En la onda de don Esteban


 

Recuento de mi fracaso como aprendiz de periodista en una emisora, a pesar del respaldo del director y del apoyo de los compañeros.


Esta crónica no va a ser, ni en su forma ni en su contenido, la contribución que yo quería hacer para celebrar la memoria de don Esteban en el 40º aniversario de su fallecimiento; pero tendrá que valer, por no haber sido capaz de hacer algo mejor. Sí quiero que sirva para expresar mi gratitud, pobre pago por la oportunidad que me dio. Valga, a la vez, para complacer las peticiones de algunos seguidores de Telemarañas y desmentir su creencia de que, durante mi estancia en la emisora, yo llegué a atar los gatos con longanizas.

Espero acertar a darle aquel ligero toque de humor que don Esteban siempre recomendaba, sin mermar la veracidad del testimonio. También espero no caer en el abuso de las luces y colores luminosos que favorezcan mi ego, sino que incluya todas las sombras y colores grises de la realidad de aquellos días.

Tengo la suerte de que este nuevo medio de comunicación me va a permitir modificar estos contenidos tantas veces como sea necesario.

 

(Bueno, ¡vamos a lo que vamos!). 

  

 

I

Ab ovo gemino: Un pecoso, dos pecosos…

 

 

Tenía yo 9 años y estaba arrodillado entre toda la chiquillería, al pie del presbiterio, en la iglesia de mi pueblo, Ferreras de Cepeda (León). Era la mañana del martes 17 de Abril de 1956. Se oían las campanas encordando penosas y, a su ritmo lento, como al paso de una bruma, se iba llenando el aire de la iglesia de un penetrante, casi atosigante, olor a incienso. Un coro de misereres, acordado a muchas voces graves, sobrecogía nuestro ánimo, y apenas nos atrevíamos a volver la vista; así que, más que ver, adivinamos la llegada a nuestra proximidad del cortejo fúnebre que acompañaba el féretro de D. Pedro, nuestro párroco, avanzando sobre el atrio de grandes losas grises. Tras el féretro, llegó un séquito de muchos sacerdotes, revestidos todos ellos con capas pluviales negras ribeteadas de dorado. Nos parecieron tantos que seguro se nos escapó algún susurro del tenor: ¡Cuántos curas juntos!

 

Una vez que los concelebrantes se distribuyeron en torno al altar, uno que quedó próximo a mí me llamó la atención por tres detalles muy distintivos: era muy joven, estaba muy flaco, y su cara aparecía enteramente salpicada de pecas. Así que debí pensar: ¡vaya, este cura es más “pencoso” que yo! Más tarde, durante la celebración de la misa, que resultó interminable, algo le hizo mirar hacia nosotros, los niños, y me pareció que se fijaba en mi cara. Es posible que pensara también él: este crío es más pecoso que yo.

Por el pueblo, donde su fisonomía llamó poderosamente la atención, se comentó que era el párroco de Villagatón, Valbuena, Culebros, Requejo y Corús, todos ellos pueblos de nuestra comarca de la alta Cepeda.

Era don Esteban Carro Celada. Aquella fue la primera vez que lo vi; la primera vez que nos vimos, creo.

 

II

Primer profesor de latín y de lengua española.

Tres años más tarde, uno de los primeros días de Octubre de 1959, me encontraba en medio de una treintena de rapacines, tan impacientes como yo, esperando que llegara el profesor para empezar nuestra primera clase de latín, en la sección B de primer curso en el seminario de Astorga, cuando entró por la puerta el mismo cura de antaño. Lo reconocí de inmediato. Debí pensar: este profesor es aquel cura “pencoso”. Recordaréis los de 1º B en Astorga que aquel año coincidimos en la clase tres grandes pecosos: don Esteban, Desiderio y yo. Hoy, perdidas ya mis pecas y algunas otras cosas, pervivo yo sólo de los tres.

Don Esteban fue nuestro profesor de Lengua Española y Lengua Latina. Guardo muy buena impresión de sus clases, amenas y provechosas, en las que obtuve muy buenas calificaciones; pero se me escapó una mejor en lengua española, por responder en el examen final a una pregunta del tribunal, integrado por don Lorenzo, don Urbano y don Esteban, que las formas del plural mayestático se utilizan, en lugar de las formas de singular, para resaltar la dignidad de las personas de alta… hum… de alta… hum… de alta “calurnia”.

 

 

Interrupción telefónica número 1:

-   Oye, cabecita loca. Me han dicho que andas redactando una especie de mamotreto sobre tu paso por la emisora y que pretendes que sea emitido por antena. ¿Es eso cierto?

-   Hola, Martín. Es cierto que ando redactando una crónica sobre mi paso por la emisora y que me está saliendo más extensa de lo previsto; pero no tiene que salir a antena.

-   De todas formas, no te pases sacándole punta al lapicero, como sueles hacer, no vaya a ser que nos llenes la redacción de viruta que luego no valga ni para una estufa.

-   Ya. Sí que puede pasar eso. Me temo que va a pasar. Si, al final, pasa, ya cortarás tú lo que te parezca, para dejar solamente lo que pueda servir para algo.

-   Ah, bien. Es que nadie me había avisado de nada y, como bien comprenderás, tampoco se puede alterar la programación así como así, de un día para otro. Y menos si es para un asunto personal. Ya sabes que nos debemos a la cadena y a nuestros patrocinadores.

-   Lo sé, Martín. Lo que estoy escribiendo es una aportación para la revista Telemarañas, como recuerdo-homenaje a don Esteban, uno de nuestros profesores más queridos. Inevitablemente, tengo que tirar de mis recuerdos, por eso parece que hablo más de mí mismo que de él. Y, si tiene forma de crónica, es por hacer una alegoría, porque viene a cuento, no porque pretenda colarla en un noticiario de la radio. Ya sé que no cabe.

-   ¡Ajá! Entonces comenzamos a entendernos. Nada que objetar. Avísame cuando la termines, si es que la terminas. Ya veré yo qué se puede hacer con ella.

-   Pues, gracias, Martín. Nada más publicarla, te avisaré para que la leas y elimines o cambies lo necesario.

 

III

Mis primeros guiones radiofónicos

Durante los cursos tercero, cuarto y quinto (años 1961 – 1964), en el seminario de La Bañeza, adquirí una afición casi desmedida a la lectura e intenté con afán brillar en la creación literaria. Fue algo que compartí con muchos de vosotros, ¿no es cierto? (¡mil gracias, don Gregorio, por enseñarnos a “volar cantando” y por la paciencia de aguantar aquellos atolondrados revoloteos de pavos adolescentes, que tan “diver” nos resultan desde esta edad tardía y desvergonzada de hoy!).

No sé qué inclinación personal o mera casualidad me llevó a elaborar, a grabar con la colaboración de algunos de vosotros, y a emitir por la megafonía de los comedores, un par de “guiones radiofónicos” (valga ese nombre para entendernos, aunque fueran cualquier cosa, menos eso). Aquellos guiones incluían innumerables efectos especiales, que, a veces, daban más risa que ambiente narrativo. También iban saturados de una música de fondo sumamente pegajosa, entre cuyas pistas no faltaban nunca el preludio de “El Niño Judío”, los movimientos 2º y 4º de la sinfonía Del Nuevo Mundo,  el 5º de La Pastoral, El Capricho Español, Sadko… y todas las demás sintonías que ahora escucháis en Telemarañas (Gracias, don Ángel, por despertar – de verdad nos despertaba con ella - nuestra afición a la buena música, hasta que lo sustituyó José Antonio para despertarnos con su “lista de éxitos del pop en Radio Galena”).

 

IV

Don Esteban, Profesor de Medios Modernos de Comunicación Social

En sexto curso (1964-1965), de vuelta al seminario de Astorga, reencontramos a don Esteban, ya director de Radio Popular, como nuestro profesor de dos asignaturas: Literatura y Medios Modernos de Comunicación Social (prensa, radio, cine y televisión).

Don Esteban nos impresionaba con sus conocimientos en dichas materias y nos deslumbraba con su propia creatividad. También nos incitaba a tratar de emularlo, y se mostraba siempre dispuesto a leer cualquier trabajo que le presentáramos.

Yo me dejé tentar por sus encargos y empecé a entregarle mis “pinitos literarios o periodísticos”, por los que mostró un aprecio posiblemente injustificado, pero que el tiempo se encargaría de demostrar que había sido sincero. Ese fue el momento en que comencé verdaderamente una muy próxima relación con él.

 

 

Interrupción telefónica número 2:

-   Hermino, soy el botones. Que han avisado de la mesa de la central para que no dejemos de conectar a la hora del parte. Dicen que no metamos nada que nos impida conectar a tiempo.

-   Vale. Pero no se dice parte, Hilario. Los partes eran los de después de la guerra. Los de ahora son diarios hablados o noticiarios.

-   Pues, eso… Que tenemos que conectar a las 10 de la noche.

-   Pero… ¿Faltan varias horas, no?

-   ¡Ya lo sé! A mí me mandaron avisarte, y yo te aviso (¡ji, ji, ji!).

-   Bien. Tomo nota (¡mecachis en todos los grajos verdes!)

 

V

Y las musas… se fijaron en mí

Un día, posiblemente al explicar el reportaje radiofónico, se le escapó a don Esteban en clase (¿se le escapó realmente o fue una incitación intencionada?) una elucubración fantástica (¿una ilusión suya, un sueño, una ingenuidad?): Imaginad que los avances de la técnica nos permiten, dentro de unos años, captar y reproducir las ondas sonoras del pasado, de hace cientos, miles de años. ¿A qué personajes de la historia os gustaría escuchar en su propia voz?

Es posible que a la mayoría de vosotros aquella insinuación os sonara a “cuento chino” y le prestarais la misma atención que a la famosa iniciativa del abuelo de Gila, cuando, apostado en la terraza de su casa con una brocha y pinturas de colores, intentaba pintar las ondas para ver la televisión en color - Decía Gila: ¡Si llega a pillar la onda…!-

A vosotros, tal vez, no os sugirió nada; pero a mí (¡qué ingenuo he sido siempre!) la idea me cautivó, así que empecé de inmediato a valorar las “posibilidades imaginarias” a que me permitía asomarme aquella ilusión del selector de ondas antiguas (y todavía sigo en ello… ¡a ver si, al fin, pillo la onda!). Una primera idea me saltó en la cabeza como una chispa de inspiración: ¿Por qué no hacer un radio-evangelio apócrifo a base de reportajes sobre la vida de la Sagrada Familia en Nazaret, durante la infancia de Jesús? Tras aquel chispazo, ya no pude calmar mi fantasía, que no disponía de válvula de escape: o escribía aquello, bien o mal, o me estallaría la “cazuela”. (Ya veis, trasroscado del todico andaba ya).

El proyecto, por mi parte, tuvo varias versiones para distintos capítulos o episodios de aquel evangelio, más completas en la “cazuela” que en el papel. También tropezó con muchas dificultades (¿cómo podríamos identificar las ondas correspondientes a los miembros de la Sagrada Familia entre todo el guirigay que llenaría el espacio?, ¿tendríamos que someter a traducción simultánea las frases o diálogos que nos trajeran aquellas ondas, posiblemente en idioma arameo?, ¿daría alguien audiencia a tal reportaje?, etcétera, etcétera, etcétera). Pero todos los que conocimos y recordamos a don Esteban, sabemos que para él esas dudas no eran relevantes ante un proyecto por el que se entusiasmara. 

   

Los que me conocéis a mí también sabéis que esos obstáculos me los saltaba yo “a la torera”, con el mayor descaro del mundo. La solución no tardó en aparecer, porque era elemental, la teníamos dentro de nosotros, en nuestro propio carácter: para los ingenuos intencionados la realidad no es significativa en absoluto, ni en sus formas, ni en sus colores, ni en su perspectiva espacial o temporal. Siendo nosotros unos “artistas ingenuos de la radio” no tendríamos ningún cargo de conciencia por hacer que todos los personajes de la Galilea de aquella década se identificaran a sí mismos y hablaran en nuestra misma lengua (¿no había sucedido ya el día de Pentecostés?). Y respecto a la audiencia incrédula, pues… ¡peor para ellos! 

La redacción de los textos me presentó dos niveles de dificultad distintos. Una parte, la narrativa y descriptiva, integrada por las crónicas de reportero, surgía a borbotones, inspirada - sólo inspirada, porque don Esteban aborrecía los plagios -  en un folleto de Martín Descalzo y en textos de Gabriel Miró. En cambio, las frases que se suponía que íbamos a grabar a partir de las ondas primigenias, correspondientes a los diálogos de los miembros de la Sagrada Familia, me resultaban inimaginables, inasequibles, porque sentía un temor tan reverencial que no me atrevía ni siquiera a pensarlas. Para esta dificultad, mi conciencia no me permitía el recurso a la ingenuidad intencionada, y, a falta de un receptor milagroso todavía no inventado, sólo me quedaba la revelación divina, milagro más que improbable para mi mente confusa.

Ante la imposibilidad de rematar el proyecto en aquel momento y en el formato de reportaje radiofónico, probé a transformar alguno de sus capítulos, reduciéndolos a la parte narrativa, y resultaron algunos relatos. Uno de ellos, muy simplificado, en forma de cuento de navidad, titulado “Matito, el hijo del publicano”, obtuvo el segundo premio en un concurso de Radio Popular.

¡Así tengo yo todavía aquel ensueño: sin rematar (¿Dónde andarán las ondas?).

En Cambio, don Esteban, infinitamente más trabajador y más constante en sus proyectos, culminó aquellos juegos imaginarios con el tiempo y los personajes históricos en dos novelas cortas: La aduana del tiempo, premio Provincia de León 1969, publicada en 1970, y Jaque al Sil y a la Reina, publicada en 1999. Os aseguro que, cuando leí por primera vez esos textos, creí alucinar, veía visiones en un torbellino de recuerdos (la sensación real del “déjà vu”). 

   

 

Interrupción telefónica número 3:

-   Hermino, soy Hilario de nuevo, desde control. Que han llamado de la Asociación de Peñas Futboleras Cepedanas para recordarnos que a las 22,30 se juega la final de la Supercopa entre el Real y el Atleti... 

-   ¡Serán cerriles! ¡Ni caso, Hilario! ¡A esos, ni caso!

-   Amén, socio. (Oye, se ha encenagao con la crónica esa de una manera… que ni respira).


 

VI

Fin de mi carrera hacia el sacerdocio

Aquellas fantasías y otros muchos devaneos desencadenaron en mí una reacción en cadena que me llevó a dedicar demasiado tiempo a mis aficiones compulsivas. ¿Os imagináis cuáles fueron a partir de entonces los temas de mis meditaciones y reflexiones durante casi las veinticuatro horas del día?

Añadid que me aficioné en demasía a escuchar la radio a través de la galena (en sexto me la prestaba JB, con el que compartí habitación; en primero de filosofía, me pude regalar una). Seguía con especial atención algunos guiones y relatos novelescos, como el magnífico de “Sinuhé, el Egipcio”, y con casi dependencia el “Buenas Noches, Astorga” de don Esteban, muy próximo a las 12 de la noche, que se me podía prolongar con un duermevela inquieto hasta altas horas de la madrugada. Por eso no despertaba fácilmente al día siguiente, ni me levantaba cuando era debido.

Así se entiende que esas aficiones pudieron ser una de las causas de que mis devociones y también mis calificaciones mermaran considerablemente (¿recordáis que me llamaron la atención públicamente y que don Atilano - profesor de lógica - me terminó apodando “el de las ideas destempladas”?).

Para compensarlo, mi entendimiento con don Esteban no dejó de incrementarse y enriquecerse. Aquél hombre, que siempre andaba “a la carrera”, nunca dejó de atenderme.

Sólo surgió entre nosotros un desencuentro que yo recuerde de aquellos días, cuando fui incapaz de aplicar las reglas para conjugar rítmicamente las partes sonoras (prótasis y apódosis) de los períodos en prosa. Tenía que aplicar las reglas de un libro que él me prestó, titulado “El Ritmo en la Prosa de Valle Inclán”; pero no lo lograba. Él, en cambio, lo había asimilado de forma sobresaliente (¡así de bien sonaban sus comentarios radiofónicos!).

Pues, en fin, el fin anunciado de mis estudios eclesiásticos sucedió en primavera de 1966, cuando se manifestó inequívocamente mi incapacidad para controlar aquellos defectos míos que resultaban más incompatibles con la función sacerdotal. No sólo no mejoraba, sino que cada vez perdía más el control. Así que, aprovechando una excusa, que por sí sola era insuficiente para justificar tal decisión, abandoné el seminario el día de Santo Toribio de 1966.

Me proponía seguir estudios de clásicas o periodismo. Sólo vislumbraba un obstáculo en el camino, que inicialmente aparecía superable, pero que luego no lo fue: asegurarme el “busillis” financiero para el tiempo que duraran esos estudios. 

 

 

VII

No valía para cura, pero ¿y para “estrella de la radio”?

En agosto de 1966, unos meses después de haber abandonado yo el seminario, se le presentó a don Esteban, como director de Radio Popular de Astorga, una situación crítica por haberse quedado sin redactores en la emisora, a causa de algún conflicto laboral (una tormenta de "matariles"). Eso ocurrió precisamente en el momento en que él tenía que ausentarse para concurrir a unos estudios y exámenes prolongados en la Escuela de Periodismo en Madrid. Mas, hete aquí que, justo dos días antes de su partida, cuando ya se estaba planteando dejar aquel intento para otra convocatoria, nos cruzamos en la calle García Prieto, nos saludamos, y no dudó ni un instante en ofrecerme un puesto de interino para cubrir aquel vacío de forma temporal. 

Nuestra ingenuidad, ¿otra vez intencionada?, nos excusó de perder un minuto para evaluar mi aptitud para cubrir aquel puesto (yo carecía de formación y experiencia, seguro; pero, sobre todo, carecía de don de gentes para que no se notara demasiado). 

Lo acepté de inmediato. ¿Cómo no aceptarlo, si representaba para mí la gran oportunidad!

Allí, encima del Casino, en la Plaza de Santocildes, me presenté al día siguiente a las doce del mediodía, ni un minuto más tarde de la hora de la cita. Si hubiera arrimado mi pecho a la puerta, habrían podido oír desde dentro los mazazos de mi corazón y no habría necesitado llamar; pero usé el timbre. Recuerdo perfectamente el instante en que me abrieron la puerta para entrar por primera vez a la emisora, nunca olvidaré cuánto me agradó lo que allí me encontré: compañeras y compañeros jóvenes y competentes, que me recibieron con gran simpatía.

 

 

Tardó don Esteban 15 minutos escasos en presentarme al personal y pasarme los trastos. Tan de prisa lo hizo, que se olvidó de dar instrucciones a quien correspondiera para que me asignaran alguna clase de sueldo por mi trabajo, un pequeño gran problema éste, que alivió mi primo Manolo, el de La Cepedana, dándome alojamiento y sustento de forma indefinida.

Las tareas que yo tendría que asumir, con la ayuda de los demás, serían: 

-   Redactar dos noticiarios diarios del ámbito local y comarcal,

-   Apoyar la redacción de cuñas publicitarias, caretas de programas, notas necrológicas…

-   Redactar las cuestiones para las entrevistas que surgieran según el devenir de la actualidad.

-   Redactar dos comentarios diarios: uno de ellos, en clave desenfadada, con los “dimes y diretes” del mentidero de la ciudad y las comarcas, titulado “Camarero, por favor”; y el otro (¡Dios mío, el suyo!), a modo de editorial para cerrar la emisión ordinaria a las 12 de la noche, titulado “Buenas noches, Astorga”.

Con el entusiasmo inicial, y, sobre todo, con la ayuda permanente y leal de todos los compañeros de la emisora, tardé escasamente un par de días en valerme para cubrir la mayoría de estos compromisos de redacción. Si mis tareas se hubieran limitado a esas, como en principio estaba previsto, habría cumplido con cierta facilidad el cometido.

 

Pero no sucedió así. Surgieron, ¡cual piedras en mi camino!, algunas tareas adicionales, inesperadas, precisamente las más críticas, que se me resistieron; mejor dicho: se me atragantaron y me ahogaron.

Podría excusarme diciendo que “el demonio tentador que todo lo ordena” me tenía a mí, por lo visto, muchas ganas. No lo haré, no le echaré la culpa a nadie; tampoco al diablo. No hubo otro culpable que mis limitaciones. ¿Qué era yo en aquel momento? Un bachillerín muy “in": ingenuo por naturaleza (intencionadamente ingenuo por snobismo), inmaduro, inconstante, indeciso, in-paciente... Resultó lo inevitable: que, fuera de la redacción, no podía echarle a las dificultades ni morfología ni sintaxis, ni métrica ni rima, ni épica ni mística, ni fantasía ni ganas, que era lo único que yo llevaba conmigo. (¡Si, al menos, hubiera aprendido en su momento a ponerle algo de ritmo a la prosa... y de lógica a los conceptos... con eso y mi guitarra…!)



Interrupción telefónica número 4:

-   Hermino, soy Blandino, de control. Que preguntan “Las Gallinas Verbeneras” a qué hora vas a terminar, que si prevés que podrán acostarse antes de amanecer.

-   Pero, chaval, ¿qué inventos son esos de las gallinas verbeneras?

-   ¡Ah! ¿No sabes? ¡Algo interesantísimo! Nos lo explicaron unos hueveros a Hilario y a mí en el mercado del martes, cuando nos mandaste a buscar la lista de los precios para el noticiario. Resulta que en las granjas modernas les ponen luz a las gallinas por la noche, y, en las más innovadoras, les ponen la radio, nuestra sintonía. Así ponen más huevos.

-   ¡Increible, Blandino, te vas a convertir en un experto hueveril!

-   Que... ¿qué les digo? (¡ju, ju, ju!)

-   ¡Y yo qué sé! Diles que se pongan a poner.

-   ¿No puedes calcular a qué “deshora” podrás terminar este cronicón?, aunque sea aproximadamente, sólo para que no se pongan a cacarear, no vaya a ser que despierten a las "fuerzas vivas" y tengamos otro "matarile".

-   Diles que terminaré antes del amanecer. Seguro.

 

 

VIII

La primera, en la frente

La tarea que me resultó insuperable, entre las primeras, tuvo ralación con el “Buenas noches, Astorga” de cada día. 

Podía redactarlo, sí. Es más: me atraía especialmente redactarlo, (¡nada menos que emular al maestro! ¡Cuánta osadía alojaba mi testero!) A los pocos días me di cuenta de que no debía reiterar ni reincidir en los tópicos piropos a la ciudad y a sus gentes, y al sol y al cielo de Astorga, y a la majestad del Teleno y al rumor campanero de las torres, y a los nervios de los estudiantes y a las risas de los niños, y al paso marcial de los soldados o solemne de los clérigos, y al sosiego reservado de los campesinos (¿Vale ya, no?). Pocos días más tarde fui consciente de que, en realidad, no sabía hacer un comentario de actualidad que tuviera interés para los astorganos y comarcanos. Finalmente ya me agobiaba redactar aquel comentario.

 

 

IX

La segunda, en la boca 

Esta dificultad se agravó, cuando inesperadamente me vi forzado a leerlo ante el micrófono.

Cuando me hube escuchado en grabación un par de veces, la lectura se me presentó imposible. Recordando la entonación tan acertada de don Esteban, sus pausas fluidas, sus declinantes finales de párrafo; imaginando que había tantos oyentes, de su bien ganada audiencia, esperando escucharlo (entre ellos algunos de vosotros)… fui notando que mi voz – con acento cepedano indisimulable – se volvía acobardada primero, temblorosa después… ahogada finalmente. Aquellas lecturas terminaron siendo un suplicio. Me entró verdadero pánico y tuve que pedir que me sustituyeran en el locutorio, ante el micrófono (¿una piedra en la garganta? No, no era una cosa sola, eran dos).


 

Interrupción telefónica número 5:

-   Hermino, soy Rosamary, de locutorio. ¿Me podrías dejar ya el noticiario para irlo repasando?

-   Rosamary, por favor, dame algo más de tiempo, que todavía no es hora de cerrar la edición.

-   Sí. De acuerdo; pero, si luego tiene erratas, gazapos o errores más graves, y yo lo leo al pie de la letra, sin estudiarlo antes, podemos armar la gorda. ¿Te acuerdas del 30, 31, 32 y 33 de agosto?

-   No, no me acordaba, pero ya me lo acabas de recordar tú.

-   O tal vez prefieras recordar la habilidad de algunos para resucitar soldados y volverlos a declarar muertos.

-   Por favor, Rosamary, no metas los dedos en las llagas, que deule. (¡Lo que me acaba de recordar! ¡Lo había olvidado totalmente!).

-   ¿Tiene el noticiario de hoy muchas noticias de redactar o son, más bien, de cortar y pegar?

-   Hay de todo. Hoy va cargado de noticias.

-   Entonces ¿cuándo me lo vas a dar?

-   Ya voy, en 10 minutos te lo subo.

-   ¿Seguro que no se te va a ir el santo al cielo con otros asuntos que te están absorbiendo? Ja, ja, ja, ja, ja...

-   ¡Vaya! ¿También tú? Les puedes decir a Blandino e Hilario que las Gallinas Verbeneras se merecen todo mi respeto; pero hay otras que ni ponen huevos ni hacen buen caldo.

-   (¡Chist, chicos! ¡Vamos a dejarlo tranquilo, que se ha mosqueado de veras!) Pero no seas malo, hombre. ¿Es que no se va a poder reir una?

-   Tú sí, Rosamary, que te ries muy bonito. ¡Ríete todo lo que te apetezca! Ya subo corriendo con el noticiario.

-   ¡No, no corras por la escalera, que te puedes desmocar sin querer! Je, je, je, je...

  


 

X

La tercera, en el pecho

Este tropezón se me había esfumado de la mente hasta que el día 2 de septiembre de 2014, una hada buena, personificada en la asturianina Rosamary, se me apareció para reactivar algunas neuronas olvidadizas.

Activado el recuerdo, he podido concretar, mediante investigación de hemeroteca, los detalles exactos de aquella metedura de pata: sucedió el viernes 9 de septiembre de 1966 y afectó, no sólo en aquel momento sino de forma prolongada, a mi moral de redactor de noticiarios.

Se desencadenó nada más terminar la emisión del noticiario de la mañana. Llamó don Esteban por teléfono, no sé desde dónde, para que me trasladaran la orden de averiguar los detalles de un accidente que había ocurrido unas horas antes, que había afectado a un transporte de militares del Regimiento de Lanzacohetes, ocasionando varios muertos, y que, según él “ya era del dominio público en toda la ciudad, salvo en la redacción de la emisora”.

Así que inmediatamente hicimos las llamadas de rigor al cuartel, y, con algo de mano izquierda, conseguimos que nos confirmaran el hecho del accidente, el lugar (Destriana de La Valduerna), la hora aproximada y el resultado de cuatro soldados muertos y una veintena de heridos, información que trasladamos de inmediato a los oyentes en un noticiario extraordinario y de caracter urgente.

Unos minutos más tarde, se recibió en la emisora una llamada telefónica de la jefatura del mismo cuartel desautorizando la información anterior y exigiendo la rectificación por la misma vía, alegando que no había fallecido ningún soldado y que los heridos estaban siendo atendidos en un centro hospitalario con posibilidades de recuperación. No resultó fácil trasladar a antena esta rectificación de la noticia, pero se emitió lo antes posible, acompañada de las excusas de rigor hacia las autoridades militares y hacia los familiares de los soldados afectados.

Mas no terminaron ahí las rectificaciones, puesto que media hora más tarde hube de redactar la rectificación de la rectificación anterior y lanzar otro noticiario extraordinario para confirmar el fallecimiento de dos de los soldados heridos y la situación de extrema gravedad de un tercero que fallecería horas más tarde. 

Con cuatro noticiarios seguidos, tres de ellos extraordinarios y urgentes, en el intervalo de una hora aproximadamente, había logrado un record de difusión de informaciones contradictorias, no contrastadas debidamente, algo que ningún aprendiz de periodista querría llevar colgado de su chepa.  

Recuerdo ahora muy bien la sentencia que emitiría el tribunal popular durante los días siguientes: “estos de la emisora son especialistas en matar y resucitar soldados”.

Yo mismo no tengo, a fecha de hoy, un criterio válido para juzgar el conjunto de aquella actuación, porque habría que considerar la capacidad que tenía para contrastar las informaciones recibidas. Pero sí sé cuál fue el veredicto profesional de mi fuero interno: suspenso irrecuperable.
 

Trazas de hemeroteca con la repercusión nacional de esta noticia:

ABC sábado, 10 de septiembre de 1966, página 38 

Astorga. Cuando se dirigía al campo de tiro y estación de maniobras del Teleno, en la carretera de Destriana, en una curva peligrosa sin señalización, volcó un camión militar que conducía Fuerzas del Regimiento de Artillería Lanzacohetes de guarnición en Astorga.

En el accidente perdieron la vida los soldados Santiago Hidalgo García y Ernesto Fernández Linfo, y otros veinte sufrieron diversas heridas.
 

ABC domingo, 11 de septiembre de 1966, página 56 

León. Falleció el soldado Aurelio Fernández Arias, del Regimiento de Lanzacohetes de guarnición en Astorga, que había resultado gravemente herido en el accidente registrado en la localidad de Destriana, cuando volcó un camión militar. En dicho accidente encontraron la muerte otros dos soldados y veinte resultaron heridos

 

 

XI

La cuarta y la quinta, en lo más hondo de la vocación

Sin tiempo para recuperarme de este bochorno, sobrevinieron de inmediato dos acontecimientos que completaron el desastre. No importa que ambos pertenecieran al ámbito de las tareas que no correspondían a mi compromiso de “redactor”, no sé cómo demonios me dejé involucrar en ellos.  

El primero acaeció en las fiestas de La Encina. Una mañana  me aguardaba en la emisora el recado (nunca supe de quién) de que debía acompañar a Hilario, para llevar unos equipos a Ponferrada y quedarme para ayudar al corresponsal a dar cobertura a las fiestas.

Una vez contactado el corresponsal y entregados los equipos, se puso de manifiesto que yo no iba a tener capacidad para improvisar aquella cobertura que se pretendía, ni tenía tampoco cobertura alguna para mi propio sustento ni alojamiento (el tema de mi soldada se terminaría volviendo penoso).

Esas razones me bastaron para decidir: regresé con Hilario en el mismo taxi que nos había llevado. Aquella decisión sentó mal, muy mal (tampoco sé a quién ni por qué). Pero acontecimientos posteriores demostraron que había sido acertadísima. (¿Por qué no la aplicaría yo a todas las situaciones similares que se iban a producir?).


Unos días más tarde se repitió la situación, sin ninguna clase de aviso previo, aunque con unas importantes diferencias que la agravaron: debía ir a grabar un reportaje de la Consagración de la Ermita del Santo Cristo en Benavides de Órbigo (¡tenía que ser en Benavides, precisamente en Benavides!); esta vez el equipo, que me entregaron ya preparado en su maletín, era un magnetófono UHER maravilloso, y el transporte sería un SEAT-600 particular (de favor), en el que acudirían también a la celebración dos personajes destacados (uno del obispado y otro de las “fuerzas vivas”, intelectuales, de Astorga).



Cuando llegamos ante la Ermita, sin programa alguno con el que irme informando del acto, ya había comenzado la ceremonia religiosa (primer tropiezo en las piedras del camino); pero conseguí, a duras penas y a fuerza de codazos mal disimulados, llegar al presbiterio. Mientras preparaba el magnetofón, pregunté al sacerdote más próximo quiénes eran los oficiantes que ya procedían, hisopo en ristre, en torno al altar, e inmediatamente empecé a grabar, a media voz, el primer reportaje real de mi carrera periodística.

Improvisé algo así: “Radio Popular de Astorga, emisora EAK 48 de la Cadena de Ondas Populares Españolas, va a llevar hasta sus receptores un amplio reportaje de la consagración de la nueva Ermita del Santo Cristo de La Vera Cruz, en Benavides de Órbigo. Son las 12 horas del día 11 de Septiembre de 1966”Hice una pausa para respirar y captar una ráfaga de sonido ambiente y proseguí: “En este momento, el oficiante principal, obispo titular de Ciudad Real, está bendiciendo el altar y el presbiterio”. Iba a hacer otra pausa, pero no hubo tal; porque, en ese momento, el propio obispo mencionado se volvió hacia mí para corregirme – él, a plena voz -: “de Ciudad Rodrigo, obispo de Ciudad Rodrigo”. Ahí sí que hice una pausa, obligada para tragar un poco de saliva. Luego rehice la introducción, en voz más baja todavía. Mientras tanto, la pequeña procesión de concelebrantes repitió, ahora con el incensario y con más sonrisas que devoción, su periplo en torno al nuevo altar. A partir de ese momento, decidí limitar mis comentarios a lo mínimo imprescindible, pensando aquello de “quien mucho habla, mucho yerra” (¡si hubiera sabido cuánto me quedaba que errar aquel día, habría salido por patas!).

Al iniciar la grabación de la homilía, me apercibí de que la cinta del magnetofón circulaba a velocidad irregular, y, después de observar su marcha, que cada vez se ralentizaba más, llegué a un diagnóstico certero: las pilas se estaban agotando (¡Me ca...chis en todas las piedras del camino!). Me aleccioné a mí mismo: “¡calma, ten calma si quieres salir con bien de ésta!”, e intenté encontrar un enchufe de la red eléctrica con la mayor discreción de que fui capaz, que no fue mucha, al parecer. Pero, una vez localizado el enchufe, resultó que el pequeño receptáculo del magnetofón, que debía contener el cable para la conexión a la red eléctrica… estaba vacío, no contenía el cable que debía contener. Asumido el nuevo tropiezo, me achanté disimuladamente, y dejé el protagonismo, del que ya me sentía “harto a hinchepellejo”, a los oficiantes de la ceremonia religiosa.


Terminada ésta, sin esperar a escuchar los comentarios de que ya era merecedor por mi notoria entrada en escena, me dediqué a buscar por todos los medios, y en todas las puertas abiertas, un juego de pilas o un cable que pudiera utilizar para conectar el aparato a la red eléctrica, a fin de cubrir el ágape o “vino español” que las autoridades religiosas y administrativas iban a celebrar en el Ayuntamiento. Ni lo uno ni lo otro pude conseguir. Como último recurso, pedí que me calentaran en el horno de una cocina las seis pilas que utilizaba el magnetofón, a ver si les hacía liberar unos restos de energía con los que pudiera grabar algo de los discursos o hacer alguna entrevista. Pero tampoco aquello resultó eficaz, las pilas habían agonizado.

Éste fue el principio y final desastroso, en un solo acto, del bautismo de fuego de aquella especie de “Reportero Tribulete”.

No obstante, “hice de tripas corazón” para cumplir la misión de informar: redacté una extensa y completísima crónica del acontecimiento y la leí, con gran “tremor” en mi voz, en los noticiarios de aquella tarde y del día siguiente. Además, me consideré obligado a añadir a la información del evento una aclaración achacando la falta del reportaje sonoro a fallos técnicos en el equipo que lo debía haber registrado, “ajenos a la voluntad del reportero”.

El resultado fue que la crónica no agradó a nadie y que la aclaración hizo que en el Obispado, y también en Benavides, se tomaran “muy a pecho” aquel desastre. Algunos, “muy interesados” al parecer, lo tomaron como agravio personal y, para más “inri”, cargaron contra don Esteban, que estaba ausente.
 

Nota sobre la foto lapidaria: Aunque va a resultar difícil induciros a creer mi versión, especialmente cuando hasta las piedras testifican en mi contra, insisto en que el obispo que presidió la ceremonia religiosa no era don Marcelo y en que me corrigió diciendo que era el obispo de Ciudad Rodrigo. (Tendré que investigar para ver a qué se debe esta contradicción y para no quedar también como mentiroso, además de inútil. ¿Alguien me puede ayudar? ¡Socorro! Es que, si, al final tiene razón esa piedra, me lo voy a tener que hacer mirar, y no con un TAC, esta vez con un trepanador. ¡Qué miedo al Susto!).

 

Otra nota más sobre la contradicción anterior: el 1 de Octubre de 2014 me informó telefónicamente el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Benavides, ante quien había intercedido por mí mi buenísimo amigo APérez, el de Turcia, de que en los archivos de la parroquia consta en acta que la ceremonia referida fue celebrada el día 11 de Septiembre de 1966, actuando como oficiante principal el excelentísismo y reverendísimo don Demetrio Mansilla, obispo titular de Ciudad Rodrigo (¡Ah, se siente, amiga piedra, háztelo ver tú!).  


 

XII

Quítame allá esas piedras del camino, por favor

Un par de días después del anterior desaguisado, “alguien debió mover hilos por alguna parte” y Garay, el bendito Toni Garay, corresponsal de la emisora en Cacabelos, fue reclamado para aumentar el elenco de voces masculinas con algo de experiencia y salero (¡no como otros asfixiaos!).

Y ¡bien!, Garay resultó ser el complemento que me faltaba, casi mi polo opuesto; siempre optimista, rotundo en el locutorio, experto en relaciones públicas, nada cobarde, y decidido a quitar todas las piedras que aparecieran en nuestro camino… sólo que, como maestro de aprendices tímidos de la profesión, no era muy ortodoxo.

Su primer y principal consejo para mí, sacado de no sé qué manual de preceptiva radiofónica, fue: ¡Échale vino a tu problema, chaval, échale vino! Y no sólo lo dijo, me lo aplicó de inmediato en dosis intensivas: cada día me sacaba a cumplir dos “rondas informativas” por las zonas más húmedas de la ciudad, una antes de comer, y otra antes de cenar, o en vez de cenar incluso (es que él estaba de pensión en Astorga y las noches se le hacían muy largas). Algún día acometimos, pasada la media noche y después de dar, con su voz, las “Buenas Noches”, las tareas de redacción para el día siguiente, (con alta productividad, por cierto. Claro, ¡ya éramos tres a redactar: Garay, El Vino y yo!).

Surgió, no obstante, un pequeño problema: que yo no sabía beber, ni tampoco desbeber (¡ni aunque lo tomara con gaseosa, chicos!). No recuerdo bien (fijaos que digo que no recuerdo bien) si alguna noche regresamos, algo desacompasados, sobre las dos de la mañana, a ayudarle a Jesús, el Cartero, a cerrar aquel programa de música sudamericana para los camioneros – ¿Se titulaba ”En Ruta”? –: 

(Una biedra en el gaminoooo

venseñó gue vi desdino

era rodaaar y rodaaaar,

rodaar y rodaaaaar.

Desbués ve dijo Garay

guel vino de Cacabelos

refife a muertos, ¡caray!)

 

Sí recuerdo que, a partir de su llegada, ya pude dedicarme a redactar lo que debiera ser redactado y él se encargó de leer lo que yo debiera haberme atrevido a leer. Mi situación se alivió en gran medida.

También llegó unos días más tarde Santos, el locutor que “andaba perdido en vacaciones”. Asumió otra buena parte de las tareas y resultó un buen modelo, muy difícil de imitar.


 

XIII

Rindiendo cuentas y recibiendo un respaldado inesperado

Finalmente, regresó también don Esteban, ante el que comparecí de inmediato, muy preocupado, a rendir cuentas de tantos fallos, con la firme decisión de liquidar mi trabajo en la emisora por sentirme incapaz de desempeñarlo con la debida calidad.

Don Esteban se negó a hacer ningún repaso de los fallos, porque ya estaba al tanto de todos, y, según vino a decir, “yo lo había hecho todo aceptablemente bien. ¿...?”. Me dió la impresión de que él había permanecido muy cerca de la emisora, no en Madrid, y que había estado pendiente de la emisión todo el tiempo.

Tampoco pareció dar importancia alguna a los problemas que supongo que tuvo que enfrentar (¡así de seguro aparecía siempre!).

Ordenó que me adelantaran algo de dinero a cuenta de lo que no había cobrado todavía y me advirtió de que me convenía hacerme de plantilla para poder recibir una remuneración significativa, por lo que me recomendó presentarme a unas pruebas que iban a convocar para cubrir las plazas vacantes.


 

XIV

Comprometido para un año entero

Antes de la fecha de la convocatoria, ya había decidido no presentarme, por dos motivos muy fundados: el primero, liberar a don Esteban del muy probable papelón de tener que rechazar mi candidatura; y el segundo, recuperar algo de mi propia estabilidad emocional, tan zarandeada entre dos graves defectos que llevaba aquellos días a flor de piel: la timidez acomplejada y el orgullo herido (una combinación altamente explosiva según los expertos).

Así pues, no me presenté a las pruebas, en las que resultó seleccionado Martín, el sempiterno Martín, que se amoldó de inmediato al escenario en que debía actuar y representó su papel sin problemas ni conflictos durante los siguientes ¡30 años!, hasta que le aplicaron, también a él, el “matarile” (es calificación suya). 

Cuando ya me sentía yo “al fin liberado” y decidido a dedicarme a estudiar relajadamente, el bueno de don Esteban me pidió que siguiera colaborando con la emisora y me pintó un perfil de colaborador que, según él, encajaba con mis aptitudes. Al final me dejé convencer (¿por qué? Por un puntillo de notoriedad y por una mísera soldada de 500 pesetas al mes).

 Acepté encargarme de tres programas que necesitaban redacción y locución. Dos de ellos requerían además algunas habilidades relacionadas con el mundo de la farándula, como hacer el payaso o tocar la guitarra, la pandereta o la harmónica:

-   “Camarero, por favor (lo que se dice en Astorga, lo que se comenta, lo que se escribe)”. Diario, a las 21 horas. Tuve más problemas que éxito. La guasa que yo echaba en otros ámbitos, resultaba poco afortunada en aquel programa. Ni siquiera yo le veía la gracia. Lo hice, a pesar de todo, hasta el último día.

-   “Revista de Juventud”. Sección semanal del programa “Los Duendes de La Noche”. Incluía entrevistas o una tertulia con jóvenes, casi siempre estudiantes, lectura de colaboraciones de los propios estudiantes, canciones de ronda o rondalla, y canciones modernas. Estaba previsto realizar varias ediciones en el Instituto (INEMA), Escuela de Maestría, Seminario, Cuartel Militar, Colegio Menor Leopoldo Panero, etcétera. Tan sólo se emitieron tres ediciones, todas del Instituto. La que iba a ser segunda en el orden de realización, dedicada a los seminaristas de Astorga, fue objeto primero de aplazamientos injustificados y luego de cancelación, sin que me llegara aclaración alguna del motivo (¿qué os parece?). Otro tanto sucedió con la de los militares. 

-   “La tarde de Los Jueves”. Programa infantil que se emitía desde el salón de actos, en sesión abierta al público (niños), la tarde de cada jueves durante el curso escolar. Estaba integrado por tres partes: Una payasada, un retablo de marionetas y un show de sketchs, canciones acompañadas a la guitarra, chistes, poesías o cuentos, juegos y adivinanzas… hasta llenar una hora y media. Se produjeron y emitieron todas sus ediciones, con mayor o menor gloria, gracias (¡imposible dar todas las que se merecen!) a los compañeros más amistosos y desinteresados del mundo: Hilario, el verdadero e imprescindible jefe del patio de butacas, capaz de controlar a una riada de chiquillos; Celedonio, el bueno de los payasos, mejor tañedor de guitarra e intérprete de canciones; Blandino, el más gracioso y ocurrente de los payasos, intérprete reiterado de “Juanita Banana”, dispuesto a tropezar cien veces por programa y caerse cada vez más aparatosamente hasta que su diapasón mental le indicara que los niños ya no eran capaces de reírse con más ganas. También Marigely se arriesgó a bajar a la palestra de aquellos deshollinadores zarrapastrosos, disfrazada de mágica Mary Poppins. (¿Qué hacía yo en el programa? Pues... en redacción hacía los guiones – de la payasada, del tablado de marionetas y de los sketchs – y en el escenario, hacía el indio, el “Indio Moco Estúpido” como me bautizó Blandino). Todos los locutores (Rosamary, la simpática voz saltarina; Marigely, la voz melodiosa; Santos, en su justo tono y Martín, dicharachero) tenían la paciencia de interpretar, en doblaje, todos los personajes del tablado de marionetas:

-   “Maragatín” y “Bercianita” eran los protagonistas buenos. De su nombre se deduce que preconizaban el protagonismo de las dos comarcas centrales de la cobertura de la emisora. También es fácil intuir que representaban un trasunto idealizado e infantil de los padres de don Esteban. A veces les ayudaban, con voz en off, el Mago Merlín o alguna hada.

-   El Malón, que podíamos asimilar multifacéticamente a un lobo, un dragón, un cocodrilo o cualquier otra personificación de la malicia y el egoísmo, al que yo llamaba genéricamente “Bocazas”, por ser todo él sólo boca. Era ayudado a veces por una bruja. Él creaba el conflicto, el nudo siempre simple de la trama, concibiendo e intentando trampas y contratiempos para la vida feliz de los protagonistas. “Como estaba mandado”, fracasaba siempre en sus torpes intentos y recibía los consiguientes garrotazos, cuanto más ruidosos mejor.

También los técnicos de control tenían que espabilarse para mezclar tres fuentes simultáneas de sonido: el locutorio, el escenario y las cintas grabadas.

Al guión de las marionetas le eché más fantasía y lírica de las debidas, que nadie atendía, hasta que me pidieron regresar al argumento sencillo y trillado y a los diálogos claros y graciosos.

A mí me agobiaba una dificultad del planteamiento: a los niños presentes en el salón sólo les hacían gracia los tropezones, las caídas estrepitosas, los porrazos y los gestos caricaturescos, que no se pueden ven por la radio como en el circo o la tele, lo que me ocasionaba un grave problema para entretener también a los niños radioyentes. Lo intenté cambiar de mil maneras, pero desistí cuando llegué a la conclusión de que éste era el único programa del que don Esteban quería que yo me encargara a toda costa y, precisamente, en su formato inicial. Duró todo el año y nunca le faltaron patrocinadores dispuestos a pagar su precio y a regalar, además, chuches, galletas, pastas, mantecadas o chocolates para atraer a los niños.


 

Interrupción telefónica número 6:

-   Minito, soy Mirita. Te llamo porque hemos recibido en administración una queja por la payasada del jueves.

-   ¡Anda! ¿Cuál es el problema esta vez?

-   Que, por lo visto, se os escapó a los payasos un pecadito por antena.

-   ¿Cómo?, ¿un pecadito?, ¿cuál?

-   No sé. A mí no me lo han dicho; pero piden que se os sancione o tomarán otras medidas.

-   Un pecadito, un pecadito… A ver... ¡Ah, ya sé! Cuando Blandino se cayó de la escalera, me dio un testarazo en toda la nariz y debí decir “¡cojonitos!”

-   Pues, ya sabes, 25 pesetas de multa.

-   Bueno, vale. Descuéntamelas de la próxima soldada y a ver si, al final, queda algo líquido.

 

 

XV

Valoración: La faltriquera de don Esteban.

Dejando a un lado sus funciones de director de la emisora, que yo no tengo criterio suficiente para evaluar, sí quiero declarar mi opinión sobre sus intervenciones en redacción o locución: era inigualable.

Se pasaba la vida produciendo con una facilidad increíble, a cualquier hora y en cualquier sitio, pero casi nunca sobre la mesa del despacho, porque siempre andaba corriendo (¿de quién quería escapar, don Esteban?). Tomaba un simple apunte, unas notas con la síntesis del asunto, y ya le bastaba para tejer un buen comentario. Si no lo necesitaba en aquel instante, lo echaba al bolso de la sotana, un bolso a modo de faltriquera que no debía tener fondo. Cuando, luego, en otro momento, no tenía claro un contenido para el artículo que necesitaba, ya que consumía varios cada día, muchísimos cada semana, echaba mano a la faltriquera, ponía sobre la mesa todos aquellos papeles, y, en unos minutos, lo componía sin agobios de ninguna clase. 

Escribía a máquina con muy pocos dedos, aporreando nerviosamente las teclas, por lo que producía frecuentes erratas, gazapos y hasta faltas de ortografía. No le importaban, la cosa era tener un papel para el archivo o para la censura, por lo que el texto escrito no siempre correspondía al pie de la letra a lo que luego pronunciaba ante el micrófono. En el locutorio remataba la última versión, seguro de no dejar nunca frases deslavazadas y de encontrar rápidamente el léxico adecuado para su concepto y el ritmo y tono más acordes al mensaje que quería emitir. 

El resultado era que su audiencia lo apreciaba verdaderamente. Tuve buena muestra de ello.

También he oído a muchos oyentes autorizados asegurar que, después haber sido forzado a dimitir en septiembre de 1968 (¡también él fue sometido a matarile!), se le echó muchísimo de menos en las ondas.

No debo omitir la mayor reprimenda que me echó en todo el año. Fue una noche de la campaña de Navidad de Cáritas. Aunque en aquel momento me disgustó muy profundamente, hoy le reconozco cierta justificación desde su celo en aquellas campañas: le pareció que yo no me estaba implicando bastante y me reprochó públicamente que no hubiera relevado en ningún momento a alguno de los locutores que atendían las llamadas para hacer donaciones, mientras que sí me dejaba invitar a un bocadillo y un refresco a cuenta del presupuesto de la propia campaña. No era cierto que no me hubiera implicado (no viene al caso el cómo), pero, porque lo reverenciaba, me puse al micrófono de inmediato, sumamente nervioso, y él mismo me tuvo que aconsejar dejarlo cinco minutos más tarde.


 

Interrupción telefónica número 7:

-   Soy Martín, desde Redacción. Que ahora llaman los “Gallos Corraleros”.

-   Y esos ¿quiénes son?

-   ¿No lo sabes? Son los cónyuges de las "Gallinas Verbeneras".

-   ¡Martín, me caso'n Soria! Que les dé a Hilario y a Blandino por montar estas guasas, lo entiendo. ¡Son unos críos! Pero tú aspiras a hacerte un hombre de pro, no entres a estas bromas, hombretón.

-   ¡Anda éste! ¿Por qué crees que es broma?

-   No lo creo, lo sé. Que lo haga Blandino, que me parece a mí que tiene aptitudes para emprender algo relacionado con la industria ganadera... le va bien para ganar clientela. ¡Pero tú eres un desertor del arao, igual que yo!

-   Lo que te iba a decir. Que los  gallos se quejan de que “sus santas” se niegan a acudir al lecho gallinero hasta que termines ese rollo. Al perecer ellas se mueren de impaciencia por saber qué va a pasar con ese aprendiz tan simpático que no termina de aclararse.

-   Pues diles a esos gallos holgazanes que ya termino y que, otro día, se lleven ellos un osito a su lecho, ¡leche!

-   A ver, Minito, no te pongas gallito tú, que han amenazado con acudir a la Guardia Municipal a denunciarnos por exceder el horario y, a este paso, no les va a faltar razón.

-   ¡Que ya termino, de veras, Martín! Prometo abreviar.


 

XVI

Valoración. ¿Y yo, qué?

Yo tenía muchos menos fundamentos, por supuesto; y también tenía menos fuerza de voluntad para trabajar, sobre todo después de cada sonado fracaso. ¡Cuántos de sus alumnos y colaboradores habrían aprovechado mejor que yo una oportunidad como aquella! Sin rebuscar demasiado: de mi mismo curso del seminario salió uno, y del gupo de preu y de la Revista de Juventud, otro, ambos famosísimos en prensa, radio y television. Del personal de la emisora han sido varios los que han proseguido carreras profesionales exitosas en los medios.

 

Cuando quedaron patentes mis limitaciones de dotes y de voluntad, mi mundo de fantasías se fue destiñendo de la ingenuidad, perdió los colores brillantes, y ganó la perspectiva de la realidad, una realidad poco candorosa y agradable (¡nada de longanizas a los gatos!).

Recibí aquel año, en doble ración, las primeras “calabazas” de mi vida: suspendí para siempre mis intentos hacia el periodismo y suspendí en junio, aunque lo aprobé en septiembre, el grupo común de las pruebas de madurez de preu (de donde se deduce que ciertamente no estaba “maduro” y que, si bien podía vivir de las rentas en materia de letras, no ocurría otro tanto en materia de ciencias, biología por ejemplo).

Por cierto, aquel curso coincidí en clase de PREU con F. Torío y Pedro M. M.

Al final salvé mi balance económico y pagué mis deudas, impartiendo clases particulares de latín y de griego, gracias a don Abelardo y a compañeros del insti que me recomendaron alumnos.

En Septiembre decidí desistir de forma definitiva de aquel intento en la radio.

Cuando llegó la hora de la despedida, don Esteban se hizo el despistado, tuve que perseguirlo a la carrera por las calles para poder decirle adiós. Creo que no quería caer en la tentación de animarme a seguir un derrotero inadecuado para mí, o, tal vez algo de mi conducta le había molestado. Eso parecería un par de años más tarde, cuando no me contestó a una carta que le envié a la emisora, algo que me extrañó muchísimo, hasta que supe que ya no era director (¿Recibió mi carta?)

Mi partida de Astorga, frustrado y desmoralizado, recordaba aquella fábula de primer curso sobre un zorrillo que, al alejarse de la parra de los racimos inalcanzables para sus saltos, iba esbozando un inútil gesto de altanería: "¡no me apetecen, no están maduras!".

En julio de 1974 consideré la posibilidad de pedirle a don Esteban que oficiara la ceremonia religiosa de mi boda en San Román de la Vega, el 4 de agosto; pero no me atreví en razón a la no respuesta a mi anterior carta, por si estaba molesto conmigo de forma grave.

 

Del accidente mortal que le costó la vida, un mes más tarde, el 31 de agosto, a mediodía, me enteré con muchísimo retraso y no pude ni siquiera sentirlo en tiempo y forma, por eso he querido dedicarle ahora el mejor recuerdo que conservo de él, compartiéndolo con todos los que intentamos aprovechar sus clases magistrales del seminario o ser sus “aprendices” en la emisora.


 

Interrupción telefónica número 8 (¿la última?):

-   Hermino, soy Blandino, otra vez. Acaba de llamar una de las “Gallinas Verbeneras”, muy melosa ella, creo que muy afectada o confusa, como si le apeteciera encontrar alguna razón para llorar un buen rato.

-   ¿Confusa? ¿Qué pasa, que no la entiendes?

-   No, digo confusa porque habla un chapurreado de guiri y de español.

-   En ese caso, el confuso vas a ser tú, chaval.

-   A lo que vamos: pregunta si va a aparecer en este folletín algún capitulillo de corte romántico, que tenga que ver… no sé cómo dijo, con morir de “corazón rompido” o algo así. ¿Qué le digo? ¿Vas a contar algo de eso, o no?

-   Que no. Dile que no. Que esta historia no trata de amores melancólicos, que trata de desengaños vocacionales. Que se relaje y se acueste, que ya es muy tarde y esto se ha terminado por hoy. Y tampoco te pongas tú ahora melancólico con ella, ¡que te conozco, bacalao!

-   ¡Vale! Ya le digo que nada de amores.

-   ¡Hasta otra, gran amigo, grandes amigos!

 

 

 

XVII

Epílogo

No estudié periodismo.

En vez de hacerlo, busqué una profesión asequible a mis aptitudes, que me permitiera vivir con holgura. Primero entré en la industria turística, con escaso éxito económico. Finalmente en la administración, y fui, al fin, muy afortunado. Aclaro que no fue una suerte mi fracaso en la emisora, sino todo lo contrario; la suerte fue encontrar otra profesión estupenda.

Pero no he olvidado las viejas aficiones, me gusta seguir intentando escribir, ahora para satisfacción y diversión personal, sin ansia de brillar ni necesidad de cobrar por hacerlo. En ese sentido, dejé de buscar la genialidad. Sí me gustaría ser un poco divertido y saber compartir con mi buena gente (con nadie más) las risas y, si tiene que caer, alguna lagrimilla furtiva, siempre que goce de libertad total para acarrear relajadamente mis limitaciones y fallos, sin que me tenga que juzgar nadie y sin que tenga que andar yo disimulándolos.

Creo que lo voy logrando y, además, en este curso las calificaciones me las voy poniendo yo mismo.

Solamente... no estoy seguro de seguir siendo un ingenuo intencionado, como yo quisiera, y eso sí lo tengo que arreglar.

 

Hace un año, me entregaron en Cope-Astorga el libro "50 Años de Radio y Astorga". Cuando encontré en él mi nombre en diminutivo, sentí una gran alegría por el hecho de que me recordaran un poquito y, precisamente de esa forma. Llamé a aquellos con los que podía tener algo de confianza y me prestó mucho comentar cosas y casos. También sentí muchísimo no poder llamar a otros (Celedonio, Garay, Jesús…) Me pasaba largos ratos mirando el libro, aunque lo que veía no siempre estaba impreso en él, eran mis recuerdos, que cada instante se hacían más precisos. Tan enfrascado me vieron en ellos, que mi hija mayor me preguntó: ¿Tanto sientes no haber seguido en la radio? Mi respuesta fue inmediata: No, no lo siento en absoluto. Me alegro muchísimo de haber seguido el camino que he seguido después. Pero, ahora que he olvidado lo menos grato, me agrada mucho, muchísimo, recordar todo lo que viví aquel año.

 

Me alegro muchísimo de haber coincidido con todos aquellos con los que coincidí en la emisora. Os tengo incluidos entre "mi buena gente". Me queda una pena pequeña por no haber coincidido con otros muchos, cuyas voces y textos sí he podido disfrutar antes y después de aquel año. 

 

Emulando a VíctorR, puedo extraer esta conclusión:

No fue poco lo vivido,

ni baladí lo aprendido:

una etapa en el camino,

que marcaría mi destino.

  

¡Ánimo, zorrillo, pega un brinco con toda tu alma y échale un buen bocado a esas uvas que se ven tan apetecibles! ¡Que ya están maduras! ¡De verdad de la buena!


Guadarrama, Agosto de 2014

 

 

-    ¡Eh, tú!

-    ¿Qué…Cómo...?

-     ¿A dónde crees que vas tan de prisa?

-    ¿A dónde…?

-    Sí, hombre. ¿A dónde vas sin decir adiós?

-    Pero, ¿a quién debo decir adiós?

-    ¡A mí! ¿No me conoces por la voz? Soy un viejo amigo tuyo. ¡Jo, jo, joooo! Del tablado de marionetas de las tardes de los jueves. ¡Jo, jo, jo, joooo!

-    ¿Cuál viejo amigo?

-    El Bocazas, chico, ¿no me recuerdas? ¡Tu Bocazas! El Malón, El Lobo, El Dragón, El Cocodrilo ¿Qué pasa, que yo no soy uno de tus recuerdos más queridos de la emisora?

-    ¡Sí! Esto… Yo…

-    ¡Uy, que se nos ha quedao pasmao, aquí, el señorito guionista, el Minito, el Indio Moco Estúpido!

-    Pero…

-    ¿Qué pasa? ¿De qué te asombras ahora?

-    ¿Dónde estás?

-    ¿Cómo que dónde estoy? ¡Aquí mismo, contigo, a tu alrededor!

-    ¿Aquí? ¿Estás aquí?

-    Sí, hombre, sí. Pero deja ya de mirar para un lado y para el otro como un mochuelo, que ya andas muy reumático y te va a dar una tortícolis de campeonato. Te he dicho alrededor, por todas partes. ¡En la onda, chico, en la onda! En las ondas del pasado, esas que andabais buscando don Esteban y tú. Mira tú qué suerte: ¡Por fin has pillado una!

-    Ya, pero…

-    ¿Qué pasa, que ahora resulta que el gran ingenuo ha perdido su fe en la magia? ¡Tanto como te atraían las cosas mágicas!

-    Yo no… Es que… ¿De dónde sales?

-    Deja ya de darle vueltas al dónde. Salgo del limbo, por ejemplo.

-    ¿Del limbo…?

-    Si, hombre. Del limbo, un lugar en ningún sitio, al que don Esteban y tú podrías sacarle mucho partido en vuestros reportajes fantásticos, si os dieran tiempo y un magnetofón adecuado para ello.

-    ¡Ah, ya!

-    A ver, pasmao, siéntate otro ratito al teclado y teclea, que tenemos tú y yo pendiente un diálogo de esos tuyos, una larga conversación. ¿No te gusta tanto recordar? Pues, vamos a recordar juntos unas cositas.

-    ¡Ya!

-    ¡Así me gusta, valiente! Jo. Jo. Jooo. ¿Miras al magnetofón? ¿Ya estás sospechando de Blandino, Hilario y demás?

-    Eh… Pues sí.

-    Pues, no te quedes con la duda. Apágalo, desenchúfalo, quítale también las pilas, si quieres.

-    ¡Ya!

-    Quítale también la cinta, asegúrate de que no es una broma pesada.

-    ¡Ya!

-    No. ¡Nada de ya! Aquí el que tiene que tomar la inicitaiva y formular las preguntas, eres tú, el periodista. Yo sólo soy el entrevistado.

-    Sí. Esto… A ver… Esto…

-    ¿Quieres desalelarte ya de una vez, o vas a esperar hasta que me vaya y te quedes in albis?

-    Vale. ¿De dónde sales tú, ahora?

-    Ya te he dicho, del limbo. Pero te lo aclaro, de una caja de trastos en un archivo, donde amontonaron lo que nadie quiso quedarse de los antiguos estudios, lo inservible, lo que no tiene valor ni aspecto agradable.

-    Y ¿qué fue de Maragatín y Bercianita?

-    Pues, mira, esa pregunta no te la sé contestar. Pero te diré que había muchos que se los querían llevar. Tal vez estarán ya en algún museo o en el arcón de juguetes de algún niño.

-    Y, a ti, ¿cómo te va?

-    ¡Vaya, gracias por interesarte! Pues, ni bien ni mal. Ya sabes, como en el limbo.

-    Pero, ¿cómo te sientes? ¿Te sientes bien?

-    A ver, guionista ingenuo, que yo no siento, que sólo soy una onda de sonido. ¿Lo entiendes ya, o no?

-    Sí, tal vez. Y ¿quieres algo? ¿Necesitas algo? ¿Puedo hacer algo por ti?

-    ¡Pero qué guionista más bondadoso! Siempre lo fuiste, ¿sabes? Siempre buscaste algún truquillo para librarme de los insultos de los niños y de los garrotazos de Blandino. Pues, hombre… A ti, ¿qué te parece? ¿Necesitaré algo?

-    Hummm… Tal vez unos arreglos, tal vez estés algo roto, algo carcomido, un poco destrozado, supongo.

-    ¡Claro! ¿Qué te creías, que era eterno? Después de tantos garrotazos, era de esperar que estuviera bastante roto. Pero no es necesario que te molestes, no he traído el cuerpo. Hoy y aquí, sólo soy voz, como las voces en off que tanto te gustaba meter en los guiones. Y, además, a mi cuerpo le sientan bien las magulladuras.

-    Tal vez te sientes muy solo, abandonado. ¿Quieres que te recoja y te lleve conmigo, a mi casa?

-    ¡Guauuuu! ¡Eso sería el paraíso! Pero no va a ser posible. No creo que te dejen rebuscar en el archivo, y, menos aún, llevarme a tu casa. Pero, dime: si pudieras llevarme a tu casa, ¿qué harías conmigo después?

-    Podría presentarte a mis nietos, podríamos jugar alguna vez con ellos. Les podríamos contar tantas cosas… tienen mucha imaginación, también ellos, y son muy cariñosos.

-    ¡Ya salió el abuelo! ¡Faltaría más! Límpiate la baba, anda, que te cuelga hasta el ombligo. ¡Qué cosa más asquerosita esa baba!

-    O te podría exhibir en un lugar importante de mi salón o en mi dormitorio; tenerte conmigo, vaya.

-    Ya… y dentro de unos años, cuando faltes tú… al trastero… o al contenedor de la basura, que es peor.

-    No sé. Yo… claro que terminaré faltando. Y, ahora ya, más pronto que tarde.

-    No te quepa duda. Y tu cuerpo no es de madera, algodón, tela y grapas, como el mío. No quiero recordártelo, pero el tuyo sí que se va a deteriorar… Pero, no te preocupes demasiado, que ese estado dura poco. En toda la duración de la eternidad, el tiempo de los cuerpos, ya sean guapos o feos, es un instante fugaz. Es mejor que te preocupes de lo del alma. Porque vosotros no os creéis marionetas, creéis que tenéis alma inmortal, ¿verdad?

-    Sí, eso dicen.

-    Y, tú. ¿Cómo ves eso del alma inmortal en la eternidad?

-    Pues… ¿Qué te puedo decir?

-    Dime lo que tú creas.

-    Yo, por un lado, lo veo... algo… incierto. Por otro lado, confío en que va a ser algo bueno, definitivamente bueno, el paraíso de un ingenuo: no habrá contrariedades ni maldades, ni enfermedades ni dolor, ningún dolor; no quedarán misterios ni dudas; lo sabremos todo; podremos comprender la inmensidad del universo y del tiempo infinito; podremos admirar los secretos de la misma vida, de la fisiología de las plantas y de los animales… Y recuperaremos la inocencia. ¡Ah, y que lo sepas, no habrá insultos ni garrotazos!

-    ¡Qué tío! ¿No te conformas con poco, verdad?

-    No, claro. Si puedo pedir…

-    Así que tú no tienes complejo de marioneta, como tantos que andan por ahí.

-    No, eso no.

-    Pues, menos mal que te queda un motivo para sentirte orgulloso, importante; porque como periodista entrevistador eres un desastre. Las preguntas más interesantes las he hecho yo. Se te ha escapado de rositas el entrevistado.

-    Pues, ¡anda que tú, como onda sonora, te has lucido, Bocazas! ¿No comprendes que las ondas sonoras no razonan, no piensan, no dialogan, que sólo repiten, propagan los sonidos?

-    ¡Vaya por Dios! ¿Entonces qué soy yo? ¿O no soy nada?

-    Me da igual lo que seas. A mí me has gustado mucho, seas lo que seas, ingenuo Bocazas.

-    ¡Estupendo! ¡Fantástico! Pero, ¿sabes qué es lo malo de las ondas? Que funcionan mediante la oscilación de partículas… Y la energía que produce esta oscilación ya se va agotando, se agota, se agota… Adiós, adiós, adióoooos.

-    ¡No, no…! ¡Espera un poco más, por favor! ¡No te vayas todavía!

-    Ya no es posible, amiguito. ¡Adiós, adiós, adióooos…!

-    ¡Pero que todavía no me has dicho si querías algo de mí!

-    ¡Ah, sí! Que me incluyas entre tu buena gente. ¿Lo harás?

-    ¡Por supuesto que sí! Date ya por incluido.

-    Eso es lo que quería. Sólo eso. ¡Adios, adiós, adióoos…!

-    ¡Adiós! ¡Hasta cuando quieras, queridísimo Bocazas!

 

 Ahora sí: FIN (de momento...).