De los buenos recuerdos: Don Gregorio


 

Entro en Telemarañas por recordar a Don Gregorio y me encuentro con ausencias recientes de las que supe tarde y cuando supe no quise ya decir nada, pensando que otros más próximos lo harían, como en realidad lo han hecho. Me consuela el hecho de que Don Gregorio había entrado hace tiempo en la lista de los nuestros, que lo teníamos ya entre los compañeros de aquellos días de nuestra juventud, como si fuera uno más.

 

En la página de los fallecidos me encuentro con Desiderio y con Bujan y con cuantos tuvieron que abandonarnos. Siento que este mundo nuestro de recuerdos empieza a ser cada día más frágil. Somos ya mayores y amamos la vida más que nunca y nos dolemos pacientemente de que se vayan aquellos que nos acompañaron en momentos cruciales.

 

Don Gregorio nos tuvo como sus primeros alumnos cuando llegó a La Bañeza. Nos lo asignaron como profesor de Lengua, pero todos lo recordamos como nuestro primer maestro de Literatura. Era muy joven y estaba estrenándose en este trabajo, aunque nosotros no nos diéramos cuenta. Decidió que lo mejor que podía hacer con esa materia era conseguir que sirviera para despertar nuestra imaginación. Lo recordaréis por la tarima yendo y viniendo con un libro de bolsillo en la mano, unos que costaban quince pesetas y eran tan flexibles que él los doblaba para quedarse nada más con la página que estaba leyendo. Suponíamos que con aquella lectura estábamos participando en un acto secreto y heterodoxo; hasta el punto de que a él por esto lo creíamos algo inocente y sospechábamos también que esa salida por la tangente podría traerle algún problema. Tenía una voz de tenor alto que manejaba con enorme expresividad y, entrara el sol oblicuo sobre los pupitres o estuviera triste y lluviosa la tarde de invierno, nos leía como la cosa más natural, trayéndonos hasta allí mundos distintos al nuestro, aunque igual de reales. En sus idas y venidas levantaba con la sotana un aire que nos mantenía absortos viviendo con total veracidad lo que oíamos.

 

Sus clases las sentíamos como un alivio y las esperábamos cada uno de una manera distinta, pero, si traía el libro entre los papeles y hacía todos los gestos que solía cuando se ponía a leer, corría por el aula un entusiasmo que todos compartíamos.

 

 

A mí me salió aquella primavera un divieso debajo de un ojo. Aquel médico que tenía, sin ser viejo, el pelo más blanco que yo he visto, me dijo que me metiera en la cama y me estuviera quieto hasta que el grano madurara. Como la enfermería se encontraba repleta, me mandaron a mi cama del dormitorio  y allí estuve mirando al techo y, desde luego, poco quieto. El dormitorio era colectivo y aquella nave con nichos me acentuaba la sensación de soledad. Apareció entonces Don Gregorio con una pila de libros de Rabindranath Tagore, todos los que él tenía de este autor con aire de profeta. Me los fui leyendo en esos días con la pasión de quien descubre, sin esperarlo, un mundo nuevo. Me olvidé del divieso, de la soledad de aquella habitación enorme y hasta de comer. Este escritor hindú me enseñó a ver la naturaleza como nuestro verdadero paraíso. Ya no me importaba estar en cualquier sitio porque yo me podía imaginar otro. Era una literatura apacible para un adolescente que te enseñaba a ser feliz con la imaginación. Aquella literatura unía la experiencia religiosa con la realidad, lo invisible con lo visible.

 

       

 

 

Don Gregorio fue un personaje bueno y digno, que estará en nuestra memoria hasta que también nos vayamos; perteneció a ese grupo de gente que en la relación con los otros despierta lo mejor sin aspavientos ni alharacas; sin intentar que los que le rodean hagan sacrificios, sin asustar a nadie, sin hacer ruido.

 

En el último encuentro Herminio nos repartió libros escritos por Don Gregorio mientras el autor nos los dedicaba. Se nos impuso la condición de escribir algo para la revista Telemarañas. Esto que he escrito es para esa revista, pero siento la necesidad de pedir perdón por no haber sido capaz de escribir a su debido tiempo algo que celebrara la generosidad de este hombre que ahora despedimos.

 

Adiós, señor. ¡Que la tierra te sea leve!

 

Córdoba, Julio de 2014.

 Pedro Martínez.