Gozoso encuentro de amigos,
disfrutado desde la distancia de meses.



 

        Al disfrutarlo en el pasado mes de agosto, prometí escribir mi comentario y mis impresiones sobre el encuentro al que un grupo de antiguos alumnos me invitaron, pienso que con la  buena y laudable intención de evocar juntos experiencias disfrutadas o padecidas cuando iniciaban sus estudios en el Seminario Mayor Diocesano y uno se esforzaba  por acertar a señalar dirección, ritmo y horizontes en la siempre ilusionante tarea de  forjar y ayudar a consolidar la personalidad y la preparación del espíritu  para dedicar la existencia a tareas tan importantes como la de ser animadores del progreso y de la perfección del mundo en el que nos ha tocado vivir.

        Han pasado muchos años desde aquellos en los que se produjo la convivencia educativa, intelectual y espiritualmente, con aciertos y con equivocaciones, con luces y con sombras, con satisfacciones y con fracasos (no siempre reconocidos y quizá tampoco debidamente aceptados y corregidos).

        Cuando nos conocimos y convivimos, estos alumnos eran jóvenes de aspiraciones exuberantes, inquietos, buscadores, a la vez creadores y receptivos; pero sin horizontes definidos: ni para saber cuál era su  vocación, ni para acertar a asumir su compromiso con la vida futura y con las tareas que a cada uno le tocaría desempeñar en su existencia. Y el paso de los años les fue marcando caminos a todos y a cada uno, sacerdotes algunos y múltiples y diversas profesiones civiles y sociales para la totalidad. 

        Los formadores invitados a este encuentro del año 2015, en el Seminario Diocesano de Astorga, supimos y comprobamos que, desde que tuvieron que dejar el centro en que recibieron su primera formación intelectual, que cada uno culminó en el campo social para el que se consideró mejor dotado, e iniciaron todos su nueva vida vocacional y profesional, fueron capaces de encontrarse con mucha frecuencia, en encuentros anuales, no sólo para no olvidar, sino sobre todo para seguir disfrutando la amistad que la vida les regaló desde niños, adolescentes y jóvenes, en los primeros centros docenes en que se conocieron: Seminario Menor Diocesano de San José (en La Bañeza) y Seminario Mayor de la Inmaculada (en Astorga).

        Y en este año 2015, con la práctica totalidad de ellos disfrutando su jubilación laboral (también los profesores y formadores invitados a este encuentro), algunos de los que todavía vivimos fuimos amablemente invitados a convivir con todos una hermosa jornada de amistad, de gozosos recuerdos, de alegría compartida. Por supuesto que os agradecemos a todos esta generosa decisión y, por mi parte (estoy seguro de que los ya pocos compañeros formadores, también invitados, se unen a este agradecimiento) quiero dejaros constancia de que vale la pena el esfuerzo que os pueda suponer la organización y la realización de encuentros como el también disfrutado por los formadores que no os hemos olvidado. Y os aseguramos que seguimos disfrutándolo mucho, en la distancia de los meses pasados, compartiendo vuestro gozo en la santa Misa concelebrada por alumnos sacerdotes, por  formadores y profesores, y participada y armonizada por todos los reunidos en la misma capilla en la que tantas veces la habíamos compartido, en vuestra niñez y en vuestra primera juventud de alumnos de nuestro inolvidable y querido Seminario.

        ¿Os puedo hacer una sugerencia?: Los que habéis seguido caminos seculares, disfrutáis ¿todos? vida familiar con esposas e hijos, quizá también con nietos: Pienso que vuestras esposas disfrutarán también con todos vosotros estos encuentros, sabiéndose amigas de las esposas de todos los amigos que os reunís. 

        Cumplo con gozo la promesa de haceros llegar, por medio de vuestro boletín informático, mi satisfacción y mi gratitud por vuestra invitación al encuentro de 2015.


        Con sincero afecto de amigo,

        J. Anta Jares

        Mayo, 2016