INGRESO EN 1959


 

En febrero de 1959, en el amanecer floral de aquel año, en una inicial e ilusionante primavera, se le ocurrió al futuro curilla decirle a su padre:

- Si aún estoy a tiempo de ir a estudiar, lo haría.

El padre le miró cruelmente, pues no era la primera vez que el curilla se desdecía de tal promesa, y le contestó:

- ¿Sin vuelta atrás?

- Sin vuelta atrás. - Le contestó el curilla.

Y todo quedó en un violento silencio, cada uno rumiando sus desafiantes posibilidades. “A ver, qué se cocerá en el túnel del tiempo”, pensaba el curilla, cuyas ganas de dejar su durísimo mundo del campo no eran excesivas. Era un desafío a su padre en toda regla, pero mal calculado. El padre estaba hastiado de que el curilla no le obedeciera en la construcción de su futuro, el estudio.

Y, como todo llega, en el morir del verano de 1959, un día, antes de cenar, muy serio el padre, con su madre atentísima y el curilla asustado, levantó su ronca y poderosa voz y dijo:

- El día tres de octubre ingresarás en el seminario de Las Ermitas a estudiar para cura.

No había vuelta atrás, por lo que el curilla respondió:

- Vale.

 

Esto era el diez de septiembre, y el padre le hizo saber al curilla:

- Hemos de comprar y marcar ropa, como camisas, pijamas, pantalones, zapatos, etc.

- Vale. - Contestó el curilla.

Llegados al tres de octubre de 1959, al escampar de la noche, casi ya sin estrellas, el padre y el curilla montaron en el único autobús, camino de Las Ermitas. “El coche de línea” - en denominación popular - salía del pueblo a las ocho de la mañana y regresaba a las ocho de la tarde.

El curilla estaba derrumbado, no quería ir; pero no podía volverse atrás. Miraba  por la ventanilla cómo el autobús rompía el silencio matinal, cómo lloraban los árboles al soltar sus hojas envejecidas y escarchadas, cómo los prados emanaban tristeza por su blancura amenazante del invierno. Dejaba en un atrás, ya inexistente, sus ilusiones de vaquero, de ovejero, de plantador de verduras típicas, de castañero... Todo se esfumaba.

Cerca de Las Ermitas, vio el pueblo. No se distinguía el seminario. Era un pueblo enmarcado por un prodigioso paisaje: montes, río, bancadas de viñas, chimeneas humeando, pedruscos colgados cual espada de Damocles encima del pueblo.

Y, pensando, pensando... llegaron al apeadero de las Ermitas, lugar muy conocido del padre, donde contaban con ciertas amistades.

- Y ahora ¿qué hacemos hasta las cinco de la tarde? - Se preguntaron los dos, y he aquí que salieron de la casa de enfrente cinco personas, entre las que se encontraba el señor Pedro Pérez, de Santa Cruz, amigo del padre. Saludos, preguntas por los amigos, por la familia, por los hijos, a lo que el padre le dijo:

- Pues vengo a traer el chico al Seminario.

- ¿Y quiere ir? – Preguntó el señor Pedro.

- Sí, sí. -Contestó el padre.

- Me parece muy bien. - Dijo el señor Pedro y le aconsejó al curilla:

- Estudia mucho.

El esñor Pedro les invitó a comer en su casa, a eso de la una, y se fue hacia Santa Cruz. El padre y el curilla, mientras hacían tiempo hasta la hora de comer, decidieron subir al alto de la montaña, entorno conocido por el padre, donde el muchacho habría de jugar al fútbol con todos sus futuros compañeros, durante su estancia en el Seminario.

 

Subieron camino arriba hasta la cumbre, se sentaron, comieron el bocadillo y filosofaron un rato. El padre le explicó lo que se veía enfrente: el macizo de Manzaneda; pueblos importantes como Soutipedre, San Miguel y Manzaneda; la montaña de esquí en Manzaneda; las tierras de las castañas…Y así entretuvieron el rato. Después le hizo mirar al fondo, donde decía que había un rocoso, profundo y bravío río, pero que no se veía; le señaló el peligroso camino de la otra parte del río; la montaña, donde estaban, que está encima de las Ermitas, pero le dijo que no se asustara:

- Cuando estemos allá abajo, parecen desprenderse las piedras, pero no suele pasar. ¡Claro que como pase...!

Después de la linda, generosa y profunda charla, bajaron hasta la carretera para ir a comer a Santa Cruz, a casa de su amigo, y, a eso de las cuatro de la tarde, volvieron para hacer entrega del curilla a los CURAS, de ley. Caminaron la cuesta abajo, fijándose en el esculpido paisaje, en dirección al profundo y silencioso pueblo de las Ermitas.

Bajando por el camino empedrado, el padre le hizo examinar la estación decimotercera del VIA CRUCIS. El curilla miró a aquel hombre destruido a crueles golpes, a tamaño natural, al que lo bajaban de la cruz, ya muerto, en la soledad aterradora de la caseta, con el corazón rasgado. Todo resultaba funesto.

Arrepentido el curilla de la promesa irreversible, siguió bajando y escudriñando el contenido de cada caseta. Al final del recorrido, se habría declarado a sí mismo, en silencio, culpable de la muerte de aquel hombre y de todo lo que hiciera falta, con tal de poder retornar a su pueblo.

El curilla siguió observando las viñas castigadas ya por el otoño, con las cepas casi desnudas de sus hojas por la proximidad del invierno, aquellas montañas mal encaradas y azotadas por el viento con grandes pedruscos semicolgados, que aterran y amenazan llevar todo a la eternidad, destartalando las esperanzas del curilla de salir vivo de allí. El Bibey seguía su empedrado camino, dispuesto a recibir cualquier ruina que se produjera a su alrededor. Era un consuelo que todo pudiera terminar en el río. Esa era la filosofía del curilla hasta la llegada a la puerta del Seminario, a eso de las cinco de la tarde.

El curilla, espantado de lo visto hasta ese momento y a punto de dinamitar su promesa irreversible, llegó con su padre ante de las rejas de grueso hierro, pinchos al cielo, puntiagudos y de diámetro intenso, difíciles de superar… Pasaron la puerta y, treinta pasos más adelante, los recibió un CURA, de ley. Como ya se conocían, se saludaron y tuvieron una pequeña conversación formal:

- ¡Buenas tardes!

- ¡Buenas tardes!

- Bueno, pues... aquí le traigo a JUANITO. A ver si logramos que sea sacerdote.

- Muy bien. ¡Dios lo quiera!

- Pues... estas son sus cosas.

- Que las coja JUANITO. Ahora lo llevaré a su dormitorio.

- Pues... nada más. Espero que sea un buen chico y que aprenda mucho.

- Para eso viene.

- Estaremos en contacto. Me tengo que ir a coger el autobús de línea.

Se dieron la mano.

JUANITO allí se quedó. El CURA, de ley, Don Gonzalo, le condujo al dormitorio del primer rellano, cama 69.

- Tú harás lo que hagan los demás – le dijo Don Gonzalo - y todo será muy fácil.

Éste fue el único consejo.

Allí se quedó el curilla entristecido, seriamente abrumado, infinitamente empequeñecido, observando la llegada de los demás.

 

PD: Ésta es la historia de un seminarista que cursó primero y segundo cursos, tal como recuerdo que me la contó él en la fiesta de Corzos en verano de 1966. No se llama realmente JUANITO. No lo pasó bien en el seminario. Era algo testarudo y duro de mollera y eso era “zona de peligro” en las Ermitas.

¡FELIZ AÑO 2016!

Luis Diéguez
28 de diciembre de 2015 - Día de los Santos Inocentes.