El felino Marcelino




Con las debidas reservas, me decido a contaros el infortunio del gato Marcelino, más que nada para ahuyentar definitivamente las pesadillas nocturnas de Minito, en las que el animal se le mete en la cama con una tripa de chorizo arrebujada al pescuezo y maullando lastimosamente, como pidiendo clemencia. Al parecer, estas pesadillas persiguen obstinadamente a nuestro director a raíz de una lejana promesa a la redacción de Telemarañas que he ido postergando deliberadamente.

Se comprenderá mi reticencia si os digo que el final de Marcelino nada tiene que ver con la muerte pasional de los amantes de Turcia ni con el ocaso enternecedor de la gata Kofi de FBarrio. Marcelino murió violentamente por la acción de la justicia terrenal tras un juicio sumarísimo absolutamente irregular –como no podía ser de otro modo-,  que no contó con la presencia de un mal abogado que abogara por su inocencia.

Hay una copla que recoge el evento, tal como hacían las antiguas coplas de ciego, y que fue escrita, para más inri, por los propios autores de la ejecución. La copla en cuestión, como cabe suponer, no es ningún modelo de inspiración lírica, máxime si tenemos en cuenta que fue redactada sobre un fuelle de cocina, al lado mismo de la tartera de perigüela (Pereruela) en la que se guisaba el ejecutado. En una de sus primeras estrofas se advierte:    

“Pero antes de proseguir
con la muerte del felino
vamos a narrar la vida
y milagros de Marcelino”


Y a continuación nos informa de su lugar de origen y de su noble estirpe:

“De padre desconocido
en Astorga le pariera
una gata del obispo
que se llamaba Canela”


El conocimiento del dato de su origen así como el del nombre de la madre fue por pura casualidad, pues estando en esa ocasión el que suscribe, junto con otros colegas, encargado del turno de torneros, un buen día una monja nos preguntó desde el otro lado del torno por un gatito que les había desaparecido.
- “No sabemos nada del animalito” –fue nuestra respuesta.
- “¡Qué pena!, porque era hijo de la Canela del obispo” – nos informó.

Para entonces el gatito ya estaba “a recado” y había ascendido a estudiante de filosofía, tal como reza otra estrofa:                                     

“Ismael, que lo encontró
aterido en un rincón,
a estudiar filosofía
lo subió a su habitación.”


En las siguientes se nos informa de la afición preferida y de la dieta obligada de Marcelino, coincidentes ambas con las de los seminaristas:

 

“Pero el bicho salió fino,
cambió libro por balón,
practicando este deporte
con pelotas de pin-pón.


“Sólo chicharros comía,
cuando no era macarrón,
y por las noches meaba
en la caja de cartón.”


Sin duda todos recordaréis aquellas interminables campañas del chicharro vespertino, que por su aspecto parecía salido del mismísimo río Jerga, con unas escamas como de cocodrilo y unas aletas que amenazaban con salir volando del plato en cualquier momento. Y estoy por apostar que alguna salió volando efectivamente. Unas cuantas viajaron por vía terrestre hasta los aposentos de Marcelino, que no sólo no les hacía ascos, sino que se relamía con sólo su presencia.

Con los chicharros, los macarrones y las pelotas de pin-pon los días transcurrían plácidamente para él, repartiendo fundamentalmente su tiempo entre el deporte y la gastronomía. No preguntaba por su madre, lo que hizo que no se dispararan las alarmas, y todo hacía suponer que era un gato feliz.

Pero Marcelino tuvo la desgracia de ser deportado, todavía en una edad temprana, a una tierra en la que estaba firmemente establecido el imperio de la ley (que no es otra que la ley del que impera). La correspondiente estrofa da cuenta de la deportación:

“En estas actividades
cuatro semanas pasó
hasta que una buena tarde
pa Pobladura partió.”


El imperante en esa tierra era, ¡cómo no!, el bípedo implume, rey de la creación, que disponía de la vida y hacienda (más bien pacienda) de todos sus subordinados: vacas, caballos, conejos, cochos, corderos, pollos, cabritos, perros… Del imperio de la ley no se libraba ni el gato. Cuando un subordinado no cumplía la función que le había encomendado la madre naturaleza, se le sacrificaba sin contemplaciones. Algunos de ellos (cochos, conejos, pollos…) habían nacido expresamente para ser ejecutados.

Me apresuraré a decir que en aquella tierra no éramos defensores del maltrato animal, entendido como sufrimiento gratuito para el espectáculo. Y sin embargo hay que reconocer que cada casa era un matadero, un matadero, eso sí, destinado a la alimentación de la familia. Medio siglo de civilización nos ha llevado a que los múltiples mataderos domésticos se hayan transformado en un gran matadero central expresamente concebido como negocio, y lo que queda de la práctica anterior es algo meramente residual y semiclandestino. Habrá quien piense que ese medio siglo de civilización ha servido para “humanizar” el sacrificio de animales, del mismo modo que los norteamericanos creen que han “humanizado” la pena capital. Cualquier día puede aparecer un decreto imperial ordenando que la matanza de los cochos se haga con inyección letal.

Volviendo a nuestro protagonista, tenemos que decir que fue seguramente la mala crianza durante el tiempo de su internado la que determinó su fatal desenlace. Eso y la condición de su abolengo, pues, habiendo nacido en sede episcopal, no era cuestión de que debiera andarse arremangando para ganarse la vida. Decidió que era mucho más fácil e interesante vivir del “raposeo”, tal como lo atestiguan las siguientes estrofas:

“Había ratones en casa
y algún otro roedor,
pero nuestro Marcelino
no nació pa cazador”


“…¿Pa qué quería los ratones,
habiendo lomo y jamón?”

 


“Entre la vida y milagros
de Marcelino se cuenta
la última hazaña que hizo
antes que muerte le dieran:
se espelincó a los chorizos
por ver si curados eran;
echando uno a las costillas,
fue pa embajo la escalera.”



“Ya lo han metido en el saco
y ya va hacia el paredón,
donde con otros dos gatos
va a ser muerto por ladrón”.


Los últimos compases de la copla narran algunos curiosos detalles relacionados con el carneado y el guisado. Así:

“La operación continuó
hasta el final de la pata,
le llamaban Marcelino
mas resultó que era gata.”

“En la tartera están ya
con guindillas guarnecidos,
y los mozos, como lobos,
les enseñan los colmillos.”


En torno a la jala de los tres gatos se organizó una zambra similar a la que anualmente celebraban los mozos el día de Todos los Santos en varios pueblos de León. Esta celebración se conocía con el nombre de La Machorra y era en realidad un ritual “de paso” (iniciación), en el que los protagonistas eran los nuevos mozos, los que “tomaban la entrada”. A partir de ese momento se les consideraba hombres hechos y derechos.

Muy probablemente a todos nosotros, en alguna ocasión a lo largo de nuestra ya larga vida, nos habrán dado gato por liebre. Os puedo asegurar que en aquella santa cena no ocurrió tal. Y os puedo asegurar también que a ninguno de los comensales (“…todos suman dieciséis…”) el guiso nos sentó mal. Espero que a vosotros tampoco.

 

P.D.

Calculo que la captura del Marcelino debió ser en el año 68

y la zambra en enero del 73.


¡Ya falta menos para la próxima!

IAlmanzaR