DICIEMBRE (cuento para la Navidad de 2015)


 

 

 

Existen muchas formas de felicitar las Fiestas Navideñas. Todos sabéis hacerlo y todas vuestras felicitaciones son preciosas. Yo no conozco ninguna, pues cualquiera de ellas podría parecer simple copia de algo que otros ya han dicho.

Hace ya tiempo que conocéis mi gran debilidad por los cuentos e historias de antes, historias que se cuentan y que cuentan otros que existieron mucho antes que nosotros y que fueron también mucho más inteligentes.

Ahora os propongo un cuento de Navidad y os reto a que descifréis quién es el autor. Creo que no os será difícil a pesar de que a mí me lo pueda parecer por la forma tan bonita de escribir y que yo desconocía de este/a autor/a.

Ahí va:

 

“En esta celosía hay un buen montón de años atrapados. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de  todos los abuelos de todas las riberas de todos los riachuelos.  Hoy, como de costumbre, se abre a todo el mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las gárgolas de aquel santuario en ruinas. Vacilan mucho las manos y la boca, pero siempre que se quiere, un grito interno, abre la jaula y nos transforma en cuadros plásticos maquillados a la usanza de aquellas viejas consejas. Te anaranjeaba la tarde el borde interior de los pómulos y sobre tus dientes se dibujaban las imágenes marinas repletas de estela y serena entrega. Todos recordamos la más dulce triquiñuela de nuestras mocedades; cada cual lleva la suya atada a las lágrimas en la noche de Año Nuevo. Cada cachivache de la calle retrotrae la mano tierna que roza a hurtadillas la piel de alguna muchacha, en medio de la multitud de nombres que dejan huella tras el pasar del tiempo. Yo siempre me ralentizaba cuando iba a tu encuentro, era el señor de los caramelos y tú, montada en tu risa, me dabas la prueba matinal de las frutas del mercado.

Aquí estás de nuevo –solía decirme-, eres: diciembre. La página en blanco, un trago que fluye por ríos de gentes  y secretos hermosos que se pasean por la plaza. Que  maravillan el rostro bañado de aceites delineados en la majestuosidad de una mueca pícara por entre miles de ojos que destejen al tiempo. Pintores que añaden sonidos a estos cuadros vivos de Rafael, en la pulcritud de su atardecer entre nosotros. Las gaitas, sus voces mágicas; Renato fabricando con sus dedos todo el amor del poeta para acariciar la ciudad. El chino Jung que nos regala el silencio con la paz de su mirada. La tercera siesta, que es la belleza en su asalto al salto y los bardos que recorren los sueños guiados por Blas, quien dispara al cielo versos que regresan en cometas furtivos sobre las paredes  que se encienden como cuando amanece en tus ojos. Cada vez que llegas, me retrata profundo el ojo del tigre y tu beduina mirada como luna del desierto.

Si  ahora quieres comprender por qué los incrédulos abundan en diciembre, podrás darte perfecta cuenta, que todo se debe precisamente a que los mercaderes no saben hacer otra cosa que vender para comprar tu alegría. Pero no creas que en vano un pesebre es la luz del mundo; porque imagina por un momento que todo se hubiese desarrollado en un hotel de cinco estrellas: cómo le pediría al que sólo tiene esperanza que creyera en los milagros, si la última estrella que tenía para vender te la había guardado y, de tanto esperar por ti se murió? Por eso el angelito que me diste, todos los días me pregunta: A dónde se fue la dueña de mi imagen si tú te quedaste solamente con la soledad de mi espacio?... A mí también me dolió, pero no te preocupes: Diciembre me dijo que este año me exoneraba del llanto, por lo tanto me das un abrazo y te devuelvo para siempre la alegría, que tan sólo una vez soñamos. ¡Feliz Navidad!  Saboreo aún tus fresas y me río de todos estos incrédulos que nos miran.”

Espero que con esta lectura vuestra Felicidad en estos venturosos días sea más completa que antes de haber leído este maravilloso cuento…

¿De quién es?


Os quiero a todos y os invito a gozar del mes de diciembre de toda la Navidad.


Elio