Presentando un libro. Iglesia de Zacos. Homenaje a Eugenio de Nora


LA  CEPEDA VIVIDA 



Al fin ha accedido nuestro compañero a ofrecernos una aportación significativa de su abundante cosecha: 

Se trata de la transcripción de la portada y las páginas 29, 30 y 31 de su libro, publicado en 1997 y dedicado, como casi todos los suyos, a su tierra "natal" de La Cepeda, de la que nunca se ha despegado salvo temporalmente y por razones de estudios. 

En él se dedica a "escogollar" vivencias culturales, leyendas, tradiciones y retazos históricos muy de su entraña. Aquí anda "arrañando grijos" y bateando por las miédulas romanas para obtener oro del "cascajo" de las rañas cepedanas.

 


Villameca (Cueto San Bartolo y pantano). Escarpizo

 

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      Hay mesones, tabernas y ventas muy concurridos en otros tiempos por atravesar por aquí la calzada de Astorga a Cangas. Hoy se ve poco movimiento.

 

      Más arriba está Samario, nombre que parece hebreo y significa “guarda”. Por el valle de Samario se encuentran minas de carbón y puede llamarse “el valle de las cerezas, principalmente en Ponjos, donde abunda extraordinariamente esta fruta”.

 

      En nuestros días la fiebre del oro, envuelta en una gran polémica, ha retornado al lugar.

 

      Para estas operaciones se trajo el agua del río Ponjos. Los canales, cuyo trazado se puede reconocer aún, serpentean según la inclinación del terreno hasta conseguir un determinado desnivel y una adecuada velocidad del agua.

 

      El libro Cuentos en Dialecto Leonés propone una serie de teorías sobre estos canales, con el pretexto de transmitir leyendas.

 

      Los canales romanos tenían casi siempre unas medidas fijas. En caso de que discurrieran por tierras blandas o escarpadas, se reforzaban con piedras o losas. Desembocaban en amplios estanques donde se almacenaba el agua que, más tarde, se soltaba de golpe.

 

      Los esclavos cavaban una capa de tierra que después era arrastrada por el agua de esos estanques. El agua y los materiales más pesados se iban depositando en los lavaderos sobre las urces, piornos y retamas colocadas para esta operación. Posteriormente los cantos rodados se apilaban en montones, que aún podemos apreciar en nuestros días.

 

      Esta operación, denominada arrugia, repetida día tras día y año tras año, desgastaba los terrenos hasta modificar sustancialmente el relieve y los paisajes.

 

      En las médulas de Villaviciosa quedan grandes barrancos rojos, similares a los grandes surcos o a la huella de un “peine” gigante.

 

      Gran cantidad de materiales arrastrados se iban depositando en los valles, llegando incluso a desviar el curso de los ríos.

 

      Como es lógico estas tareas precisaban de cientos de esclavos que, según se cree, vivían en Villaviciosa. Igualmente había un número de soldados encargados de vigilar las explotaciones y custodiar el oro extraído. Las leyendas indican que los indígenas atacaban a los “transportadores del oro” con el fin de apoderarse del precioso metal. Según la tradición en Villaviciosa estaba ubicada la cárcel romana.    

 


 

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      Paralelamente existían fundiciones para realizar las últimas acrisolaciones del oro o para construir armas y utensilios de trabajo.

 

      Escuredo tuvo un tipo de explotación aurífera con galerías interiores. A este lugar se le llama “La Cueva de La Braña”: “Si no hay oro en las médulas de La Braña, no hay oro en España”.

 

      Recientemente descubrimos la Corona de La Veguellina. Se trata de un sistema de explotación similar al utilizado en las coronas romanas de La Maragatería. Tiene grandes proporciones y se cree que en su cima hubo asentamiento.

 

      Respecto de la corona romana de La Veguellina, se reconocen perfectamente los inmensos estanques en donde los romanos acumulaban el agua que más tarde produciría el desgaste de la montaña y facilitaría la extracción del oro. El agua venía de Villarmeriel.

 

      Los esclavos de las médulas se alimentaban con pan de bellotas, puré de castañas, leche de oveja, carne de cerdo, etc. Se cree que los romanos trajeron la planta del castaño. La cocina romana preparaba distintos platos con castañas.

 

      En Roma, las castañas constituyeron un plato favorito para las clases modestas y para las adineradas. La distinción entre este alimento de ricos y pobres, radicaba en el aderezo y en la presentación de los mismos.

 

      La Edad Media, origen de muchos platos típicos, y fuente de sabiduría sobre conservación de alimentos, también ofreció recetas sobre las castañas.

 

      La fruta del castaño es un alimento nutritivo, comparable en cierto sentido, al trigo. Por esta razón las castañas fueron llamadas “pan de los pobres” o “pequeño pan”.

 

      Este fruto aumenta la resistencia al esfuerzo y es tónico vascular y nervioso; mejora la secreción de la leche en las mujeres lactantes.

 

      Las castañas pueden transformarse en puré, regado con leche de cabra o de oveja, en torta mezclada con miel, o en bombones de lujo.

 

      En el pueblo de Villaviciosa, cuyos montes se funden con los de La Cepeda, se pueden ver castaños centenarios.

 

      Para hacerse una idea del grosor de estos árboles bastará con relatar el hecho siguiente: en el interior de un  castaño hueco celebraban los mozos los pisos o despedidas de solteros. Cabían sentados, alrededor de una mesa, todos los mozos del pueblo.

 


 

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      Tanto en Villaviciosa como en La Cepeda hubo bosques de robles. Para darse cuenta de la magnitud de estos árboles, solo hay que mencionar lo ocurrido con uno de ellos destinado a construir una casa.

 

      Se trataba de un ejemplar que no podrían abarcar entre tres hombres. Una vez que el roble fue cortado en roldos, trataron de cargar el roldo más grueso en un carro de bueyes.

 

      Afanados en la tarea de cargar, no se dieron cuenta de lo que podría ocurrir cuando el roble se apoyase en la parte trasera del carro. Su sorpresa resultó mayúscula al comprobar que el carro se empicaba y que los más forzudos bueyes de la contorna quedaron suspendidos en el aire como si de pájaros se tratase.

 

      En Agosto de 1922 “La Crónica de León” organizó un concurso de cuentos regionales. El cuento premiado habla de la historia de un bosque de castaños, sito en Villaviciosa de La Ribera.

 

      Esta narración constituye una bella excusa para que el autor nos cuente la romanización de la zona. El citado cuento fue recogido en Cuentos en Dialecto Leonés, páginas 117 y siguientes.

 

      … “Uno de los pergaminos era la escritura de propiedad de un precioso bosque de castaños, situado en la antigua Regos, hoy Villaviciosa de La Ribera”.

 

      Señala el relato que cuando la comitiva llegó hasta la estatua de Júpiter Candamo (Candamia), se destacó un correo que llevaba recado de que Apolonio y su hija Corunda se dirigían a la villa de Regos “a donde iba destinado el legado, tomando al propio tiempo a su cargo la explotación de las famosas minas de oro de las Médulas… allí situadas”.

 

      Después de presentar credenciales en León salió hacia el monte de Mercurio denominado Tro-viacco (Trobajo), prosiguiendo viaje a Monte-Jous (Montejos). Desde este punto caminaron hacia Carrizo. “Aquí cruzaron el río por un puente romano llamado Juliano”… Por la orilla del Órbigo “siguieron hasta Regos en donde un verdadero ejército de esclavos españoles y extranjeros se postraron humildes a los pies de Apolonio”.

 

      El cuento dice que en esta Villa se iban acumulando inmensas riquezas auríferas extraídas de las médulas.

 

      Según algunas versiones, la hija de Apolonio se enamoró de un esclavo.