Las andanzas de un motril apodado Rolindres.

Aguinaldo de Navidad-2016


 

 

Queridos compañeros y, sin embargo, amigos:

 

Mi confesión previa.

¿Tienes algún amigo de esos que acuden infaliblemente a todas las tertulias, fiestas y velatorios y en todas ellas se empeñan en “dar la paliza” a los demás contando sus propias batallitas? ¡Que sí, que lo tienes! Ese del que siempre intentas alejarte con disimulo porque ya te tiene superaburrido y, cuando ya te has sentado entre los más divertidos y confías en que no le quede sitio a él para sentarse a tu lado, lo ves sentado en la silla de enfrente y oyes que inicia otra vez uno de sus relatos autobiográficos, sin darte ni siquiera tiempo a gritar ¡socorrooo, auxilioooo, a mííí! Pues sí, aquí me tienes otra vez. Sé y confieso que un palizas autobiógrafo, serlo, soilo. Perdóname. Es un defecto que no puedo enmendar. Como soy consciente de él, déjame que yo mismo te ofrezca el remedio para evitar la paliza de hoy: no sigas leyendo este rollo. Si te es posible, sal a pasear sobre una alfombra de hojas otoñadas y disfruta del silencio y de la luz de este luminoso invierno. Si no te es posible, relájate y búscate otra página menos pesada; pero no caigas en la tentación de la tele o los periódicos, porque esos también pesados, serlo, sonlo, más que yo, y con autobombo inclemente. 

La presentación.

Esta misiva tiene por objeto cumplir mi deber de reiterar testimonio de mi recuerdo y amistad hacia vosotros en fiestas tan afectuosas como queremos que sean éstas.

Para hacerlo podría haberme limitado a comprar en el supermercado una de esas cartulinas adornadas, escribir un mensaje breve de cumplimiento y cursarla por correo, tal como hacen los más discretos de los nuestros. Si, además, lo hubiera hecho hace quince días, todo el procedimiento habría quedado muy correctamente cumplido, muchos de vosotros comentaríais “vaya, esta vez éste no se ha pasado… ¡menos mal!” y quedaríais también encantados. 

 

Pero no habéis tenido suerte. Yo no soy discreto, ya sabéis “¡antes muerto que sencillo!”. Mi complejo de inseguridad me dejaría un “come, come” vagando por los rincones de mi inconsciencia. Así que no os libraréis de la mía tampoco esta vez.

Por eso decidí hace días mandaros un aguinaldo. Barajé la opción más discreta y facilona de los aguinaldos, en este caso un villancico de los que yo prefiero, y lo encontré, y lo elegí, ¡ya lo tenía! Pero… otra vez noté la mordedura del “come, come” inseguro, royéndome la entraña, y seguí cavilando. Entonces se me ocurrió componer un paquete más completo: un cuento junto con el villancico, ambos de pastores, de pastorines más bien ya que nuestra larga convivencia ocurrió en la edad temprana. Temprana, sí, porque hoy día nos parece tan lejana que nos damos cuenta de lo temprana que fue, aunque entonces nos considerábamos ya unos hombrotes hechos y derechos.

   

Villancico

 

Cuento

Y resultó que el cuento ya lo tenía, no lo tuve que inventar, sólo he tenido que transcribirlo. Es un cuento casi tan viejo como yo y me lo sé de memoria desde hace 65 años. Es un cuento que a mí me gusta, al menos mi versión, y que me divierte mucho. Siendo sincero, debería aclarar ya que es un relato autobiográfico, porque va a relatar unos hechos que, por suerte, me tocó vivir. Pero la denominación de “cuento” insiste en caer desde mi inspiración al teclado a la hora de presentarlo, corrigiendo la de relato; así que la voy a dejar estar. Digo yo que a algo se deberá esa insistencia en aflorar la palabrita “cuento”. Acaso a los engaños, que no mentiras, que fraguaron esta historieta “en tiempos de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas" como escribió Cervantes casi por entonces (¡toma hipérbole!).

Será, por tanto, un “cuento” autobiográfico. (“¡Vaya, otra vez éste!” – diréis).

El “cuento” tiene mucho de crónica, por relatar hechos reales que yo viví con toda la sinceridad de mi más pura inocencia. Tiene también algo de comedia, o de sainete más bien, por el papel que representaron los demás personajes de lo que fue para ellos un “enredo” con el que me engañaron “como a un niño con castañas”. Estos personajes relevantes fueron mis padres; mis abuelos maternos; mi tía Celia, viuda de un hermano de mi madre; mi madrina, Cónsola, hermana de la anterior; y la “tía Cándida”, madre de ambas. Todos ellos gozarían de mi mayor aprecio, si yo tuviera la suerte de que siguieran vivos; no siendo así, me conformo con encontrar “harto consuelo en su memoria”.

Anticipo mis excusas porque, con tanto afecto de por medio, mi “cuento” va a adolecer de parcialidad a la hora de caracterizar al protagonista y a los demás personajes. Por lo que a mí se refiere, si en algún momento os perece que aparezco como “el más guapo, el más rico y el más feliz”, no dudéis en valorar negativamente la caracterización, ya que la cruda realidad, por más que yo me pueda empeñar en cocerla de nuevo ahora, reveló en su momento precisamente la faceta contraria.

Como no estoy muy convencido de que este “cuento” venga a cuento en esta revistilla y en el momento presente, me veo obligado a justificar su inclusión. Mi tendencia a contar cosas de mi vida se basa en el hecho de que “me resulta más fácil y agradable recordar para contar que inventar para contar”, además de que pienso que, si os cuento algo que me divierte, es posible que también os divierta a vosotros. También justificaré su uso como aguinaldo por dos razones que sí lo podrían traer a cuento, aunque sea con calzador: la primera es mi veneración, como patronos míos, por todos los “Santos Inocentes”, principalmente por aquellos a los que la “peor suerte” les deparó “la peor parte” hace unos dos mil años en Belén y su comarca; y la segunda razón es mi deseo de compartir entre nosotros, que tantos devaneos vivimos con los temas vocacionales, la frustración de mi primera y precoz vocación, la de pastor.

Y… ¡Ya está! Ya no me enrollaré más en su presentación. Ahí va el cuento:

 


 

Las andanzas de un motril apodado Rolindres.

Hace 64 años y 6 meses, probablemente el 28 de junio de 1952, víspera de San Pedro, este rapacín cepedano que suscribe, con 5 años y medio recién cumpliditos, emprendió su primera escapada migratoria, partiendo en compañía de su tía Celia y de su madrina, Cónsola, en dirección a un pueblecito mínimo, Folloso de La Lomba, en el que ellas vivían con su madre y hermanos, en pleno corazón de la Omaña, nuestra “montaña” para los Cepedanos. Allí iba a permanecer dos meses y medio, hasta el 8 de septiembre.

El propósito real de mi acogimiento por la familia de mi tía era liberar a mi madre de los problemas que mi cuidado le originaba, para que pudiera dedicar todos sus esfuerzos a desempeñar mejor las agobiantes tareas diarias de atender a sus otros tres hijos, de 9, 7 y 2 años, a su esposo, a sus padres y a un hermano; además de cuidar los animales domésticos y de colaborar intensamente en las faenas agrícolas tan duras y prolongadas durante el estío, todo ello agravado por problemas de salud afectando a varios de los miembros de la familia.

Pero este propósito real no aparecía en mi cabeza y, menos áun, en el papel que me iban a adjudicar a mí. Mi papel lo fueron urdiendo entre guiños de ojos cómplices de todos los miembros de mi familia desde unos días antes de San Juan, fiesta patronal de mi pueblo, Ferreras. Aprovecharon que yo había comenzado a cumplir algunos mandados en solitario. Uno consistía en llevar la comida a mi abuelo materno, ya muy mayor y con movilidad muy disminuida, los días que apacentaba las vacas en los cotos comunales o en los barbechos del sembradío. Otro consistía en ayudarle también a él a aquedar[1] las vacas para evitar que dañaran los cultivos lindantes. También había comenzado a acarrear el agua de uso doméstico desde la fuente a la casa. A partir de esos trabajos bien cumplidos fueron metiendo en mi vanidosa mollera la idea de que ya era capaz de desempeñar el oficio de motril[2]. Con aquellas afirmaciones, andaba yo más ufano que un gallito, porque ya servía para hacer algo importante. También aprovecharon la coincidencia de la fiesta, a la que acudieron mi tía Celia y mi madrina; junto a mi apego, casi pegajoso, hacia ellas. Para completar la trama de aquella comedia en su unidad de tiempo, vino a coincidir la proximidad de la festividad de San Pedro, efemérides que marcaba tradicionalmente en La Cepeda y La Omaña el comienzo y final de las anualidades laborales para los pastores. Se decía entonces por allí que uno “entraba de pastor” o “salía de pastor” el día de San Pedro[3]. ¡Como anillo al dedo les vino la ocasión para hacerme creer que yo, si quería, podría comenzar mi primer trabajo de motril el 29 de Junio, domingo, en Folloso, en la Casa de la Tía Cándida, en la que no había ningún niño con la edad adecuada para desempeñarlo! ¡Y yo caí en la tentación como un pardalín cuireto[4]!

Como atenuante para mi aparente simpleza supina, recordaré más adelante los términos del ajuste y veréis que el anzuelo estaba muy bien cebado. Ahora es mejor que vayamos iniciando la partida, ya que nos queda por delante una larga jornada.

Salimos de mi pueblo, Ferreras, por el camino de Escuredo, con las primeras horas de sol. Olía a heno recién segado y sonaban por todo el Candanero las gadañadas[5] que iban a dejar pelados los prados, bajo una mullida manta de heno tendido al sol.

Íbamos a seguir el camino de las merinas, el ramal de la Cañada Occidental Leonesa que los rebaños trashumantes recorrían en esas mismas fechas hacia los puertos de Babia.

Mi tía y mi madrina caminaban. Yo montaba un pequeño caballo oscuro, con las alforjas repletas por las vituallas y un equipaje mínimo.

Mi equipaje, con lo que llevaba puesto y lo guardado en las alforjas, se componía de unas alpargatas de trote para diario y otras de vestir para los domingos, ambas de lona; algunos calcetines de lana para diario y un par de hilo para los domingos; dos o tres camisas; un jersey de lana; y dos pantalones, uno corto y otro de pernales bombachos, ambos de mahón azul marino con peto y tirantes. Excepto las alpargatas y las zapatillas, todas las demás prendas habrían sido hechas en casa por mi madre y mi abuela. Además, yo me había provisto de varias cajadas[6] de cartones y, muy a escondidas, de un tirachinas con tirantes de neumático de bicicleta (¿pensaría defenderme con él contra lobos y osos?).

Conviene precisar ahora, a fin de que encaje más tarde algún detalle del cuento, mi relación con aquellos pantalones de mahón azul con peto y tirantes que mi madre nos hacía a mi hermano y a mí. ¡No eran de mi agrado porque nos quedaban flojos en la cintura! Comparados con otros que entonces vestían nuestros coetáneos de Ferreras, los chavales que parecían valientes, resultaban demasiado “formalitos”, de chicos a los que se les podían caer los pantalones. Podía endurecer un poco su aspecto, quitando el botón a uno de los tirantes para tener que abrocharlo cruzado. Pero, ni con esas. Los pernales bombachos sí que me ofrecían una gran ventaja que yo supe aprovechar de forma habitual: cuando se les hacía un agujero a los bolsillos, todo el pernal se convertía en un gran bolsillo. Es increíble la cantidad de cerezas, guindas, uvas, peras, castañas, nueces o manzanas que podías meter en un solo pernal, ¡y no digamos en los dos!

Volvamos al viaje. A éstas, debo precisar que nos quedaban unos 20 kilómetros de jornada, por caminos difíciles, caminos de pezuña; pero cantaban los pájaros, lucían todas las flores con su mayor esplendor y no se veía ni una sola nube en todo el horizonte circundante que pudiera nublar un destino tan prometedor.

También puede ser el momento de precisar que para este nuevo empleo no me habían “ajustado la soldada”, porque, según decían, “iba a prueba”. Pero el monetario no era uno de mis intereses en el intento. Yo iba ya soñando con una especie de “tierra prometida”, por las perspectivas tan prometedoras y concretas que asomaban en el horizonte tangible de los días inmediatos. Y éstas sí habían sido expresamente negociadas antes de acordar la partida, a saber:

1.- No me obligarían a desayunar ni cenar sopas de ajo ningún día. Tampoco me obligarían a comer tomates, que mi gusto rechazaba por recordarme a las manzanetas[7] de las patatas.

1.2.- Item más: Podría desayunar y cenar todos los días leche con pan migado.

1.3.- Item más: Las meriendas de la mañana y de la tarde serían sendas rebojas[8] de pan, untadas con mantequilla o con un trozo de requesón.

1.4.- Item más: Si me lo merecía, me darían a veces algo de miel o azúcar con la leche y las meriendas.

1.5.- Item más: Me encargaría personalmente de recoger todas las cerezas, guindas, nisos[9], peras y otras frutas que fueran madurando en la huerta de la casa de acogida, que me prometían muy abundantes. Y podría consumir todas las que me apeteciera.

2.- No me obligarían a dormir la siesta ningún día.

2.1.- Item más: no me obligarían a acostarme por la noche hasta que lo hicieran los mayores.

2.2.- Item más: podría participar en las tertulias familiares o vecinales, como veladas[10] o calechos[11], hasta que me durmiera.

3.- Mis tareas serían: echar[12] cada mañana las ovejas y cabras a la vecera[13] y llevar las vacas al prado. Ir a buscar cada tarde las vacas al prado y recoger las ovejas y cabras, al regreso de la vecera. No tenía que hacer esas faenas yo solo, sino acompañando a mi tía o a mi madrina. Tampoco tenía que guardar las vacas durante el día, porque tenían varios prados cercados y se podían quedar solas casi siempre.

3.1 Item más: Me encargaría del perro de aqueda[14], que debería ayudarme a cuidar las vacas, ovejas y cabras y acompañarme todo el día, excepto el día que les tocara a los de la casa el turno de pastorear la vecera, en que debería acompañar a quien hiciera de pastor.

4.- Me encargaría cada mañana y cada tarde de ir a buscar el agua a la fuente con el botijo o con una latina con asa[15].

5.- Algunos días tendría que “ir a fouzas y a fueyas[16]” para los cerdos.

6.- Recibiría ocasionalmente una formación personalizada de parte de un maestro mayor, que residía en aquel pueblo, a cambio del hacerle algún recado.

7.- Item final: Si resultaba obediente, educado y limpio, y cumplía a la perfección las tareas, me podría ganar, de propina, varios regalines sorpresa. Yo sugería que fueran un cinturón de material (¡cosa de mayores!) para no necesitar tirantes (¡cosa de niños!), tal vez un pasamontañas para quitar el frío de las orejas y evitar los sabañones, una navajina para cortar palos y unas cachuscas[17] para poder meterme en los charcos, sin mojarme.

Pasado el pueblo de Escuredo, coronamos el Collado de Las Campazas, donde nos entretuvimos un rato para que yo pudiera echar un vistazo a todo el panorama circundante.

Páramos de la planicie (al sur)

 

La Omaña y las estribaciones de la Cordillera Cantábrica (al norte)

Me pareció impresionante lo grande que se veía el mundo: hacia el sur era visible toda la planicie de la meseta hasta donde alcanzaba la vista a escudriñar entre la canícula; y hacia el norte todas las estribaciones de la Cordillera Cantábrica al fondo y de la Omaña en primer plano, donde se asentaba el paraíso que yo iba a buscar.

Todo era entusiasmo y parabienes, salvo, tal vez, el reclamo socarrón de algún engañapastor[18] desde lo alto de una zarza, que pudo haber sonado algo así: “¿A dónde irá este bobela? ¡A buscar los ríos de leche y miel! ¡ja, ja, ja!”

Yo no lo oí. O, si lo oí, no lo atendí. Nada me iba a desviar de mi destino.

Un par de trechos más adelante tuve que superar dos grandes sustos, que me obligaron a bajarme del caballo: el primero descender por el Barranco Matalobos, serpenteando el curso del Arroyo Arandiel, con unos porcentajes de desnivel en los que yo temí que el caballo se iba a precipitar trágicamente; el segundo pasar por un puente de madera a considerable altura sobre el Omaña. En éste el caballo se sobresaltaba alarmantemente con cada pisada de sus cascos sobre los maderos que hacían de piso del puente; por lo que hubimos de quitarle las alforjas y arrearlo para que cruzara él solo por un vado menos profundo.

Luego, ya me aseguraron que no habría más sustos.

En El Escobio (scopulus - rocoso), antigua calzada romana, entre el Pozo Piélago y un farallón de rocas, el marco de sombras frescas resultaba muy tentador, por lo que hicimos la parada de mitad de la jornada para reponer fuerzas. Me apetece ahora imaginar que nosotros comeríamos un buen trozo de torta de chorizo con torreznos, mientras el caballo triscaba brotes tiernos de trébole[19] en una pradera inmediata. 

A mayor abundamiento de los mejores augurios, allí mismo me ayudaron a superar con éxito un rito ancestral para impetrar la buena suerte:

Existe una roca famosa en la Omaña Baja, “La Peña de la Fortuna”, situada en la margen derecha del río Omaña, un kilómetro más allá de La Garandilla, subiendo de la Cepeda hacia La Lomba. Es una roca, en forma de prisma cúbico regular, integrada por componentes cuarcíticos de distintas tonalidades. Está en un paraje estrecho entre el río Omaña y una auténtica pared de peñascos gigantescos. Aquel día también me pareció gigantesca la peña en cuestión.

 

Suponía el rito de conjurar la buena suerte que, si tirabas una piedra y se quedaba encima de la peña, ibas a ser afortunado. Pues… lamentablemente, mis primeros intentos resultaron un fracaso tras otro, porque las piedras rebotaban en la lisa y plana cara superior e, indefectiblemente, se precipitaban al río. Pero, como a cada rito, por más estricto que sea, somos capaces los pícaros humanos de encontrarle una liturgia acomodable, enseguida me di cuenta de que tenía que proceder “amodín”, tirando las piedras despacio y desde cerca para que la aceleración de la gravedad en la caída no las hiciera rebotar demasiado fuerte. En un instante conseguí que se quedaran arriba varias de las piedras que lancé. Así que ¡Ya estaba hecho! Todo iba a salir a pedir de boca, ¡de todas, todas!

 

Cuando restaban todavía un par de horas de sol, hicimos nuestra entrada en un pequeñísimo pueblo muy recogido entre huertos y prados, a lo largo de un pequeño valle recostado en la ladera meridional de una loma (Lomba), entre dos grandes manantiales de agua.

Todo era verdor frondoso, de ahí el nombre de Folloso (folium – hoja). También era muy silencioso, como si estuviera exclusivamente habitado por alguna suerte de duendes mágicos en vez de por personas. De ser así, además de la belleza, la magia también contribuiría a completar los buenos augurios.

Mas, ¡ay! La fortuna es cambiante por naturaleza. Me consta. O, tal vez, algún viento funesto debió empujar mis piedras al río desde lo alto de la Peña de La Fortuna, porque la realidad de cada uno de los días que siguieron puso de manifiesto que las líneas hacia el objetivo que yo perseguía no eran tan rectas como parecían y más que se fueron torciendo con el tiempo.

Resultó que:

1.- Me encontré con algunos inconvenientes:

Uno, notorio, fue que no había luz eléctrica en ninguna casa del pueblo. Nos alumbrábamos con faroles, candiles o velas, procurando no gastar en exceso. Es decir: que nos alumbraba la luz del sol, la luna y las estrellas. Esto afectó al horario de mis jornadas, forzándome a dormir pronto y madrugar, aunque me parece recordar que yo me despertaba más bien tarde todas las mañanas.

2. Nadie confió a un personajillo como yo las tareas pastoriles (¿cinco años y medio nada más? ¡Bah, gente ruin!). Sólo las cumplía acompañado de algún mayor, muy pocas veces y durante muy breves ratines.

2.1.- Item más: el prometido perrillo de aqueda – creo que el que tenían en la casa se llamaba Chispa o algo así -, me caló desde nuestro primer encuentro; jamás hizo caso a una de mis órdenes y creo que miraba para otro lado cada vez que me dirigía a él, para que no le diera la risa en mis propias narices. Apenas nos dimos a conocer. Pero debo adelantar ya que, cuatro años más tarde, el 11 de septiembre de 1956, recibí un regalo muy especial: un cachorrín con pinta de raposo, nacido en Folloso, al que yo llamé Misuri, mi perro Misuri.

3.- Sí me encargaron varias veces la “rebusca de fouzas, fueyas y caballunas” para los cerdos; sólo que, en vista de mi reiterada tendencia a distraerme con los saltos de algún saltamontes, con el vuelo extraviado de alguna mosca, con el sorprendente juego del “aquí te espero” de alguna lagartija, o con el chiuchiu malicioso de los pardales que también me tomaban el pelo a su manera, me prohibieron salirme de un perímetro muy limitado en torno a la casa, dentro del cual se agotaban enseguida las hierbas y hojas que yo debía recoger. Esta limitación me obligaba a regresar con la lata vacía y la mirada humillada. Para conseguir las caballunas de tan pocos burros como encontraba, intenté aplicar un rito muy practicado con mis compañeros de fatigas en Ferreras: cuando encontraba uno que no había defecado recientemente, le daba a oler la latina con las caballunas recogidas previamente de otro congénere suyo, lo que le debía provocar el reflejo de defecar de inmediato. Pero tampoco en esto tenía mucho éxito, no sé si sería porque estaban sobreexplotados. 

4.- También me encargaron acarrear el agua, pero sólo hasta que se rompió la primera barrila, en una de las primeras misiones, y, luego, pareció que la traía contaminada en una de las siguientes.

5.- En aquel pueblo sólo había otro niño de mi perfil, cinco meses más joven, pero más bravo. Cada encuentro con él terminaba con “leña al mono”, que era yo, al parecer; por lo que espaciamos primero y cancelamos después nuestros encuentros. Entre tanta soledad mal acompañada, las siestas resultaban eternas y siempre concluían con alguna fechoría. Así que, al final, me terminaron arrestando a prevención para evitar males mayores. Nos obligaron a dormir la siesta a mí, a los saltamontes de los prados, a las lagartijas de la era, a las moscas del corral y a los pardalines de los tejados.

6.- En los asuntos académicos, tan sólo recibí un par de lecciones magistrales de aquel maestro venerable y bien intencionado. Tras comprobar que yo, que aún no teniendo edad para ingresar en la escuela hasta el curso siguiente, ya sabía leer, contar y algo más – también aquí había truco: la guía de un hermano y una hermana mayores, que fueron los verdaderos maestros de mis primeras letras y números-, determinó que no era aconsejable impartirme teoría académica alguna. Pasó directamente a la práctica industriosa, que consistió en enseñarme a liar cigarrillos para su propio consumo con una pequeña máquina de chapa que tenía. No sé qué razón pudo justificar aquel intento; ¿tal vez que mi pulso era mejor que el suyo y le ahorraba pizcas de tabaco? Eso fue lo que aprendí: a liar cigarrillos a máquina, supongo que con escasa cualificación a la vista de que no lo he aprovechado profesionalmente en mi vida posterior ¡lo que habría dado de sí aquel negocio, de haberlo proseguido convenientemente!

7.- Tuve que regresar a mi casa en septiembre sin el pretendido cinturón de “material”, sin el pasamontañas, sin la navaja y sin cachuscas de goma. En su lugar me habían mandado hacer en El Castillo un pantalón corto de corte (¡otra vez con tirantes!), un chaleco de punto sin mangas y unas zapatillas blancas de lona con las que me habían vestido de niño guapo para el día de San Lorenzo, patrón del pueblo. Sé que tampoco traje de regreso el tirachinas, que, supuestamente, se había extraviado ¿en evitación de daños mayores?

8.- Pero quiero hacer constar, y es muy importante que conste, que sí desayuné y cené cada día, sin falta, leche migada y endulzada a menudo con miel o azúcar ¡Que se entere el engañapastor, por si acaso!

8.1.- Item más: También comía cada día varias rebanadas de pan untado con mantequilla o acompañado de grandes trozos de requesón. Comía tantas como quería. Como decía mi padre, “… a hinche pellejo”. La mantequilla, unos rollos de mantequilla que llamaban “mazadas[20]”, y el queso los hacían en aquella casa y aún parece que escucho las canciones, acompasadas al ritmo de mazar[21] el odre de piel de cabra medio lleno de leche. Las cantaban mi tía Celia, mi madrina Cónsola o la “tía Cándida”, toda una señora que me reprendía, cuando rebullía en exceso, con la misma interpelación que dedicaba a los cabritines “¡quieto, Rolindres!”. Por cierto, enseguida me enseñaron a valerme de mi dedo pulgar derecho para extender la mantequilla sobre la rebanada de pan. No siempre estaría debidamente limpio; pero lo llegué a utilizar con maestría y así evitaba el peligro de los cuchillos. El pan era de harina de centeno, que a mí siempre me gustó más que el de trigo; me parecía más sabroso.

8.2.- Item más: Las cerezas no me provocan ahora memorables recuerdos; pero los nisos… ¡madre, cuántos pude comer aquel verano! No sé si les dejaría alguno para los de la casa.

9.- Debería incluir también en el haber de los buenos días una excursión a caballo al Cueto Rosales, desde el que se ve a vista de pájaro toda la Omaña, todos sus valles y todas sus montañas. ¡Grandioso! Y otra visita que hicimos al castillo en ruinas de El Castillo, el día que me encargaron la ropa de fiesta. También me llevaron a un par de fiestas o romerías en otros pueblos.

Como ya os había anticipado, regresé a mi casa y mi pueblo el 8 de septiembre, fiesta de la Garandilla, para incorporarme a la escuela de niños. Lo hice en compañía de mi padre y de mi amigo Tano, que me habían ido a recoger con dos bicicletas.

Menos mal que no volvía nada ufano, porque enseguida me habrían preguntado aquello de “¿Qué, motril, sabes ya a qué vuelta se echa el perro?”. No volvía ufano porque no consideraba que hubiera hecho nada de lo que pudiera presumir. Aunque había resistido casi tres meses de emigrante, había fracasado en mi intento de convertirme en un pastorín de fiar. Me decían aquello de “inocente, inocente, que te han engañado como a un niño con castañas”.

Recuerdos precisos de mi llegada: Cuando llegamos al pueblo, mi madre estaba en la era limpiando y recogiendo garbanzos y me quedé alelado ante ella, sin saber qué hacer. La acompañaba mi hermana Blanquita, de la que me llamó la atención que tenía unas muñecas muy gordas y que no me conocía. Ya sabía andar y hablar.

Cuando, durante los días siguientes, contaba a los rapaces del pueblo los ríos y montañas que había visto, ponían cara de incredulidad. ¿Sería que yo exageraba mis impresiones? También se extrañaban de los nombres que yo mencionaba de personas de Folloso (Cándida, Orosina-Sina, Orosipa-Sipa, Isolina, Consolación-Cónsola, Demetrio, Eufronio, Mundo, …)

Pensándolo ahora, tal vez sí aprendí bien una cosa: a hacer el papel de inocente; porque en mi vida posterior he sufrido muchas otras inocentadas, tantas que yo creo que se me nota, como si llevara clavado a la nuca un monigote de “inocente”. Para disimularlo, he recurrido a diversos trucos, como el de cambiar la calificación de inocente por la de naíf, que queda más interesante, aunque me temo que siempre me podrán decir aquello de: “bueno, naíf puede ser que lo seas; pero inocente, inocente… ser, lo eres”.

Al final, ya veis que no parezco el más guapo, ni el más rico ni el más feliz; pero tampoco el menos de todo. ¡Vale, inocente sí; pero no santo, a mi pesar!

 


Fotografías del camino y de Folloso en la actualidad

 

El Escobio. Camino, calzada romana, entre el  Pozo Piélago y el farallón de peñas.

 

El mismo camino de El Escobio en el otro sentido.

 

 

El caserío actual de Folloso, habitado esporádicamente por una única familia.

 

Ruinas de la casa de la Tía Cándida.

 

Prado cercado y con cancillón carretero, sin burro y sin negrillos.

 

Cementerio en el interior de la antigua iglesia.

Tumba de la Tía Cándida (QEPD), cruz blanca, al fondo y a la izquierda.


 

El Villancico

(Es la música que suena de fondo, mientras leéis esta página, si lo hacéis en un ordenador. No suena en teléfonos ni tablets.)

Dios os dé reposo, dichosos caballeros

God rest ye, merry gentlemen

Dios os dé reposo, dichosos caballeros.
Que nada os altere.

Recordad que Cristo, nuestro Salvador,
nació el día de Navidad
para salvarnos a todos del poder de Satán
cuando nos habíamos descarriado.

¡Oh, noticias de consuelo y alegría!
¡Consuelo y alegría!
¡Oh noticias de consuelo y alegría!


De parte de Dios, nuestro Padre celestial,
vino el bendito ángel
y a algunos pastores
les trajo noticias de esto mismo:
de cómo había nacido en Belén
el que sería llamado “Hijo de Dios”.

¡Oh, noticias de consuelo y alegría!
¡Consuelo y alegría!
¡Oh noticias de consuelo y alegría!

 
"No temáis," - dijo el ángel-
“que nada os asuste.
Este día ha nacido un Salvador
de la pura y radiante Virgen
para liberar a todos los que confíen en Él
del poder y fuerza de Satán".

¡Oh, noticias de consuelo y alegría!
¡Consuelo y alegría!
¡Oh noticias de consuelo y alegría!


Y, cuando llegaron a Belén,
donde yacía nuestro querido Salvador,
lo encontraron en el pesebre
en que comían heno los bueyes.
Su madre María se arrodilló
y suplicó al Señor:

¡Oh, noticias de consuelo y alegría!
¡Consuelo y alegría!
¡Oh noticias de consuelo y alegría!

"Que

Dios os dé reposo, dichosos caballeros.
Que nada os altere.
Recordad que Cristo, nuestro Salvador,
nació el día de Navidad".

God rest ye, merry gentlemen.
Let nothing you dismay.
Remember Christ our Savior
was born on Christmas day
to save us all from Satan's power,
when we were gone astray.

Oh tidings of comfort and joy!
Confort and joy!
Oh tidings of comfort and joy

 

From God, our heavenly Father,
the blessed angel came
and unto certain shepherds
brought tidings of the same:
how that in Bethlehem was born
the Son of God by name.

Oh tidings of comfort and joy!
Confort and joy!
Oh tidings of comfort and joy!
 


"Fear not," -said the angel-
"let nothing you affright.
This day is born a Savior
of the pure Virgin bright
to free all those who trust in Him
from Satan's power and might".

Oh tidings of comfort and joy!
Confort and joy!
Oh tidings of comfort and joy!
 

And, when they came to Bethlehem,
where our dear Savior lay,
they found Him in the manger
where oxen feed on hay.
His mother Mary kneeled down
and to the Lord did pray:

Oh tidings of comfort and joy!
Confort and joy!
Oh tidings of comfort and joy!
 


"God rest ye, merry gentlemen.
Let nothing you dismay.
Remember Christ, our Savior,
was born on Christmas Day".

 


 

La Felicitación

Hace unos días, en una de mis corribandas de pasos descarriados por los vericuetos del pasado, regresé al pie de La Peña de la Fortuna y me paré un instante a repasar las cicatrices de la memoria.

También quise impetrar la buena suerte para todos los míos, familiares y amigos, entre los que estáis en primera fila.
Cuando vi La Peña el 28 de Junio de 1952 me pareció gigantesca. Ya veis… es más bien poca cosa.

Que paséis agustito estas fiestas dondequiera que os encontréis y que la suerte os pille empeñados en algún proyecto, que no en deudas, de los que valen la pena, como el de ayudar a los que vienen detrás.

 

28 de diciembre de 2016, día de los Santos Inocentes.

Herminio

 

 


[1] Aquedar - Pastorear, aquietar, atajar, lindar, retener al ganado dentro de los lindes del terreno a pastar, evitando que las reses se descarríen.

[2] Motril. Muchacho preadolescente que sirve (trabaja a sueldo), como criado, mandadero y aprendiz del oficio de pastor (motril – zagal – pastor – rabadán). Una vez que supera el aprendizaje y alcanza la pubertad, adquirirá la categoría superior: zagal. Si, una vez superada la edad, no supera también el nivel, será apodado despectivamente “motrilón”.

[3] El día de San Pedro comenzaba en La Cepeda y La Omaña el año laboral de los pastores. Recuerdo uno jovencito, al que habían comprometido (a la fuerza, no voluntariamente) para ejercer de pastor durante dos años, que, al pasar por delante de mi casa ese día de estreno de su nueva profesión, contestó a nuestra pregunta de “¿durante cuánto tiempo vas a hacer de pastor?” con un algoritmo digno de Pitágoras: “un año, once meses, cuatro semanas y lo que falta desde hoy hasta el próximo domingo”. Píntame a mí que tenía menos ganas que yo de ser pastor.

[4] Cuireto – En cueros, implume. Pollo de ave que no ha echado las plumas.

[5] Gadañada – golpe de gadaño (guadaña) para segar la hierba.

[6] Cajada – mazo de cartones (caras recortadas de las cajas de cerillas) para juegos infantiles.

[7] Manzaneta – esfera verde que generan las flores fertilizadas de las plantas de patata.

[8] Reboja - Rebanada la hogaza de pan, con parte de la corteza.

[9] Niso – Ciruela silvestre, fruto del nisal. Es similar por su color y dulzura a las ciruelas claudias, aunque más pequeña.

[10] Velada - Reunión nocturna de varias personas para solazarse de algún modo con relatos, cantares y bromas, mientras hacen labores sencillas, como hilar, calcetar, picar comida para los animales, etc.

[11] Calecho - Reunión de los vecinos de una calle antes o después de cenar.

[12] Echar el ganado al pasto. Sacar de la casa el hato de reses (ovejas y cabras) y conducirlas hasta el punto de encuentro con el rebaño o vecera, desde donde las llevará el pastor hasta el monte. 

[13] Vecera – rebaño de ganado perteneciente a varios vecinos, que lo pastorean por turno o vez.

[14] Perro de aqueda – perro adiestrado para conducir el rebano y reconducir las reses descarriadas.

[15] Lata con asa – eran latas vacías de conservas, a las que se les quitaba una tapa y se ponía un asa de alambre. Muy útiles para que los niños transportaran agua u otras cosas, por su poco peso. 

[16] Ir a fouzas y fueyas - salir al campo a recoger fouzas (hierbas silvestres de grandes hojas achaparradas y raíz gruesa), cardos, tagarninas, gamones, y fueyas (hojas) de negrillo (olmo) o salguero (sauce) y caballunas de caballerías. Era un recurso de emergencia para alimentar a los cerdos en la temporada de escasez de las hortalizas que solían consumir.

[17] Cachuscas – Botas de goma impermeables.

[18] Engañapastor – Curruca rabilarga. Uno de los pajarillos emblemáticos de los montes cepedanos, que suelen anidar en las matas de brezo (urces). Ese nombre local se debe a su táctica de construir varios nidos en su territorio para utilizar el más recóndito en la puesta y cría de su nidada. Cuando algún pastor merodea por las inmediaciones, el macho le llama la atención desde muchos sitios y simula que se mete a su nido en los lugares donde no está.

[19] Trébole – trébol silvestre, que florece por San Juan.

[20] Mazada de mantequilla – bloque de mantequilla. Derivado de Mazar (golpear la leche dentro de un odre para que se separe la manteca).

[21] Mazar - golpear la leche dentro de un odre para que se separe la manteca de los líquidos.