Excursión desde Astorga (abril del 64)
¡UN DIA FANTÁSTICO EN RIEGO!


 

El veinte de abril del 65, día arriba o abajo hasta que algún diario manuscrito lo contradiga, por la noche, después del rezo del Rosario, avanzó majestuoso capilla arriba don José Anta taladrando el silencio con el tic-tac de sus tacones; subió hasta el nivel del altar y decretó: “mañana vais a ir de excursión (merienda, ahora picnic). A la salida se os darán dos bocadillos y una botella de agua a cada uno. Se saldrá del Seminario a las diez de la mañana y se regresará a las ocho de la tarde. Daréis un gran paseo juntos y allí tendréis libertad para jugar al fútbol, pasear, charlar u ocuparos en alguna otra actividad parecida”.

Miraditas alteradas. Sorprendidos y contentos, todos empezamos a soñar sin límites, por lo que seguimos soñando largo rato aquella noche.

El veintiuno, diana a las siete. Nos lavamos, nos afeitamos - casi todos -, y bien peinados, como de fiesta, bajamos a meditación, Santa Misa, desayuno… y nos dieron las diez, hora de partir a pierna suelta hacia Riego de la Vega, con el sonreír de una brisa primaveral.

Riego de La Vega está a mitad de camino entre la Bañeza y Astorga, en la carretera nacional, creo.

El Vigilante - no recuerdo su nombre, aunque me sugieren que sería don Fernando Yebra, don Pedro o don Celestino - estaba en la puerta principal y nos decía que marchásemos todos en fila, de tres en tres.

Salimos hacia el Este por la calle paralela a la muralla, a la plaza de la Maragatería, justo en la puerta con mirada hacia la carretera, atalaya del valle. Desde allí atisbamos el inmenso manto de verdor primaveral, el cielo azul sobre Astorga y el día con encanto que nos esperaba por delante. El sol ya abrazaba la llanura, los dioses del campo iban a estar con nosotros, ese campo vestido de campiña primaveral, con los pájaros cabalgando en el viento, canturriando sus amores primaverales. Todo esto vino a mis ojos y mente. Al verme libre en aquella puerta, me sentí liberado de toda cotidiana obligación y un aire transparente llenó mis pupilas.

Pasmados de ilusión, seguimos hacia la carretera, de tres en tres. Por ella caminamos y caminamos, casi en tropel militar, durante una hora y media, creo recordar, con ánimos alegres y el runrún del arrastre de los zapatos sobre el asfalto.

Contemplábamos al paso las jovencitas hojas de los árboles, casi recién nacidas, pero vigorosas, y su bailoteo promovido por el aire. Había choperas al lado del camino y castañeaban sus hojas al campanear unas contra otras, produciendo un sonido casi musical, sin corcheas, sin silencios, libres: ¡un regalo!

Seguimos caminando de tres en tres - creo que yo iba con Neira y Avelino -, en animada charla sobre nuestras cosas: que si tal profesor…, que si las manías…, que si los horarios y sus mejoras…, nuestros pueblos…, los exámenes… ¡de pronto resultó que ya habíamos llegado!, -señal de Riego de la Vega-.
 

Paramos y el vigilante nos comunicó que teníamos tiempo libre hasta las 18,30 hh.

Nos seccionamos por grupos, según gustos: la mayoría al fútbol, otro grupo de intelectuales (sólo recuerdo uno, pero no recuerdo su nombre), otro de anacoretas deseosos de estudiar mística teresiana, otro de paseantes, y el mío, el de los humanos. Nadie separó a nadie. La cosa salió por gustos y aficiones.

Nosotros, los humanos, éramos diez, más o menos. No los recuerdo a todos, sólo a Neira, Luis González, Agustín, Vicente, Avelino…, no recuerdo a más.

En las dos fotografías que siguen aparecen varios de los mentados; pero ni son todos los que estuvieron, ni están todos los que fueron ni estos parajes son del encinar de Riego.

Los humanos nos encaminamos hacia un encinar, a unos trescientos metros de la carretera, que me pareció de una belleza sobrecogedora por su olor a primavera, por sus compactos espacios de frondosas copas y por sus grandes calvicies con exuberante hierba verde entre las encinas. Tampoco recuerdo bien cómo lo elegimos, pero sí recuerdo que buscamos un lugar apropiado para gozar de la libertad y prevenir la llegada de bultos sospechosos, como el del Vigilante.

 

Aquel era un lugar fantástico para pasar en amena compañía un día inolvidable: para cantar, para reírse, para contar cuentos, para hablar y hablar… hasta para sestear tumbados sobre la hierba. Era muy grato el momento.

Una vez acomodados, nos dimos cuenta de que nos faltaba algo para complementarlo: las bebidas y el tabaco (hay que beber y fumar cuando se juega a hombres y se celebran los ritos iniciáticos). Así que nos destacamos un grupito, desanduvimos los trescientos metros hasta la carretera, donde había una taberna, y compramos la intendencia: vino, coñac del barato – en botella de litro -, patatas fritas, cigarrillos -Tres Carabelas -, coca-cola, caramelos, agua, etc.

Cuando los expedicionarios nos reintegramos al grupo, los demás ya nos recibieron cantando con los pizzicatos de la mandolina de Luís González y los floreos amuñeirados de la harmónica de Vicente, bajo la batuta, supongo, de Agustín – también pudo marcar el ritmo algún guitarreiro paisano, pero no me atrevo a asegurarlo -.

Con la ventaja de nuestra situación en el campo y cierta seguridad de discreción, con provisiones y la compañía de buena gente, comenzó el animado y generoso día libre. Todo surgió natural, nada forzado; pero cometimos un pecado, un pecado que no era grave ni mortal; era tan sólo una falta leve de templanza (templanza en el beber, claro).

Ya se sabe que el alcohol no guarda silencios ni cumple palabras, lo que nos reportó un problema al final del día. Primero se cuentan historias y se bebe, como los hombres; se pasa a fanfarronear un poco y se sigue bebiendo, como los hombres; luego se come el bocadillo con vino y coca-cola; más tarde se pasa a beber el coñac, como los hombres; y finalmente se comienza a cantar: “paso el río, paso el puente” entonaba Vicente, “siempre te encuentro lavando” seguía Vicente; “el vino que tiene Asunción ni es blanco ni es tinto ni tiene color” a dúo; los “doce cascabeles”; “vivir na Coruña”; “El Ebro guarda silencio, al pasar por el Pilar”; “los Niños del Pireo cantan hoy para ti”, etc, etc, etc. Y seguíamos bebiendo coñac con coca-cola para templar las fatigadas cuerdas vocales.

Creedme si os digo que tengo un recuerdo fantástico de aquel día, de chistes, de cantares, de confidencias, de una gran organización.

Y a esto que dieron las tres y las cuatro y las cinco (en el reloj de la catedral de Astorga; pero en el encinar de Riego no lo oíamos…).

¡Ay, amigos!, después de tanto beber, el mundo gira y gira, y nosotros hemos de volver. Y volvemos; pero ¡cómo volvemos! La salida del encinar no fue fácil, se nos doblaban las piernas, caminábamos torcido casi todos. Recuerdo que a Agustín no se le doblaban sus piernas ni caminaba torcido, estaba íntegro. Además nos teníamos que guardar del vigilante y de los chivatos (¿habíalos, creéis que los había?). De esa forma logramos alcanzar el final de la cola para caminar de regreso. Pasaron el tiempo y los kilómetros -11 kilómetros en línea recta o ligeramente torcida -. Aunque el abrazo de la noche cada vez pesaba más sobre el campo, cada vez veíamos más claro y caminábamos más recto, hasta que sólo quedaba uno que no seguía la línea. No podíamos con él. Yo me llegué a sentir cansado y culpable por los más de tres años de diferencia en nuestra madurez. Todavía no sabía nadie lo que habíamos hecho.

Para entrar al Seminario, metimos al más "colocado" entre otro y yo. No recuerdo quién era el otro aunque sí recuerdo que era alto. Logramos pasar inadvertidos por la puerta donde había dos superiores controlando, que contaban de tres en tres. Por el momento nadie se dio cuenta del problema. ¡Qué alivio! ¡En casa, al fin!

Pero, amigos, cuando el afectado se vio en su habitación, le dio por cantar, gritar, reír…! Yo lo pasé mal hasta que logramos meterlo en la cama y se durmió.

Y este cuento se ha acabado. Mi pretensión era recordaros aquél día fantástico, igual que otros muchos que yo pasé allí. También me gustaría que hiciera retoñar la alegría en nuestras ya añosas almas con alguna sonrisa añorosa en nuestras rugosas caras. Seguramente me habré olvidado de algunos muy buenos detalles. ¡Disculpadme por ello, también yo lo siento!

Lo dicho:

¡FELIZ NAVIDAD

Y PROSPERO 2017 Y SIGUIENTES

PARA TODOS!

Diciembre 2016
L. Diéguez.