CARTA ABIERTA AL CASCARRABIAS ANÓNIMO


 

 


Estimado Sr. Cascarrabias:


Aún a costa de perturbar tu plácido sueño, bien mullido en tu lámpara, y siguiendo tu sugerencia de abrir un intercambio de opiniones, me voy a permitir (sin que la sangre salga de este paréntesis) contrastar mis pensamientos con algunos de los por ti expresados en tu última entrega.

Aprovecho también tu ofrecimiento de conceder hasta tres deseos. No te voy a pedir tres, ni dos, no quiero abusar. Solamente te voy a pedir uno.

 

Dividiré esta carta en pequeños apartados, siguiendo el hilo de tu escrito.

 

- IDENTIDAD:

 Después de tu primera entrega, sentí la normal curiosidad por tu identidad.

Como yo era prácticamente recién llegado, volví a leer todas las antologías de los compañeros por si encontraba algún indicio que me aportase pistas para hacer mis cábalas.

Se iniciaron las primeras investigaciones por los diferentes sabuesos y, a la luz de ellas, hice mi apuesta...

Tras los posteriores indagatorios, tengo dudas, pero sigo apostando por el mismo galgo.

Estando en esto, llega tu nueva entrega.

Después de leerla, ya no me importa en absoluto tu identidad. Ya no gastaré en ello más tiempo, ni siquiera como entretenimiento en días de mente ociosa.

Cuando tú lo decidas, todos lo celebraremos.

 

- EL PASADO:

Estoy totalmente de acuerdo contigo en abrir nuevas fórmulas de comunicación basadas en la actualidad, pero creo intuir en tu escrito, como si quisieras decirnos que “lo pasado pasado está” y a otra cosa…

Si es así, no estoy de acuerdo. Sin pasado no hay presente y la piedra fundamental, la argamasa que nos une, es nuestro pasado.

 

Te lo digo como el hijo pródigo, según tú me llamas, que casi olvidó su pasado, como se olvida una planta en un rincón del jardín, cubierta por el devenir de la vida, nuevos proyectos, aciertos y fracasos, y se va difuminando y desaparece…

Pero un buen día, tal vez casualmente, una mano hortelana limpia la maleza y allí está la raíz que vuelve a brotar en toda su plenitud.

La mano hortelana que hizo brotar mi planta olvidada, ”la mano de nieve” que arrancó su música, fueron los relatos de los compañeros que abrieron mi mente oxidada y regresé al pasado.

De esta forma, hoy puedo compartir experiencias con vosotros, alrededor de la confortable mesa camilla de Telemarañas.

 

Tú tienes el pasado mucho más presente que yo:

Tú lo guardas como un tesoro en el cofre de tu diario.

Yo lo he fiado al vaivén de la memoria.

Nos has regalado una pincelada, un trozo de naturaleza bellamente descrita, que me transportó hasta aquel verano en Villafranca.

Seguro que, en tu diario, reflejas los baños en el río, en el pequeño remanso que frenaba su ímpetu, antes de caer de nuevo ladera abajo. El agua estaba fría, pero era confortable en aquellos días de julio.

Para llegar al río, una vez cruzada la carretera nacional, enfilábamos una estrecha cañada, flanqueada por dos paredes de piedra, tapizadas aquí y allá por musgo de intenso verde.

En las huertas y prados, a ambos lados, había sendas hileras de higueras y breveras, cuyo ramaje se entrelazaba y cubría el camino con una sombra que penetraba lacerante en nuestros pulmones con su intenso olor a higos.

Estos aún no estaban maduros, pero las brevas estaban en su punto, con lágrimas de miel haciendo guiños a los rayos de sol que se colaban por las pequeñas rendijas que dejaban las tupidas hojas.

Se ofrecían, a nuestro paso, insinuantes, golosas, tentadoras, como la manzana se ofreció a Eva.

Un día tras otro. A la ida. A la vuelta.


 


Una tarde, en algún despiste de nuestro cuidador, caímos en la tentación y muchos de nosotros (no todos) comimos el fruto prohibido, ”expresamente” prohibido por nuestros superiores desde el primer día que fuimos al río.

Cuando regresamos para la merienda, nos esperaba un comité de interrogatorios.

Sólo una pregunta:

- ¿Quiénes han cogido las brevas?

- Silencio.

 

Durante el rezo del rosario:

- La misma pregunta.

- El mismo silencio.

 

En la cena dos profesores, puede que tres, deambulando por entre las mesas, repetían la pregunta.

El mutismo era absoluto.

Después de la cena, de nuevo a la capilla y de rodillas, ante Dios y la Virgen:

- Misma pregunta.

- Nula respuesta.

 

Así estuvimos hasta la madrugada.

De forma tácita, se impuso la ley del silencio: los que comimos las brevas, temerosos de un castigo seguro, nos callamos; los que no las comimos, tal vez en solidaridad, también callamos.

No recuerdo si hubo consecuencias posteriores. Seguro que sí.

 

Y, ante tu afirmación, yo me pregunto:

¿Éramos realmente inimputables? ¿Éramos incapaces de culpa alguna?

 

Amigo mío, he querido compartir contigo este recuerdo de aquel verano en Villafranca, ya que has sido tú quien lo ha provocado, haciendo bueno el refrán que dice que “de una forma u otra el pasado siempre llama a tu puerta”.

 

Puede que el oficio de Tinieblas sea igual en La Cepeda que en La Sanabria, pero lo que no es lo mismo es el sentimiento, la emoción que evoca en cada cual.

Igual que la misma estancia en Villafranca evoca en ti la inocencia, en mí el pecado.

 

Por eso, comentar el presente es imprescindible. Recordar el pasado es complemento indispensable. Ambos en igualdad de condiciones.

 

- EVALUACIONES:

Solamente comentaré en lo que a mí te refieres. Me calificas con “una gran fluidez”.

Esta calificación me sugiere dos interpretaciones.

a)      La que los críticos taurinos llamarían “una faena de aliño”, sin ningún fondo artístico. Puede que tengas razón.

b)      La forma sencilla de expresar el sentimiento, tal cual sale del corazón: sentimiento transformado en letra, como aprendiz de arquitecto herreriano trazando las líneas rectas de su edificio.

Así es como intento expresarme.

¡Si tuviese la sensibilidad de Machado para tornar el verso en poesía, o la angustia de Bécquer para encontrar la esencia de la poesía misma…!

Pero, careciendo ampliamente de ambas cualidades, sólo me queda el verso desnudo, aliñado lo justo, para no provocar la hilaridad del respetable.

 

Por esto, Genio Cascarrabias, te agradezco la confianza que depositas en mí, pero creo que sobrevaloras mis posibilidades y temo que, tal vez, no alcance tus expectativas.

Pero, como la vida es reto, aquí estoy para destilar lo positivo y compartirlo con todos vosotros

 

- EL DESEO:

He dejado la petición de mi deseo para el final, para que la tengas más a mano.

A estas alturas de nuestra vida, en la que tenemos no ya “el pie en el estribo”, sino más bien “los dos pies en la escalera” por la que nos han precedido compañeros y profesores (Q.E.P.D), en la que cada uno de nosotros tenemos asignados más o menos escalones para llegar al apeadero del “MAS ALLÁ”, no podemos perder las cosas que nos produzcan placer, alegría y bienestar, tanto material como espiritual.

 

Uno de estos placeres espirituales es el que me produce la lectura de tus escritos y los de los demás compañeros.

 

MI DESEO ES SIMPLE: Sigue en la nube, desde donde nos observas, como el ojo de Dios econdido en el triángulo, pero sal más a menudo del letargo y, cual Pablo, regálanos tus epístolas con más frecuencia.

Si nosotros no te damos material de análisis suficiente, tú , como todos nosotros, tienes mucho que contar.

 

 

No importa tu identidad.

Sólo importa el placer de tu lectura.

 

Afectuosamente,

 

F. Barrio

 

Noviembre 2014.