Tratando de recordar a Sergio.



 

 

Hay ocasiones en que uno sale al encuentro de un amigo y no lo encuentra.

En esta ocasión, el balance es más frustrante: ya no lo podré encontrar.

 

 

 

Ando estos días, como loco, buscando trazas de aquellos compañeros nuestros que siguen desconectados. Padezco prisas por reencontrarlos, aunque sea en la distancia, para compartir nuestros recuerdos y afectos renacientes. Tal vez procedo alocadamente, arrastrado por el ánimo de atraerlos al colectivo abrazo de nuestra fiesta inminente y de propagar este, para mí grato, invento de las telemarañas. Es una forma fácil de reabrir hacia panoramas entrañables la página de nuestras vidas que muchos habíamos cerrado con gesto casi definitivo.

El caso es que estas gestiones, hoy, me han traído un fruto ingrato, que duele:

Me han confirmado su hermano, Manuel, y su esposa, Antonia, que Sergio Pérez Alonso, nacido el 23 de septiembre de 1948 en Sésamo – al oriente de los Ancares, en El Bierzo -, hijo de Sergio y Balbina, el compañero B37 de nuestros primeros cuatro años de vida en común (Preparatoria, 1º, 2º y 3º), falleció durante una intervención quirúrgica el 28 de agosto de 2014. 

 

 

¡Descanse en paz!

 

Mientras me afanaba tratando de localizarlo, no me había preocupado demasiado el hecho de no recuperar grandes recuerdos ni vivencias compartidas con él, porque me ha pasado con otros muchos que siempre han aflorado, como un torrente, tras el primer saludo telefónico.

 

Ahora sí me disgusta el hecho de que, por más que profundizo en lo vivido hace más de 50 años, la única certeza referida a Sergio, que acude una y otra vez a mi memoria y a mi oído, es la de su proximidad conmigo en las listas alfabéticas (…, Omaña Menéndez, Pérez Alija, Pérez Alonso, Pérez Martínez, Pérez Mayo…) y la consiguiente proximidad en las clases, filas, comedor, capilla, dormitorios… No consigo vislumbrar su estatura ni su fisonomía, ni siquiera en rasgos difusos. Tampoco tengo una impresión íntegra de su carácter, aunque se me representa agradable, tranquilo y amistoso. No puedo asegurar que nos uniera una amistad extraordinaria, pero tampoco recuerdo la más mínima animadversión ni roce alguno durante tanto tiempo de convivencia inmediata.

 

Pues, a pesar de todas estas carencias, cada vez que he repasado nuestras listas y he asistido a nuestras reuniones, lo he echado en falta, algo que a partir de ahora se va a repetir inevitablemente de forma más irremediable. Eso es lo que me duele. Supongo que nos pasa a todos.

 

Nos dice Antonia, su viuda, que ella y Sergio han tenido dos hijas (Nuria y Mireia) y cinco nietos (Julia, Arlet, Joanna, Queralt y Maiol), que dedicó su vida profesional a la química y gran parte de su tiempo libre al voluntariado, con especial dedicación a la formación de los niños: ¡sobresaliente! Sobrevivirá en todos ellos y también en nuestro recuerdo.  

 


¡Vita mutatur, non tollitur!

 

Herminio

26 de Abril de 2015