"La marca"


 

Introducción (escueta, escueta…)

"¡Albricias! Por fin desperezose el perezoso y ha compuesto él solito algo nuevo.

Espero que no os resulte un tostón. Disfruto con lo que aporta Telemarañas, mi venia a los que me habéis precedido en la participación. ¡Sinceramente!, me alegraría enormemente participásemos más compañeros y más veces".

¡Un abrazo!

Ángel


 

Es esta la primera fotografía que aparece enquistada en la ajada caja de mis frecuentados recuerdos, tiene lugar en el Seminario de Astorga:

Una puerta alta…, ancha…, es la puerta “grande” de su entrada que, una vez traspasada, no has dado dos pasos y la vista se estrella contra el impresionante ventanal de su claustro “grande”. Me indican que debo dirigirme hacia la izquierda; camino a través de sus pasillos anchos, largos, altos, “grandes.., grandes…”, hasta llegar al Aula Magna, un aula magnífica, imponente, el aula más “grande” del seminario.

Era un día caluroso de verano, yo temblaba y no debía ser de frío.

Me sentía un ser diminuto: allí, solo, ante tres profesores sacerdotes para realizar el examen de ingreso en el Seminario.

¡Que acto más “importante”! Sí, ya me lo habían dicho antes y más de una vez: “es pero que muy “importante”, vas a ingresar en el Seminario”.

¡Cuan “importante” era eso para mi familia y hasta para mí!

En ese momento, todo este inexplorado ajetreo me hizo sentir un ser muy pequeño, “gigantescamente pequeño”…

Mi destino estaba lejos de mi casa, yo sabía que iba a ser para mucho, ¡pero que “para mucho tiempo”!

 

Y aparezco en el, “en mi mente siemprevivo”, Seminario de Las Ermitas, en el desemejante, y por ello tan atractivo, Seminario Menor, que yo califico de “Multiedificios”:

 

Edificio individual para el comedor, edificio separado para los dormitorios, un edificio más para las aulas y el salón de estudios, y otro más para la capilla.

Finalmente, y desplazándonos escaleras abajo, pisamos el patio más artístico que nadie haya visto, todo él empedrado y con pórticos a sus lados, que nos servían para resguardarnos de la lluvia y el sol, situado justo delante de la Iglesia, como si nos encontrásemos en la plaza del Obradoiro, en la antesala del Santuario con su admirable fachada que parece una galante réplica en pequeño de la Catedral de Santiago de Compostela. 

 

Años después tuvimos la fortuna de estrenar el, para los que procedíamos de Las Ermitas, “liberador” Seminario Menor de La Bañeza, en el que disfrutamos inhalando un aire desconocido de rostro apacible y sosegado, color casi dulce, para recalar al fin en el más deseado de los destinos, nuestro querido Seminario Mayor de Astorga, meta altiva de nuestra juvenil y esforzada “carrera”.

 

• Y en el/os seminario/s, aprendí que no son más grandes los que más centímetros miden.

• Allí descubrí que las macizas ruedas de madera de los carros gallegos, asfixiadas tras su incesante rotar por los ásperos caminos de montaña, exteriorizaban su dolor con un graznar herido semejante al producido por la sirena de la azucarera de Veguellina cuando anunciaba a los obreros el inicio de su jornada.

• Allí aprendí a apreciar y a reírme con lo sencillo, residente continuo en la hospedería de la belleza.

• Allí aprendí que el respeto no sólo se le debe a los mayores y a los profesores o a los padres.……, sino a todos nuestros semejantes.

• Allí descubrí que el eco que se producía en Turcia, al gritar de los más pequeños, era casi imperceptible comparado con el que tenía lugar en las paredes de los profundos barrancos del curso del río Bibey en Las Ermitas.

• Allí aprendí que la honestidad es un tesoro, que las pertenencias de los demás no me corresponden y que hay que batallar con insistencia para conquistar lo que uno anhela.

• Allí aprendí a convivir con lo distinto.

• Allí descubrí que yo era más feliz cuanta menos importancia me daba.

• Allí, exento de la protectora influencia de mis padres, descubrí la amistad sin astucias de la juventud, que permanece asida a mi mente como la hiedra.

• Allí descubrí que la gratitud es el espejo que muestra el rostro de la bondad de los demás.

• Allí aprendí a guardar las normas establecidas.

• Allí, no sólo adquirí conocimientos para poder caminar por la vida, sino cómo debían ser los pasos de la vida que debía vivir.

• Allí descubrí que me resultaba imposible cumplir alguna de esas normas y, para no defraudar a las personas que más me querían, decidí irme justo a las puertas del comienzo del segundo curso de filosofía en Astorga.

 


Y, cuando salí de allí, sufrí, en momentos con suma dureza, las consecuencias de la inadaptación a lo nuevo y a lo desconocido. Y en más de una ocasión sentí la necesidad de volver allí.

Y todo lo que allí aprendí fue siempre mi compañero preferido en el camino que he recorrido fuera de allí.

 

Y en la Universidad aprendí que la “verdad” en el suponer e imaginar es tan sólida como la fe que cada cual tiene o desea tener en ella, y que es tan frágil como la imposibilidad real de poder convencer de ella a los demás.

Y también aprendí en la Universidad que se debe ser tolerante ante las discrepancias de pensamiento, ante las divergencias en el creer, ante las desiguales manifestaciones de las costumbres, ante las distintas formas de expresarse de los idiomas…, ya que la verdad de las cosas casi siempre es relativa y que, en nuestras opiniones sobre la misma, todos tenemos trozos de verdad y grandes dosis de mentira.

 

► Y en mi puesto de trabajo, cuando, en mi ausencia, se referían cariñosamente a mí, me llamaban Ángel, “el cura”.

► Y, cuando un tiempo después, en una de las visitas que me hizo “un amigo del seminario”, fuimos a visitar un bar de alterne nocturno, a los cinco minutos de nuestra expresiva y abundante elocución, una de las chicas nos dijo: ¡vosotros sois sacerdotes, ¿verdad que sí?! Perdimos repentinamente “el don” de la elocuencia y no supimos convertir en "no" el “¿verdad que sí?” de la chica.

► Y unos años después mis amigos de tertulia “liaron” a un nuevo tertuliano diciéndole que yo era el párroco de Limanes, un pueblo cercano a Oviedo. ¡“Padre, padre..., qué bueno es usted, padre!”, repetía con insistencia el feliz nuevo tertuliano, dándome palmaditas en la cara con ambas manos.

► Y en la misma ciudad dos hermanos hace pocos años, después de una casual conversación intrascendente, me rogaron, antes de despedirnos, que les dijese, por favor, si yo era sacerdote.

► Y en un viaje en autobús desde Oviedo a León la inesperada compañera de viaje, tras una larga e intensa conversación, antes de llegar a mi destino, me despidió preguntándome si yo era sacerdote y, ante mi negativa respuesta, me dijo: “tengo dudas de la existencia de Dios, pero de ser cierta su existencia no tengo dudas de que hoy ha enviado a un ángel a visitarme”.

► Y este verano en el pueblo una persona forastera, para quien yo era un desconocido, después de escuchar el pregón festivo, le preguntó a un vecino del pueblo si yo era sacerdote.

 

Pero, ¿por qué tanta gente y tantas veces hacen estas interpretaciones de nosotros?

Puede que sea ésta la respuesta:

Es un día de Agosto (hizo dos años). Nos encontramos en Benavides, estamos en la terraza del “Bar Graciano” Manuel Pérez Mayo, José Antonio (Benavides) y yo; de pronto aparece un señor, se acerca a nosotros y, dirigiéndose al dueño del bar, que en ese momento trataba de atendernos, dice: “¡míralos, que marca tienen!”.

Manolo y yo nos miramos, no conocíamos al tal señor (era natural de Benavides y José Antonio sí lo conocía), ni entendíamos a qué se refería. Él insistía: ¡¡“Míralos, están marcados.., están marcados como los burros, llevan la marca hasta en el lomo… como los animales”!! “Míralos…, fíjate en el movimiento de sus manos cuando hablan, mira los gestos de sus caras cuando conversan, observa cómo se mueven al caminar y te darás cuenta de que efectivamente están marcados”. ¡¡ Están marcados como los burros!!

Y puede que el signo de la marca sea éste:

 

 

“S”

 

 

“S” de seminario, “S” de seminarista, “S” de sacerdote.

 

 

He de confesar: yo porto la marca con orgullo, no me cohíbe, ni me lastra. Cuando alguien descubre en mí la señal de la marca, he de reconocerlo, mi rostro muestra un suave hormigueo de complacencia.


Y hoy estoy contento de revivir un poco lo mucho que con vosotros allí viví.

 

¡¡Gracias seminario, gracias profesores del seminario y gracias a vosotros, compañeros!!, porque vuestro recuerdo me hace recordar hasta los recuerdos que no recuerdo.


Noviembre 2014


ÁngelP