EL POZO DE 1964



 

A ver... es que aquellas varas no eran radiestésicas; eran injertos de cirulín.

Dicen que un mago pasó por la Bañeza en 1964 y predijo que había un río subterráneo en frente de la puerta de recreo, unas yardas hacia las viñas y justo a tres metros de profundidad. Puesto que el Seminario estaba ávido de agua, los mandamases decidieron hacer un pozo hasta el manantial, poner un motor y conseguir el preciado líquido. 

 

No obstante, la cuestión era: ¿Y quién lo hace? Pues se coge a los cinco más currantes y se les promete un viaje hasta Madrid si consiguen sacar el agua cavando un pozo de tres metros de profundidad y tres metros y medio de diámetro. El Rector habló con Toribio, quien se encargó de buscar los fortissimos ex omnibus, y todos a los que nos lo propuso aceptamos de buena gana.

 

Los cinco magníficos cavadores éramos: Toribio, Mayo, Tato, Alfayate y Diéguez, todos ellos de respetable físico en aquellas pretéritas fechas. El trabajo lo hicimos con enorme alegría y generosidad en el esfuerzo, prestos siempre a hacer unos centímetros más.

 

De todos los seminaristas de entonces es sabido que en los recreos del mes de mayo y parte de junio hicimos un pozo de más de cinco metros de profundidad. Pero el zahorí se había equivocado, por lo que nunca salió agua. Además, yo pagué un precio muy alto porque tuve el único suspenso de mi vida en el Seminario.

 

 

¿Y esa agua del fondo? Pues... que anoche llovió a calderaos.

Los jefes decidieron que a pesar de no haber conseguido agua, igualmente nos habíamos merecido el viaje hasta Madrid. De forma que, en un acto de generosidad, nos alquilaron un taxi de cinco plazas para realizarlo. La lástima fue que éramos cinco más el chófer y nos tuvimos que entretener durante todo el viaje en ver quién avistaba primero a la Guardia Civil para tirarse al suelo del coche.

 

Henchidos todos de ilusiones –o al menos yo- empezamos el viaje, dispuestos a comprobar que el mundo era grande y que no se terminaba en la Bañeza. La primera destinación era Valladolid, que recuerdo lleno de semáforos y muy llano, sin tropezones ni barrancos y que me pareció poético. Yo estaba pasmado con ese nuevo mundo.

 

Pasamos también por Segovia, ciudad asentada en unas altas rocas, residencia de los Trastámaras, de jubilados guerreros, monumento de conventos y reposo de los espíritus tranquilos. Todo era paz cuando llegamos, a la caída de un inmenso sol que se hundía en el infinito cielo azul. Recuerdo que era una ciudad de buenos fiambres, corderitos y cerditos de reciente edad al horno con patatas,  que comíamos muy tiernos, cocinados de forma magistral por el chef.

 

Aprovechamos para recorrer en nuestro taxi la ciudad, subimos y bajamos las inclinadas calles, y nuestras cabezas estallaron ante la gran obra romana del acueducto, que nos dejó a todos boquiabiertos y en silencio. Después del acueducto nos recreamos en la muralla que abraza la ciudad.

 

Al día siguiente, nos dirigimos a Ávila, ciudad rodeada por el rio Adaja, con una parte vieja dentro de su enorme y rectangular muralla, deslizándose algunas viviendas hacia el Valle de Ambles. Vimos allí FADISA, fabricante de Alfa-Romeo, donde yo me quedé mudo al comprobar cómo de unos hierros sacaban un coche. Era mi primera visión de la fabricación, de la transformación de materias primas.

 

Es de evidencia que mientras viajamos vimos todas las catedrales e iglesias relevantes en el camino por donde nosotros pasábamos, de las cuales recuerdo especialmente la Catedral de Ávila y el Monasterio de Santo Tomás.

 

De Ávila nos fuimos a Madrid,  que era nuestra meta. Ahora todos conocemos Madrid, más o menos, pero para mí entonces fue lo máximo. Esa visita creo que ha influido de forma tremenda en mi vida, porque conocí muchísimas cosas que me impresionaron, cosas que yo creía de altísima tecnología como los escaparates movibles, las escaleras mecánicas del Corte Inglés, el metro, los autobuses y sus líneas de recorrido, el Real Madrid o la selección de España. Soy incapaz de expresar la transformación mental que eso supuso  para mí, no me cansaba de ver cosas aunque mis compañeros empezaban a estar aburridos. Debo decir que en aquella época yo no había salido del mundo seminarista y del pueblo, de ahí el enorme impacto y repercusión para mí.

 

Comentario aparte merece el gran partido de fútbol al que yo no quería ir, la final de la Eurocopa entre España y Rusia. Allí supe de unos señores vestidos de corto y que defendían a muerte el resultado: Muntian, el siete ruso, Marcelino, ¡qué cabezazo el suyo!, Amancio, Zoco, Calleja, etc. Aquel día fuimos testigos del primer título de selección de España. No me gustaba el fútbol en aquella época, pero fue un partido impresionante y eso imprime carácter.

  

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Iribar, Rivilla, Olivella, Calleja, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Suárez y Lapetra.

Y, en el graderío, los esforzados poceros hacíamos historia.

 

Después de Madrid, pasamos un día en Toledo, el cual aprovechamos para ver al Cordobés, torero de moda por aquellas fechas. Fue muy emocionante ver a la gente gritar y sufrir con aquel señor que se arrimaba al toro peligrosamente, aunque el toro no conseguía atraparlo. ¡No me lo podía creer, nunca había visto cosa igual! De Toledo sólo puedo decir que me pareció un museo inmenso culminado por su gran Catedral y el impresionante Alcázar, del que nos contaron varias historias militares que no recuerdo.

 

Esta sería la historia de un pozo de agua que nunca dio agua, que me causó un suspenso, que me permitió compartir un viaje con grandísimos compañeros, viaje que puedo asegurar ha influido poderosamente en mi vida. Me abrió los ojos y con ellos abiertos me abrí camino en la vida. Me di cuenta de que con TRABAJO, JUVENTUD y ESTUDIO todo se puede.

 

Luis