¿Cómo lo cuento?

   

Primeras monsergas

   

 

Ni caso

Contar un cuento quisiera,

mas, estrujo la mollera

y por más que me exigiera,

me resulta una quimera.

 

Contar un cuento con guión,

con el rigor Gregoriano,

sería magistral lección

al aprendiz de hortelano.

 

Elio tomó la batuta,

fijando tiempo y compás,

mas su ópera no ejecuta

a la vista de los demás.

 

¡No es un cuento lo vivido

ni baladí lo sentido:

una etapa en el camino

que marcó nuestro destino!

 

Opto por vestir la verdad

y asumir la realidad

en unos versos sin medida

que a los recuerdos den vida.

 

VictoR.

8 de Junio de 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuenta, cuenta, que contando

se aligera la mochila,

con las musas se espabila

y se camina cantando.

 

Recuerdo la primera noche,

tras un viaje en coche.

Fue en el cincuenta y nueve

en Las Ermitas y llueve.

 

El reloj y sus campanadas,

las camas alineadas,

lágrimas disimuladas

y morriña a paladas.

 

Carraspea preocupado

un padre en la escalera,

se pregunta intrigado:

¿logrará hacer carrera?

 

Rasga el sol los visillos,

los rayos zurcen hilillos,

se levantan los chiquillos

enfilando los pasillos.

 

Del Dormitorio al Comedor,

desde allí al Gran Salón.

El Bibey  reía acogedor.

Chapas, canicas, balón.

 

Besando las barbas del río,

yacía el pradón del doctor;

la presa cortaba el vacío,

haciendo del agua tractor.

 

Un carro rasgaba el silencio

con el chirriar de sus bujes,

los bueyes con sus empujes

se burlaban de Florencio.

 

En aquel salón de estudio,

que en ocasiones repudio,

se forjó nuestro proyecto

avivando el intelecto.

 

Y comenzó la rutina:

“Cervus in fonte bibebat…”

Nemo vertere sciebat,

quia erat lingua latina.

 

¡Y a mí me tocó la china!

De lo que sucedió después,

de la serpiente maligna,

causa de muchos traspiés,

más que complacer, indigna. 

 

VíctorR.

12 de Junio de 2013 

 

 

Al verle en fotografía,

sentimientos encontrados

se disputan a porfía

halagos y desagrados.

 

En nuestros prolegómenos

se convirtió en mi mentor.

Pareciera mi padre tutor

a quien echaba de menos.

 

Él descubrió un gallito

en la testa del pollito.

De natural era un rizo,

cual caracol huidizo.

 

Alma Mater del rebaño,

pastor con mano diestra,

enseñaba lengua ancestra

como si fuera de hogaño.

 

En latín macarrónico,

aunque resulte anacrónico,

aquel “ discurrit qui rapiat”

retaría al mismo Goliat.

 

Mas no me llamo a engaño,

por más que pienso y regaño,

Él  se entregó con empeño

a insuflar luces al leño.

 

Su inconfundible silueta

encontré en la Puerta del Sol.

No fue una visión inquieta,

sino una puesta del sol.

 

Abrigo cierta esperanza

de poder darle un abrazo

a quien me llevó del brazo

como el fiel de la balanza.

 

VíctorR.

14 de junio de 2013