LA FELICIDAD, LA ALEGRIA Y EL SERVIR A LOS DEMÁS EN  LIBERTAD, OBJETIVO DE NUESTRA JUBILACION.




Mucho se ha escrito sobre la felicidad. De ella se habla ya desde los inicios de nuestra civilización describiéndola como “un estado ideal del ser y del estar”. Incluso se publican continuamente algo así como unas fórmulas mágicas, recetas e instrucciones que pueden llevarnos a esa especie de paraíso terrenal dentro del cual uno será para siempre feliz y todo pensamiento siempre debe ser en positivo. Hasta se ha llegado a llevar el asunto a términos comerciales al considerar este estado de bienestar como una industria dentro de lo que se ha llegado a llamar “crecimiento personal”, industria que giraría alrededor de proporcionar a los individuos esas fórmulas, recetas, métodos o instrucciones, (como queramos llamarlas) que, aplicadas siguiendo una especie de disciplina, te van a proporcionar esa felicidad. Por supuesto que si no lo consigues siempre será porque te falta esa disciplina y por ello tendrás que seguir aprendiendo más y más el método y por supuesto seguir practicando… y seguir comprando el método. Ni que decir tiene que, desde ese punto de vista, las frustraciones suelen ser tan numerosas como los intentos.
 

 


En realidad, la auténtica felicidad no se consigue desde un método especial obligado, ni siquiera a través de un esfuerzo o disciplina alguna. No podría ser así, ya que entonces estaríamos hablando de una felicidad impuesta, demasiado rígida y siempre con la espada de Damocles del temor a no alcanzarla. Esto no tendría nada que ver con la auténtica felicidad.
 

Tampoco debemos entender la felicidad como un estado de euforia o exaltación. En estos casos el ingrediente emocional es siempre la alegría. Sin embargo no siempre se trata de una alegría pura, sino que a veces puede ir entremezclada con otras emociones tales como: la agresión (¡¡al fin lo tengo¡¡), el miedo (¡¡a ver si me lo van a quitar¡¡) e incluso la tristeza que es lo opuesto (¡¡cuántas veces lo había intentado y… nada¡¡). Y en este caso cuánta tristeza puede haber en la alegría…

La felicidad bien entendida es otra cosa. Es efectivamente un estado de alegría, pero de alegría pura, sin mezclas, y también un estado de tranquilidad.

Y por qué nos sentimos alegres y tranquilos? Qué es lo que produce en nuestro interior esa alegría que nos aporta tranquilidad y bienestar? El célebre novelista francés André Maurois escribe: “Qué hace falta para ser feliz?. Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz del espíritu”.

Está muy bien como literatura, pero yo, sinceramente, opino que nuestra alegría interior proviene de nuestros instintos. Instintos que desde millones de años han sustentado en todo momento nuestro bienestar. Sin ese instinto, sin esa emoción que nos embarga cuando se satisfacen nuestras necesidades instintivas, el hombre jamás habría llegado hasta hoy. Sin esa satisfacción no habría alegría y por ende tampoco felicidad. Todo ello lo podemos observar cuando esas necesidades tan perentorias no son satisfechas. En esos momentos empezamos a acumular en nuestro cuerpo emociones tales como el miedo, la rabia y la tristeza, que son, casi siempre, producto de una soledad que nos hace pensar que estas mismas emociones en compañía de otros se transformarían en tranquilidad, en una tranquilidad que también nos permitiría desarrollarnos saludablemente al mismo tiempo que iríamos forjando nuestra personalidad. De esta forma lo que hemos hecho es derivar nuestra felicidad a una vinculación positiva con las personas de nuestro entorno, y todo este conjunto de emociones, instintos y satisfacciones serían pues el origen de nuestra alegría y, por ende, de una tranquilidad que nos permitirá vivir nuestra vida en plenitud. En esta relación cimentaríamos nuestra felicidad.

En este mismo sentido el escritor ruso León Tolstoi escribe: ”no hay más que una manera de ser feliz, vivir para los demás”. Y  Marcel Proust igualmente dice: “seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices, ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestro espíritu”.

Sin embargo… (y para enlazar nuestro pensamiento, os propongo un cuento oriental que dice):

En una oscura y oculta dimensión del Universo se encontraban reunidos todos los grandes dioses de la antigüedad dispuestos a gastarle una broma al ser humano. En realidad, era la broma más importante de la vida sobre la Tierra. Para llevar a cabo la broma, antes que nada, determinaron cuál sería el lugar al que a los seres humanos les costaría más llegar. Una vez averiguado, depositarían allí las llaves de la felicidad.

 

-Las esconderemos en las profundidades de los océanos (decía uno de ellos).
-Ni hablar (advirtió otro). El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarlas sin problema.
-Podríamos esconderlas en el más profundo de los volcanes (dijo otro de los presentes).
-No (replicó otro). Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.
-¿Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra? (dijo otro).
-De ninguna manera (replicó un compañero). No pasarán unos cuantos miles de años para que el hombre pueda sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.
-¡Ya lo tengo! (dijo uno que hasta entonces no había dicho nada). Esconderemos las llaves en las nubes más altas del cielo.
-¡Tonterías! (replicó otro de los presentes). Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar. Al poco tiempo encontrarían las llaves de la Felicidad.

Un gran silencio se hizo en aquella reunión de dioses. Uno, que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad:
-Esconderemos las llaves de la Felicidad en un lugar que el hombre, por más que busque, tardará mucho, mucho tiempo, en suponer o imaginar…
-¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde? (preguntaban con insistencia y ansiosa curiosidad los que conocían la brillantez y lucidez de aquel dios).
-El lugar del Universo que el hombre tardará más en mirar y, en consecuencia, tardará más en encontrar es: en el interior de su corazón.
Todos estuvieron de acuerdo. Concluyó la reunión de dioses. Las llaves de la Felicidad se esconderían dentro del corazón de cada hombre.

Ahora, en cambio, después de haber reflexionado sobre lo leído, lo que realmente me queda claro es que la felicidad no hay que ir a buscarla a ningún lugar, está dentro de nosotros. “El que busca la felicidad fuera de sí es como un caracol que caminara en busca de su casa”. Constancio C. Vigil (escritor uruguayo, 1876-1954).

Pero… entonces… nuestro corazón, nuestro propio interior, ¿qué pinta en todo este juego? Cómo está? Cómo se siente? Pienso que debemos entrar en él, sentirlo, observar porqué se queja. Y ahí, justo ahí, detrás de todas esas inquietudes, de todas esas heridas mal curadas... ahí está. Quizás algo maltrecho, pero vivo y palpitando aunque sea algo atropelladamente.

Como podéis observar, este butiburri entre nuestro interior con el exterior, esta dicotomía de nuestro pensamiento genera una gran complicación en las relaciones entre personas. Y porqué sucede? Qué es lo que se interpone entre nuestro interior y nuestras relaciones con el exterior?

El gran Alejandro Casona ya decía: “Si eres feliz, escóndete. No se puede andar cargado de joyas por un barrio de mendigos. No se puede pasear una felicidad como la tuya por un mundo de desgraciados”.

La mayoría de los estudiosos creen que en estas relaciones nuestras experiencias anteriores actúan como un filtro interpuesto en nuestra comunicación con los demás y a través de este filtro, al vernos a nosotros mismos, pasamos a catalogar de la misma manera a todos los demás.

 

No obstante y a pesar de todos estos impedimentos, mis queridos amigos de la “Quinta del 59”, os aseguro que el camino hacia la felicidad, la alegría y también hacia la verdadera libertad, está en nuestra relación con los demás y que es precisamente desde esa relación desde donde podemos observar nuestro interior e incluso transformarlo cuando fuese preciso.

Efectivamente no siempre lo que vemos en los demás ha de ser exclusivamente lo bueno, de la misma forma que no todos los días luce el sol. En nuestra vida y por ende también en la de los demás existen también los días lluviosos o simplemente nublados. Incluso hay días en que nieva, graniza o hace un viento terrible. La vida se compone de todas esas cosas. De todo eso vamos a ir nutriéndonos hasta formar y madurar nuestra propia personalidad, que nos debe mantener enteros en todas las circunstancias de la vida. En eso consiste la felicidad. No existen más recetas ni más fórmulas, sólo esas experiencias que nos muestran quiénes y cómo somos.

Y ahora, una vez hechas estas reflexiones, una pregunta me viene a la mente: “En realidad qué vale más, la libertad o la felicidad?”. Se puede entender una sin la otra? Cuál sin cuál? Y… en una escala de valores cuál de ellas primaría sobre la otra?
No es fácil responder a estas cuestiones, pues no siempre la libertad es entendida de la misma forma por todas las personas. Yo pienso que ambas van de la mano y que la libertad interactúa con la felicidad de muy distintas maneras e incluso de maneras opuestas en distintas personas. Para unos la felicidad está en su libertad de llevar una vida monótona y en eso consiste su hacer, lo que quieren; mientras que para otros consistiría en salir y disfrutar viajando sin ataduras por cualquier lugar a donde la aventura les lleve. Y, sin embargo, por decirlo sencillamente, si tu día a día no está lleno de cosas que te llenen el alma de alegría y felicidad, no eres verdaderamente libre, eres un esclavo. Efectivamente la felicidad es algo que todos anhelamos conseguir e incluso podemos pasarnos la vida entera tratando de ser felices. Algunos incluso tratan de ir en contra de sí mismos para alcanzar la felicidad. Hacemos las cosas por necesidad o por pasión y no por amor. Llevamos a cabo actividades a las que odiamos.

Como consecuencia y tal como dice Erich Fromm, “la mayoría de los seres humanos fingen ser felices, porque si no lo son, parece que sean unos fracasados”. Incluso se atreve a añadir más: ”En la vida, lo más importante no es ser feliz. En la vida, lo más importante, es estar vivo”. Quizás sólo se trate de eso, de estar vivo con todo lo que la vida significa. Y, llegados hasta aquí, no os extrañe escuchar a alguien decir que la verdadera libertad sólo existe con la muerte . De ahí se deriva la célebre frase: El día que yo me muera no me vengáis a llorar nunca, estaré bajo tierra… Soy viento de la libertad.

Incluso un escritor tan famoso como el propio Vargas Llosa también llega a decir: “sólo los realmente idiotas llegan a ser felices… porque… quién quiere ser feliz realmente?

Pero no, queridos amigos míos, ya es hora de despertar, ya es hora de quitarse las cadenas y así poder alcanzar (o al menos intentarlo) la Verdadera Libertad personal, origen de la Verdadera Felicidad, que, junto con el derecho a la vida, se encuentra entre los derechos humanos más preciados y que, sin embargo, también podemos perder de la misma manera que puede perderse la vida o la libertad.

Pero… ¡ojo¡. La Felicidad con mayúsculas es muy esquiva y a veces, por mucho que se busque, puede fracasarse en el intento de encontrarla. El fallo, con seguridad, procede de no buscar donde puede encontrarse, o de no hacerlo de la manera adecuada, porque…

¿Se pueden poner «condiciones» a la felicidad?

Es de presumir que todas las personas aspiramos a que la vida nos brinde la felicidad. No nos equivocamos al quererla, sino sencillamente en el modo en que la buscamos. Se yerra, podemos decir, al querer imponer las condiciones de la felicidad, al pensar que se pueden dictar condiciones a la existencia humana, porque a la vida no podemos dictarle las reglas que se nos antojen, y menos aún cuando de la felicidad se trata. Nadie encuentra la felicidad con categorías impuestas por él. Sólo la lograremos si actuamos de acuerdo con las condiciones en las que ella se nos da según la vida misma. Nosotros no podemos obligar a la vida a que nos proporcione la felicidad; la vida, con sus leyes, está dispuesta a dárnosla; pero hay que acatar esas normas, hay que jugar de acuerdo con las reglas... Si se aceptan, puede tenerse una fundada esperanza de la felicidad; si no, no.

Efectivamente y así lo creo, nuestro derecho inalienable a la búsqueda de la felicidad está grabado en el ADN de cada individuo. Y no sólo está grabado en nuestro ADN sino que los mismos individuos lo hemos grabado en algunos documentos tan importantes como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica: “Sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”

No dejemos que pase más tiempo, comprometámonos desde hoy a ser libres… a ser realmente libres. Y comprometámonos con el corazón. Debemos escribir en nuestro interior este objetivo de vida para que nunca lo olvidemos, y así todo aquello que hagamos, recordaremos que debe contribuir a nuestra felicidad.

Y, llegados a este punto, surge la pregunta que nos hacemos a nosotros mismos: ¿Cómo podemos ser felices?

Esa es una  pregunta equivocada. La pregunta correcta sería esta: ¿Cómo podemos crear algo más significativo para los demás y así poder ayudar a otros? Así llegaremos a ser verdaderamente libres y verdaderamente felices. 

Tampoco deberíamos olvidarnos y por ende tendríamos que tener en cuenta que para ser feliz es necesario sufrir ocasionalmente con nuestras propias decisiones. Porque… la felicidad no es necesariamente paz: la paz excesiva puede ser aburrida, vacía, llega a entristecer y puede hacernos perder el sentido de la vida. Se puede efectivamente disfrutar de la paz durante un tiempo, pero nunca se podría vivir así y ser feliz para siempre, porque la felicidad también es movimiento. Ya lo dijo el gran escritor Shakespeare: “Las cosas ganadas están terminadas; la alegría del alma yace en el hacer”. La felicidad es pues hacer cosas, tener proyectos, estar en todo momento eligiendo, equivocarse, sufrir por no haber sido suficientemente buenos en algún momento y poner nuevas metas para superarlo. El sufrimiento nos va marcando metas nuevas, tiene la virtud de hacernos más fuertes siempre que nos permitamos aprender de él y usarlo. La felicidad es intentar alcanzar cosas que nos proponemos, expandirnos, crecer, crear, sentir que exploramos nuestras posibilidades, que no nos conformamos. Todos experimentaremos serias adversidades. Ninguno de nosotros las buscamos, pero son parte de la vida. En realidad somos más fuertes y duros de lo que podamos pensar, pero le tememos más a lo que nunca hemos experimentado. Deberíamos aceptar la adversidad como una lección de humildad. Utilicemos estas reflexiones como recordatorio para estar agradecidos por lo que tenemos. Como dice San Pablo en la Epístola a los romanos: «La tribulación produce la paciencia, la paciencia una virtud probada, y la virtud probada la esperanza». (Rom 5: 3 y 4). 

Llegados a este punto, la creencia religiosa es una elección puramente personal. La creencia en un Dios permanente, que nos espera en el cielo después de la muerte, y en el deber de servir a otros, parece ser el mejor antídoto para la raza humana, propensa al egocentrismo y demasiado enfocada en los placeres efímeros. La creencia en el cielo infunde esperanza. Hasta los investigadores científicos más agnósticos han descubierto que una conexión con lo trascendental conduce a una mayor felicidad, satisfacción y realización personal.

En este año de celebración del V Centenario de Santa Teresa podíamos recordar el célebre poema. ¿Quién no lo conoce? Lo hemos leído de letra suya, más o menos imitada. Lo hemos cantado musitando su música sedante. Cuántas veces hemos repetido sus versos en grupos de oración, haciendo espacio al silencio de todos. En momentos difíciles se lo hemos insinuado al amigo: mira que todo se pasa! Nada te turbe, decía Santa Teresa. Que Dios está por encima de todo… Es tan breve el poema, que apenas ocupa espacio. Lo reproduzco una vez más, para leerlo pausadamente y desgranar uno a uno la espiga de sus versos:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
¡Sólo Dios basta!

Y más adelante también escribe: “He cometido el peor de los pecados: quise ser feliz, cuando realmente sólo Dios basta".

Y para terminar mis reflexiones y a modo de resumen leed lo que escribe Albert Camus a propósito de todo lo anterior: “Puede que lo que hacemos no traiga siempre la felicidad, pero si no hacemos nada, no habrá felicidad”.

 

Y ahora una de mis aficiones:

Un hombre de cierta edad fue a una clínica para hacerse curar una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y mientras se curaba, el médico le preguntó qué era eso tan urgente que tenía que hacer.

El anciano le dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer, que vivía allí. Llevaba algún tiempo en ese lugar y tenía un Alzheimer muy avanzado.

Mientras le acababa de vendar la herida, el doctor le preguntó si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.
—No —respondió—. Ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.
—Entonces —preguntó el médico—, si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?
El anciano sonrió y dijo: —Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella.


Hagamos felices a los demás. Ese debe de ser nuestro objetivo en la vida

Os quiere

Elio.

Julio de 2015