Mi DNI de validez permanente (¿el último?).



Reflexionando (de reflexionar. 1ª, intransitivo: pensar atenta y detenidamente sobre algo).

Yo reflexiono... una y otra vez. A veces le doy tantas vueltas al tornillo que termina trasroscado. Sólo confío en que no me pase como a aquel que cayó en la manía de darle vueltas al ombligo hasta que se le cayó el culo al suelo.

Esta es la versión II, corregida y aumentada, bailable, rumbosona, de este articulillo insustancial.



Podéis reproducir este vídeo para acompañar la lectura con música.

 



Pues hoy, por la mañana, acudí a un equipo expedidor a renovar mi DNI. Todo el trámite resultó muy fácil y rápido; pero, cuando tuve el nuevo documento en mi mano y me puse a comprobarlo, me sorprendió sobremanera un dato, su fecha de validez: 1 de enero del año 9999.


De primera impresión ese extremo de precisión puede resultar chocante, hasta gracioso. Sin embargo, tiene su lógica. Yo ya iba avisado de que, cuando alcanzamos ciertos grados de veteranía en la vida, nos favorecen unos beneficios proporcionales a los méritos de haber “aguantado tanta marea”, por ejemplo el de obtener un documento de identidad de validez permanente, hasta el fin de nuestros días. Es un documento destinado a sobrevivirnos, ya que nosotros vamos a caducar antes que nuestro documento. ¿Penoso? Según y cómo se mire. Hay quien dice que puede valer para "el más allá"; otros replican que puede ser que sí, siempre que ese más allá no caiga en Rusia, porque allí ya han detenido a alguno por sospechar, a la vista de tal fecha, que había falsificado el documento. 

Pues, ¿cuál fue, entonces, la causa de la sorpresa?” preguntaréis.

Os contesto: “lo largo que me lo fían: hasta el 1 de enero del año 9999".


Hagamos unas cuentas fáciles: 9999 – 2018 = 7981 años más. ¿No son muchos años? Sigamos con las cuentas de la lechera: 7981 + 71 =  8052 años de vida. "¡Oh cielos, qué horror, Leoncio!" No me diréis que no va para largo. ¿Qué esperanza de vida es ésta? ¿De qué estadísticas podría haber sido deducida?

Cuando me pongo a imaginar cómo tendría mi cuerpo serrano antes de cumplir siquiera la mitad de esa edad, me agobian las dudas:

  • Algunas son de vergüenza no más: ¿tendré que llevar pañales o bolsas?; ¿o me las apañaré de alguna forma digna?; ¿o me cagaré y me mearé por las patas abajo? ¿Cuán colgón tendré entonces el escroto? ¿Se habrá forrado algún avispado inventando un artilugio con la doble funcion suspensoria y empapatoria?

  • Luego vienen otras dudas menos vergonzantes: ¿Cómo tendré los tobillos, y las rodillas, y las lumbares, y las cervicales? ¿Andaré engurrinao?

  • Y luego otras pelín egoístas: ¿Me llegará la pensión para algo, o para nada, o para todo? ¿De dónde saldrán los fondos para pagar las pensiones?

  • Y después otras más altruistas: ¿Nos juntaremos cada dos años para tener una fiesta de antiguos alumnos? ¿Seguirá alguno en el grupo de whatsapp? ¿Continuarán Villalibre y cía castigándonos con tantos vídeos y fotografías cada día, casi siempre de origen tumultuario? ¿Se habrán dado cuen__ en algún momen__ de que son contrapoducen___?

  • Otras son de índole político-administrativa: ¿Necesitaré para algo el DNI? ¿Se habrá constituido una república independiente en La Cepeda?

  • Y algunas inducidas por la vanidad: por supuesto, “dentro de tantos años, todos calvos”, yo el primero, ¿tendré sabañones en el colodrillo? ¿Sabrán mis tataratarararanietos los cuentos del raposín Quelisto?


Después de dejar sin solución tantas cuentas como éstas, al menos consigo alcanzar un par de conclusiones racionales: la primera es que, si llego a esa edad de 8052 años, andaré jodido, bien jodido sin duda, pero bien documentado al menos; y la segunda es que, por si acaso se diera el caso de que, habiendo muerto, según el común, a mi debido tiempo, no hubiera o hubiese muerto en realidad, sino que anduviera o anduviese tomando cañas (¡ay lerén leré!), bien me vendría mantener un documento de identidad que me acredite para evitar que me entierren en plena resaca. Y se me ocurre una a modo de sobre-conclusión, acaso no tan racional como las anteriores: “puestos a ser espléndidos en la promesa de longevidad documentada, ¿por qué no alargar la validez de mi DNI otros doce meses, hasta el 31 de diciembre de 9999, por si acaso se diera o diese un caso?”


No hace falta que me contestéis. Ya me anticipo yo mismo vuestra respuesta: “¡tonto, tonto, tonto! ¡Pero tonto del todo y para siempre, para una miríada de años, aunque no lo ponga en mi nuevo DNI!".


Aclarando (del latín acclarāre. 1ª. tr. Disipar o quitar lo que ofusca la claridad o transparencia de algo).

Yo aclaro:

1.- Que esto va de broma.

2.- Que es preferible reir que llorar, especialmente cuando se acerca la fecha de caducidad del titular y nos alcanza el miedo al susto, como diría ÁngelP.


 

Telemarañas

7 de junio de 2018