Mi cuento, no tan corto, número 1.


 

Sabañones a esgaya;

una “mierla” en Fuentencalada;

faringitis, calentura de caballo y Sor Paciencia Infinita;

el doctor Franco y banderillas a porrillo;

convalecencia, remojos y lecturas de aventuras;

vuelta al estudio;

recreos en la biblioteca y una venganza nada satisfactoria.

(Febrero - Abril de 1961, en Astorga).

 

Sí que parecen muchos asuntos para un único relato; pero vienen a cuento, a cuento de “Un Cuento Corto” de Elio. Será mi cuento, no tan corto, número 1.

 

1             Sabañones a esgaya.

 Aquel año parecía que no fuera a terminar nunca la parte más cruda del invierno en Astorga. Hacía un frío de mil demonios, especialmente en algunos dormitorios, como el de “La Siberia”. ¿Recordáis? Algún compañero tuvo que romper el hielo alguna mañana para poder usar el “palanganero”. 

Tal vez algunos empezaréis a dudar ahora (¡venga, ánimo, dudad, si os parece!) de la veracidad de este relato, pensando  “¿cómo puede ser que este elemento recuerde ahora el detalle del frío que hacía aquel año y yo no lo recuerde en absoluto? Entonces os podré aclarar que desde los 9 hasta los 13 años yo padecí unas infecciones de sabañones memorables. En concreto, aquel curso del 60-61 mi cosecha de sabañones fue apoteósica, de record y, a Dios gracias, la última por ahora. Tenía permanentemente hinchadas las orejas y la nariz, también los dedos de los pies; pero sobre todo los de las manos, que llegaron a perder la piel y aparecer llagados, una pizca repelentes y sangrantes, por su parte superior.  ¡Cuanto más frío pasas, más te pican!

El escozor me resultaba insufrible, especialmente a la hora de acostarme. Ni siquiera un rascado persistente hasta el límite soportable me aliviaba el picor. Sólo había una cosa que lo calmaba de verdad y por un largo rato, aunque sólo de mi mano diestra: una partida de frontón “a muerte”; pero aquel remedio debía ser equivalente al de cortarse la cabeza para aliviar la jaqueca, porque todo iba de mal en peor. Además... no vas a ir a jugar una partida de frontón justo antes de acostarte y con ambas manos... ¿o sí?

 

2             Una mierla en Fuentencalada.

Pues resulta que un domingo habíamos ido a pasar la tarde a las praderas que había alrededor de la Plaza de Toros y, una vez allí, todo el mundo se lanzó al partido de futbol frenético de cada domingo. Pero yo aquel día no estaba para trotes. Arrastraba un catarro de 15 días y, desde hacía dos o tres, un dolor de garganta que me impedía tragar cualquier alimento sólido. Además de que siempre fui debilucho, con desarrollo físico retrasado, en aquel momento me encontraba horriblemente mal, así que preferí quedarme a merodear, entre escalofríos y tiritonas, con un par de compañeros por la orilla del pequeño arroyo que apenas fluía entre salgueros y paleras deshojados.

A mí, que entonces era un experto pastorín de vacas y, como tal, un avispado avistador de pájaros, enseguida me llamó la atención uno negro que escarbaba en el suelo, entre la hojarasca, a un tiro de piedra de nosotros, y avisé a los que iban a mi lado:

- ¡Eh, mirad, allí, una mierla!

Ellos, que debían ser más bien urbanitas, me preguntaron extrañados: ¿Una qué dices?

- Una mierla - insistí, señalandola con el dedo. 

Mierla macho alimentándose

Entonces se lió la chanza. Empezaron a asociar palabras por proximidad fonética: “mierla”, “mierda”, “mierlo”, “mierluzo”, “mierduzo”…   y aquel asunto parecía la fuente inagotable de todas las risas a mi costa. Yo nunca tuve a la humildad como una de mis virtudes distintivas y sentí que aquella burla inocente, primera humillación del día, se me atragantaba para el resto de la tarde y parecía que iba a terminar agravando mi malestar físico, así que opté por abrigarme en soledad, tras un estribón de la plaza de toros, frente a un sol mortecino e ineficaz. Mas, ay, el tiempo se arrastraba lentísimo y no parecía llegar nunca la hora de regresar al Seminario.

 

3             Faringitis,  calentura de caballo y Sor Paciencia Infinita. 

... Y lo malo fue que, cuando regresamos, ni noté mejoría alguna ni conseguí tragar la merienda y, después, me pasé el resto de la tarde peregrinando en total postración de un  radiador a otro, para tratar de mitigar de algún modo la tembladera. ¡Cualquier cosa antes que afrontar con valor la consulta de un doctor! Afortunadamente, don Francisco, nuestro superior de aquel curso, se dio cuenta de que me iba cayendo y me arrastró de un brazao hasta la enfermería.

Allí conocí a Sor Paciencia Infinita. La llamo así porque no soy capaz de recordar cómo se llamaba de verdad.

Tan pronto constató que tenía la fiebre disparada a límites peligrosos, ella abrigó mi frío, atemperó mi calentura con friegas y paños mojados e intentó que alguna bebida caliente, acompañada por alguna pastilla, pudiese pasar por mis tragaderas dolientes. Como no aguanté el trance, decidió recurrir a la otra vía, la que habitualmente es de salida, para administrarme los remedios de urgencia (segunda humillación del día, ¡nunca antes sufrida por mi cuerpo serrano!).

Pero, sobre todo, debí haberle agradecido, y no lo hice, que se quedara pendiente de mí, que pasé toda la noche delirando, soñando tal vez con monstruos malignos, “mierlos” gigantescos acaso y compañeros guasones.

 

4             El doctor Franco y banderillas a porrillo.

A la mañana siguiente apareció por la enfermería, convocado con cierta urgencia, el doctor Franco, precedido de su voz grave, mejor dicho gravísima, bajo aquel bigote tan finamente recortado.  ¿Lo recordáis dirigiendo nuestra instrucción premilitar de la mañana de los domingos?: “¡Escuadras, a formar!, ¡Por el imperio hacia Dios!”, “¡Viva Franco!”, “¡Arriba España!”.  “♪♫♪ La mirada ♪♫♪ clavé lejos♪♫♪ y la frente levantada, ♪♫♪voy por rutas ♪♫♪imperiales, ♪♫♪caminando hacia Dios...”

Él me reconoció a fondo, me recetó un camión de inyecciones junto a otros muchos remedios y ordenó que me retuvieran ingresado durante el tiempo necesario para una recuperación total, ya que, aparte de la infección de faringe, me encontraba “en los purititos huesos, convertido en el espíritu de la golosina”. Además dictaminó que debía ser sometido lo antes posible a una extirpación completa de no sé qué partes de mi garganta, las que me quedaran, ya que las anginas ya me las habían quitado tres años antes. Pero no acabó ahí la cosa; sino que, a la vista de mi plaga de sabañones, que recontaron escrupulosamente él y Sor Paciencia Infinita (¡mire usted qué cirineo, doctor!), me prohibió salir del edificio de forma indefinida, lo que ponía fin a mis recreos, partidas de frontón o balón-tiro, paseos de los jueves y domingos, gimnasia, instrucción premilitar, etc.

 

5             Convalecencia, remojos y lecturas de aventuras. 

Allí iniciamos Sor Paciencia y yo el ritual de mi recuperación, que resultó ser bastante más placentero de lo que yo había temido. Consistía en: dormir hasta que me caía de culo; comer mucho mejor que en el comedor y casi a cualquier hora del día; beber litros de zumos azucarados; leer con deleite y sin prisas los mejores relatos de aventuras infantiles que todo el mundo me proporcionaba y también los “tebeos” que me hacía llegar nuestro compañero de curso, Marceliano Vara. Incluía también dos sesiones, de mañana y tarde, de remojos alternativos y repetidos de cada mano y cada pie en palanganas de agua muy caliente y fría para aliviar los sabañones, seguidas de sendos masajes de manos y pies con alguna clase de ungüento, todo ello al ritmo del santo rosario que solía proponer Sor Paciencia. 

Jeringuilla de las de entonces

El único componente de aquellos ritos que no terminé de aceptar con un mínimo de hombría eran los dos o tres jeringazos diarios. Bueno, había otra cosa que me hacía penar como un prisionero: escuchar, al comienzo de cada recreo, el griterío de todos vosotros, que salíais en tromba al patio, y que invariablemente me convocaba a divisaros y recontaros desde las ventanas de la enfermería. 

Permanecí recluido en la enfermería, sin  bajar a clase, unas tres semanas.

 

6             Vuelta al estudio 

Después inicié otro ciclo, durante el cual ya podía hacer vida normal dentro del edificio, pero debía pasar en la enfermería, cada día, dos sesiones de media hora, una  durante el recreo de la mañana y otra antes de cenar, para someterme a los remojos, masajes y jeringazos. Como remedio curativo, o tal vez sólo como consuelo para los pinchazos, me seguían ofreciendo sendos grandes vasos de zumos azucarados.

Aquellos días tenían otro "pequeño" inconveniente: como quiera que me había perdido unas cuantas  explicaciones y prácticas de clase, me vi obligado a aprender por mi cuenta, y sin explicación alguna, las lecciones sobre las oraciones subordinadas (completivas directas, completivas indirectas y circunstanciales) en clases de latín con Don Victorino, el Cojo; el recitado de memoria de unas cuantas parábolas del Evangelio en clase de religión con Don Teodosio; y lotes similares en las demás asignaturas. Pero entonces acudisteis varios de vosotros a acuciar mi escasa voluntad de estudio, que se veía distraída por la añoranza de los libros de aventuras, ya que, conocedores de mis lagunas académicas,  no dejabais de ir a por mí en los turnos de desafío de cada clase y de enviarme a los últimos asientos. ¡Mira que éramos indinos!

Supuestamente, a mediados de Abril ya se había recuperado mi salud y supongo que había acumulado algún kilillo de peso, aunque no se me notaba en absoluto, pues seguía igual de escuchimizao. Sí que habían desaparecido milagrosamente todos los sabañones y, afortunadamente, para siempre, al menos hasta la fecha. Recordad, por si vuelven las penurias y fríos extremos y lo requieren vuestros nietos: remojos repetidos y alternativos en agua muy caliente y fría, masajes, zumos y rosarios.

Pero, entonces, se cumplió un plazo inexorable y fui sometido a la extracción de las “vegetaciones adenoideas”, que, al parecer, era lo que sobraba en mis vías respiratorias, esta vez en la consulta de un tal don Tomás en la plaza de Santocildes. Eso motivó otra semanita de internamiento, que, ésta sí fue ya la última. ¡Ah, no, qué va, qué va... Todavía quedaba la epidemia de paperas de aquel año!

 

7             Recreos en la biblioteca y una venganza nada satisfactoria

Aún seguí recluido una temporada dentro del edificio, por lo que me autorizaron a pasar en la biblioteca todos los ratos de expansión que gozabais los demás al aire libre: recreos, paseos de los jueves y domingos, educación física, alguna excursión, etc. Allí apareció otra persona, sería el encargado de la biblioteca, cuya identidad tampoco recuerdo, que me proveía de los libros que me estaban permitidos y me enseñó a consultar alguna enciclopedia. Como entre aquellos libros las aventuras sólo aparecían en las vidas de los santos y no pude encontrar nada de Roberto Alcázar y Pedrín o del Capitán Trueno, Crispín y Goliat, dediqué algunos ratos a aprender nombres de animales, pájaros sobre todo, y de varias constelaciones con sus estrellas.

Allí me enteré de que el epiceno “mierla”, más común en el habla de nuestra tierra que en los diccionarios, es, además de correcto para denominar a su especie, su nombre primigenio en castellano, por derivación del nombre latino “merula”. Lo que pasa que, cuando acudí raudo a restregárselo por el morro a los urbanitas de las "chanzas de mierda" de marras, reaccionaron con total indiferencia con un gesto tal que así: “bueno..., y a mí, qué”. Tal reacción frustró mi sed de venganza de forma radical. 

Las Tres Marías en el cinturón de OriónTampoco resultó muy provechosa mi familiaridad con las constelaciones y estrellas. Cuando luego me ufanaba ante algún interlocutor de mi pueblo con aquello de que la identificación de “Las Tres Marías”, que la mayoría atribuía a cualquier grupo de tres estrellas que aparecieran próximas y enfiladas en cualquier noche del año, no era correcta, y que las auténticas pertenecían a la constelación de Orión, invisible en las noches de verano, se quedaban mirando para mí con un gesto como de:  “mucho quieres saber tú, siendo tan ruin, no sé yo…”

 

Y… fin, al fin.

Pues aquí y ahora, después de más de 53 años, quiero dejar testimonio escrito de gratitud a todos los que no me marginasteis a pesar de mi aparente leprilla de sabañones y a todos los que me ayudaron a superar aquel contratiempo, especialmente a aquella monja que yo identifico como Sor Paciencia Infinita, aunque preferiría recordar su verdadero nombre. (Con posterioridad a la publicacioón de este relato, fuentes dignas del mayor crédito me han informado de que es muy probable que la monja enfermera fuera SOR EMERENCIANA, navarra de origen).


Julio de 2013

Herminio

 

Nota aclaratoria: Las frases en cursiva no son versión literal, sino aproximada, de lo que se supone que se dijo.