Consultorio de los doctores Chisgarabís y Tarambana,

alias Pérez y Omaña, psiquiatras de sí mismos.

(Pildorinas ChisTar contra la ansiedad y el desánimo)

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Versión 2. Corregida para enmendar un error importante.



 

 

- Buenos días tenga usted, doctor Chis.

- Buenos y santos, doctor Tara. ¿Qué tal durmió usted hoy?

- Pssssss. Más bien poco.

- Entonces, ¿no pudiste descansar?

- Sí. Podeeeer… sí habría podido descansar tumbao en la cama a la bartola durante diez horas, pero, por más que lo intenté, esta noche no lo conseguí. Y usted, ¿sí descansó, doctor Chis?

- Yo descansé bien hoy y dormí como un ceporro unas cuantas horas. Pero a ti ¿qué te pasó? Tarambana, ¿no tomaste la píldora para dormir?

- No, amigo mío, la dejé de tomar porque ya no la necesito. Ya no tengo ansiedá, ni acongoje, ni malos sueños y ando bastante tranquilo y contento. Hasta estoy cogiendo peso por el buen apetito.

- Entonces, ¿por qué diablos no pudiste descansar?

- Muy sencillo. No podía descansar. Era imposible, porque no estaba cansao.

- ¡Vaaale! Ya veo que vienes guasón otra vez. Ese es otro muy buen síntoma.

- Nada de guasa, colega. Es pura ciencia, ya que he comprobado en mis carnes que es muy importante mantenerse activos, siempre ocupados, para que no se oxiden los cojinetes y para alcanzar el sueño con relajo muscular. Lo digo porque vengo preocupado. No por mí, si no por algunos de nuestros allegados, que, además de confinados y aquejados del acongoje, andan estos días también algo trambucados. ¿Entiendes?

- Algo. No mucho. ¿Les crujen los cojinetes igual que a nosotros hace un tiempo, cuando echábamos de menos los tiempos de reír? ¿Podemos hacer algo por ellos?

- Tal vez sí. Vel'ahí que les vinieran bien unas pildorinas ChisTar para endulzarles un poquitín sus ratos más amargos.

- Sí, vel'ahí que sí. Al menos, les endulzarían el mal sabor de boca, si no el carácter. Pero ¿quién nos ha dado a nosotros vela en ese velatorio, eh? ¿Alguno nos ha consultado o nos pide ayuda?

- No, todavía no nos ha consultado ninguno; pero es porque son muy suyos, muy celosos de sus cuitas.

- ¡Cuitaos!

- Hasta puede ser que les dé reparo acudir a lo que ellos calificarían como confesarse con nosotros, por si les preguntamos "si ya les salió pelo en algún rincón del almario" u otras intimidades como esa.

- ¡Cuitadines! A lo mejor es que no se fían de nuestra cualificación doctoral.

- También. Le cuento: Estos días yo cumplo como cada año. Este año caen los setenta y cuatro. Y necesito que sientan que los recuerdo, que me resisto a olvidarlos. No les valdrá para mucho, pero, como yo también las he pasado canutas y en cualquier momento las puedo volver a pasar, intento llevarles al menos un istante de compañía, sin invadir lo suyo, para decirles que soy de los suyos también en eso. Por eso les quería repartir, en lugar de los “Ronchitos” de Caramelos Santos que nos regalábamos en aquellos entonces para celebrar los cumples, una dosis de pildorinas de las buenas. A ver si pueden reconciliar algún buen sueño y descansar un rato.

 

 

- Ay, Tara, ¡tú estás tarao! ¡Tú estás mal de la cabeza sin duda, no tienes remedio! ¿No ves que nos pueden denunciar por intrusismo? ¿Dónde tienes tú el título para vender píldoras o para abrir consultorios? ¿Dónde tienes la licencia de las agencias del medicamento para elaborar esas pildorinas, eh? ¿Dónde? Que yo debo estar ciego, porque no los he visto nunca. Esa conducta es delictiva, socio.

- Chis, que son nuestras pildorinas, de nuestro laboratorio, inocuas y naturales, canciones de esperanza volando en la nube. Que tampoco las vamos a vender a nadie. Que las regalaremos. Y, además, para compartir con allegados, hay excición. ¿No te has enterado?

- ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice! Me acabo de dar cuenta de que éstos nuestros son unos allegados con carné, demostrados y reconocidos, y que no voy a poder negarme a hacer lo que haiga que hacer.  ¡En qué horas me enredaste, Tarambana! Que si sólo íbamos a hacernos curanderos, para las mancaduras o así; que na más sería para aliviar nuestros males, ¡los nuestros, Tarambana, en eso empezamos! Pero luego, ¿Que por qué no aliviar también algún mal ajeno de forma altruista? Pero sin papeles, siempre indocumentados como las liebres por el monte. Qué le vamos a hacer, como a ti no hay quien te apee del burro, ¡ala, al mercao del Dios te libre! Nos vas a convertir en charlatanes callejeros.

- Vale, anda. Ya vale. No te me pongas llantón.

- No. ¿Para qué voy a llantar? si ya sabes que, al final, lo haré. Contigo no hay remedio. ¿Cuándo querías hacerlo?

- Pues tendría que ser ya mismo: Justo para las noches largas. Justo cuando hay que barrer las hojas apagadas, ya caídas por el suelo. Justo después del “alegraos”, que nos recordó Mayo. Justo antes del día de los Inocentes. Justo al final de un año que…

- ¡Anda que vaya añito! Como para ser perros y andar a huesos.

- ... Justo antes de empezar a contar los días de un año que parece amanecer con el focico tan fosco como el que acaba.

- ¿Ves? En peor momento, imposible. ¿Por qué tan de sopetón?

- Precisamente por la que está cayendo, tío Chis. Porque he sentido que alguno va a estar algo solo.

- Ya. Y “es mala la soledad cuando hay ángeles de espuma”.

- ... Porque yo cumplo ya mismo.

- Pues cumple y no alborotes, demonio tentador.

- ... porque estiaño pe que no m’abulta mandar otra felicitación insulsa, como esas que se mercan en las redes, esas que te llegan, y te llegan, y te siguen llegando sin parar, hasta que ya no las quieres ni oler.

- Ya salió aquello.

- ... porque he sentido que alguno no siente lo que en verdad no quiere sentir.

- Pues, con lo sordo que estás tú, no te suponía yo unas sentendederas tan listas.

- … porque en estas fechas se suelen oír por estas páginas los clamores que nos recuerdan la indiferencia que prestamos a los inmigrantes, los marginados, los abandonados, los desposeídos, los maltratados, los pordioseros...

- Ya sé: las voces en el desierto del filósofo polar o del hospedero poeta, entre otras. Puede ser que este año clamen más fuerte todavía, también y sobre todo por los asilados, que escapan de la soledad de las residencias a las estadísticas fugaces, volando en silencio, como pavesas que se apagan. Eso sí que clama en el desierto de la inacción social, entre tantas mareas de todos los colores que andan siempre tirando del ascua pública para su lado.

- ¡Ahí! ¡Ahí te venía yo a buscar! Ya veo que estás.

- Y yo te veía venir, no creas que no. ¿Cómo no voy a estar si me toca de cerca, igual que a tí? Estoy y estaré. Pero, volviendo al principio del inicio, no estoy seguro de tener que intervenir yo en este devaneo tuyo, que, acaso, sea debido a tu duermevela semiinconsciente. ¿No te las puedes apañar tú solo y allá tú mismo con tus sueños imposibles?

- Mira, amigo mío: son muchos los pronósticos que anuncian una riada de desánimos. Tenemos que intentar achorcar esa riada pa que no argaye la intemerata. Si lo hago yo solo, no voy a bastar y, dada mi flojera mental, podría terminar afogao en el intento. En cambio, con tu ayuda, si tú actúas como el Ángel que eres, estoy seguro de poder remediar lo remediable, sólo eso.

-Jun… juunn… juuunnn.

- ¡Venga, Chis! ¡Mecachis! ¡Deja ya de junjurir!

- ¿Tú has pensado en lo que puede pasar, si aparece algún efecto secundario del tratamiento?

-En este empeño eso sería lo mejor: muchos efectos secundarios, de los buenos. Cuantos más mejor, que serían todos buenos.

- En fin, de acuerdo. Que no quede por mí. Pero esta vez hago yo de paciente y tú de curandero, doctor Jekyll, no vaya a ser que algo salga mal, que tú ya tienes malos antecedentes. ¡Arranca pues! 

 

 

- Arranco invitando a quisque otro compañero que se sienta amurniao  para que se una a tu papel de paciente desde ya mismo, con un consejo para todos: que no dudéis en dejar el tratamiento, si veis que tal, y aceptad, en tal supuesto, mi disculpa anticipada, pareja a la excusa de aquel descompuesto desconsiderado, que alegó en su defensa que “contaba que iban a ser sólo vientos”.

- Ji, ji. ¡Arranca ya de una vez, malchistoso!

- Arranco y acelero: Tú, aunque te sientas flojeras o afogao, trata de pensar en positivo y hacer algo por tu bienestar. Piensa con calma: 1.- ¿Qué habría sido de ti, si hubieras nacido hace cienes de años, en plena peste medieval, sin que se te arrimara ningún buen samaritano para cuidarte o para administrarte algún remedio o un sacramento o para darte, al fin, sepultura?

- ¿Uuuuuhhhmmm? Ya sé lo que pienso: ¡Que me cago en ti, Tarambana!

- ¡Bendito sea! Esta primera es una buena reacción, airada, pero positiva. Sigue pues pensando: 2.- ¿Y si, naciendo cuando naciste, hubieras nacido en otra familia, tal vez más pobre o menos dispuesta a tu favor, sin posibilidad de darte una formación como la que recibiste?

- Uuuuuhhhmmm. Otra vez sé lo que pienso: Que ya están aquí de nuevo los tiempos pasados, Las Perembranzas, capítulo catorceno: come morcilla, caga moreno.

- Así es. Otra: 3.- “¿Y si tu familia hubiera sido más pudiente de lo que fue, con todos los posibles a tu alcance para darte todos los caprichos?

- ¡Hhhhuuuuuu! Ahí vas bien. Vas muy bien. Sigue, a ver.

- Ya veo que disciernes. Pos sigo: 4.- “¿Y si te hubieran expuesto, recién nacido, a la puerta de un hospicio, donde álguienes desconocidos te pudieran, acaso algún día, haber acogido en su hogar?

- ¡Vaaaya! De cal. Esta palada es de cal.

- Sigue pensando: 5.- ¿Y si hubieras muerto siendo parvulito?

- Pueeeessss ¡Al menos me habría librado de los quebrantos posteriores y hasta de ti! ¡Anda que no!

- Otra más: 6.- ¿Y si hubieras triunfado en fama y negocios, como el mejor payaso de la tele o como balón de oro del fútbol, de tal forma que todo el mundo te considerara el más dichoso y el más feliz?

- A ver. ¡A ver! ¡¡¡A Ver!!!

- Recréate, si quieres, cuanto quieras, que la ilusión es más segura que el gordo y te toca por adelantado. Va otra de Las Perembranzas: 7.- ¿Y si hoy fueras un cura?

- Qju, qju, qjun. Sotana y fajín. ¡Qju, qju, qju, qju, qjun, qjuuunn!

- Piensa en otra más: 8.- ¿Y si hoy fueras un agricultor o un ganadero, o un jornalero?

- Pienso: ¡Qué pelea tan dura y sempiterna para salir adelante entre tierra, estiércol, plantas, frutos, animales, sudores, inclemencias y deslomes, un deslome cada día, muchos deslomes!

- ¡Cállate, niño! Haz de tripas corazón y arrea: 9.- ¿Y si  hoy - o mañana - dejaran de pagarte una pensión bastante?

- ¿Quién? ¡Dime quién! ¡Dime quién!

- Otra más: 10.- ¿Y si no pudieras habitar una vivienda confortable?

- ¡Más de cal!

- La última por hoy: 11.- ¿Y si te sintieras solo; pero solo, solo, solo, sin un perro que te ladre?

- ¡Pos sí que me has traído una propuesta de ensoñaciones para horas y horas de duermevela, de pesadillas y de castillos en el aire! ¿Así nos quieres curar?

- Paciencia, paciente. Sigamos el tratamiento: Reconoce conmigo que hoy podrías estar siendo alguien muy diferente de quien eres.

- Eso, si estaba, que si no…

- Pero no te mortifiques en exceso, porque el ánimo es débil y te puede tumbar la modorra inquieta, esa que les da a las ovejas, que se les mete en la cabeza y les hace dar vueltas y más vueltas en un círculo vicioso sin fin.

- Mejor que possigamos en busca del alivio.

- Vuelve a recordar aquellos tiempos de la infancia y de la adolescencia, cuando todavía no habíamos sufrido nuestras más duras frustraciones ni habíamos acometido nuestros mayores errores.

- ¡Por fin, Perembranzas de las buenas! Ya te cuento yo lo que más me agrada: lo confiados y valientes que nos sentíamos para afrontar toda la vida por delante. ¡Qué esperanzador nos parecía cualquier devaneo! ¡Qué confianza teníamos en nuestra capacidad para adaptarnos a un mundo y una sociedad cambiantes! Sí. Hagamos aquel papel, el de entonces. Revivamos aquellos momentos de euforia, de alegría incontenible por cualquier motivo sin importancia. Tú apunta y dispara, que yo echaré mano a la fardela y te lo contaré todo una y otra vez.

- Claro, claro. Citando a VíctorR, te recitaría: “Cuenta, cuenta, que contando / se aligera la mochila, / con las musas se espabila / y se camina cantando”. Pero no nos lo contéis ahora a los demás, se trata de que os lo contéis a vosotros mismos cada vez que se vos anublen los ánimos.

- ¡Bah! ¿Para eso me incitaste?

- A ver. Esta vez tú eres el paciente y eres tú el que necesitas animarte. No tienes que animarme a mí, que esta vez hago el brujo.

- Bien. Volveré de inmediato a hacer de paciente, pero tú, como curandero, no te libras de este repasín. No me vas a impedir volver a sentirme niño y adolescente ahora mismo. Ni te vas a librar de volver a oír lo de la marca. Porque a mí sí que me echaron una mano cuando la necesité para aprender a pensar por mí mismo. Y te voy a repetir otra vez que estoy muy agradecido por ello. Además estoy cien por cien seguro de que alguien lo haría otra vez, y vosotros también, si lo necesitara de nuevo. Eso lo tendré en cuenta siempre y gozaré el agradecimiento que siento, porque me sabe dulce y muy reconfortante. ¡Ahí te lo dejo ya, pensado y repetido por mí mismo!

- ¡Que fuerte, doctorsito!

- ¿Te parece? Pues échate cuenta que hablo en nombre de muchos. Si lo dudas, haz una relectura de “Los Tiempos” de José Benito y aprende algo, que falta te hace. A ti y a quienquiera, si alguno hubiera, que en esto quisiera poner la albarda por la barriga del burro.

- Oído y anotado, doctor Chisgarabís. Agradezco su empuje.

- Anota también que puedo citar, a favor de enarbolar alto nuestra marca, las loas a aquella amplitud de la formación que alumbró la Cosecha del 59, del siempre feliz cantor, para formar, según Diéguez, “unos niños listines, destinados a adoctrinar posteriormente al universo-mundo”, formación pincelada en colores por el maestro PMartínez en un cuadro sobre el despertar de nuestra imaginación, enmarcado por la realidad y la experiencia religiosa. Y añade, si hace falta, la famosa arenga del humilde comandante, que recuerda los valores adquiridos: rectitud, generosidad, lealtad y honradez; así como los alegatos por el compañerismo y la amistad de nuestro fiel pampero berciano.

- Lo anoto también. Sin embargo nos conviene evitar en este tratamiento las sobredosis, también al soplar el morapio del pasado. No olvidemos aplicar aquel consejo astur a esto del pasado: “tampoco hay que se pasar”. Así que, una vez constatado el hecho de que el pasado no vos escuece, veamos si aparece algo del futuro que vos ansíe o acongoje.

- Ahí sí, ahí puede haber algún clavo que desclavar. Y también lo tengo ya pensado: ¿Qué es lo que me agobia a mí? Que todo nuestro mundo parece obsolescente, caduco, mortecino, contagioso de pestymales. Tal parece que haría falta un milagro para evitar la ruina inminente.

- Ya veo. Casi lo veo como tú lo ves, casi es así. Pero ¿y si el milagro ya se estuviera produciendo, también y sobre todo dentro de ti, dentro de nosotros, como ha sucedido tantas veces antes?

- A ver. A ver. Eso me conviene. Possigue.

- Pos sigamos todos nos: di conmigo: “Todavía puedo hacer muchas cosas buenas y alegres con este carácter que llevo dentro”.

- Lo digo y lo redigo: “Todavía puedo hacer muchas cosas buenas y alegres con este carácter que llevo dentro”.

- Bien. Dice el buenconsejo que "es igual de importante no hacer tonterías", ya sea por imprudencia o por malicia y, si alguna hemos hecho... Es posible que en la senectud acuda a nuestro recuerdo algún hecho desafortunado de nuestra vida post jocundam juventutem, en el que recibiéramos la habitual lección vital de estrellar nuestra ingenuidad contra las dificultades severas o contra la malicia ajena. Si este recuerdo viene envuelto del remuerdo por haber salido malparados o, a mayor pesar, por haber reaccionado con malicia propia o con errores graves hasta consumar un desastre, nos conviene enfrentar pecho a lo hecho y, salvo que todavía podamos remediar algo remediable, archivar ese recuerdo lo antes posible en el desván. Nada de andar reviviendo a lo loco peleas perdidas que ya no se dan, porque es imposible ganarlas.

 

 

- Entendido. Acelera de nuevo.

- Y tú, ¿cuántas veces has tenido la suerte de dar la mano a un hijo, a un nieto, a tu esposa, a un hermano, a algún amigo, a algún feligrés, a un desconocido? ¿Alguna vez lograste auparlos, tras un tropiezo, para consolarlos y curarlos?

- Pues ¡sí! ¡Y también sí!

- ¿Ves? Ya ves que fuiste provechoso. Y en el futuro ¿te resistirás a consolar a alguien desconsolado, ignorando la esperanza de sus ojos que te miran? ¿Estarás dispuesto a sacrificar algo por alguien?

- ¡No y sí!

- Pues… Considerando lo por ti declarado, en la seguridad de que no me has engañado, debo informarte y te informo de que m’abultas un muy buen rapaz, un rapaz(ab)uelo que no tiene motivos para sufrir y dejar de reír.

- Ya. Yo a mí mismo, a veces, también m’abulto eso mismo. Y te regalo un efecto secundario de este tratamiento, uno de los buenos: apuesto el resto a que todos los nuestros nos abultan otro tanto de lo mismo.

- A mí sí. También apuesto mi resto. Así pues, dictamino, dictaminemos al unísono: “Que yo en tu lugar, y en lugar de ellos, no estaría pesaroso, si no animoso. Tú, además, desprendes una energía suficiente como para hacer de tripas corazón y apuesto que ellos también. Así que daos todos por curados y tirad p’alante hasta el límite de vuestra autonomía. Caminad cantando, que decía el otro, y regresad al futuro repartiendo alegría y parabienes. ¡Que Dios os lo pagará! Tratamiento: Ser disciplinados, aplicados y limpios. No culpar a otros de los males y apurrir el hombro.” Dado y firmado en Telemarañas, a 17 de diciembre de 2020”.

- ¿Y colorín, colorado?

- Sí. El sahumerio ha terminado para ti, para mí y para todos los allegados que asomen por aquí.

- Mejor así, porque esto ha llegado a parecer el sermón del paspi Elio, otro buen rapaz que también pasa lo suyo con optimismo para repartir.
Ahora déjame que invite yo a la espuela: recetemos algo más a los que todavía no sientan aliviado su malestar.

- De acuerdo, doctorsito. Siendo, como somos, unos sinpapeles, como bien avisaste antes, esta será nuestra espuela: "Que nosotros ya lo pasamos y lo tenemos bajo control".  Además, podrán repetir esta dosis de pildorinas de vez en cuando, echándole más de lo bueno y menos de lo malo; menos pesadillas y más mejores sueños; más compasión y menos remuerdos.

- Yo insisto, no renuncio a mi espuela: mándales un saco de risas para cada uno y apúntalos en mi cuenta. Es pa que las risas no se vayan a tomar...

 

 

 

- ¡Oído y despachado! Espero que no nos denuncie nadie por este numerito.

- No. Es seguro que no nos denunciarán. Como mucho nos encerrarán, pero no en las mazmorras, más bien en la loquería.

 



-

Alegraos todos y alabad a El Señor,

porque su compasión ha sido cierta en nuestro caso

y va a durar para siempre.

 




¡Vivid una santa Navidad

y muchos venturosos días,

allegados todos!

 

Diciembre 2020