Las Ermitas 1959 - 1961 (Comienzo del 1er Curso... Semana Santa...) 



Tal como os había indicado en mi primera entrega sobre Las Ermitas, ya que lo prometido es deuda, y dado que las deudas deben pagarse, aquí están mis billetes del Banco Telemarañas:

 

>>>>> Al tono de seguir investigando en el disco duro de la memoria, hete ahí que llega a mis manos un artículo en el que se rebaten casi todas mis teorías. En él se intenta explicar cómo la tecnología pretende aclarar uno de los más grandes misterios en neurociencia, la memoria.

Como resumen: se nos dice que el cerebro humano, lejos de ser como un disco duro de gran capacidad que clasifica y almacena los recuerdos como si fueran una fotografía, más bien se asemeja a un camión tráiler, podríamos decir también un trastero, repleto de archivos, guardados sin orden alguno y que, cada vez que se recuperan, han de hilvanarse para darles sentido, y que, por tanto, en el momento de hilvanarse, también se modifican. De todo ello, así mismo, es fácil deducir que el cerebro realmente recuerda lo más positivo hacia uno mismo y desprecia lo más negativo. (En román paladino, recuerda lo que supone más interesante para el individuo). 

Red neuronal... pelín ególatra. (Taringa)Ahora ya lo sabéis.  Viendo la chapuza que puede ser nuestra memoria y cómo inventa, cambia y manipula nuestros recuerdos; viendo la variedad de sesgos y la tendencia a recordar sólo lo que uno ha hecho mejor y, en cambio, lo peor en los demás, quizás me lo tendría que pensar antes de decir y contar aquello que recuerdo.

En concreto, he llegado a la conclusión de que podría ser que mis recuerdos, que ahora intento plasmar aquí, por muy vívidos y reales que me parezcan, la mayoría sean incorrectos e “incluso falsos”; que, tal vez, nunca hayan existido y, todavía más, que ni tan siquiera yo hubiera estado allí.

No me lo puedo creer. Admito que cada vez que se recuerda algún hecho muy especial, el cerebro lo que hace realmente es reconstruir lo que pasó. Puede que se entremezclen algunos recuerdos y que otros se difuminen y que, por ello, lo que realmente estoy reconstruyendo es parte de un todo. También puede ser que el mismo recuerdo en el cerebro de otro compañero, que haya estado presente en el mismo sitio y al mismo tiempo, sea distinto del mío y que, al ser recordado por el otro, nos llevemos una gran sorpresa en la apreciación de cada uno. Sin embargo es bastante difícil de asimilar el hecho de que mis recuerdos no sean más que una serie de reacciones químicas entre las moléculas de una neurona e impulsos eléctricos entre neuronas que se activan formando redes que son las que van a componerlos y diversificarlos. (Me recuerda el chiste del gran humorista catalán Eugeni: “Pero al quesu, que se ve perfectamente que es quesu y que además sabe a quesu y huele a quesu, ¿cómo puede ser que los franceses le digan fromatge”?)

Tal vez sea así; pero lo que está fuera de toda duda es que para recuperar estos recuerdos sí se necesita algún tipo de correa tractora, como una especie de “gancho” que ayude a tirar de ellos. Y en nuestro caso ese gancho ¿cuál es? Está muy claro: todos vosotros sois el gancho, vuestros escritos que enganchan, vuestros ánimos que arrastran y también los recuerdos de cada uno que siempre suman y suman…

Con estas elucubraciones se me va el santo al cielo

Por dónde habíamos quedado? …Ah, sí¡¡¡...


El verano de 1959 está tocando a su fin. El chiquillo tiene once años (en el último recuerdo, y ya veis cómo puede fallar la memoria, había escrito nueve años) y en diciembre va a cumplir los doce. Desde el mismo día de su nacimiento nunca ha conocido ningún otro lugar, ni más cercano ni más alejado, que la aldea natal -Córgomo-.

Y para que os enteréis de cómo es Córgomo os voy a enganchar la descripción que se hace del pueblo en un archivo recuperado en la parroquia y del que desconocemos su datación por el pésimo estado en que se encuentra: 

Iglesia de Santa Marta (caminoatlantico.blogspot)>> Es Córgomo una feligresía de extensión aproximada (17 leguas) perteneciente a la provincia de Orense y diócesis de Astorga. De ventilación libre (400 m. sobre el nivel del mar) y clima saludable (así se describe en su historia). Tiene una taberna – el bar - y una escuela de primeras letras pagada por los padres de los niños que a ella concurren y una fuente a la salida del pueblo para surtido del vecindario. Tiene una Iglesia dedicada a Santa Marta y junto a la Iglesia un cementerio que no perjudica a la salud pública. Sus aguas dan impulso a 8 molinos harineros y riego a muchos prados. Sus montes están llenos de buenos pastos para el ganado, leña para combustible y maderas de abedul, roble y castaño para edificios. La parte cultivable, en particular las huertas, son de buena calidad y muy fértiles. Los caminos locales están en mediano estado. Produce trigo, centeno, maíz, castañas, vino, algún aceite, lino, patatas y otras legumbres. Hay caza y pesca de varias especies. ( Y lo más importante:) POBLACION: 64 vecindad, 321 almas…>>

Toda una capital..¡¡¡¡¡.

Si fuese yo quien describiese el pueblo, lo haría de otra forma, posiblemente mucho más bonita y sin duda más subjetiva, pero no lo habría dicho todo y ahí está todo y eso es realmente todo.

No obstante, Córgomo es algo más que esa simple aldea. En esta descripción no se habla para nada, pues en esas fechas aún se desconocían, de los ahora famosos petroglifos que se catalogan como pertenecientes a la edad de bronce. Igualmente era desconocida la existencia de mámoas o medoñas, <<monumentos funerarios>>, restos romanos de miliarios <<aras dedicadas a los Lares viales o dioses de los caminos>>, y explotaciones auríferas que se sitúan en el lugar denominado Valdegodos. También se desconocían las no menos renombradas cavernas o cuevas efectuadas para la extracción del oro por los romanos allá por el año 170 antes de Cristo. De ahí la denominación de Valdegodo o Valle del oro.

Y si queréis literatura y descripción, ahí va la mía referida a las pocas galerías o balconadas acristaladas que van quedando en el pueblo: yo diría que el tiempo se detiene a tomar el sol entre sus rotos, viejos y renegridos cristales.

Ahora ya va pareciendo un pueblo de verdad¡¡¡

 

Pues bien: A don Luis Hernández Mena, a la sazón el maestro, el chiquillo le parecía un alumno aplicado. Eso era al menos lo que él siempre manifestaba a la familia. Don Luis, de origen zamorano, ya anteriormente había ejercido en la escuela de Fabero (León), municipio que casi todos debéis de conocer. Ahora cumplía como maestro – de chicos- del pueblo (en el pueblo también había una escuela de chicas y su maestra era Doña Carmen, casada con Don Pepe, que era el maestro de Portela de Córgomo). Don Luis era soltero, bueno, honrado y muy religioso, entendiendo por tal su asistencia a misa todos los domingos y todas las fiestas. Nunca le vi confesarse -puede que ni siquiera tuviese pecado alguno-. También se le distinguía por su especialísima barba, de la que se decía ocultaba algún tipo de cicatriz. Y su atuendo?: siempre el mismo tipo de ropa, tal que parecía que cada día llevaba el mismo pantalón y la misma chaqueta gris-oscuro, como de entretiempo. No podría decir si era alto o bajo, si moreno o rubio; pero sí puedo decir que tenía un pelo magnífico, color gris oscuro plateado, que sería la envidia de alguno que yo me sé. Calaba un sombrero muy formal y siempre llevaba la misma corbata o bien todas las que usaba eran iguales. Los zapatos siempre negros y sus calcetines siempre color azul marino oscuro. Eso sí: todo inmaculadamente limpio. Además, hemos de incluir en su haber que también era un virtuoso tocando el “armonio” -organillo de su propiedad- en las misas solemnes y más anteriormente en las farras de la juventud. (A don Luis ya lo había mencionado anteriormente en mi primer recuerdo).

Algo que ver en todo esto del acceso al seminario también lo tuvo el, por entonces, cura párroco del pueblo (de primer ascenso y de libre provisión), D. Joaquín (nunca recordaré sus apellidos), natural de Astorga.

Patrullaba (así lo indico, pues siempre iba acompañado de alguien, aunque fuese algunas veces solamente de su moto) las parroquias de Córgomo, Arcos, Bajeles, San Vicente y Portela. Un sacerdote, a decir de mi buen amigo el medinense Ricardo, pequeño pero bajito, nervioso, algo desarrapado y con una mala leche enorme como la mayoría de la gente menuda y maragata por más señas, pero al que no se le escapaba ni una. Si te lo encontrabas con su moto por la carretera deberías apartarte porque podría llegar a ser hasta peligroso -¡¡¡apartaaaaos que viene D. Joaquín, gritaba el primero que lo veía pasar¡¡¡??????-

Con todo este entorno a mi favor y nada a qué aspirar en el desarrollo personal, salvo a la vida bucólica, pero muy dura, de un labrador de aquel entonces, y, teniendo en cuenta mi explicación anterior por el fallecimiento de mi tío en Las Ermitas, este chiquillo espabilado se dispone a cambiar el rumbo de su más que apacible existencia hasta ese momento.

 

Ha llegado la hora de abandonar casa y familia. La abuela llora con lágrimas que olían a galletas María untadas de ajo. Mi madre, que no podrá acompañarme ni siquiera hasta el autocar, pues siempre se mareaba casi con sólo ver un coche, no hace más que tratar de arreglar un poco mi camisa (comprada para la ocasión) y el pantalón, confeccionado por mí tío Manolo “El Pitís”, que ostenta el título de sastre del pueblo.

El traslado se hace en la limusina de la comarca, tipo coche de línea, pero en un viaje “charter”; y, después de más y más curvas, dolores en el estómago, canciones (entre ellas era obligatorio entonar la Salve al cruzar el puente de Portomourisco), mareos y cubos de lágrimas, se llega al Cruceiro (nunca podré comprender tal denominación ya que allí ni existe un Cruceiro ni siquiera se trata de un cruce sino un desvío hacia Las Ermitas en la carretera que circula en dirección a Viana do Bolo y A Gudiña. Explico el motivo de tal nombre en el recuerdo anterior, pero no os fiéis).  

Las Ermitas (Sarima-Panageos)Desde allí, al fondo, como una vista panorámica, se ve el pueblo de las Ermitas; aldea diminuta, mecida en las susurrantes aguas del río Bibey y que nunca dejará de sorprenderme. Podéis imaginarla como un lugar algo así como idílico, casi mágico, escondido en las entrañas mismas de Galicia en la provincia de Orense. Una aldea que desprende hacia el cielo olor a hinojo y aroma de olivos, moras, tomillo y romero. En ella, con sólo elevar tu mirada hacia los montes y laderas que la circundan, puedes palpar, ver, admirar y casi sentir cómo una sensación de energía te embarga y te muestra esos secretos que se atesoran en el interior de sus rocas, entre las piedras de su río, los pilares del puente y sus dos molinos.

También se perfila perfectamente el Santuario, monumento lleno de historia y de leyendas desde su construcción por el Obispo de Astorga, allá por el año 1624, y del que casi se hace imposible apartar la mirada imaginándolo como un coloso haciendo un enorme esfuerzo por intentar separarse y elevarse encima de la roca situada a su espalda. Una roca de unas dimensiones casi escalofriantes.

Pero allí está, con sus dos preciosas torres de estilo barroco, perfectamente encuadradas y armonizadas en el conjunto del gran Santuario, cosidas por un precioso hilo conductor que hace las veces de corredor de balaustres.

También destaca, casi invisible desde la distancia, en medio de la plazoleta, como para prepararte antes de entrar al templo, un famoso Cruceiro situado frente al Santuario. En él se puede admirar la imagen de unas calaveras en su base y en lo alto la original escena que tiene lugar sobre la Cruz.

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Y, si la puerta del Santuario está abierta y tratas de entrar, el interior casi sobrecoge. Es como si la historia se hubiese detenido en la misma entrada. El silencio que dentro se puede respirar es tu obligado compañero para poder observar los innumerables detalles que se esconden en su interior y que ahora no puedo ponerme a describir.

Es ya casi de noche y la bajada desde el Cruceiro hasta el seminario se hace prácticamente en silencio. Los bultos, al menos los míos, consistían en una maleta más voluminosa que yo mismo y un colchón enrollado y atado con una cuerda de esparto. Ni que decir tiene que al menos el colchón lo cargaban en un carro que descendía hasta el seminario y que hacía varios viajes hasta finalizar la entrega de toda la mercancía.

Doy por hecho que nadie, en ningún momento, durante la bajada por la empinada carretera de tierra y baches, se dio cuenta de que a un lado de la misma existían unas Capillas abovedadas, la mayoría de ellas construidas en granito, y que, si hubiésemos mirado en el interior de cada una (con excepción de la quinta estación que debido a un desprendimiento que hubo no contiene imagen alguna), con toda nitidez podríamos haber observado la representación de un paso del Vía Crucis en un conjunto escultórico de gran tamaño y en madera policromada.

   

La ruta de este Vía Crucis consta de 15 estaciones y se extiende a lo largo de aproximadamente un kilómetro.

Es la Semana Santa una de las festividades más celebradas en Las Ermitas, que aúna a la mayor parte de la población de todo el contorno Bolés y cuya devoción se extiende por la comarca del valle de Valdeorras.

El Viernes Santo tiene lugar el kilométrico Vía Crucis , único de su género en Galicia y que data del año 1730. Comienza en el atrio del santuario, al pie del Cruceiro, y allí en el mismo atrio se encuentran las cuatro primeras estaciones. El resto de las estaciones están situadas a lo largo del camino que sube al monte llamado “desierto”, acabando el camino en el llano de “la resurrección”, llamado así por estar situada allí la decimoquinta estación denominada la Resurrección.

Es pues durante la Semana Santa y en especial en los actos del Vía Crucis donde se experimenta una de las más entrañables sensaciones de religiosidad de todos los devotos que acuden en masa al Santuario para acompañar los pasos y otros actos tradicionales como el lavarse los ojos en la fuente milagrosa. Existen otras fuentes a lo largo de la ruta de este Vía Crucis barroco no menos interesantes y cada una con su historia. 

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Y, por fin, llegamos al colegio seminario. Todo nos parecía enorme. Por allí corríamos perdidos entre los recovecos de las piedras y de las escaleras, que saltábamos de dos en tres para llegar antes, y los enormes desniveles que produce la montaña. Allí estaban las peñas, por todas partes, como tejidas a las escaleras, a los edificios y a las fuentes. Por encima y por debajo todo eran piedras, enormes piedras. Nos sentíamos como muy pequeños ante tanta inmensidad sin ser apenas conscientes del posible peligro que existía. Creo que en eso ni se pensaba. Todos confiaban en que no podía pasar nada teniendo a la Virgen en el Santuario siempre vigilando, día y noche.

Pienso que el simple hecho de que nunca haya ocurrido desgracia alguna se debe a esta confianza ciega en la Virgen y realmente así ha sido y espero que siga siendo.

Definitivamente hemos llegado a nuestro destino, a este Centro de cultura casi enterrado en el fondo de una ladera gallega, convertido a partir del año 44-45 en Seminario Menor filial del de Astorga, pero que anteriormente fue un colegio de segunda enseñanza más o menos durante unos diez años y ya anteriormente durante el siglo XIX una preceptoría con cátedra de latín y humanidades, en la que se enseñaba latín y filosofía.

Podríamos llamarlo un faro, pero allí abajo, junto al río, deberíamos decirle un molino que transforma en buena harina el grano que hasta él va llegando para convertirlo en pan y alimento de cultura que se expandirá por toda la zona y en especial en la diócesis de Astorga.

Y….Quiénes éramos allí?

Si no recuerdo mal ¡¡ojo con mi memoria¡¡:

Los profesores adscritos eran: D. José Rego, D. Nicasio, D. Victorino, D.Gonzalo y D. Amable (párroco de Santa Cruz, que ejercía como Padre Espiritual).

Seminaristas: Toda clase de chiquillos de entre 11 y 16 años, o quizás más, que procedían de aldeas más o menos cercanas. Algunos llegaban desde El Bierzo y más lejos, pero todos de la Diócesis de Astorga. Éramos, y así bien se puede decir, chiquillos y mozuelos buenos, sin duda alguna seleccionados por los párrocos y maestros de las escuelas entre lo más espabilado y también necesitado de cada aldea.

Pero, una vez ya instalados, aquello era otra cosa. Allí había una disciplina que rayaba en la exageración, por no decir en el esperpento. Ni en la película de Oliver Twist existía la disciplina que en el seminario se respiraba. Podía decir, sin temor a equivocarme, que durante los primeros días se generaban verdaderas angustias... y hasta ahí puedo yo leer, ya que uno es dueño de lo que calla, pero esclavo de lo que escribe. Además, todo eso se supera y pronto a todo se acostumbra el cuerpo y a nosotros no nos faltaba energía y, sobre todo, la alegría de vivir y creer en el bello sueño de nuestro próximo futuro.

Al final, entre estudios, juegos, rezos y castigos, tortas y pocos premios, avanzábamos el cada día.


El estudio y la jornada:

La primera hora era dedicada a meditación y acto eucarístico. Los 20 minutos de meditación te los pasabas casi siempre, como una continuación del sueño, haciendo ver que meditabas cuando en realidad estabas durmiendo y a veces hasta soñando.

Empezar después del desayuno (mención especial a las comidas y a las cocineras que conseguían calmar nuestro voraz apetito con guisos de calidad suficientemente buena y apetecible): Una hora de estudio + una hora de clase. Quince minutos de descanso y a volver a empezar, otra hora de estudio y otra hora de clase.

Ya hemos llegado a la hora de comer. Después de comer, casi una hora de descanso y volvemos a empezar de nuevo, una hora de estudio y otra de clase y…..(repetimos).

Así llegamos a la hora de la merienda. Descanso, clases especiales, música y otras. A continuación estudio hasta la hora del rosario y seguidamente cena y recogerse, tras previo paso por la capilla. Jueves tarde: paseo y generalmente fútbol (previo acondicionamiento del monte para habilitarlo un poco a nuestro deporte rey). El campo de fútbol podría ser objeto de un escrito completo por todo lo que allí éramos capaces de realizar. 

 

 


Dentro de esos períodos de clase y estudio sin interrupción, si no habías entendido nada o no habías podido asistir a clase por haber estado enfermo, no cabía disculpa alguna. Te esperaban como quien dice unas enormes collejas (descripción suavísima) y de rodillas en la cola de clase pasabas, admirando la puerta, hasta que Dios viniese a verte. Aquel lugar parecía el más frecuentado. En ese lugar privilegiado congenié con José Antonio (Benavides). Allí (a la fuerza ahorcan), aunamos nuestros esfuerzos para que D. Nicasio se fijase en nosotros, pudiésemos destacar e ir escalando puestos mediante el gran sistema educativo de “los desafíos”.

Era la forma en que te enseñaban: O aprendías de memoria los textos o ya sabías...colleja y a la cola y así cada día.

El método educativo brillaba por su ausencia. Lejos de mi intención culpar a nadie en concreto, pues los profesores -sacerdotes- no conocían sistema educativo alguno ni habían sido preparados para enseñar nada. Hacían lo que sabían hacer y nosotros aprendimos no a estudiar, pero sí a esforzarnos para salir adelante. Después cada uno se iba espabilando como su capacidad le daba a entender. No sabíamos estudiar, pero éramos buenos estudiantes, tan buenos que hemos sido capaces de aprender a pesar de todo ello y algunos han salido verdaderos genios. Por eso, algo de bueno puede ser que tuviera el sistema: “libros ( y alguna que otra torta), caminos y días dan al hombre sabiduría”.

Ahora bien, memorizar páginas y más páginas con el enunciado de los verbos latinos -regulares, irregulares, deponentes, defectivos...- (ago, agis, agere, egi, actum - conducir; ... cado, cadis, cadere, cecidi, casum - caer; ... cano, canis, canere, cecini, cantum - cantar; ... fero, fers, ferre, tuli, latum - llevar; ... volo, vis, velle, vollui - querer; ... loquor, loqueris, loqui, locutus sum - hablar; ... ) y tener que repetirlas como un magnetófono una y otra vez y uno tras otro durante toda una clase. Hoy por hoy, incitaría a risa; pero entonces era un motivo de orgullo y admiración.

Y cómo aprendíamos el idioma francés?: Conjugar verbos y más verbos a la velocidad del rayo. Del francés al latín y del latín al francés para terminar diciendo: “yes”, ¿o se dice “oui”?

 

Y matemáticas, geometría… etc ???. 

Imagina por un momento que te ordenan salir a la pizarra en segundo curso a dibujar un triángulo rectángulo isósceles; que el profesor, D. José Rego, desconocedor de lo que era el tal triángulo, te sugería lo dibujases “a ojo de buen cubero”; que, a pesar de haberlo hecho casi perfecto, te “arrease” una torta más que superior, pues se trataba de un adulto de veintitantos años a un chiquillo de 11 años…; y así, primero a uno, luego a otro, hasta que el inteligente profesor, por un milagro de la iluminación del compañero Luciano, descubre y es capaz de comprender que todos los triángulos dibujados por cada uno son correctos y que las tortas eran inmerecidas. Aquel día siete buenos estudiantes salimos con la cara colorada; pero pedir perdón no se contempla, porque el profesor es el profesor, no se equivoca nunca, y… “¡¡hasta ahí podíamos haber llegado¡¡”.

Tampoco nos vamos a olvidar de que se trataba de chicos y niños en una edad problemática la mayoría de ellos. La convivencia, si bien no era fácil, sin embargo por la época que nos ha tocado vivir era al menos soportable, y la relación entre pequeños y mayores era admirable. Fue pues ese grado admirable de convivencia la gracia de Dios que ayudó a que nuestra sexualidad haya salido bien parada con la añadidura de esa bondad implícita en cada uno de nosotros, ya que el tipo específico de enseñanza abierta al mundo en este tramo de nuestra vida brillaba por su ausencia. Tal vez ahí esté el origen de los grandes fracasos en la educación a los seminaristas y el abandono de los estudios para la orden sacerdotal.

 

Y así transcurren dos años, día a día, noche a noche, y perdiendo entre tanto algún diente y hasta alguna muela.

En el intermedio de curso a curso estaban las reuniones en verano -días de retiro- para volver a vernos durante una mañana, escuchar al padre espiritual decirnos “que el mundo era un peligro” y sobre todo... aprender a andar en bicicleta. Os acordáis los de Las Ermitas de esas mañanas en el Colegio de las Monjas en La Rúa Petín?

Podría parecer que las tales reuniones eran para nada, pero……….quizás ese día de convivencia haya tenido algo bueno. Quizás haya dejado, como un rescoldo, su reflejo en nuestras reuniones actuales una vez transcurridos ya más de cuarenta años.

Y, aprovechando que hablo de reuniones, y de verano, es mi opinión que podríamos empezar ya a utilizar estas juntanzas no tanto, que también, para estar juntos cuanto para hacer algo juntos. Ahora ya no estamos en la edad de aprender a circular en bicicleta sino para casi tener que caminar con bastón; pero, amigos míos, como alguien dijo: “La juventud no es una etapa de la vida, sino más bien un estado del espíritu” y el nuestro lo debemos mantener joven.


Hasta aquí la verdad o la mentira de mis recuerdos en Las Ermitas. A partir de ahora ya seremos la quinta del 59, pero en La Bañeza.


Siempre os tengo a todos presentes en mis recuerdos, sin posibilidad de error alguno en mi memoria.


Elio