La Cita 2015



Mis queridos amigos de la Quinta del 59¡¡¡¡¡

Hoy tenemos distintas opciones para hablar de cosas diferentes. Pero me voy a limitar a una, a las citas. A nuestra primera cita y a nuestra cita última.

 

 

Nuestra primera cita:

Aquel día amaneció tranquilo, de forma lenta, sin prisas y con velocidad pausada, pues iba a ser un día muy largo. Era aquella una mañana otoñal, de cielo azul, bajo el que planeaban pequeñas y dispersas nubes blancas, acarreadas por la fresca brisa procedente de los cercanos montes del Teleno. Era aquella una mañana clara de mediados de octubre de 1.959.

No nos conocíamos de nada y ese día nos fuimos descubriendo. Llegamos por primera vez al Seminario y, teniendo en cuenta nuestra edad, nos encontrábamos algo solos e inseguros ante una realidad inminente, desconocida.

Nuestra primera mirada era de tanteo, de estudio desde la distancia. A la segunda mirada podías añadirle una tímida sonrisa, un acercamiento, y es cuando comenzaban a cambiar las cosas.

Formamos un grupo que duró años de convivencia, de esforzado estudio; internos y bastante revueltos. Pasamos juntos muchos buenos momentos. Seguramente algunos malos, pero el cerebro, por motivos prácticos, tiende a borrar los malos recuerdos.

Trascurridos unos años, la mayoría comenzamos a descender del árbol y a emprender caminos y rutas diferentes. Así permanecimos muchos años, sin contacto.

 

Nuestra cita última:

Recientemente, a alguien se le ocurrió la idea de reencontrarnos, y periódicamente celebramos una reunión de confraternización, a la que algunos acuden desde lugares muy distantes. Y qué buen rollo se observa¡¡¡ Se nota la camaradería, las sonrisas son nobles y sinceras, las palabras amables, las miradas claras...

Nuestra última cita fue el 7 de agosto pasado y para mí fue de una gran satisfacción. Por vuestra presencia y por el entorno.

Desde mi bajada del árbol, no había vuelto a entrar en el Seminario, y me causó una agradable sensación. Me sorprendió muy positivamente la libertad que nos brindaron para recorrer el Seminario y tenía la sensación de encontrarme como en mi casa. 

Subir y bajar por sus tres escaleras, recorrer pasillos, buscar las que fueron mis habitaciones. Recorrí pasillos en busca de mi habitación individual y la encontré. Permanece igual, estrecha y luminosa; pequeña cama y diminuta mesa, con su ventana dando al patio interior, donde permanece firme un ciprés, no sé si será el mismo. En la mente se me imprimieron olvidados recuerdos y me encontraba rodeado de una agradable sensación. Fue mi lugar de estudio, mi espacio para el descanso, mi rincón para soñar. En muchas ocasiones continué en esa cama mientras la mayoría bajaba a oír misa. Como en los bancos de la capilla teníamos asignado siempre el mismo lugar, me preocupaba que desde el coro notaran el hueco que formaba mi frecuente ausencia. Como no tenía reconocimiento de mis pecados, tampoco me planteaba el propósito de enmienda.

 

Mi siguiente meta era musical, y fui directamente a buscarla. En aquella época había cuatro o cinco pequeñas habitaciones, que en su interior atesoraban un piano. En ocasiones, frecuentemente, entraba en una de ellas y, sin tener idea de piano, me sentaba en el taburete y con las dos manos suponía que estaba componiendo una gran partitura musical. Con decisión y convencimiento. Del interior del piano se daban precipitadamente a la fuga infinidad de fusas y semifusas, corcheas y semicorcheas, las cuales se unían a las blancas y las negras, sostenidos y bemoles. Todas ellas se mezclaban en el cerrado espacio del recinto, rebotaban en las paredes y se formaba una alocada algarabía musical. A mí me gustaba. 

Eso iba buscando. Al final de un pasillo encontré un piano. Es de marca extraña y se nota que es claramente antiguo. Su pintura se ve desgastada, envejecida y cansada. Su teclado se nota que ha sido muy manoseado y trabajado. Estoy convencido de que ese era uno de mis pianos, eso me dice mi racional instinto. Me acerco con calma y lo observo. Le levanto la tapa, y, con mucho respeto, acaricio sus teclas con mis dedos.  Sólo hubo caricias, pero nos prometimos que, si nos volvíamos a encontrar, ambos interpretaríamos una fuerte y desordenada algarabía, donde las notas musicales puedan de nuevo trotar por el espacio. Me alejo y, desde la distancia, me giro para verlo de nuevo. Allí seguía firme, y me dio la sensación de que ya estaba comenzando a esperarme. 

 

Me llamó mucho la atención el Aula Magna. No ha cambiado nada. La vi muy magna, muy señorial, con su madera. 

 

¿Y los claustros? Perfectos, impolutos, suelo noble, columnas y arcos de piedra, de aspecto monacal, con sus dos singulares patios. En aquellos tiempos yo no los valoraba tanto y los recorría como si fuera el pasillo de mi casa. Recuerdo cuando en los ejercicios espirituales dábamos vueltas y vueltas por los claustros, en silencio y siempre juntos. Se supone que debíamos reflexionar y meditar, pero nunca supe bien en qué. Sí reflexionaba sobre la distancia que había entre los distintos radiadores de la calefacción para con el roce calentar las manos y debilitar la fuerza del invierno.

 

 

No quiero olvidar la capilla, la vi como más pequeña. Lo que más me impresionó fue la canción Salve Madre, cantada por todos. De todas las canciones de entonces es la única que me dice algo, que me emociona. Me crea un estado de ánimo especial, muy íntimo y lleno de sensaciones. La cantamos todos juntos muchas veces y siempre en circunstancias especiales. 

 

Me gustó pisar de nuevo el gran patio de recreo, de juegos. Y miré hacia la zona donde jugábamos al balón-tiro. Los balonazos contra el pecho hacían que vibrara todo el cuerpo, que se congelara el aliento, especialmente si procedían de alguien mucho más grande o que te sacara cinco o seis años, que los había. Detener un balonazo de esos contrincantes te satisfacía más que si era de otro de tu calibre.

 

Luego vino la comida. Y, más que la comida en sí, lo importante fue la confraternización entre todos y el buen rato pasado.

 

Finalizando, os diré que hice alguna grabación de vídeo, sin muchas pretensiones ni ánimo artístico. Inicialmente para mi uso personal, sin intención de publicarlo. Pero finalmente he caído en la tentación de hacerlo, porque pienso que os puede gustar. Odio especialmente subir a internet imágenes propias actuales e identificables, y es la primera vez que lo hago. Pero si os saco a vosotros, yo no tengo ningún derecho a esconderme. A todos os he sacado por el lado bueno, para que os veáis guapos e interesantes.

 

He querido expresar mis sensaciones de ese día, y os pido disculpas por ello. Sé que os he largado un discurso muy largo y un rollo difícil de digerir; pero también es largo el vídeo que sigue a continuación, y sé que os lo vais a comer enterito. Espero que os guste.  

(Para evitar que se solapen la música de fondo de esta página y la del vídeo, esperad a que finalice la primera, que dura justo el tiempo de leer el "rollo", para iniciar la reproducción del vídeo).

(El vídeo está editado en calidad HD. Si no lo veis con calidad suficiente a través de Telemarañas, entrad a YouTube, en el canal Telemarras. Aparecerán varias carátulas de vídeos y un icono con el  nombre de herminio omaña. Pinchad ese icono y aparecerá también la carátula de éste -Reunión 2015-, y ya lo podréis ver en óptima calidad.)

 



 

Un saludo multitudinario.

José Benito
Noviembre 2.015