UNA LECCIÓN DE PEDAGOGÍA

Por qué creo yo que les debo tanto a nuestros profesores y superiores.



   …A las notas oficiales,
fruto de mi diario esfuerzo,
supe añadir estas otras
según mi propio criterio:
   aprobado en alegría,
en fútbol, tal vez, suspenso,
notable en las esperanzas
y sobresaliente en sueños…


(Recuerdos de un exalumno del Seminario Menor de La Bañeza
Gregorio Rodríguez Fernández)

 



Vamos a ver si esta vez soy capaz de hacerme entender.

Siempre caigo en la tentación de complicar en exceso mis relatos, buscando la originalidad. Pero en esta ocasión tengo el firme propósito de evitar las originalidades para construir un mensaje claro y completo, sin florituras que lo puedan ocultar.

Por otra parte, no tengo conocimientos ni experiencia para disertar sobre pedagogía (ciencia de la educación física, intelectual y moral - ¡casi nada!). Lo que sí sé es que para aplicar la pedagogía hacen falta, por lo menos, dos actores: el docente y el discente. Yo siempre he sabido que no valgo en absoluto para docente y con este relato voy a contar un hecho que, mal que me pese, demuestra que tampoco he sido una joya como discente.


Antecedentes.

Los de “La Quinta del 59” formábamos, de origen, algo así como dos ríos turbulentos: uno nacido en las torrenteras serranas de Las Ermitas; otro nacido en la estepa Astorgana, en el piedemonte del Teleno (con nada menos que 72 alumnos en segundo curso). Nos unieron, mezclaron nuestros caudales para formar un río mayor en 1961 (tercero de humanidades en el Seminario Menor San José de La Bañeza). La experiencia que nos acompañaba sobre la pedagogía de origen ya ha sido calificada en esta revista con todo un abanico de matices: desde los que la tildan de totalmente espartana, según la ley de “la letra con sangre entra”, hasta los que la valoran como aceptable, efectiva y comprometida. Pero hay un aspecto en el que sí estamos todos de acuerdo, el de valorar, por un conjunto de variados motivos, nuestra afluencia al seminario de La Bañeza como la llegada a un paraíso, aunque también allí “hubimos de vivir” momentos duros.

Hay un aspecto de aquella formación que quiero reconsiderar brevemente: al comenzar cada nuevo curso, inevitablemente notábamos que no se habían reincorporado muchos de los compañeros del curso anterior y durante el curso también menudeaban los abandonos y alguna expulsión. Unos abandonaban la institución por falta de inclinación hacia el sacerdocio, otros por no encajar en el sistema disciplinario, otros por no aguantar la marcha académica… En la mayoría de los casos se achacaban estos abandonos al “exceso de rigor”, aunque había un vinatero de Benavides de Órbigo que decía que sólo seguíamos en el seminario los que pasábamos hambre en casa. Recuerdo también que, en expresión vulgar de aquellos días, se decía de cada uno de los que abandonaban: “otro que no pasó la criba”.

Aquel primer curso en La Bañeza, tercer curso (1961-1962), separados todavía en dos grandes secciones (3ºA y 3ºB),  había sido sin duda alguna, y sigue siendo hasta hoy en mi estimación, el más feliz de mi vida de estudiante. Lo vivía yo tan liberado de problemas y temores que el bienestar parecía que se iba a prolongar para siempre, mientras yo me empeñaba en construir con todo mi entusiasmo adolescente un maravilloso castillo en el aire.

El cuarto curso (1962-1963), agregados ya todos los de nuestra quinta en una única sección, también había comenzado “de película”, "ubérrimo de buenos augurios" que podríamos haber escrito en un ejercicio de redacción. Pero aquellas navidades, por desgracia, se cruzó en mi camino el demonio tentador, el demonio a la oreja… o, tal vez, simplemente, un perro muerto – ya os lo contaré, si se presenta la ocasión-. Digo esto último porque, aparte de este tropiezo que os voy a contar ahora, aquel curso me metí en otro fregado de campeonato, la famosa “Comisión de Festejos de la Víspera de San José”, que también os contaré en otro momento, si llega el caso.

Ya me estoy alargando en exceso, así que ¡dejémonos de lilailas y al grano!
 
Noticia de los hechos.

El hecho: en cuarto curso fui expulsado por don Evelio de la clase de latín.

El motivo: haber colocado un lapicero con la punta afilada hacia arriba, apoyado sobre el asiento de un compañero, para que éste, que estaba de pie respondiendo a una pregunta, se sentara sobre él, al terminar su intervención.

¿Por qué hice aquella tontería? No hubo otro motivo que el de provocar un momento de diversión en medio de la seriedad de la clase. Se trató de la iniciativa repentina de un adolescente, ansioso de notoriedad, para aparecer divertido ante los compañeros. No tenía ninguna intención de causar daño al compañero ni de faltar al respeto al profesor.

Resultado inmediato: El compañero más que sentarse se dejó caer relajadamente sobre el asiento y, al chocar contra la punta del lapicero, reaccionó con un salto y un chillido. Afortunadamente no sufrió lesión alguna porque aquellos días vestíamos guardapolvo (dulleta), sotana, pantalón y calzoncillo.

Resultados subsiguientes: La sorpresa provocada entre los compañeros se disolvió en cuatro risas, más sorprendidas que divertidas. Don Evelio consideró que el hecho era suficientemente grave como para reprenderme con todo el rigor que era capaz de mostrar. Yo me di cuenta enseguida de que aquel acto mío no era considerado por nadie como una simple broma y de que todo el mundo le iba viendo unas connotaciones sumamente peyorativas, por lo que me empeñé cabeciduramente en una defensa imposible: “no es tan grave, sólo era una broma, una metedura de pata, esto no es justo…”. Finalmente, don Evelio consideró que la suma de la gamberrada y de mi obstinación en replicarle lo obligaban a expulsarme de clase para mantener su “autóritas”.

Circunstancia agravante: Unos días antes de este hecho, el rector, don Gonzalo, había tenido que intervenir de forma rotunda para reforzar con toda su “potestas” el respeto que debíamos mostrar hacia don Evelio y don Amadeo, dos profesores que, por ser poco mayores que nosotros y aplicar a sus tareas un carácter mucho más amistoso que intimidante, no conseguían aquietar ni acallar el alboroto habitual que producíamos  sesenta y dos indómitos adolescentes, bien nutridos y descansados, todos juntos en una misma clase. Don Gonzalo había rematado su severa admonición con la orden de que cualquiera de nosotros que, a partir de aquel momento, incurriera en una falta de respeto y fuera expulsado de clase, debería presentarse inmediatamente en su despacho, asegurando que él aplicaría de inmediato una medida ejemplar para cortar de raíz ese tipo de comportamientos. No sé si lo proclamó expresamente, pero creo que todos entendimos que estaba anunciando su inmediata expulsión, una de aquellas expulsiones fulminantes y tronantes.

Comienza la parasanga de mi catábasis bañezana.

Durante mis primeros pasos hasta el fondo del aula, caminé con la cabeza todavía levantada, aunque mi cara debía resplandecer, colorada de pura vergüenza ante los compañeros; pero, unos pasos más adelante, después de cruzar la puerta, ya sentía yo que mi frente se iba humillando hacia el nivel del ombligo y una sensación repentina de desastre inundó toda mi consciencia interior, a la vez que un sudor frío bañó todo el exterior de mi cuerpo. Imaginé que todo aquel castillo mío de proyectos brillantes se derrumbaba de forma estrepitosa e irremediable.

Los siguientes pasos me encaminaban de forma inexorable, a lo largo del claustro, en dirección al despacho del rector. Este tramo, que en términos de longitud resulta tan corto como unos 100 pasos, como para ser recorrido en dos o tres minutos a lo sumo, a mí me resultó eterno, tan eterno que me dio tiempo a pensar en mi nulo futuro inmediato y en mi incierto futuro a medio plazo: Esto se acaba. Se ha acabado ya. Todo lo pasado aquí, que parecía tan brillante y prometedor, se va a esfumar, como si no hubiera pasado nunca. Todo habrá sido inútil, un fracaso. Se quedará en un triste recuerdo para siempre… Ahora, tendré que afrontar el bochorno; después la expulsión y la vuelta a casa; y, más tarde, no sé cuándo, ni dónde, ni cómo… tendré que empezar de nuevo, si puedo; y, tal vez, ya nunca sea posible.

 

Un desvío repentino (¡fuge, nate dea!).

Yo nunca he sido un héroe, no tengo motivos para considerarme un héroe. La valentía no ha sido nunca una de mis virtudes. Si algún día lo fue, acaso en la infancia, se me debió caer por un agujero del bolsillo, pernal abajo, no sé cuándo ni dónde. Así pues, enseguida busqué una escapatoria: Tan pronto le cuente al rector esta inoportuna metedura de pata, él, que ha empeñado su palabra y que habitualmente no duda en ejercer un rigor ejemplar, me expulsará de forma fulminante. Sólo me queda una opción para evitar lo más duro del trance: tratar de conservar el control de mis propios pasos en este calvario y librarme al menos, si tengo alguna posibilidad, de la parte de los truenos.

Así que decidí no acudir, de momento, al rectorado, si no subir al dormitorio a cambiarme de ropa y recoger la maleta. Luego, pensaba yo atropelladamente, pasaré a ver al rector, reconoceré mi culpa y asumiré espontáneamente el presumido veredicto; pero, si veo que inicia el proceso de expulsión pública, me escapo sin más, a la carrera si hace falta.

Dicho y hecho. Giré hacia la izquierda en ángulo recto, antes de llegar a la portería, y aceleré mis pasos para alejarme de los lugares en donde mi periplo podría ser sorprendido por alguien que pudiera alterar el programa que yo me estaba pergeñando. Pasé, sin detenerme, por delante del despacho del director espiritual y de la entrada a la capilla e inicié la subida hacia las plantas superiores por la escalera 2.

 

Allí no pude evitar una última duda y me concedí un respiro, más para recuperar el ritmo desenfrenado de mi corazón que para recuperar el aliento, mientras mis cavilaciones iban precipitando nuevas decisiones sobre mis siguientes pasos: no tengo un medio de transporte para llegar a casa ni dinero para pagarme, al menos, una parte del viaje; pero sí tengo todo el tiempo del mundo y experiencia suficiente para recorrer a pie los 44 kilómetros de distancia. Me llevaré únicamente algo de ropa y calzado y dejaré las demás cosas empaquetadas para recogerlas cuando pueda.

Enseguida reemprendí mi marcha decidida por los pasillos de la primera planta en dirección al dormitorio del Santo Ángel que ocupábamos aquel curso.

Un alto momentáneo en mi catábasis.

Al girar en la esquina de la primera planta, me di cuenta de que pasaba por delante del despacho de don Gregorio y decidí inopinadamente que debía aprovechar la oportunidad para despedirme de él, porque, con toda probabilidad, luego no tendría ocasión de hacerlo.
Así que llamé a su puerta para comprobar si estaba dentro. Respondió y entré.

Le dije que iba a despedirme de él y, respondiendo a sus preguntas, le expliqué en detalle lo que había hecho y mi determinación de intentar controlar mi propia expulsión.

Su reacción inmediata no me dejó alternativa alguna:
-    ¡Vaya, hombre, esta vez sí que te has metido en un buen lío! ¿Por qué no te callaste, al menos, en lugar de protestar?
-    No sé –. Fue todo lo que pude contestar.
-    Bueno, siéntate y espérame. No vayas a ninguna parte hasta que yo vuelva.

 

Me quedé allí, clavado a la silla, intuyendo que él podía pretender intervenir de alguna manera en mi favor; pero sin saber cómo, ni qué podía hacer al respecto, ya que, aun siendo su “autóritas” notable en aquel momento entre nosotros, su “potestas” no me parecía significativa dentro del seminario como para influir en aquel asunto.

No tuve que esperar mucho tiempo, menos de cinco minutos, y don Gregorio regresó con la mejor solución posible en aquella situación:

- Dice Evelio que vuelvas a clase y que intentes portarte de forma correcta de ahora en adelante.
- ¿Nada más?- acerté a preguntar, abrumado por mi inesperada buena suerte.

 

Bajé inmediatamente a clase, haciendo una paradina inaplazable en el WC contiguo.

Al entrar al aula, ni siquiera me atreví a enfrentar las miradas de los compañeros. Tan sólo le dirigí un brevísimo y muy agradecido gesto a don Evelio, quien simuló no atenderlo en absoluto y se limitó a señalarme mi asiento. Me senté en mi sitio y me parece recordar que formulé interiormente unos muy firmes propósitos de enmendarme, que me duraron, esta vez sí, un poquito más de lo habitual.

 

Después de clase, le pedí perdón al compañero al que le había preparado aquella trampa y me enteré de que don Evelio había enviado, instantes después de mi salida del aula, a otro compañero para que me avisara de que podía volver a clase sin ir a ver al rector, pero que ya no me había alcanzado en el recorrido previsto.

Los días siguientes.

A partir de aquel hecho, me encerré en mí vergüenza y en mis reflexiones durante muchos días. Recuerdo perfectamente que vivía con intranquilidad, sin apetito, sin ganas de juegos o de bromas, pendiente de una especie de juicio que se iba posponiendo, pero que, tarde o temprano, terminaría por sustanciarse; porque no me cabía en la cabeza que aquel incidente no hubiera trascendido. Sin embargo, nadie volvió a hablar del asunto, ni compañeros, ni profesores, ni superiores, ni el rector. Sólo cuando recibí la carta con las notas finales del curso, acompañada de una nota atentísima del rector, don Gonzalo, felicitándome por los buenos resultados, consideré cancelado el asunto y, además, me invadió una nueva oleada de gratitud, que nunca podría expresar de forma justa, hacia don Evelio, don Gregorio y don Gonzalo.

Con aquel acto de clemencia espontánea me ofrecieron una nueva oportunidad de intentar seguir creciendo en la forma que me resultaba más beneficiosa. Aunque no me haya permitido levantar un castillo en el aire con el material de mis sueños, sí me ha servido para adquirir los ladrillos y cobijas con los que me he construido una casa muy confortable en la que he podido alojar hasta la fecha un “dulce hogar”.

Quede pues aquí y ahora constancia expresa de que todavía siento aquella gratitud: ¡Que Dios se lo pague como si lo hubieran hecho por Él!

La lección de pedagogía aplicada.

Sustituir el régimen que habíamos vivido los años anteriores, en el que predominaba sobre todo la disciplina impuesta por el docente, por otro, en el que predominaba la responsabilidad voluntaria del discente, no fue un hecho repentino ni notorio. Se instauró paso a paso, clase a clase, por cada profesor y superior según su propia formación y su carácter, sin que nosotros percibiéramos el cambio. Pero el cambio fue real, notable desde mi punto de vista; aunque, sin duda, habrá opiniones en contra de la mía.


Ruego final.

Si alguno de vosotros recuerda algún detalle de este hecho que se me haya olvidado, o encuentra ese detalle al repasar alguno de los diarios privados que entonces escribíamos, espero que me lo haga saber lo antes posible. Hay un par de detalles que me faltan y que son importantes para precisar el cuadro general del hecho: ¿Quién fue el compañero que salió a buscarme, comisionado por don Evelio, después de su inmediato gesto de indulgencia? ¿En qué fecha ocurrió el hecho?

 


Hoy es otro buen día para decir cuánto de bueno viví aquellos años entre vosotros, queridos quintos.  

Gijón, julio de 2015