La Kofi.


 





Y otros gatos,






y otros animales…

  

EL ENCUENTRO

A la gata Kofi y a su hermano Mandela los abandonaron cuando apenas se distinguían de una pequeña rata. Eso es lo que me parecieron cuando miré por encima del muro de la parcela y los vi esconderse, a toda velocidad, debajo de unas hojas de palmera, también como ellos abandonadas después de prestar el servicio del Domingo de Ramos.

La calle colindante con la parcela daba a un descampado; pero, por aquello de atajar, era muy concurrida por todo el vecindario que, a pie, acortaban el camino, o por simples paseantes que aprovechaban el oxígeno de la abundante arboleda, escapando de la intensa circulación y la consiguiente contaminación en las zonas más pobladas, o sacaban sus perros a cumplir con sus necesidades habituales.

Así que era difícil ni siquiera imaginar quién pudo practicar el deporte, por desgracia tan extendido en este país, de abandonar a los animales a su suerte.

En este caso, quien lo hizo sabía lo que hacía, porque la parcela en cuestión ya tenía dos habitantes más, también abandonados, y adoptados por mi mujer: el Ratón y el Lunares, también hermanos. Aplicando la máxima de que donde comen dos pueden comer cuatro, la conciencia de sus verdaderos dueños quedaría tranquila a sabiendas de que de hambre no se morirían.

Por circunstancias de la vida alquilamos una casa en aquella urbanización, disfrutando de las ventajas de vivir en la ciudad pero fuera de ella, con campo abierto entre pinos y eucaliptos, pero también con los inconvenientes que proporciona el extrarradio (menos vigilancia, menos limpieza, menos iluminación y más facilidad para ladronzuelos); pero, sopesando ambas, quedaba bastante margen para el bienestar.

Nuestra casa era la última de las cuatro que había edificadas y daba directamente al descampado por tres partes. La otra parte lindaba con la que, en aquellos momentos, servia de guardería infantil.

Poco a poco (mi mujer les dosificaba la comida cada vez más cerca de nuestro jardín), se fueron acercando hasta convertirse en nuestros inquilinos. Se hicieron mayores y algunos se independizaron y buscaron otros ambientes. Otros se agregaron, como la Jakson, experta criadora, de la cual aún tenemos tres hijas.

A los de color negro les puse nombres de negros famosos: Kofi, Mandela, Jackson, Naomi, etc.

 

SU MAESTRO

El Lunares puso bajo su tutela a la Kofi y le enseñó las artes del callejeo gatuno, defensa personal, esquivar a los coches, refugiarse a tiempo en su casa y también a meterse en encarnizadas peleas.

Como el que mucho anda mucho puede tropezar, eran clientes habituales del veterinario. La enfermera siempre amenazaba al Lunares con castrarlo, cosa que yo nunca quise. “Así se te acaba la chulería” le decía.

Pero a un gran aventurero como él el territorio se le hizo pequeño y se fue.

Pasaron días y meses y habíamos perdido la esperanza de encontrarlo, hasta que una tarde estaba yo dando un paseo por una urbanización en construcción, bastante lejos de mi casa, cuando escuché el maullido del Lunares; me paré, pero seguí andando al creer que seria imaginación mía. Pero no.Venia hacia mí con una pata de atrás casi a rastro, un ojo casi saltado y sólo era un montón de huesos.

En brazos lo llevé a casa, le di de comer y lo encerré en la caseta de los aperos. A la mañana siguiente lo llevé al vaterinario. Al verlo cómo iba, la auxiliar exclamó: "¡Si te hubiese cortado las pelotas no estarías así!".

Estuvo en casa unos veinte días hasta que se repuso un poco y volvió a irse. Nunca le volvimos a ver.

 

SU PASIÓN

La ley de la vida o, mejor, la ley de la muerte los ha ido seleccionando y de los catorce que hemos tenido nos quedan cuatro. Tres, como digo, son hijas de la Jackson y del Mandela, ambos muertos.

Hemos sufrido con la muerte de cada uno, pero hoy me siento muy triste, especialmente triste, pues le llegó el turno a la Kofi. Cuando le detectamos "la cosa mala", como dicen por aquí para no mentar la bicha, es decir: el cáncer de mama, era demasiado tarde y, de estar trotando alegremente, pasó a morir en sólo dos meses. Tenía diecisiete años.

Era como un peluche con vida, menuda, redondita, toda negra salvo un pequeño babero blanco; pelo sedoso y abundante, que invitaba a la caricia; cariñosa, amante de la libertad que aprendió de su maestro por lo que fue bastante difícil reeducarla a acatar las reglas de su dueña: recogerse a su hora, no salir de su territorio y acudir pronta a nuestra llamada. Con el tiempo se fue sometiendo, aunque algunas veces hacía rabona.

Curtida en peleas callejeras, era una gata valiente: No hubo nunca ni gato ni perro que se atreviera con ella.

Cuando estaba en celo, como era tan bonita, la rondaban multitud de gatos, pero ella daba su amor al gato que ella quería, aunque estuviese lisiado; a los demás los mantenía a raya y el que se propasaba, salía bien escarmentado.

Era de partos difíciles y sólo crió a un hijo, el Panchito. Era una copia exacta de su madre, salvo el color, totalmente gris menos el baberito blanco como el de ella. Fue la gran pasión de su vida, hasta que la inexperta mano de un veterinario lo mandó al otro mundo cuando tenía 22 meses. Siempre pendiente de su Panchito, lo defendía de otros gatos, lo apartaba de los peligros y hasta lo amamantó en tres ocasiones. Cuando en los partos perdía a sus crías creo que no le importaba, le quedaba su Panchito y volvía a darle de mamar. Cuando Panchito murió, sufrió una gran crisis que fue superando con la dedicación y el cariño de su dueña. Creo que deseaba morir.

 

 

SU MUERTE

Ayer por la noche ya daba muestras de que estaba llegando al final y esta mañana fui a verla temprano. Al sentirme entrar, me maulló con el mismo maullido que le he escuchado a todos los que se han muerto en mi presencia, como una súplica o petición de ayuda que hacen a sus dueños: Tú que me has alimentado, me has cuidado y protegido, ayúdame en este momento que no sé lo que me está pasando.Y a ti sólo te queda el hablarle con dulzura, acariar su pelo y no mostrar tristeza. Entonces, tal vez, comprende que no puedes hacer nada más y te mueve la cola (que es la palabra de los animales) dándote las gracias y mostrándote su cariño hasta que el último aliento sale de su pecho dejando en el mío una inmensa tristeza.

Tristeza porque no solamente pierdo al animal que he querido, sino también una parte importante de mi vida, la que he compartido con él, y porque me doy cuenta de ¡cuán sutil es el hilo que separa la vida de la muerte!

Cuando miro atrás, veo lo lejana que queda ya mi línea de salida y, al mirar hacia adelante, y siguiendo la normal evolución vida-muerte, ya tengo a tiro de piedra mi meta final.

Y, si las cosas vienen mal, hoy vives y mañana la parca llama a tu puerta.

 

A la Kofi la enterré con su hijo Panchito. Si hay dios gatuno, espero que los deje jugar juntos, a su diestra.

 

En mi corazón y en el de tu dueña, que tanto te ha querido, ocuparás un lugar especial en la parcela que os hemos reservado, junto a tu hijo y tus compañeros. El resto lo ocupan las personas queridas que nos han precedido: padres, familia, compañeros, profesores, amigos...

¡Que la paz de Dios sea con todos!

 

SU DUEÑA

Mi mujer es a la que realmente todos los animales que hemos tenido consideran su dueña, en el sentido de cuidarlos en todos los aspectos: alimento, cariño, cuidado y limpieza de sus estancias, enfermedades, partos, etc.

No importa si ha hecho frío o calor, si ha llovido o ha hecho sol, si ha tenido tiempo o lo ha tenido que quitar a su sueño o descanso, los animales siempre han estado bien atendidos.

Todos los animales que se arriman a ella, sea perro, gato o zorro (al que domesticó), comerán, beberán y, al final, compartirán su cariño.

Sé cuánto sufre cuando alguno se muere.

 

De ella lo he aprendido yo. Le doy las gracias.  

 

 

FBarrio

5 de febrero 2015.