Aquella pedagogía...



Amigo Herminio:

Aquí te envío este nuevo capítulo para la revista. “Enrebújalo” como mejor te parezca. No te resultará fácil, pues es producto de una semana de fiebre a causa de la gripe que en estos momentos azota despiadadamente Asturias. Un fuerte abrazo. 



Entre los temas más recurrentes en nuestros encuentros estivales, el de la metodología pedagógico-disciplinar de aquellos tiempos es, sin duda, uno de los más destacados. Inspirada en la clásica doctrina inglesa de “la letra con sangre entra”, esa pedagogía dejó grabadas para siempre en nuestras mentes infantiles (y también en algunos cuerpos) imágenes de una crueldad considerable. No es fácil olvidar el sadismo de D. Raposo (por poner sólo un ejemplo) partiendo punteros sobre algunas cabezas, o el terrorismo espiritual del P. Feraud (por poner sólo otro ejemplo), empeñado en meternos a todos en las calderas de Pedro Botero cada año al comenzar el curso, en el transcurso de aquellos ejercicios espirituales que tenían como principal protagonista a Satanás. La cosa tenía su mérito, debemos reconocerlo: aquella cabeza rubicunda asomando como un guiñol en la penumbra sobre la superficie de una mesa, y aquella cara sonrosada sudando a chorro bajo la luz de un humilde flexo, sin necesidad de pantalla ni de máquina de cine, lograban proyectar en la pantalla de nuestras mentes una auténtica película de terror.

Pero afortunadamente no todos cuantos se ocupaban de nuestra formación eran de la misma condición o utilizaban los mismos métodos cruentos. D. Urbano, por ejemplo, creo que fue uno de nuestros profesores más apreciados, y a lo más que llegaba su “tortura” era a darnos pellizcos en los brazos. Los míos eran posiblemente los más castigados de la clase. Así que tuve que inventarme un escudo “antimisiles” consistente en la colocación de un cuaderno alrededor del brazo, por debajo de la manga del guardapolvos. El invento surtía bastante buen efecto, puesto que obligaba al atacante a dirigir sus dardos hacia zonas menos castigadas y a la vez menos sensibles (el hombro y el antebrazo), pues el pobre brazo parecía ya la curia vaticana. Otras veces el profe optaba por mandarnos directamente fuera de clase. A mí ese castigo no me importaba demasiado, si no fuera por el miedo a que apareciera el gran jefe (siempre hay un gran jefe, y casi siempre aparece), en cuyo caso la reprimenda podía ser mayúscula y el castigo... con arreglo a su autoridad. No fueron pocas las veces que pasé por ese trance. Al final, me pude redimir de tanto pecado venial recitando de punta a rabo ante toda la clase El Destierro de Ovidio (“Cum subit illius...”), magnífico poema que D. Urbano nos había propuesto como ejercicio de memorización en tiempo récord.

 

 

Cum subit illius tristissima noctis imago,
qua mihi supremum tempus in Vrbe fuit,
cum repeto noctem, qua tot mihi cara reliqui,
labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.

Cuando se me aparece la tristísima visión de aquella noche que fue para mí mis últimos momentos en Roma, cuando de nuevo revivo la noche en que tuve que dejar tantas cosas para mí queridas, todavía ahora de mis ojos resbalan las lágrimas.


Tras la etapa “napoleónica” en La Bañeza, y ya de vuelta en el seminario mayor, quiso el destino que un buen día me convirtiera en protagonista de un encuentro -de un encontronazo, más bien- con un profesor cuyo nombre no pronunciaré por si acaso nos oye (tiene el oído muy fino). Ese día el profe nos estaba recriminando duramente por la lentitud con que entrábamos en clase tras haber sonado el timbre. Pero en un momento dado, queriendo exprimir a tope el imperativo de la campana, se le escapó decir que el sonido de la misma era para el profesor; que, cuando sonara, los alumnos debían estar ya dentro de la clase. A mí esa campana no me encajaba demasiado, y levanté la mano para consultar: “supongo -dije- que lo que vale para la entrada valdrá igualmente para la salida, o sea, que cuando la campana suene para que salga el profesor, los alumnos deberán estar ya en el patio”. “Usted ya puede ir desfilando” -me contestó-.

Ahí descubrí la importancia y la necesidad de la Lógica.

 

Pero el encontronazo no se detuvo en ese punto. Por supuesto, suspendí la asignatura en junio, y la aprobé “por los pelos” en septiembre. En una entrevista en la que el profe trataba de explicarme las razones de una y otra calificación, sobre todo “los pelos” de la segunda, le encasqueté un argumento que dinamitó todas sus explicaciones. No era un silogismo “en Barbara”, pero sí lo bastante bárbaro como para que el profe decidiera fulminarme de su despacho. Yo no discutía las calificaciones -posiblemente hubiera merecido suspender también en septiembre, ya que la materia era infumable-, lo que yo impugnaba eran las explicaciones... Al verse desarmado, podía haber intentado comprender la validez de mi argumento, o simplemente decir: “bueno, en vista de que el entendimiento es imposible, no tenemos nada más que hablar; así que ponemos punto final a la entrevista”.

Pero no. “Váyase inmediatamente” -dijo-.
 

Aquí me reafirmé en la importancia y necesidad de la Lógica y, sobre todo, en su relación con el poder. El poder la utiliza a su antojo, como si fuera un objeto de su propiedad. Tan a su antojo, que casi siempre la pervierte. Y pervirtiendo la Lógica, se convierte en perverso él mismo. Ese poder nos puede presentar como verdad irrefutable el absurdo, ya se llame “plan de empleo” o “plan Bolonia” ( repugna a la mente la proposición de que destruyendo puestos de trabajo se crea empleo, o que la reducción de una carrera de cinco años a tres facilita el que el alumno salga de la universidad mejor formado; mejor pre-parado, sí, pero mejor formado, imposible), o la contradicción (mantener que la defensa de la libertad consiste en recortarla), o la incongruencia (querer taponar el flujo migratorio con vallas de cuchillas), o el sinsentido (que el más corrupto decida lo que es correcto e incorrecto, lo que es legal e ilegal).

Al fin y a la postre nos encontramos con una perversión del orden lógico natural, que se traduce en injusticia y sufrimiento. En vez de en el poder de la Lógica, estamos instalados en la lógica del Poder: ¡Váyase! 

 

N.B.

A pesar de todo, no creo que la pedagogía actual sea mejor que aquella. Ni mejor, ni peor; es que ni es. Yo tengo la experiencia personal de haber echado a una alumna de clase, pasar por allí el eufemísticamente llamado jefe de estudios y metérmela en clase otra vez. Esto, que en nuestros tiempos sería impensable, sucede en la actualidad, y es un dato que lo dice todo: el profesor es el último mono del sistema.

 

P.D. Coincido plenamente con JJFeliz en que nos encontramos ante el mito Cascarrabias. Mito, que no mitificación. Maradona, Messi o Indurain serían claros ejemplos de mitificación. El mito es bastante más profundo y no se halla constreñido por la contingencia de lo concreto. Por eso no puedo coincidir con JJFeliz en lo que él considera posible aspecto negativo del enigma. Es el enigma el que hace que el mito perviva, por supuesto. Pero es que, además de eso, la voz del Cascarrabias es la voz de la conciencia colectiva del grupo, y bajo su paraguas estamos refugiados todos, desde la A a la V, desde Afonso a Villalibre, y especialmente aquellos que por la razón que sea (laboral, familiar, personal, tecnológica...) no tienen fácil acceso a Telemarañas.

 

Enero de 2015

I. Almanza