EN LAS ERMITAS, CON 9 AÑOS,

LA MALETA, EL COLCHÓN Y LLANTO EN LOS OJOS.


 

Cuando estaba a punto de formatear el disco duro de mis recuerdos, en un recodo ya casi olvidado y a punto de ser engullido por la vorágine del tiempo, encuentro, medio borrado por lo antiguo de la grabación, lo siguiente: ”Nam bene consultum consilium surripitur saepissime, si minus cum cura aut cautela locus loquendi lectus est (con frecuencia se frustra aquella decisión bien tomada, cuando se ha elegido con poca cautela el lugar donde hablar)”.  

Esto, bien pensado, te obliga a madurar dos o tres veces las cosas antes de decirlas. ¡Imagínate si lo que vas a hacer es escribirlas! ¡¡Imagínate si, además, lo haces en un medio que se presta a divulgar, sin que tú te enteres, los menores detalles de cualquier indiscreción que puedas cometer!! 

La nube: Internet a lo ancho del mundo, y, dentro, no se sabe bien dónde, Telemarañas.

 

 

Sin embargo en otro meandro del sendero del disco de la vida, casi más diminuto que el anterior y muy oculto por la maleza, estaba la clave: “Quod quisque possit, nisi tentando nesciat (No se puede saber de lo que cada uno es capaz, si no se pone a prueba)”. 

No es en todo caso necesario echar tanto la marcha atrás y tampoco es obligatorio el volver al pasado para inmortalizarlo en el presente y poder recordarlo para un futuro. Bastaría sentir el deseo de hacerlo y con serenidad dejar en blanco el recuerdo para que se inflen las velas de la nave y empiece esa suave navegación en la memoria como si de un sueño plácido se tratase.

 

¿Estoy diciendo, tal vez, que debe pensarse que así puede hacerse algo de historia? Lejos de mí tal pensamiento. Las personas tan insignificantes no pueden ser Historia, aunque sí parte de una historia. De todas formas no creo que la Historia sea mi fuerte, no lo es ni mucho menos (¡ojalá lo fuese!). No obstante, casi siempre la Historia, al menos la que yo conozco, busca una narración de hechos ocurridos en la distancia y por tanto muy pocas veces narrados desde dentro. Igualmente he de reconocer que “la historia fue vida real en el tiempo en que aún no se la podía llamar historia” (José Saramago, Discursos de Estocolmo). 

Tampoco trato de hacer esa especie de lembranza (“recuerdos de infancia y adolescencia”) a través de un análisis serio de si esos recuerdos que pretendo remembrar han sido buenos o malos o si han dejado un rastro especial u otro tipo de influencia con efectos al futuro mío personal o de cualquier otra persona. Sólo pretendo narrar, tal cual, hechos o quizás imaginaciones vividas o que, tal vez, sin haber sido reales, las recuerdo como si hubiesen  sido vividas realmente.

 

 

Desde que dejé el seminario, apenas he vuelto a tener contacto, como exseminarista, con circunstancias o asuntos que pudiesen haber tenido relación con el hecho de haber estado en el seminario. Sí, es cierto, que en los primeros pasos, casi la mayor parte de excompañeros habían recalado en Madrid, unos en la Universidad y otros preparando oposiciones a funcionarios que era lo que entonces, y, por lo que veo, ahora también, se llevaba. Y allí, y también en otros lugares y momentos, me tropecé con algunos. No obstante, nunca volví sobre mis pasos, ni sentí curiosidad alguna por conocer los que pudiera haber seguido cualquiera de mis antiguos compañeros. 

Pero hete aquí que ahora, cuando uno ya es bastante mayor, y a raíz de toda esta movida, tanto por las reuniones bianuales como en esta página, uno lee cosas de otros y escucha recuerdos y lo que estaba dormido empieza a despertar. Muy poco a poco, pero es irrefrenable. ¿Será una nueva infancia? Con seguridad que no, pero sí es un volver a llenar la cesta de recuerdos y hechos que como se dice en las reuniones de los quintos,... al final siempre se acaba hablando de la mili y de aquel sargento o teniente que tenía tan mala leche. 

Esta es nuestra mili.

Cogito, ergo... la burra tiene sabañones.

 

Quizás tú, que no ves con muy buenos ojos esta página o la ves con ojos de duda o pensando que de nuevo tus antiguos y ahora otra vez nuevos compañeros te arrinconan en tus propios recuerdos, quizás digo, puede ser el momento de abrirte a todos ellos y a pesar de que no hayan sido propiamente los amigos que tú esperabas, a pesar de ello, repito, en esta nueva etapa ya de madurez, pueden llegar a ser lo que antes no fueron. Eso es, puedes creerlo, el nuevo renacer y la nueva semilla. Es en resúmen la creación de un nuevo seminario en el recuerdo de cada uno de nosotros.

 

Yo, por ejemplo:

 

Nacimiento: una humilde aldea (Córgomo). Mí tío Oscar, a quien no llegué a conocer, hermano mayor de mi padre, había sido llevado a estudiar al seminario de Las Ermitas allá por los años 30, cuando aún los alumnos eran externos, es decir: vivían en “pousadas” que intentaban estuvieran “preto do Santuario”. Por aquel entonces, los estudiantes vivían y comían en casas ajenas. Eran familias de clase media-pobre del pueblo de Las Ermitas que tenían a bien acoger a los chavales, que los respetaban como si fueran sus padres. Mí tío murió allí en Las Ermitas a la edad de doce años a causa de una enfermedad por entonces incurable y allí está enterrado en el Cementerio de "El Cruceiro" (se le decía así porque allí estaban los cimientos de una capilla que nunca llegó a terminarse, pues cuentan que en el año 1909 una tormenta derribó el puente sobre el río Bibey y hubieron de usarse las piedras de la citada capilla para rehacerlo). Nunca volvió a continuarse su construcción.

 

Años después, casi treinta años después, aquí me tienen a mí en disposición de cubrir el puesto que mi tío había dejado vacante. Don Luís, el  maestro del pueblo donde yo nací, conocía a Don José Rego, profesor en las Ermitas. Pasé el examen de ingreso y llegué al seminario con tan sólo 9 años, la maleta, el colchón y llanto en los ojos... Allí empezó mi andadura en un mundo nuevo y totalmente desconocido para mí, fuera de la querida aldea donde me había dado a luz mi querida madre.

 

Esta foto del álbum de Aguirre completa muy bien el retazo de mi disco duro. Me arremangué, saqué pecho y ya no lloro más.

 

 

Hasta aquí llega lo que hoy he conseguido salvar de mi disco duro. 

Voy a seguir intentando recuperar más retazos, aquellos que puedan ser recuperables y merezcan la pena.

  

Ya os contaré.

 

Elio