían como nevadas, vestidas de sábanas de hielo. Era la inmensa escarcha cubriéndolo todo como manta protectora. Aquel frío insensibilizaba las manos, los pies y creo que hasta la inteligencia a esas horas de la mañana.

Don Nicasio era el profesor de latín y literatura, asignaturas difíciles. Él estaba convencido de que su sistema despertaba a las perezosas mentes de los alumnos. En aquella tensión semidramática y envenenada pasábamos la mañana. Él ya entraba enfadado, serio, nada de buenos días; subía a su tarima, cogía su vara, de unos 76 centímetros de largo, verde, de avellano; le daba un golpecito a su mesa, sin violencia, como de prueba; luego un cimbreo a la verde vara, de arriba a abajo, con su mano derecha, lo que producía un silbido como de víbora en celo. Le llamaba" la varita de la inteligencia" - intellectus apretatus discurrit quid rapiat” decía -. A veces hasta nos reíamos unos de otros, los niños son muy ingratos.

Aquí dejo la clase, al recuerdo de mis compañeros de Las Ermitas (creo que me entendéis).

¡Patio, amado patio! Después de dos horas de latín (traducción, verbos, cuadro de declinaciones, con singulares, plurales, genitivos, dativos, todos a la velocidad del viento, señalados con la vara verde del profesor), llega el patio, uno de los mejores momentos que recuerdo, gran fiesta visual y física. Media hora gloriosa. Recuerdos eternos de juegos de canicas, de esconderse, de contemplar al río Bibey. Durante media hora éramos libres como aves al viento, gloria pasajera de chavales de miradas dulces, con nuestras gargantas explotando de gritos al cielo, a las montañas, a las piedras, al pueblo. ¡A correr!!!!! Todo ello era un destartador de nervios y alimentador de esperanzas, de ilusiones: media hora destensados. 

Después del patio, todos los alumnos de todos los cursos pasábamos al salón de estudios, lugar de esculpir y limar curillas, estudio del saber por el saber. Casi todos alcanzábamos el saber para aprobar, con las facundas letras de Raimundo de Miguel, en aquel sendero sabio y provechoso del estudio, de escarmientos públicos, tanto individuales como colectivos, por el silencio roto con el ronroneo de todas las multitudes, en mesas de cuatro; bajo un estricto silencio, voluntario o inducido por el castigo. Cuando no había vigilantes sacerdotes, se encargaban muy celosamente del asunto tanto Rogelio como Teodoro, de forma que se podían oír las moscas volando, pero no otros ruidos. Vivimos días singulares en aquel salón.

Al terminar la hora de estudio, entrábamos a clase de Geografía, dirigida por don José Rego, “sacerdos solidus”, bajo, recio, siempre arreglado, delgado y de escasa empatía. Nos explicaba y preguntaba sobre los ríos, las ciudades, montañas, etc. Era una hora de flojera estudiantil (por comparación con anteriores clases). No tenía vara, ni verde ni seca. Proponía razonamientos correctos, excepciones a parte.

Terminada esta hora, los sofocos disminuían. Nos íbamos al comedor: rezos, bendición de alimentos y a comer potaje.

Después de comer, era hora de patio, una hora con los mismos juegos que por la mañana, pero mucho más largo.

Después volvíamos a estudiar otra hora, en el gran salón y en las mismas condiciones.

Después de esta hora, clase de matemáticas con don José Rego otra vez. Clase de tensión considerable, ya que había una diferencia inmensa entre el nivel matemático de unos y otros y algunos hasta sabían dividir. Él se apañó para que no quedáramos “tamquam tabula rasa” y pudiéramos seguir estudiando. Las clases de matemáticas nunca son divertidas; pero debo decir que fue uno de los mejores profesores que recuerdo, ya que se podía decir que yo no sabía nada cuando llegué y al final sabía algo, incluso pude estudiar ciencias.

Luego subíamos de nuevo a estudiar al largo salón. Era la hora de buscar la sabiduría de Sófocles, las historias guerreras de Jenofonte… en fin: largo tiempo para preparar las clases del día siguiente.

Después, a cenar.

Rosario, acción de gracias, pequeños recuerdos espirituales... la noche abrazaba el firmamento y ¡a dormir!

Así era cualquier día de la semana, excepto los sábados y domingos, días más espléndidos y recreativos, dedicados a cosas menores, como urbanidad y similares, a pasear, a jugar al fútbol allá arriba en la montaña. Hasta teníamos un día al año de picnic, de ir a ver el pantano de O BAHO, Manzaneda, a la nieve a Cambela… 

 

Sólo he pretendido recordarte un día laborable cualquiera en Las Ermitas. Si tienes otro recuerdo, guárdalo.


Luis Diéguez.

2016