Gracias al “Cauce seco del río”


 

 

Y mira que yo le aconsejaba: “No debes insistir tanto. Las aportaciones a Telemarañas no deben ser tan frecuentes, ni tan abundantes; deben distanciarse. No es saludable parir a tanta velocidad. Corremos el riesgo de que la tierra se fatigue, que llegue a cansarse y deje de dar fruto”.

Y llegó un momento en el que se hizo el descanso. No sé con certeza a qué fue debido, pero apareció la pausa.

 

 

Visitaba día tras día Telemarañas. No surgían nuevas aportaciones.

Esta ausencia de participaciones me inquietaba. Estaba preocupado:

- Tienes que llamar al casero, jefe del huerto -. Coreaba con insistencia mi pensamiento.
- Aparecerán, aparecerán -. Así de escueta era su respuesta.


Fueron cerca de tres meses de ausencia “telemarañera”.

No me daba cuenta de que estábamos en invierno y la tierra, en esta estación, ni se labra ni da fruto.

 


Y apareció la primavera.

Y rebrotaron los pensamientos.

Y, de nuevo, se hicieron letra los recuerdos.

Me gusta cómo lo dices, Almanza, y me gusta cómo lo escribes, Almanza. Me hechiza ese guiño rebeldoso, esa pizca de resistencia que frena, que casi impide exteriorizar lo que nos ha aportado el hecho de haber vivido allí; que se resiste a mostrar o reconocer aquello que continúa pulsando, latiendo entre nosotros. Es que, en definitiva, se desee o no, se acepte o no, el pasado está entre nosotros, compañeros.  ¡Vaya si está! Efectivamente, ”…tampoco hay que se pasar”, a lo que yo añadiría: “…pero hay que saber llegar”.

 


Porque, como dice José Benito en su disertación sobre “Los tiempos”: “somos lo que somos por nuestro pasado…” Y yo me atrevería a añadir: “…porque el pasado es la madre, es el padre del presente y es la abuela, es el abuelo del próximo devenir”.


Porque no puedo olvidar “Los olivos de Las Ermitas”, ni puedo arrinconar “Las rocas de Las Ermitas”, a los que con tanta belleza y ternura canta nuestro compañero-poeta F. Barrio.

 


Porque no puedo olvidar los recreos en aquel patio fortificado del seminario de Astorga, de muros gigantescos, semejante a una fortaleza, de entre cuyas piedras, entremezcladas con fina argamasa, manan todavía hoy los ecos sumisos de nuestras risas, de nuestra disciplinada algarabía…

 


Porque no puedo olvidar el pasado.

Porque no quiero olvidar el pasado.

Porque desearía poder llevar la contraria al fascinante Rabindranath Tagore, cuando afirmó: “Nadie da gracias al cauce seco del río por su pasado”, ya que nosotros, a poco que hemos raspado en su lecho, hemos encontrado la humedad del agua que, en su día, empapó nuestra mente ayudándonos a crecer.

 

Porque el agua del río sigue fluyendo en nosotros.

Por esto, en otra ocasión, intentaré mostrar alguno de los recuerdos risueños – las “benditas alegrías” - de mi pequeña colección (llamémosle nostalgia) que nos permita rumiar alguno de aquellos buenísimos momentos.

¡¡Gracias, muchas gracias, PASADO!!

 

 

 

 

Ángel P.

 

Mayo, 2016