Aguinaldo del Cascarrabias



 

No me considero el más madrugador del mundo. Es cierto que procuro cada mañana resucitar al nuevo día lo antes posible para aprovecharlo desde la primera hora, porque también es la más fresca de todas.

 

Cada mañana me hago el propósito de ayudar a tanto indigente tumbado en las aceras al amparo de tiendas, panaderías, bares y esquinas de la mayoría de nuestras ciudades de España.

Hasta he intentado asignar una cantidad diaria (cinco euros) como tope máximo, destinado a tanta necesidad económica que puedo detectar. También de cariño y amor, pero sin las necesidades primarias cubiertas, ambos son bastante complicados.

 

Ayer, día 21 de Diciembre, me impactó una curiosa situación: Una madre y sus tres niñas, ambas con edades entre los cuatro y los ocho años, repartían ramilletes de enebro típicos de estas fiestas, con sus bayas blancas, ramitas de pino y la campanita colgando. Usaban para el transporte el carrito de la compra de un conocido centro comercial y tan sólo pedían la voluntad ¡admírense vdes! para poder comprarle unas botas a las chiquillas.

Tener unas botas nuevas por Navidad era el sueño de aquellas tres chiquillas.

¿Cómo puedes negarte a ello si además te cantan al mismo tiempo una canción de Navidad con panderetas recordándote lo que tú hacías de pequeño en tu pueblo recorriendo las calles para cantar a los vecinos y meter a la cesta cualquier obsequio que tenían a bien regalarte? ¡Qué tiempos aquellos!

Les compré tres ramitos, les di diez euros y un billete de lotería de Navidad que hoy he podido comprobar ha sido premiado con 100,00 Euros.

Por eso me encuentro más feliz. Pienso que esas niñas podrán tener sus botas para Navidad, tanto si han vendido todos los ramitos como si no.

 

 

Hoy también he salido a pasear y el espectáculo no difiere en nada del de ayer. Sigue en la misma esquina, acuclillada a las puertas del Eroski, la chica negrita con cara de hambre; el mismo chico negro, grande como una montaña, que cada vez que pasas a su lado te repite como un magnetófono: “Hola, señor, quierocomer tengohambre deme algo”. Si pasas cien veces a su lado, siempre te repite lo mismo. Pienso que no ve a nadie, tan sólo siente necesidad.

Nunca he conseguido animar a mi espíritu para darle ni una sola moneda, como tampoco a la negrita.

A la puerta de la Iglesia, un poco más arriba, están las dos abuelas de siempre. Tienen el sitio fijo y nadie puede sentarse allí, salvo ellas. Cualquier otro sería mirado con mala cara. Tienen la exclusiva religiosa? Lo dudo, pero las cosas son así.

Tampoco nunca han sido objeto por mi parte de limosna alguna.

 

Y es que los humanos nos regimos por unos sentimientos muy semejantes, que afloran en momentos especiales y, en cambio, nos resbalan en otras ocasiones similares, dejándonos completamente fríos. 

 

En estas ocasiones me siento como el Cascarrabias, o tal vez me siento el Cascarrabias. Tal vez sea porque yo soy el Cascarrabias. Pero no soy el único. Ya lo dice muy bien J.J. Feliz: “cualquiera de nosotros puede ser un cascarrabias en cualquier momento”.


Desde la ciudad en que vivo, que no es en la que yo nací, para todos los de la cosecha del 59, comprendidos desde la “a” a la “z”, y desde la “α” a la “ώ”: Las más mayúsculas Felicidades para esta Navidad y el más gratificante Fin de Año y comienzo de uno Nuevo, ya muy próximo y que os deseo a todos como el más duradero en el tiempo.

 

Firmado:

 

El auténtico, aunque no único, Cascarrabias.

 

23 de diciembre de 2014